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11 frases para recordar a Zygmunt Bauman, el lúcido analista de la sociedad moderna

Filosofía

Por: Pijamasurf - 01/10/2017

A un par de días de la muerte de Bauman, autor del concepto de la "modernidad líquida", lo recordamos con sus palabras

El recientemente fallecido sociólogo polaco Zygmunt Bauman fue uno de los más lúcidos analistas de los efectos de la tecnología y específicamente de las redes sociales en el marco de la modernidad y la sociedad de consumo. 

Bauman había expuesto que la idea de que la promesa neoliberal de unos cuantos acabaría derramándose hacia otros estratos de la sociedad era una gran mentira, mientras que la desigualdad sigue creciendo sobre dicha promesa. Así se crea lo que llama "un precariado", una sociedad precaria que sufre a expensas de una minoría privilegiada. 

El diario El País recupera nueve citas memorables de este gran pensador (y nosotros añadimos dos más):

1. Mucha gente usa las redes sociales no para unir, no para ampliar sus horizontes, sino al contrario, para encerrarse en lo que llamo zonas de confort, donde el único sonido que oyen es el eco de su voz, donde lo único que ven son los reflejos de su propia cara. Las redes sociales son una trampa. 

2. El viejo límite sagrado entre el horario laboral y el tiempo personal ha desaparecido. Estamos permanentemente disponibles, siempre en el puesto de trabajo.

3. Todo es más fácil en la vida virtual, pero hemos perdido el arte de las relaciones sociales y la amistad.

4. Hemos olvidado el amor, la amistad, los sentimientos, el trabajo bien hecho. Lo que se consume, lo que se compra son sólo sedantes morales que tranquilizan tus escrúpulos éticos.

5. El 15-M es emocional, le falta pensamiento.

6. Las pandillas de amigos o las comunidades de vecinos no te aceptan porque sí, pero ser miembro de un grupo de en Facebook es facilísimo. Puedes tener más de 500 contactos sin moverte de casa, le das a un botón y ya.

7. Ha sido una catástrofe arrastrar la clase media al precariado. El conflicto ya no es entre clases, sino de cada uno con la sociedad.

8. Las desigualdades siempre han existido, pero desde hace varios siglos se cree que la educación podía restablecer la igualdad de oportunidades. Ahora, el 51% de los jóvenes titulados universitarios están en el paro y los que tienen trabajo, tienen un empleo muy por debajo de sus cualificaciones. Los grandes cambios de la historia nunca llegaron de los pobres de solemnidad, sino de la frustración de gentes con grandes expectativas que nunca llegaron.

9. La posibilidad de que el Reino Unido funcione sin Europa es mínima (dijo en 2011).  

10. La cuestión de la identidad ha sido transformada de algo que viene dado a una tarea: tú tienes que crear tu propia comunidad. Pero no se crea una comunidad, la tienes o no; lo que las redes sociales pueden crear es un sustituto. La diferencia entre la comunidad y la red es que tú perteneces a la comunidad pero la red te pertenece a ti. Puedes añadir amigos y puedes borrarlos, controlas a la gente con la que te relacionas. La gente se siente un poco mejor porque la soledad es la gran amenaza en estos tiempos de individualización. Pero en las redes es tan fácil añadir amigos o borrarlos que no necesitas habilidades sociales.

11. Lo que está pasando ahora, lo que podemos llamar la crisis de la democracia, es el colapso de la confianza. La creencia de que los líderes no sólo son corruptos o estúpidos, sino que son incapaces. Para actuar se necesita poder: ser capaz de hacer cosas; y se necesita política: la habilidad de decidir qué cosas tienen que hacerse. La cuestión es que ese matrimonio entre poder y política en manos del Estado-nación se ha terminado. El poder se ha globalizado pero las políticas son tan locales como antes. La política tiene las manos cortadas. La gente ya no cree en el sistema democrático porque no cumple sus promesas. Es lo que está poniendo de manifiesto, por ejemplo, la crisis de la migración. El fenómeno es global, pero actuamos en términos parroquianos. Las instituciones democráticas no fueron diseñadas para manejar situaciones de interdependencia. La crisis contemporánea de la democracia es una crisis de las instituciones democráticas.

Un poco de psicología budista para deshacer el castillo de arena del ego

Una de las enseñanzas centrales del budismo es que el yo individual que nos parece tan sólido y estable en realidad no existe por su propia cuenta, sino que coemerge con nuestros pensamientos, conceptos y relaciones. Como tal, no puede encontrarse en ningún lugar en específico y sólo se mantiene en tanto que reificamos conceptos de ser tal o cual persona, con estas o aquellas características. 

