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Menos cosas es igual a más felicidad: la vida minimalista de este japonés es un buen ejemplo

Buena Vida

Por: pijamsurf - 04/14/2017

El minimalismo elimina el hacinamiento de las posesiones materiales, que suelen ser sólo obstáculos y preocupaciones, y se abre campo hacia lo esencial

Los antiguos filósofos lo supieron: tener muchas cosas es un lío y hace que la vida sea más complicada. "La felicidad no está en las pertenencias, está en las experiencias" es el eslogan que ahora utilizan las marcas para hacernos creer que sus productos no son cosas sino formas de vivir, y en esto la publicidad se convierte en una forma de magia. De hecho, la felicidad no está realmente en las experiencias sino en el significado que les damos, es decir, proviene de nosotros y se refleja en el mundo, es una interdependencia entre nuestra mente y nuestro entorno.

Ante esta situación, en diferentes partes del mundo ha surgido una interesante tendencia a llevar una vida frugal (lo cual también tiene sentido en relación con el momento ecológico que vivimos) y específicamente una vida minimalista, no basada en los objetos y en las posesiones. Tener espacio (físico y mental) es mejor que tener cosas.

The Guardian publica una nota en la que un editor japonés (la foto es de su cuarto) explica por qué decidió deshacerse de la mayoría de sus cosas y empezar una vida minimalista... y eso ha hecho toda la diferencia. Fumio Sasaki dice:

Vivir con sólo lo esencial no sólo me ha brindado beneficios superficiales, como el placer de una habitación limpia o simplificar la limpieza, sino que también me ha llevado a un giro más fundamental. Me ha dado la oportunidad de pensar lo que realmente significa ser feliz.

Esto además lo ha liberado de vivir bajo la conciencia normativa de nuestra sociedad según la cual las personas valen o son atractivas dependiendo de la cantidad de dinero que tienen. El minimalismo, al deshacerse de todo lo no esencial de una manera física, hace que también nos deshagamos de una forma de ver el mundo o de una mentalidad inesencial, basada en prejuicios y convenciones materialistas. Asimismo, ya que formamos relaciones de apego casi animista con las cosas, al deshacernos de todo lo que no necesitamos realmente nos volvemos más ligeros. Limpiar nuestro entorno de objetos materiales es algo así como hacernos un lavado de colon o una suerte de detox profundo.

Esta forma de vida tiene también la ventaja de liberarnos de las comparaciones permanentes que ocurren cuando deseamos tener objetos o vemos el mundo como un conjunto de objetos:

Si eres como yo era antes --miserable, al compararme constantemente con otros... Creo que deberías decirle adiós a algunas de tus cosas. Claro que existen algunas personas que no tienen apego a los objetos materiales o algunos genios raros que florecen en medio del caos de sus posesiones. Pero quiero pensar en las formas en que las personas ordinarias como tú y yo pueden encontrar los placeres verdaderos en la vida. Todos quieren ser felices. Pero intentar comprar la felicidad sólo te hace feliz por un rato. Estamos perdidos cuando se trata de la verdadera felicidad. 

Es muy probable que tener muchas cosas (y más aún, desear tener otras) sea un obstáculo, literalmente un muro de objetos, que te hace más difícil encontrar la felicidad duradera. Una de las cosas que se puede decir de esa felicidad es que es abierta, es libre y es espaciosa y no se siente bloqueada ni hacinada.

De pronto, un día nos damos cuenta de que nuestra vida gira en torno al teléfono celular, al miedo y a la saturación de peleas, y sólo hasta ese momento comenzamos a ver la relación con otros ojos

No hay quizá nada más emocional y espiritualmente desgastante que un mal de amores, y uno que implique una relación de pareja inestable, conflictiva y caótica produce un estado de ánimo en el que predomina la angustia y se imposibilita el enfocar la atención en otros temas, como el trabajo, la escuela o la familia, entre otros; y también desencadena una serie de malestares y conflictos con nuestra cotidianidad, la salud y las personas más cercanas. 

De pronto un día nos damos cuenta de que nuestra vida gira en torno al teléfono celular, al miedo y a la saturación de peleas, y sólo hasta ese momento comenzamos a ver la relación con otros ojos: unos con mayor objetividad sobre la insalubridad de la relación. Incluso lo que antes nos llegaron a advertir comienza a tener lógica, sobre cómo el principio fue cómodo pero la convivencia con la pareja se tornó incómoda y en algunas ocasiones violenta. 

Al indagar sobre las posibles causas que deterioraron a tal grado la relación, se encuentran cuatro patrones que son los más comunes: 

 

– La dependencia

Si bien cada miembro de la pareja necesita el apoyo y compañía del otro, también se requiere de un espacio personal para desarrollarse independientemente. Es decir, hay que generar un equilibrio entre la individualidad y la pareja, en especial a la hora de continuar con proyectos personales en torno a lo profesional, la actividad física, las amistades, la forma de vestir y la personalidad, entre otros. Mediante el establecimiento de acuerdos, comunicación, comprensión (disfrutar del goce del otro pese a no estar junto a él o ella), autocuidado, la relación irá evolucionando a tener actividades en conjunto y actividades individuales. Incluso, así la compañía de la pareja se hace aún más satisfactoria. 

 

– Diferentes valores no negociables

Estar en una relación implica comprometerse con un vínculo entre dos seres tanto con un historial familiar y personal –aunque provengan del mismo grupo cultural– como con objetivos a largo plazo diferentes. Por ejemplo, puede llegar a suceder que uno de los miembros desee un hijo y el otro prefiere viajar por el mundo. Es verdad que hay valores que pueden ser más o menos flexibles, como modificar los horarios de sueño, pero hay otros, como los proyectos de vida personales o ideologías políticas, éticas y sociales, que no se pueden  ni se quieren cambiar. Al no haber un estado de conciencia ni acuerdo al respecto, muchas veces se termina en una relación de pareja cargada de rencor e indiferencia. 

– Ausencia de compromiso

Estar en una relación de pareja, tradicional o abierta, requiere de compromiso para cumplir con los acuerdos establecidos entre ambos miembros. El compromiso incluye ser capaz de comunicar aquello que duele (por ejemplo, la presencia de una tercera persona), escuchar empática y atentamente lo que le duele a la pareja –¿es la conducta de la tercera persona o de uno en relación con él y ella?– y tanto proponer como realizar cambios en función del bienestar de la pareja. En caso de que el compromiso no se exprese en la confianza, la comunicación, el respeto y los actos del día a día, es muy probable que esa relación se vuelva disfuncional y dolorosa, así como llena de rencor. 

 

– Fomentar explícita o implícitamente la desigualdad/inequidad

Conductas como revisar los mensajes del teléfono celular, correos o redes sociales, prohibir amistades o vínculos, menospreciar la manera de vestirse, pensar o actuar, humillar pública o íntimamente, forzar actos sexuales (o de lo contrario “puede irse con otra persona”), son algunos de los actos que fomentan la violencia tanto de la pareja como de género. La desigualdad e inequidad resulta cuando uno de los miembros ejerce control y poder, pero lo fomenta desde su subjetividad consciente.