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Realmente eres el centro del universo.

Según la versión manejada comúnmente por la ciencia, el Universo “comenzó” con una gran explosión, o Big Bang, hace unos 13.8 mil millones de años. Esta explosión, sin embargo, no es una explosión típica, ya que no ocurrió en el espacio, sino que fue la expansión misma del espacio.

Edwin Hubble observó que las galaxias se están expandiendo en la banda de la luz roja del espectro electromagnético. Esto significa que en todas partes el espacio se está alejando de todo lo demás a la misma velocidad. Esto puede observarse estudiando la radiación de fondo —que es lo que hace pensar a los científicos que el universo tuvo un momento de expansión inicial, ya que el Big Bang como tal no ha sido observado—la cual se expande uniformemente hacia todas las direcciones: la luz del Big Bang llena el cielo en todas las direcciones.

Si pensamos que el universo en un principio fue un sólo punto, y nos preguntamos ¿dónde fue eso? Debemos de contestar que ese punto fue y está en todas partes. El Big Bang ocurrió literalmente en todas partes y esta misma irradiación es el lugar donde estás. Esto hace que en realidad, cuando nos preguntamos por el centro del universo debamos de responder que el centro del universo es aquí.

La teoría de la relatividad de Einstein cambió la forma en la que concebimos el tiempo y el espacio, que solían ser considerados como absolutos dentro de la física clásica. Hoy sabemos que el tiempo y el espacio son relativo y forman un compuesto tiempo-espacio. El lugar de lo absoluto en la física de Einstein lo tiene la luz. 

Dennis Overbye, editor de ciencia del New York Times, explica:

Cuando en 1905, Albert Einstein unió espacio y tiempo en su teoría de la relatividad, nos enseñó que nuestros ojos son máquinas del tiempo. Nada puede ir más rápido que la velocidad de la luz, el límite de velocidad cósmico, así que toda la información llega a nosotros, al presente, desde el pasado.

De esta manera, la relatividad de Einstein nos enseña que el centro del universo está en todas partes y en ninguna. Es el presente, rodeado por capas concéntricas de pasado. Es la historia llegando a ti a 299.792.458 metros por segundo, a la velocidad de la luz, a la velocidad de toda la información. Tus ojos son la cabina de mando de una máquina del tiempo, esferas húmedas y veladas que ven en la única dirección en que podemos hacerlo: hacia atrás.

Por otra parte, es posible que el universo sea infinito (los físicos aún debaten esto), de serlo es evidente que cualquier punto podría considerarse como el centro del universo o, según como se vea, que en realidad el universo no tiene ningún centro. Sin embargo, la otra gran relatividad, que es la de la conciencia, sugiere que el cento del universo es el punto donde ocurre la percepción: el mundo se despliega en función a ese punto, al presente, en el cual se realiza una observación —esta es la relatividad entre el observador y el universo observado. Para que toda observación o experiencia ocurra es necesario que exista una conciencia que interpreta la luz y procesa información. El físico David Bohm explica el proceso de la percepción desde su visión de la realidad como un holograma: “Toda la luz en esta habitación entra de tal forma que la totalidad de la habitación está en efecto envuelta en cada parte. Si tu ojo ve, la luz entonces se desenvolverá en tus ojos y en tu cerebro. Al ver en un telescopio o en una cámara, la totalidad del universo y el espacio tiempo está envuelta en cada parte, y esto se desenvuelve al ojo”. De nuevo Overbye:

No es solo poesía. Matemáticamente, en términos de Einstein, toda la información y la historia disponibles en cualquier lugar del universo se conocen como un cono de luz. Todos tenemos uno y el de cada quien es un poco diferente, lo cual significa que el universo de cada uno es ligeramente distinto. 

Para concluir, puede ser interesante para el lector notar que esta idea de que el universo es infinito y que su centro es ubicuo (o está en todas partes) es en realidad una nueva versión de una intuición mística que reaparece cada tanto, basada en la noción de que la esfera es la forma perfecta, la expresión geométrica de la divinidad (en una esfera cada punto sería el centro). Según Borges, “quizás la historia universal es la historia de unas cuantas metáforas” (y esta es una de ellas, el punto de un eterno retorno). En su ensayo sobre La Esfera de Pascal, Borges data el origen de esta metáfora así:

En el Asclepio, que también se atribuyó Hermes Trismegisto, el teólogo francés Alain de Lille -Alanus de Insulis- descubrió a fines del siglo Xll esta fórmula, que las edades venideras no olvidarían: “Dios es una esfera inteligible, cuyo centro está en todas partes y su circunferencia en ninguna”.

