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Esta novedosa performer ha impactado a miles de personas con sus peculiares presentaciones y pinturas

Su nombre es Millie Brown (no confundir con Millie Bobby Brown, actriz infantil de Stranger Things), es inglesa, tiene 29 años y poco a poco va conquistando el mundo del arte con su peculiar aproximación a la pintura y el performance. En ocasiones anteriores hemos presentado a esta artista cuyo talento es bastante polémico.

 

 

Para ella se trata de una especie de purificación física y mental. Millie afirma ser una persona completamente sana, pues sigue una dieta estricta y vegana; además, limita sus presentaciones a una por mes para no empujar a su cuerpo más allá de sus límites. Para cada sesión prepara su cuerpo con 2 días completos de ayuno.

 

 

Su proceso de creación consiste en ingerir bebidas a base de soya con colorantes que luego vomita sobre el lienzo. Esta peculiar manera de plasmar formas llamó la atención de muchos críticos que vieron en la joven, criada en Francia y España, a una promesa y una de las claras herederas del genial Jackson Pollock.

 

 

No sólo el resultado sino el proceso mismo se convierten en foco de interés para aquellos curiosos espectadores (usualmente de estómagos fuertes) que quieren apreciar la delicada técnica de la joven británica. Brown prefiere improvisar durante cada presentación pese a tener más o menos una idea clara de cómo le gustaría que se viera su cuadro.

Hace un par de años desató bastante polémica durante una presentación de Lady Gaga en el festival SXSW:

 

 

Aquí un detrás de cámaras antes de su performance Rainbows Body realizado el año pasado en la Gazelli Art House:

 

 

Ya sea que se considere como verdadero arte o no, no hay duda de que Millie Brown dará mucho de qué hablar en años venideros.

 

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"Esto es un insulto a la vida": Miyazaki sobre la animación hecha con inteligencia artificial (VIDEO)

Arte

Por: pijamasurf - 12/21/2016

Con lucidez, Hayao Miyazaki da el argumento definitivo de por qué la creatividad auténtica nunca podrá ser replicada por una máquina

Hayao Miyazaki es sin duda una de las pocas personas de nuestro tiempo cuya fama mundial es fruto de su propio trabajo, de la dedicación con que lo realiza y cabría decir que incluso del amor con que lo ha sostenido durante estas décadas.

En buena medida esto se debe a que Miyazaki pertenece, por así decirlo, a otro “espíritu de la época”, uno en el cual se sabía y se aceptaba que toma tiempo hacer cosas de valor y que, por otro lado, este mismo es indisociable del esfuerzo con que se hace, la experiencia, la curiosidad, el deseo, el interés por hacerlo mejor y otros factores que, por alguna razón, ahora no se toman mucho en cuenta.

¿Qué explica este cambio de paradigma? A juzgar por lo que se mira en este video que compartimos, la irrupción de la tecnología digital tiene mucho que decir al respecto. Si nos limitamos únicamente al ámbito de la animación, es más o menos evidente que no es lo mismo dibujar a mano que tener el dibujo de una máquina que fue programada para realizarlo. Quizá el resultado final parezca similar y quizá incluso el de la máquina sea más admirable, pero las implicaciones de uno y otro proceso son enteramente distintas. El ser humano puede innovar, equivocarse, seguir su intuición mientras dibuja, tener una idea espontánea respecto de su trabajo, pero la máquina…

En el video (que comenzó a circular en Internet desde hace unos días), un grupo de tres estudiantes presenta a Miyazaki y a un productor de los Estudios Ghibli una animación hecha por una inteligencia artificial, en la cual un cuerpo sanguinolento se arrastra por el suelo. “Este movimiento es muy aterrador, y podría usarse en videojuegos de zombis”, dice uno de los estudiantes.

La respuesta de Miyazaki, sin embargo, es poco alentadora. La traducimos aquí, íntegra:

Bueno… Todas las mañanas, no ahora, pero veía a un amigo que tenía una discapacidad… para él era tan difícil incluso nada más que chocar las manos: los músculos de sus brazos estaban muy entumecidos como para alcanzar mi mano. Ahora, si pienso en él, no puedo ver esto y encontrarlo interesante. Quienquiera que haya creado esto no tiene idea de qué es el dolor o cualquier otra cosa. Estoy absolutamente disgustado. Si de verdad quieren hacer cosas horripilantes, pueden seguir y hacerlas. Yo quisiera nunca incorporar esta tecnología a mi trabajo. Siento decididamente que esto es un insulto a la vida.

Después de esto, el productor que acompaña a Miyazaki pregunta a los estudiante por el objetivo de su labor. Uno de ellos responde que quieren “construir una máquina que dibuje imágenes como los seres humanos lo hacen”.

Y es quizá en ese contraste –entre el comentario preciso aunque demoledor de Miyazaki y la respuesta tontamente ingenua del estudiante– donde se adivina la distancia que separa a ambas épocas: una donde se concibe a la creatividad como un trabajo esencialmente vital (es decir, lleno de vida, en todos los sentidos y aspectos posibles), y otra en donde eso mismo es tan poco valioso que se cree admisible entregar su producción a una máquina, como cualquier otra mercancía.