James Low hace una buena labor en deconstruir el ego. Su visión es particularmente interesante ya que es alumno del maestro tibetano Chhimed Rigdzin y traductor de textos de la tradición dzogchén, y a la vez se ha desempeñado como psicoterapeuta. Low hace una interesante precisión: la palabra individuo significa "indivisible", pero no hay nada en nosotros que no sea divisible: nuestro cuerpo está formado una piel y unos orgános que a su vez están formados por tejidos, que están formados por moléculas que están formadas por átomos... Pero los átomos, según la física moderna, no son realmente cosas, son ondas de información que surgen y desaparecen. Ahora bien, si a esto respondemos que no somos ninguna parte en específico sino la totalidad de nuestro cuerpo, entonces surge la pregunta de hasta dónde llega nuestro cuerpo, ya que nuestra piel es permeable y estamos constantemente siendo penetrados por miles de millones de microorganismos, por la luz del Sol y diferentes ondas del espectro electromagnético; asimismo, estamos respirando y recibiendo del entorno numerosas influencias sutiles. Así que nuestro cuerpo no es muy estable, ni tiene límites definidos que puedan fijar nuestra identidad. Podemos decir entonces que en realidad somos nuestra mente pero, ¿dónde está nuestra mente? Según el maestro Tsoknyi Rinpoche:

No hay un lugar del cual la esencia de la mente provenga o surja, ni hay un lugar a donde vaya o en el que desaparezca, y no hay un lugar donde ahora mismo se encuentre. Sin embargo, está presente en todas partes, de una manera que todo lo penetra. Así su esencia es la vacuidad. 

James Low remarca que la mente es como el espacio, una conocida metáfora del budismo tibetano. Como el espacio, es algo que no se puede agarrar, no es una cosa; es aquello donde surgen los fenómenos, es potencia ilimitada (somos espacio que sueña con ser sólido). Incluso el ego tampoco es una cosa, pero al aferrarnos a él, al creer que es una cosa, surge una sensación aparente de solidez --lo que para los tibetanos es un predominio del elemento tierra. Tenemos, al reiteradamente aferrarnos a esta noción (a esta tensión) de ser un yo individual, la ilusión de durabilidad, sustancialidad y predictibilidad. Esto en cierta forma nos da seguridad, pero por otro lado nos limita y nos vuelve rígidos. Al ser sólidos y tener una identidad definida, las cosas se nos pueden pegar: cualquier suceso que nos ocurra nos marca, cualquier etiqueta que nos coloquen se nos queda. Si fuéramos como el espacio, nada se queda, de la misma manera que un ave no deja huellas en el cielo. Al creernos sólidos, independientes, separados, como objetos duros, como el elemento tierra, nos vamos encerrando en nuestro propio mundo; concretizando la fantasía de nuestra descripción del mundo, de nuestro diálogo interno, de existir separados ante una plétora de objetos cambiantes que determinan nuestro placer o dolor.

En realidad esta noción del ego de tener límites establecidos y una capa que lo protege y lo separa del mundo es una ilusión. "La cultura nos muestra cómo abandonamos nuestra totalidad para entrar en identificaciones muy pequeñas de nosotros mismos," dice Low. Constantemente nos identificamos con "estructuras transitorias", desde un juguete a un equipo de futbol, hasta ser un mal o buen padre, ser una persona inteligente o estúpida, o cualquier otra cualidad que nos repetimos que somos. Todas estas nociones que nos dan nuestra identidad, sin embargo, no existen de manera independiente, son siempre relativas, son proyecciones de nuestra propia mente. "La identidad es una forma coemergente, nuestro sentido del yo es parte del mundo, no nos pertenecemos a nosotros mismos, la idea de que somos autónomos, agentes autodirigidos es una ilusión", dice Low. El poder del ego viene de esto, de la ilusión de que hay alguien que está a cargo, de que hay algo duradero que es independiente del mundo (un mundo que es completamente impermanente). 

En realidad tenemos múltiples personalidades, explica Low. Por ejemplo, cuando hablas con tu jefe utilizas otro tono de voz, otra estructura gramatical y te relacionas desde toda una estructura de memoria distinta. Esto cambia completamente cuando hablas con tu novio; tu voz se vuelve muy dulce, cambia el lenguaje con el que te comunicas y todo el punto de encaje desde el cual operas. Esto muestra la gran la riqueza de nuestra creatividad, que nos permite movernos en múltiples direcciones. 

