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Travis Kalanick le dijo a un conductor de Uber que debía asumir su propia mierda, algo sobre lo cual él mismo y Uber deberían reflexionar

Travis Kalanick ha pasado una mala semana, luego de que se diera a conocer un video en el que alecciona a uno de sus empleados en un viaje de Uber en California.

Enfrascado en una discusión con el conductor de Uber sobre la caída en las remuneraciones a los conductores, Kalanick perdió un poco el talante y le dijo: "A algunas personas no les gusta tener que tomar responsabilidad por su propia mierda". Estos comentarios han causado gran polémica y han hecho que Kalanick, que fue parte de los asesores de la campaña de Donald Trump, tenga que emitir declaraciones en las que se disculpa e indica que buscará ayuda en el manejo ejecutivo de la empresa.

Escribiendo  en The Guardian, Laurie Penny sugiere que este episodio muestra la esencia de Uber y una nueva ola de corporaciones que toman como modelo de negocios el privilegio. Las palabras de Kalanick al conductor se le regresan: "Palabras verdaderas nunca han sido dichas por un magnate: para Uber, al igual que muchas otras agresivas corporaciones, no asumir responsabilidad por su propia mierda no es sólo una filosofía, es un modelo de negocio".

Este año Uber ha recibido demandas en todo el mundo de conductores que insisten en que lo que ganan no les alcanza para vivir. Se la ha criticado por pasar por alto las leyes locales. Se ha acusado a sus empleados de acoso sexual y misoginia y de desactivar protestas en contra del veto musulmán de Trump.

Según Douglas Rushkoff, el proyecto de Uber (una compañía de la cual Google tiene acciones) es finalmente eliminar el inconveniente de tener que lidiar con conductores humanos y mover por todo el mundo autos autopiloteados. 

Todo esto importa, dice Penny, porque Uber es "una compañía de ingeniería social enmascarada como una compañía de tecnología y considera que la responsabilidad social es una pieza obsoleta del aparato".

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En nuestro mundo, no tener un teléfono celular parece una aberración, pero quizás esto merezca repensarse

Hoy en día todos tienen un teléfono celular; negarse a tener uno es un acto menor de subversión que puede leerse como condena a la marcha del mundo dominado por la tecnología y lo que Tim Wu ha llamado el mercantilismo de la atención. De alguna manera no tenerlo es una forma de aislamiento (al menos eso es lo que nos han hecho creer las grandes compañías) pero a la vez es claramente una afirmación de que el propio tiempo, la concentración y el mundo no mediado son más importantes.

El profesor de filosofía Philip Reed, quien nunca ha tenido un teléfono celular, propone tres buenas razones para no tenerlo.

 

1. Costo

Esta es autoevidente. No tener un teléfono celular significa no tener que pagar un plan mensual, roaming, impuestos, y aniquila la posibilidad de que nos seduzcan con la posibilidad de actualizar nuestro aparato por el nuevo que está de moda. Como dice Reed, llama la atención que muchas personas en Estados Unidos pagan unos 75 dólares al mes de manera automatizada sin jamás cuestionarse que hace menos de 15 años esto hubiera parecido inconcebible e innecesario, pero ahora asumimos que es necesario.

 

2. El medio ambiente

La manufactura de los teléfonos móviles (especialmente los metales raros con los que se fabrican), el poder y la energía que consumen para cargarse y transmitir llamadas produce importantes niveles de emisiones de dióxido de carbono. Por otro lado, la obsolescencia programada de algunos de estos aparatos hace que se crea que sólo sirven por un par de años y un importante número de aparatos perfectamente funcionales acaban antes de tiempo en los basureros, esparciendo sustancias tóxicas a la tierra y al agua.  

 

3. Los teléfono celulares nos mantienen en constante comunicación con personas que no están

Esta es la razón que según Reed realmente lo mantiene convencido. Y aunque puede ser la más egoísta, integrada al panorama global es bastante racional. Reed explica que su razón para rehusarse a tener un celular es justamente la opuesta a la que motiva a las demás persona a tenerlo:

Simplemente no quiero la habilidad omnipresente de comunicarme con cualquiera que está ausente. Los celulares ponen a sus usuarios en constante llamado, constantemente disponibles, y aunque esto puede ser conveniente y liberador, también puede ser una carga abrumadora. La carga viene en la forma de una sensación de obligación a los individuos y a los eventos que están físicamente en otra parte. Cualquiera que ha checado su teléfono durante una conversación cara a cara entiende la tentación. Y cualquiera que ha hablado con alguien que ha checado su teléfono entiende lo que está mal con esto.

En cierta forma la tecnología celular que nos conecta con todo el mundo todo el tiempo es también la tecnología de la desconexión con aquello que está aquí, ahora. Mientras que la comunicación se vuelve omnipresente, nuestra presencia se dispersa y difumina. Estamos en todas partes, pero en todas estamos fragmentados. "Comunicarse con alguien que no está físicamente presente es alienante, obliga a la mente a separarse del cuerpo". Aquí Reed toca una fibra muy profunda que merece explorarse: ¿cuánto estamos perdiendo en comunicación no verbal, comunicación intuitiva, emocional, no cerebral, ligada a otros sentidos, empatía, capacidad de sentir el momento en toda su plenitud y sutileza?