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Ni Drake ni Kanye West: Mozart fue el músico que más álbumes vendió en 2016

Arte

Por: pijamasurf - 12/11/2016

Contra todo pronóstico, el genio de Salzburgo fue el artista con mejores ventas de este año

Conforme termina el año la data en torno a lo sucedido en este período comienza a fluir. Entre otros, una de las estadísticas más usuales es aquella que se refiere al número de álbumes que un músico vendió desde el momento en que éste se presentó al público. Y aunque lo común es encontrar los nombres de los “artistas” creados ex profeso por el sistema cultural dominante, este 2016 fue sorpresivo al respecto, pues el músico mejor posicionado en ventas fue nada menos que Wolfgang Amadeus Mozart.

De acuerdo con Billboard, este año el genio de Salzburgo derrotó a músicos tan populares en nuestra época como Drake o Kanye West.

Mozart derrotó en ventas a estas estrellas del hip hop gracias a una colección lanzada por las disqueras especializadas en música clásica Decca y Deutsche Grammophon, en colaboración con la Fundación Mozarteum Salzburg, con motivo del 225º aniversario de la muerte de Mozart, que se conmemoró este año. Mozart 225 se presentó en agosto como el box set “más autorizado, completo y erudito dedicado a la obra de un solo compositor”.

El trabajo tomó 18 meses de curaduría y planeación y reúne todas las composiciones conocidas de Mozart, en un total de 200 discos compactos y 240 horas de música, interpretadas a su vez por 600 solistas y 60 orquestas. Hasta ahora se han vendido 1.25 millones de discos, aunque como colección completa se han registrado únicamente 6 mil 250 box sets.

Y si bien esta noticia puede ser tomada como alegría, también cabría comparar este dato con estadísticas de otras formas contemporáneas de escuchar música, particularmente en servicios de streaming como Spotify, en donde, por ejemplo, la canción “Drizzy” de Drake se reprodujo en 2016 más de 4.7 mil millones de veces.

 

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Lágrimas en sus ojos: reflexión sobre la película “La llegada” (Denis Villeneuve, 2016)

Arte

Por: Psicanzuelo - 12/11/2016

La búsqueda lingüística ante el enigma de las gigantescas piedras de otro mundo que flotan sobre nuestro planeta ayuda a elaborar un relato sobre lo que nos podría ayudar para evolucionar

La doctora Louise Banks (Amy Adams) se refugia dando clases de lingüística en la universidad; la pelirroja actriz ha perdido el semblante alegre que la caracteriza, porque también sufre la gran ausencia de la persona más valiosa para ella, su pequeña hija que murió de cáncer.

No pasa mucho tiempo para que sea requerida por el ejército, para traducir a los pobladores de otro planeta que están visitando la Tierra habitando rocas que flotan sobre la población en distintas partes del mundo (¿sus naves espaciales?).     

La llegada (Denis Villeneuve, 2016) goza de un magnifico trabajo de atmósferas por parte de su director Villeneuve (Incendios, Sicario) que con cada película no deja de sorprendernos estéticamente. Por ejemplo la manera como se voltea la cámara, cuando pasamos del suelo de Montana, verde subexpuesto a tono, al nuevo horizontal, que se vuelve después de la vertical de acenso la nueva exposición de luz que nos recibe en una especie de sauna donde residen los visitantes. Lo percibimos por medio de los dos científicos, la doctora y su colega recientemente conocido, Ian Donnelly (Jeremy Renner), que desarrollan una amistad con ellos comunicándose poco a poco.

Los pobladores de otro planeta que viven en la nave tienen el aspecto físico de unas gigantescas manos de elefante que tocan un piano, intentando comunicarse con la doctora Louise por los círculos tipo monje zen (en un sentido estético que provocan con tinta que vuela en el aire) en otro lenguaje lejos del humano. Al descubrir que los círculos no son intentos del infinito sino portadores de lo que dicen las líneas que salen de la circunferencia, palabras que desmenuzan el tiempo, entrelazadas, conceptos que ligan el tiempo.

El problema viene cuando aparece la palabra ARMA, que podría ser HERRAMIENTA según Louise. La potencia de la China representada con un comandante, general (elemento dramático Hollywoodense) con poder absoluto, es el contraste contra el logro que van haciendo los científicos porque también allá hay una nave que está suspendida en el aire chino. El general quiere atacar las naves atómicamente al no querer escuchar nada más que la palabra “arma”, en lugar de “herramienta”, pensando que los extraterrestres quieren liar en una guerra a las potencias del mundo.  

