*

X
Con casi 500 años de distancia, el "Paisaje con la caída de Ícaro" de Pieter Brueghel puede ayudarnos a entender nuestro presente

Esta pintura se conoce como Paisaje con la caída de Ícaro. Desde hace algunas décadas, su autoría está en disputa, pero por mucho tiempo se le atribuyó al renacentista Pieter Brueghel el Viejo, quien pudo haberla finalizado cerca del año 1560.

Más allá de la recuperación de ciertos valores, cánones e ideas de la Antigüedad grecolatina, el Renacimiento se caracterizó también por cierto nihilismo frente a la vida que, en parte, fue herencia de los años oscuros de peste, enfermedad y muerte que antecedieron la luminosidad del siglo XV. La civilización europea resurgió a la ciencia, la salud, el conocimiento, la razón, el cultivo de las artes y podría decirse que incluso a la confianza y a la celebración de la vida, pero sin poder olvidar del todo esa sombra macabra siempre al acecho, esa verdad fundamental e irrebatible de que, después de todo, la existencia y sus placeres son finitos, perecederos, fugaces, un suspiro apenas en medio de un vendaval azaroso e imparable.

¿Qué vemos en ese Paisaje con la caída de Ícaro? De inicio, no a Ícaro. Quizá es curioso o inesperado, pero aquello que se nos ofrece a primera vista no es, como casi siempre pasa, el personaje célebre que se anuncia ya en el título de la obra.

Si consideramos cierta geometría de exposición, podemos decir que los personajes presentes en la pintura siguen una línea de importancia decreciente que inicia con toda su potencia visual en el campesino que guía el arado sobre el terreno en la cima del montículo, sigue hacia el pastor que mira hacia el cielo mientras su ganado pace al lado suyo, tiene un tercer punto en la carabela que parece estar zarpando, baja hacia las piernas de una persona que se ahoga en el mar y termina en el pescador que desde un pequeño risco parece afanado en conseguir su alimento del día.

En esa posible trayectoria de nuestra mirada sobre el cuadro, el corolario inevitable es preguntar dónde está Ícaro. No en el cielo, donde cabría suponerlo, pero tampoco en el lugar protagónico del lienzo. ¿Entonces?

Ícaro es nada menos que las piernas ahogándose entre el navío y el hombre que pesca. Ícaro es aquí “un chapoteo más bien desapercibido”, como escribió William Carlos Williams en su poema alusivo a esta misma pintura.

¿Qué se puede decir de esta elección artística? No es común descolocar la celebridad de un personaje, así sea uno mitológico, y llevarlo prácticamente a las márgenes de la obra de arte. Se puede decir que en Paisaje con la caída de Ícaro, Ícaro es lo menos importante, con todo lo contradictorio que eso pueda parecer.

Pero así es. Sea por ese nihilismo renacentista del que no siempre estamos al tanto, o por otras razones más de tipo existencial y cultural que se han mantenido a lo largo de los siglos –subterráneas pero constantes, Brueghel ofrece la lección del contraste existente entre los distintos registros y planos en los cuales está ocurriendo siempre, a cada instante, esto que llamamos realidad. Quizá Ícaro, en un momento de heroísmo y de tragedia, escapó del laberinto del rey Minos en Creta y terminó cayendo al mar víctima de su propio entusiasmo, pero por más increíble que suene esa historia, ello no impidió que el campesino siguiera labrando su tierra o que el pastor descuidara sus ovejas.

Esto, sin embargo, no es una invitación al desinterés, la apatía, la desconexión o el cinismo. No es que cada uno de nosotros tenga que refugiarse en su propia existencia y, con ello y paralelamente, negar la influencia que los hechos del exterior tienen sobre lo que vivimos. Que seamos seres sociales significa que, de una u otra forma, en mayor o menor grado, todo lo que hacemos tiene un efecto sobre nuestro entorno, esto es, sobre nuestra propia vida pero también sobre la de los demás.

En todo caso, la lección apunta más bien hacia la pertinencia de los hechos del mundo que, a veces, ocupan e incluso cautivan nuestra atención. En una época como la nuestra, tan saturada de estímulos, información, exigencias, consejos, supuestas opciones de vida y más, resulta muy fácil perder la sensación de la tierra firme sobre la cual estamos parados, que no es otra cosa más que nuestra propia vida. Miramos hacia un punto que, se nos dice, es lo deseable, y con ello perdemos de vista el lugar donde ya nos encontramos.

 

Twitter del autor: @juanpablocahz

Conoce la belleza mística de la música clásica de la India en este excelente documental

Arte

Por: pijamasurf - 01/22/2017

Una excelente introducción al universo musical de la India

La India es una tierra compleja que desde la mirada occidental hemos agrupado como una sola cultura, siendo que en realidad es un conjunto sumamente diverso de razas, religiones, idiomas y visiones del mundo. Sin embargo, si tenemos que generalizar podemos notar una característica saliente entre los diversos pueblos del valle Indo: la religiosidad, específicamente la devoción. La India es la gran tierra madre de religiones, y esto es parte indisociable de su producción musical. 

La música de la India es una de las más ricas en el mundo pese a que se concentra casi puramente en lo sagrado, en el éxtasis místico o en la expresión devocional (bhakti). Esto debe entenderse desde la noción védica que acompaña a las diversas manifestaciones religiosas que agrupamos como "hinduismo", de que el universo fue creado con sonido y que ciertos sonidos sintonizan como presencia la creatividad divina del cosmos.

Como señala este documental producido en 1966 por el mismo gobierno de la India, la música clásica hindú puede dividirse en dos categorías principales, la música indostaní del norte y la carnática del sur, las cuales comparten las mismas raíces pero se habrían dividido en los siglos XV y XVI (hay que decir que esta división no es exhaustiva ni mucho menos).

El documental cuenta con apariciones de algunos de los más importantes músicos hindúes de la época y establece los elementos esenciales de esta tradición musical. Mayormente, la música de la India se basa en la "raga", la forma centra melódica muchas veces improvisada ("el color" de la composición) y el "tala", la medida de tiempo o patrón rítmico recurrente. En la música indostaní es también importante el "meend", el agraciado deslizarse entre las notas. 

Existe un aspecto más ligero y romántico en la música indostaní llamado "thumri", esta palabra significa "caminar con pasos de baile para que las campanas de los tobillos repiqueteen". Aunque esta música suele ser más ligera el tema suelen ser los amores de Krishna y no deja de tener cierto componente devocional, si bien es un poco más lúdica y desenfadada.