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Vestirse con la memoria de los muertos: ‘Fantasmas del pasado’ (Olivier Assayas, 2016)

Arte

Por: Psicanzuelo - 03/30/2017

Con la elegancia que lo caracteriza, el director Olivier Assayas sigue explorando temas de rol dentro de las relaciones laborales, vinculados a las necesidades sexuales, en una cinta sorpresiva que cambia de tonos como una modelo cambia de ropa

Es interesante reflexionar sobre el trabajo de este excelente director que siguió los pasos de la nouvelle vague de antaño, escribir antes de dirigir, en la legendaria publicación francesa Cahiers du Cinéma, al igual que su compatriota y compañero de generación, el brillante Léos Carax, o que André Téchiné (los tres sofisticadamente talentosos). Hay desde directores fotógrafos (Jan de Bont), editores  (Hal Ashby), guionistas (Oliver Stone), directores que provienen del teatro (Sam Mendes), hasta montadores de escenas de acción con dobles como el reciente caso de Chad Stahelski (John Wick) después de encargarse de escenas espectaculares en la serie de Matrix (hermanas Wachowski), por ejemplo. Pero  es distinta la manera de dirigir de un crítico de cine; hay un desapego emocional total, un manejo de los arquetipos como si fuesen fuerzas que encarnan los actores, una fuerza literaria en el uso de la cámara pero sin ser subjetiva de personaje. En el caso de Olivier Assayas llama la atención su acercamiento a las actrices principales de sus proyectos y a esos personajes que articulan toda la trama de manera relevante, habiendo logrado tremendas colaboraciones con Maggie Cheung, Asia Argento, Connie Nielsen, Chloë Sevigny, Gina Gershon, Juliette Binoche, de manera extraordinaria. Las ha logrado exprimir de tal manera que resaltan sus interpretaciones frente a los trabajos previos de todas, sus personajes salpican una gama de emociones en pantalla que contrastan en sus matices siendo completamente expresivas. Hay un sentido de vacío en el interior de ellas, del que hablaba Bresson, que es manipulado por fuerzas cinematográficas con las que Assayas consigue abrir nuevas dimensiones que son cuartos divinos. Pero sucedió algo más cuando trabajó con Kristen Stewart, chispas brotaron del interior de la actriz, y llegó a opacar notablemente el trabajo de Juliette Binoche, que era protagonista de Las nubes de María (Assayas, 2014). El experimento de desasosiego continua entre director y actriz, el mismo Olivier Assayas confesó en una entrevista que no hubiera escrito el guión de Fantasmas del pasado si no hubiese conocido a Stewart. La muy reconocible actriz, sobre todo después de darle vida a Bella, el personaje principal de la saga Twilight (Hardwicke, Weitz, Slade, Condon), encarna una estilización de su personaje en Las nubes de María con problemas metafísicos, no sólo psicológicos; también asistente de una ególatra mujer, que en este caso no es actriz sino modelo.

Maureen Cartwright (Kristen Stewart) recorre París (a veces demás parte de Europa, ese continente-país-fuerza política-económica, así se ilustra como macrocosmos) para juntarle su ajuar a su jefa: la insoportable Kyra (Nora Von Waldstätten, a la que le dio el patatús cuando ella insolentemente llegó a usar algún cambio de ropa suyo. Su mayor deseo sigue siendo ponerse la ropa de su ama. De esta manera nuevamente Assayas explora ideas de amo-esclavo y lo relativo del sadomasoquismo social, como en Las nubes de María

Maureen tenía un gemelo que falleció recientemente. Hizo un trato con él antes de que ocurriera: el primero que muriera iba a contactar al otro; además, ella tiene ciertos talentos para comunicarse con los muertos que ya usaba anteriormente, es una médium. Aquí es donde la película se vuelve algo fuera de lo común afortunadamente, por medio de decisiones arriesgadas que recuerdan el trabajo temprano de Kiyoshi Kurosawa (Pulso, Alucinaciones del mal). Maureen hace invocaciones y aparecen fantasmas que no son su hermano, son los fantasmas que no la dejan seguir adelante en su camino personal, su vida parece estar congelada.

Los cambios tonales que tiene la cinta nunca parecen fuera del control en las manos del realizador que ejecuta magistralmente escenas graciosas que súbitamente evolucionan a escenas tensas, y más adelante se transforman en sensuales. Estamos a la espera de solucionar la secuencia que se abre adentrándose a lo sobrenatural, cuando el peligro aparece mucho más cerca y real, un asesino anda suelto y al mismo tiempo Maureen desarrolla una relación por medio de mensajes en su celular con algún desconocido que pudiera ser más bien alguien muy conocido. Secuencias camaleónicas brillantemente ejecutadas, porque nacen de la soledad de Maureen, de su proceso de lidiar con el dolor de la muerte de su hermano, es la misma muerte la que la enfrenta cerrándole el paso, y en esa batalla ella puede dejar ir finalmente, abrazando de nuevo su vida.     