Ya más cerca de una mentalidad científica, Pascal la reformuló así: “La naturaleza es una esfera infinita, cuyo centro está en todas partes y la circunferencia en ninguna.” Borges recopila diversas versiones y alteraciones de esta metáfora nuclear en su ensayo y él mismo contribuyó a esta ilustre lista con su “Aleph” (una esfera tornasol en la cual estaba contenido el universo entero), pero no menciona la que quizás sea la más relevante a la luz de la relatividad cosmológica moderna. En el Talmud se cuenta la historia del intercambio entre los llamados sabios de Atenas y el rabino Joshua. David Chaim Smith nos da una versión cabalística de la historia en su libro The Kabbalistic Mirror of Genesis:

En el Talmud, los sabios de Atenas (que representan el pensamiento lineal) le preguntan a los rabinos: “¿Dónde está el centro del universo? Un rabino apunta el dedo al azar y dice: ”aquí”. Esto implica que el punto del centro-corazón es omnipresente, porque el punto de la inicialidad [del universo] reside en todas partes de igual manera; por lo cual debe ser “aquí”. Luego los atenienses le preguntaron a los rabinos: Como saben esto? A lo que respondieron. “Traigan una cuerda y lo mediremos”. 

Chaim Smith explica que la historia sugiere que la relatividad de todas las cosas está sustentada en que "La extensión infinita del espacio está repleta de la potencia de la gota primordial", este es el punto del absoluto que es representado a veces como una vocal (como el Aleph o el Om, la letra o sonido que anima a todas las demás) o como una gota o célula madre de potencialidad infinita (thigle o bindu). En términos más modernos diríamos que cada punto contiene una energía infinita o casi infinita (energía del punto cero) de la cual se pueden manifestar todos los fenómenos posibles.

El maestro de meditación budista y físico Alan Wallace ha dicho que hay un universo para cada uno de nosotros, pero sin que esto sea solipsismo --todos estamos en el centro de nuestro universo, el universo que experimentamos es relativo a nuestra perspectiva, pero nuestros universos están entrelazados.

Twitter del autor: @alepholo

 

 

Hoy la resaca de la globalización se manifiesta de dos formas: nacionalismo excluyente y reconexión identitaria, ¿cuál eliges tú?

 

Lo que mueve a los mundos es la interacción de las diferencias, sus atracciones y rechazos.

La vida es pluralidad. La muerte es uniformidad. 

Al reprimir diferencias y peculiaridades, al eliminar diferentes culturas

y civilizaciones el progreso debilita la vida y fortalece la muerte, nos empobrece y mutila.

Cada visión del mundo que se extingue, cada cultura que desaparece, disminuye la posibilidad de vida.

Octavio Paz, 1950
, El Laberinto de la Soledad 

Hace un par de décadas la globalización tomó control del escenario y la vida de millones cambió. Seguimos apenas digiriendo las repercusiones sociales y culturales de esto. Pero en su momento era la única ruta posible al desarrollo y progreso, o al menos así lo promovieron quienes impusieron a toda costa esta vía. Incluso se acuñó un término, difundido con fuerza por incontables medios y utilizado por sus promotores para desestimar cualquier postura en contra de esta inercia: globalifobia, y toda manifestación globalifóbica era asociada con un afán “antievolutivo”.

Si bien la globalización es un proceso que ha tenido distintos episodios a lo largo de la historia, su aceleración respondió a la necesidad de una agenda económica que requería de un mercado globalizado para implementarse. Sin embargo, durante esta aceleración dictada por un criterio comercial, se ignoraron las repercusiones culturales y sociales que un proceso así detonaría. Y hoy enfrentamos la resaca de esta omisión.