Desde el futuro viene la respuesta/conexión entre Louise y su hija fallecida en una versión de futuro donde no está muerta y donde su compañero de trabajo Ian es su padre: no hay tiempo sino intención. Las piedras gigantescas voladoras traen el mensaje que puede salvar a la humanidad, sin ser la película de monstruos que suena tipo Jack Arnold (Tarántula, El increíble hombre menguante) es lacaniana en esencia, con algunos recursos narrativos para funcionar en Hollywood, en elipsis de su montaje donde el fantasma de Chris Nolan (El origen, Interestelar) se aparece.

Es la lengua lo que nos puede conectar con otra cultura de otro planeta quizás de otro universo, partiendo de esta premisa se despliega un romance muy técnico entre el doctor y la doctora, auspiciados por la misión y su líder, el coronel Weber (Forest Whitaker). Ian y Louise se vinculan por diálogos referentes a la sexualidad, que se va mostrando en gestos y movimientos, fingida y extendida en valores intrínsecos, se conectan, se miran, se preguntan qué es la cifra que sigue, como si estuvieran haciendo el amor. El tema es el lenguaje, le preguntan por orden de la doctora al extraterrestre, él los bautiza con los nombres del dúo de comediantes americanos de la década de los 40, Abbott y Costello, manos del paquidermo Ganesha dentro de las caras de piedra, infinita bondad, que por su apariencia hacen desconfiar en una especie de Jurassic Park (Spielberg, 1993) intergaláctico. 

Una fotografía agraciada a cargo de Bradford Young (Selma), de tonos sobreexpuestos de luz brillante en todo eso que le sucedió a Louise antes de iniciar la trama y que le sigue ocurriendo cada que recuerda, y es que es sobre la memoria la película más que sobre el tiempo, o el tiempo como memoria líquida tecnológica al interior de la humanidad. Los extraterrestres traen algo consigo, la intriga que tiene el saber si es bueno o malo lo que traen mueve la primera capa narrativa.

Me gusta personalmente que todo sea tan monótono, como si fuera una sinfonía minimalista, por ejemplo las sesiones de pizarrón con los extraterrestres vuelven a la película sumamente lenta para muchas audiencias comerciales, pero hacen la película mucho más seria en su significado. Basada en una historia corta de ciencia ficción escrita por Ted Chiang, “La historia de tu vida”, adaptada al cine en un guión de Eric Heisserer, quien por años ha estado pichando el trabajo de Chiang para hacer filmes y ha sido rechazado por los grandes estudios porque no veían en los relatos una pelo de Chiang para hacer filmeslase de srabajo de Chiang para hacer película, hasta ahora. Heisserer elabora un astuto guión metafísico que resulta una delicia por el manejo de efectos VFX y CGI, mezclado con maravillosas actuaciones en la puesta en cuadro por parte de Villeneuve. Es que el relato original es metafísica pura, donde se siente la presencia en un mismo grado tanto de Borges como de Bradbury, con una línea narrativa que se desprende de la voz interna de Louise, que dialoga con su hija en sus distintas edades, para que en la película quedé más como un anhelado pasado que se puede recuperar, pero la idea de que se conserve el padre de la niña como el mismo investigador que la ayuda con la traducción hace de la película un caballo de Troya con información reveladora para los que esperan una nueva era, dentro de una cinta que parece emocionante para hacer dinero únicamente.   

Lo interesante es cómo la doctora Louise nos involucra con su búsqueda de una s atinada al enigma que representan la existencia de estas figuras que son una especie de petroglifos que flotan y se evaporan después. Las piedras suspendidas pueden parecer en ocasiones bocinas para el emotivo soundtrack que deja caer en directo Jóhan Jóhannsson, cuerdas y electrónica no encuentran mucha frontera en los aires del planeta amenazado, al igual que no hay muros entre música y diseño sonoro en La llegada.

Horizontes cruzados (en el superior arriba de la nave es la verdad el máximo, son los extraterrestres, la metafísica cinematográfica), en el bajo el suelo Montana, es una serie de impacto espacial tipo Independence Day (Emmerich, 1996) Es lo que hace de La llegada un elevador. Una parodia de cómo nos sentimos en estos tiempos vertiginosos de estar contentos y tristes en un lapso de 10 minutos.

La escritura de otra cultura interespacial, quizás hasta interdimensional: ¡nadie sabemos de dónde vienen, o de dónde vinieron! Elefantes rosas, que vuelan tras dejar claro que todo reside en el interior de Louise, así como de todo integrante de la humanidad.

 

Twitter del autor: @psicanzuelo