 

Twitter del autor: @psicanzuelo

La sucesión de la nostalgia: ‘Manchester junto al mar’ (Kenneth Lonergan, 2016)

Arte

Por: Psicanzuelo - 03/30/2017

Una sucesión de recuerdos brillantes que contrastan con un frío y triste presente que hay que transformar para sobrevivir

Escenas llenas de vida que le ocurrieron a Lee Chandler (Casey Affleck) hace no mucho tiempo, irrumpen la pantalla separando el recuerdo lleno de luz y la oscuridad donde reside el protagonista ahora. Del agresivo contraste viene su nueva forma de vivir: portero de departamentos sin relaciones personales más que con el alcohol, al cual acude de pronto cuando terminan sus actividades laborales, para acabar golpeándose con cualquier extraño de forma exageradamente violenta. Una forma completamente desequilibrada de ser, engañándose de mil maneras para pensar que es vida lo que se tiene, siendo en realidad más inercia compartida que otra cosa.

¿Pero qué fue lo que le sucedió al joven Lee para ser así? Teniendo alguna vez todo para estar pleno, varios hijos y una buena esposa que lo hacían completamente feliz.

La enfermedad mortal de su hermano Joe (Kyle Chandler) lo hace perecer súbitamente, dejando a su hijo Patrick (Lucas Hedges) como menor de edad sin nadie que se haga cargo de él; la única opción es el tío medio loco Lee, del cual todo el pueblo murmura cuando regresa a ver el asunto de su sobrino. Definitivamente algo sucedió y afectó a toda la comunidad; claro, a nadie como a Lee, quizás a su mujer, pero lleva tiempo volver a coincidir con ella. A Lee no le queda ninguna otra decisión moral posible más que aceptar ser el albacea/tutor del chavo, pero únicamente si viene con él a  Boston a comenzar una nueva vida. Pareciera que Manchester, Massachusetts, es la kryptonita de Lee.  

La relación entre sobrino y tío es la trama central de la película. Es de ese tipo de cintas como Kramer contra Kramer (Robert Benton, 1979) o Cuando los hermanos se wncuentran/Rain Man (Barry Levinson, 1988): alguien tiene que cambiar para que la película avance, y tendrá que ser quien no vive de manera correcta, en este caso Lee. Dolorosamente, tendrá que despertar y seguir avanzando; la vida/película lo fuerza a ello, y los espectadores tenemos que seguir observando el doloroso camino hacia su redención personal. Así inicia un agotador juego de dejar ir, de perdonarse a sí mismo, y se construye una película emocional como pocas que se hayan producido en Hollywood recientemente. Es muy interesante observar el presupuesto de 8 millones y medio que tuvo, contra presupuestos de cintas exitosas de la época, como los 30 millones de La La Land (Damien Chazelle, 2016), por decir algo, o los 97 de la cinta de superhéroes Logan (James Mangold, 2017), por decir otra cosa.

La actuación de Casey Affleck es por demás extraordinaria; contenida pero desbordada cuando se necesita, es magistralmente constante. Lo mismo ocurre con la dirección de Lonergan, que casi no mueve la cámara, haciendo que se muevan las emociones pero no la pirotecnia técnica del cinematógrafo; más bien las vísceras humanas, la condición en la que vivimos, la fragilidad de todo a merced del tiempo, y el mar también es un testigo.

Los elementos se sienten en cada parte del filme: fuego, agua, tierra y aire. Es como un trabajo de alquimia que intenta recuperar lo que existe antes de la conciencia del hombre dentro del hombre, por lo que vale vivir la muerte en vida, la muerte emocional. Es el renacer de las ganas de vivir, no por materia de los sentidos. Eso es lo tremendamente emocionante de esta película: se renace por lo que se intuye en otro plano de existencia, comparándolo con lo que fue –por decir algo–, pero de alguna manera hay que dimensionar todo lo que no ha sido, de lo que puede ser.  

Manchester junto al mar es eso, París, Texas (Wim Wenders, 1984), un lugar más allá de un lugar; es el limbo para poder ingresar al cielo, previamente habiendo experimentado el infierno necesario y tener, o no, lo que se tiene. 

 

Twitter del autor: @psicanzuelo