Pero cuando nos creemos demasiado nuestras creaciones --la principal de ellas nuestro ego-- luego "tenemos que vivir con la pesada responsabilidad de tener que administrar nuestra propia personalidad". Cuidar nuestro prestigio, la opinión que creemos que tienen ciertas personas de nosotros, y también tenemos que administrar y reforzar los conceptos que tenemos de nosotros mismos y no sólo los positivos, los negativos también necesitan mantenimiento. Llegamos entonces a existir como sujetos y objetos, los dos a la vez de manera fragmentada --el sujeto que tiene la experiencia y los objetos conceptuales que hemos creado creyendo que somos de cierta forma, lo cual evidentemente genera enorme preocupación y gasto de energía, ya que tenemos que andar cuidando y dialogando con todos estos objetos que sostenemos con nuestros pensamientos. Low señala que el comentario interno que sostenemos sobre nosotros mismos es el paralelo de nuestra ansiedad de los comentarios que creemos que los demás hacen de nosotros y también de los comentarios que hacemos de otras personas. Esto implica que permanentemente estamos confundiendo el mapa con el territorio, ya que sostenemos diálogos virtuales con personas que no estamos viendo y con situaciones que no estamos viviendo. 

Nuestra identidad surge de estos diálogos internos y de la retroalimentación que tenemos con el mundo y con las demás personas. Constantemente se está recreando, de cada una de estas interacciones. Low sugiere que es por ello que nos aterra quedarnos solos en un lugar sin hacer nada (de hecho así castigamos a las personas, encerrándolas en una habitación sin tener contacto con los demás). Esto nos coloca en una crisis de identidad. Puede ser una oportunidad de observar nuestra mente y entender cómo nuestros pensamientos nos llevan constantemente a identificarnos con diferentes objetos y conceptos, o colocarnos simplemente en un estado de angustia al no poder retirarnos de nuestro contenido mental proyectándonos sobre un objeto familiar.  

Pero entonces, "¿Quién somos realmente? Según el Buda no somos realmente nadie. La mente no es una cosa, no la puedes atrapar, no la puedes definir, sin embargo, permite que surjan infinitas posibilidades, las cuales sólo están limitadas por nuestras propias definiciones", dice Low.

La enseñanza del Buda sostiene que todo lo que es creado se mueve hacia su propia destrucción. Pero si nuestra verdadera naturaleza es infinita, esto significa que existe desde antes del comienzo. Y si no tiene un comienzo tampoco tendrá un final. Sin un comienzo ni un final no puede ser una entidad. Y esto no es sólo un concepto abstracto. Esto significa que no somos entidades. No somos cosas. Esto significa que no somos quien creemos que somos. 

Esto es lo que a veces se confunde de las enseñanzas budistas. El Buda no niega que existamos, niega sólo un yo definido, fijo y estable, lo cual es una versión muy reducida y pobre de lo que realmente somos. Esto que somos es tan extraordinario que no puede definirse de ninguna manera, por eso el Buda incluso niega la teoría del Atman hinduista, en la que se identifica el alma individual con Dios o con el alma universal (Brahman). El budismo mahayana enseña que la naturaleza esencial de todos los seres es Buda o la budeidad. Esto no es algo que uno puede comprar o que uno puede perder, ya es en toda su luminosidad y pureza. Sólo es algo que uno tiene que reconocer o desocultar. Se suelen usar las metáforas de una semilla de sésamo (o ajonjolí) que ya contiene el aceite de sésamo, sólo se debe molerlo para extraerlo, o del Sol que siempre está brillando aunque se encuentre detrás de las nubes. 

Esta naturaleza búdica, según el mayahana, es la vacuidad; la sabiduría que caracteriza a un adepto logrado es ver todos los fenómenos como vacuidad, esto es, que no tienen existencia inherente, que todos son como el reflejo de la Luna en el agua, como sueños. Todas las cosas sólo existen en una cadena de relaciones, ninguna puede erigirse por sí misma. Y el lugar donde aparece este castillo de reflejos es la mente, todo ocurre en la mente que es como el espacio. Al asimilar esta noción se produce una gran libertad, ya que si no somos algo podemos ser todo (sin que objetifiquemos al todo como una cosa), y si no somos eso que creíamos que éramos se disuelven también gran parte de los miedos y de las frustraciones que teníamos, los cuales surgen al crear una identidad, a la cual comparamos con los demás y la cual constantemente necesitamos satisfacer. El hombre occidental moderno le tiene miedo al vacío porque su ego no le permite concebir que la existencia continúa sin la necesidad de tener una identidad fija. Se puede ser y saber sin un yo (Fluir en el sin yo es el atinado título de un libro de Jacobo Grinberg). Esta es la gran enseñanza del budismo y de otras religiones en las que al perder la importancia personal, al  hacer a un lado el constructo de la personalidad (literalmente esto es lo que significa éxtasis: hacer a un lado), surge la verdadera naturaleza: dicha ilimitada, presencia luminosa y apertura espontánea. Vacuidad y sabiduría: las dos alas de un mismo inconcebible pájaro arcoíris. 

 

Citas tomadas de la conferencia Vacuidad y dzogchén de James Low

 

Twitter del autor: @alepholo