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Lunas menguantes de primavera: reflexión sobre dos oscuras joyitas independientes de bajo presupuesto del cine norteamericano

Arte

Por: Psicanzuelo - 04/05/2017

‘El libro de cocina del alquimista’ (Joel Potrykus, 2016) y ‘Jamie Marks está muerto’ (Carter Smith, 2014) son cintas que cabalgan el género de terror sin realmente montarlo; más bien, elaboran exploraciones estéticas más profundas sobre la condición humana

En El libro de cocina del alquimista/The Alchemist Cookbook (Joel Potrykus, 2016) Sean (Ty Hickson), un chavo afroamericano, vive en un camper en medio del bosque de Michigan. En un inicio no es seguro si él “cocina” cristal o hace algún ritual de magia, poco más tarde entendemos que sucede lo segundo pero no deja de ser opción lo primero. Cortez (Amari Cheatom), quizás su único amigo humano (porque también tiene un gato, como todo mago), lo visita y se hace sándwiches con jamón y mostaza; no queda claro qué tipo de medicinas debe traerle porque se las trae a veces, hasta que cierto día no las trae, y los problemas de Sean crecen. Pronto sabemos la misión del alquimista, que es invocar a un gran demonio para que le ayude a materializar oro puro, en un ritual que usa fuego, figuras geométricas trazadas y palabras pronunciadas en la oscuridad de la noche. El hechizo tendrá sus fallas, que no dejan de recordar el humor macabramente endemoniado de El día de la bestia (Alex de la Iglesia, 1995).

Joel Potrykus (Buzzard, Ape) ha demostrado lo que puede hacer con un par de dólares anteriormente, con cintas minimalistas sin presupuesto hechas con la única ayuda de su cámara DSLR, con escasa iluminación; eso sí, con enorme alma punk, donde el personaje central es lo más importante, luchando contra un sistema que todo lo abarca. Potrykus menciona que The Alchemist Cookbook es una especie de Despertar del Diablo (Sam Raimi, 1981) pero dirigida por Jim Jarmusch con influencia de Haneke, usando algunas letras de los Pixies como diálogos de brujería.

Y es que nunca deja de haber una actividad notablemente desarrollada, profunda e interesante, tanto en forma como en fondo, en el cine norteamericano independiente; esto gracias a que esta potencia mundial cuenta con una gigante y poderosa industria cinematográfica. Un cine que no vive de apoyos gubernamentales, que es un negocio muy rentable, lo que no ocurre en países como México. Así, a la sombra de un gran sauce crecen bonitas parcelas experimentales, notoriamente expresivas, donde se cuece el futuro del cine. En el caso de El libro de cocina del alquimista, podríamos decir que es un producto cultural que indaga sobre cuestiones profundamente americanas, ciertas clases sociales y psicología del primer mundo. Pero en el fondo es inclasificable, brillante sin dejar de generar ansiedad, como todas las grandes obras de arte que no se entregan a un género preciso y que buscan algo más, son conscientes de sí mismas como vehículo de ideas. Potrykus menciona también en otra entrevista que su más reciente película es distinta a las anteriores; el equipo fue mayor a cinco personas contando a los actores, con equipo grande de iluminación y fotografía (Arri Alexa, etc.); en ello ha tenido que librar batallas personales teniéndose que perdonar por estar traicionando la causa, pero eso es lo de menos, lo que es de más es el resultado y se agradece que aun ahora arriesga quizás todavía más que antes. ¿Podría ser catalogada como cinta de terror?, ¿drama de adicciones?, ¿comedia fantástica? No lo creo.

Llama la atención otra cinta independiente norteamericana titulada Jamie Marks está muerto/Jamie Marks is Dead (Carter Smith, 2014) de entrada por su música original compuesta e interpretada por Francois Eudes Chanfrault (Alta tensión, Al interior), que había colaborado anteriormente con algunas cintas de la nueva ola del denominado cine de terror extremo francés, de excelente manufactura y maravilloso contenido, que nos impactó en la década pasada. La música de Eudes es ambiental, parte del diseño sonoro no sólo es música, y con notas de piano por momentos que nos cambian de dimensión, de lo psicológico/metafísico a la vida “real” donde ocurre todo; gracias a la música funciona la trama. En una cinefotografía que recuerda el sleeper Invierno profundo (Debra Granik, 2010), con esos tonos fríos, azules, pero de luz suave, contrastes varios en encuadres de alta profundidad gracias a la luz incidente en fondos, que contrasta con las luces verdes provenientes de fuentes reales de noche, faros, focos, etcétera...  

Adam (Cameron Monaghan), un chico pelirrojo adolescente, queda fascinado con el cadáver de un chavo nerd de su escuela que fue varias veces víctima de bullying, Jamie Marks (Noah Silver), al mismo tiempo que Gracie (Morgan Saylor), una chica freak pero bonita, con su look grunge, le rinde homenaje al muerto con respetuosos altares. La policía no sabe si se trata de un asesinato o de un suicidio, pero el fantasma de Jamie se hace parte de la vida íntima de Adam; entre penumbras se acerca cada vez más a él, que tiene que elegir entre el mundo de los vivos y el de los muertos.  

El director de la cinta, Carter Smith, fue fotógrafo de moda previamente a estrenarse como director de cine con la película de horror que ocurre en tierras ancestrales mayas, Las ruinas (2008), pero ello tiene cierta lógica, por la manera como trata visualmente sus secuencias. Adaptando una popular novela para adolescentes, como en la mayoría de las buenas películas, Smith explora temas sociales, en este caso la homosexualidad reprimida, el Edipo y su solución, porque Adam tiene que trascender sus impulsos sexuales para adentrarse en la vida de numerosos fantasmas parte de la comunidad; tiene que trascender la relación que tiene con su madre (Liv Tyler) y encontrar en Gracie un complemento.