Autoconocimiento colectivo VS globalización acelerada

Lo mismo que diversas tradiciones y corrientes de pensamiento ven en el autoconocimiento individual una herramienta imprescindible para el crecimiento de una persona, esta premisa también aplica, creo, para una sociedad. Es decir, es fundamental que como colectividad nos preocupemos por entender quiénes somos y, consecuentemente, de dónde venimos, para ser capaces de construir, con algo de claridad, un rumbo y poder participar en un intercambio cultural activo sin terminar perdiendo la brújula identitaria

La globalización de hábitos de consumo e insumos culturales trajo como consecuencia el debilitamiento de nuestras respectivas identidades –esto además de los efectos financieros que hoy parecen más cuestionables que nunca. Tras la frenética aceleración de este proceso en las últimas 2 o 3 décadas, de pronto nos encontramos inmersos en un sentimiento de hastío y confusión que hoy se manifiesta principalmente a través de dos cauces, por cierto antagonistas entre sí: un nacionalismo excluyente, que ve en los flujos migratorios una amenaza y condena la interculturalidad; y un movimiento, cada vez mayor, que apuesta por la necesidad de refrescar nuestros cimientos culturales y contrarrestar la homogeneización de las sociedades contemporáneas de acuerdo con estrategias de mercado y guiada por los grandes medios de comunicación.  

 

Nacionalismo anacrónico y excluyente

En el primero de los casos, el nacionalismo excluyente, podríamos ubicar sucesos como el Brexit, votación mediante la cual el Reino Unido optó por abandonar la Unión Europea; o uno de los grandes recursos retóricos de Donald Trump –que por cierto significó el apoyo de muchos estadounidenses y contribuyó a que fuese elegido– que rechaza la migración y acusa en la interculturalidad una amenaza al bienestar de su pueblo. Además, vertientes nacionalistas en diversos lugares del mundo, por ejemplo Francia con Marine Le Pen, se han fortalecido gracias a este sentimiento colectivo e incluyen premisas racistas, xenófobas o que por lo menos abogan por una cerrazón cultural.

 

Reconexión con tu cultura

Del otro lado del espectro, pero también consecuencia de esta resaca psicocultural, existe un creciente interés por reconectarnos con nuestras respectivas raíces y promover una comunión con nuestra identidad cultural. A diferencia del nacionalismo aquí no se condena la globalización, en cambio se enfatiza en el entendimiento de nuestros orígenes y diferenciadores, para luego poder participar en ese intercambio multicultural e incluso enriquecerlo. No es lo mismo asistir a la fiesta global sin saber quién eres que hacerlo teniendo en claro tus orígenes y con la intención de compartir estas particularidades con los demás.

En resonancia con esta segunda tendencia, en años recientes han nacido múltiples proyectos que invitan a las personas, y en particular a los jóvenes, a religarse a esos tesoros intangibles que históricamente les pertenecen: por ejemplo sus tradiciones, sus mitos y todos aquellos ingredientes que hacen de la suya una cultura única. En el caso de México, que es el escenario que circunstancialmente me tocó, he visto germinar proyectos como +DeMX (Más de México), del cual soy partícipe, que apuntan precisamente a eso: refrescar los cimientos identitarios de su población para fomentar el autoconocimiento colectivo y, eventualmente, para aportar algo valioso, distinto, en el intercambio global. Además, vale la pena recordar que el acervo cultural de cada país termina siendo, como lo advierte el título que adjudica la UNESCO, un "patrimonio cultural de la humanidad", que a fin de cuentas nos pertenece a todos.   

La verdadera fiesta intercultural

Una globalización cultural, lejos de la globalización económica o mercantil, implica un proceso de madurez en todos los involucrados. Esto si partimos de que no se trata de la dilución de diferenciadores y particularidades culturales –y menos a favor de una amalgama de estereotipos y cánones dictados por el marketing trasnacional o la fábrica cultural que hoy encarnan los grandes medios– sino del intercambio vivo y enriquecedor de estos insumos entre personas alrededor del mundo.

Hoy tus raíces te llaman, y a todos nos conviene que todos atendamos ese llamado. Así, la globalización realmente será esa fiesta incluyente que alguna vez nos vendieron, y no un modelo económico para favorecer la voracidad de unos cuantos.

Identidad sí; nacionalismo no. 

Twitter del autor: @ParadoxeParadis