Las dos cintas, tanto El libro de cocina del alquimista como Jamie Marks usan símbolos para explorar psicologías y sociologías, a fin de cuentas explorar a profundidad un tiempo y un lugar, como en el mejor cine de terror o ciencia ficción, pero se alejan de ser una cinta de género, porque no es su función asustar; de hecho, no están echas para eso, son películas de reflexión con un trabajo estético y actoral sobresaliente, envueltas en ambientes que se sienten universos particulares. Ambas cintas utilizan el bosque en un sentido freudiano: eso que acecha, el inconsciente del sujeto, pero también es lo ancestral, que por más tecnología que usemos sigue ahí, oscuro y eterno, aguardando pacientemente.

 

Twitter del autor: @psicanzuelo

La vida en el purgatorio: 'Los reyes del pueblo que no existe'

Arte

Por: Lalo Ortega - 04/05/2017

¿Qué nos mantiene unidos a la tierra? Con esta pregunta, Betzabé García elabora un documental en que explora la vida de una familia varada en la desolación pero aferrada a la existencia

Por el ritmo al que consumimos noticias, en ocasiones parece que el mundo se mueve a una velocidad trepidante. En el mejor de los casos, es como se decía a la vieja usanza: el periódico con las noticias de hoy, mañana estará envolviendo papayas en el mercado. Hoy, en plena era digital, la vigencia de las noticias se mide en horas o minutos, y los temas del día anterior difícilmente sobreviven por períodos mayores en el inconsciente colectivo. El tiempo, solemos decir, avanza mucho más rápido.

No así en el pequeño poblado de San Marcos, Sinaloa. Luego de la construcción de la presa Picachos y la subsecuente inundación del pueblo, alrededor de 300 familias fueron expulsadas de sus casas para ser reubicadas sin mayores explicaciones. Con ellas, el tiempo también parece haber abandonado este rincón de México.

Lo único que permanece son las tres familias que protagonizan el documental Los reyes del pueblo que no existe, ópera prima de la mexicana Betzabé García.

Se trata de Jaimito y Yoya, un matrimonio que ha encontrado comodidad en su entorno en ruinas; Miro y sus ancianos padres negados a irse; y Paula y Pani, dueños de una tortillería, quienes ocupan el tiempo libre en la reconstrucción de San Marcos por propia mano. Tres familias que, tras presenciar un cataclismo local que transformó su mundo para siempre, parecen vivir como almas en pena en un pueblo fantasma, uno donde no queda absolutamente nada que no sea agua y animales.

Como condenados al tedio de un purgatorio en la Tierra, la cámara nos lleva por ciclos que se repiten una y otra vez en sus vidas: la máquina para hacer tortillas que se enciende cada mañana, mientras Miro navega el pueblo inundado para alimentar a una vaca que, a la incesante espera de que baje el nivel del agua, permanece varada en una isla. Las improvisadas barricadas de Pani, hechas para evitar que los animales entren a la iglesia, evolucionan poco a poco entre escenas.

Más allá de eso, un día sólo se distingue de otro porque los residentes de San Marcos visten ropa diferente. Las escenas de esas vidas podrían pasar frente a nuestros ojos en cualquier orden, sin indicios de una secuencia apropiada de visionado. No importaría, pues el tiempo también ha dejado de existir en este pueblo.

Sin embargo, la posibilidad de abandonar esta vida siempre permanece latente. Betzabé García parte de preguntarse quién seguiría viviendo ahí, y por qué. No estamos ante una crítica social, como sí podría considerarse a Unsilenced, corto documental también de García, producido por The New York Times y que funge como apropiada pieza de acompañamiento por dotar de un rostro a la causa de esta inundación.

En cambio, Los reyes del pueblo que no existe es un retrato intimista que omite asignar culpas por la catástrofe, optando por mostrar la vida abriéndose paso en medio de las repercusiones, incluso a la sombra del miedo. Miro, por ejemplo, vive temeroso de la violencia del narcotráfico en la región, y aunque quisiera irse de San Marcos, permanece igual de varado que su vaca.

A pesar de la soledad, existen raíces que ni el agua pudo sacudir para estas personas, un arraigado sentido de pertenencia construido por los recuerdos que exponen ante la cámara. Si bien la figura de Atilano Román, líder de los desplazados, no se hace presente en este largometraje, Betzabé García explica que su mensaje permea tanto éste como su cortometraje: un pueblo siempre tendrá el poder de renacer de la nada, y continuar viviendo.

Por eso Pani encuentra su “agarradera de la vida” en la reconstrucción de su hogar. Por eso los residentes de San Marcos están dispuestos a recordar y contar sus historias a quien quiera escucharlas. Para ellos, vale la pena vivir la vida por bailar banda en pareja hasta altas horas de la madrugada, aun si se hace atrapados en el purgatorio por la naturaleza, la violencia y la corrupción.

 

Los reyes del pueblo que no existe se proyecta en Cine Tonalá de la Ciudad de México como parte del ciclo #MásCineMexicano, iniciativa para impulsar la distribución de producciones nacionales independientes. Estará en la cartelera durante todo el mes de abril, puedes consultar las fechas y horarios de su presentación en este enlace.

 

 

​Twitter del autor: @Lalo_OrtegaRios​