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Estos son los países con más esclavos en la actualidad

Sociedad

Por: pijamasurf - 12/06/2016

Aunque parezca cosa del pasado, se calcula que actualmente hay cerca de 50 millones de personas que viven en condiciones de esclavitud

Si bien en materia de derechos humanos se han registrado grandes avances en el último siglo, la desigualdad de riqueza continúa siendo obscena (quizá más que nunca). Y mientras esto no se resuelva seguiremos siendo testigos, generalmente pasivos, de aberrantes fenómenos. Uno de estos es la esclavitud contemporánea. 

Aunque la mayoría de nosotros tendemos a pensar que la esclavitud es un formato del pasado, en realidad goza de triste vigencia. De hecho, hay buenas probabilidades de que tú estés relacionado, al menos indirectamente, con una "cadena productiva" que involucra relaciones de esclavitud. 

Recién se publicó el Global Slavery Index en su edición 2016, y las cifras siguen siendo espeluznantes. Se calcula que en el mundo hay por lo menos 45.8 millones de personas que viven en condiciones explícitas de esclavitud (esto obviamente sin contar los cientos de millones que viven a merced de sueldos miserables y condiciones laborales denigrantes).

Si bien más de la mitad de estos esclavos, el 58%, se concentra en cinco países (India, China, Pakistán, Bangladesh y Uzbekistán), existen muchos otros países en los que sorpresivamente también viven miles de esclavos. ¿Sabías que en México hay casi 400 mil personas viviendo en estas condiciones, en Estados Unidos más de 50 mil, en Italia 130 mil o en Japón casi 300 mil?

Por cierto, aunque los esclavos estén concentrados en latitudes lejos de ti, por ejemplo en China, eso no te exime de involuntariamente estar ligado a ellos, ya que bien podrían ser los encargados de manufacturar tu nuevo teléfono o tu ropa.  

 

Para consultar el mapa completo de esclavos por cada país visita este enlace

¿Por qué la generación Z y (algunos) millennials están abandonando sus redes sociales?

Sociedad

Por: Kin Navarro - 12/06/2016

Algunas razones para no tomar tan en serio nuestra vida en redes sociales o (si lo necesitas) alejarte de ellas para siempre

Las redes sociales comenzaron de manera ingenua. Estar en contacto con tus amigos, conocer gente nueva, recuperar cercanía con tus antiguos “amigos”, colegas, compañeros de escuela, de trabajo, exparejas, en fin. Hasta aquí suena razonable y... ¿sano?

Luego de los primeros intentos fallidos de Myspace y Hi5 para generar una interfaz amigable de encuentro social, Facebook triunfó donde ellos no al no darle libertad a cada usuario para personalizar su perfil, por ejemplo. Supo ver entre las grietas y responder con velocidad a las necesidades de sus usuarios conforme éstas se volvieron más evidentes: facilitaron la gestión de imágenes, el etiquetado de amigos, las menciones directas, innovaron en los llamados toques, incluyeron un chat para conversar en vivo, crearon la posibilidad de abrir grupos, en fin, cada característica o posibilidad que esta y otras redes sociales ofrecen es también un síntoma del estado enfermizo de nuestra sociedad.

Ni qué decir de Twitter, la demostración de que todos podemos gritar al mismo tiempo, en 140 caracteres o menos, sin decir nada, abarcándolo todo. Lo peor es la facilidad con que tendemos a manifestar lo peor de nosotros con la comodidad de la lejanía y, a veces, el anonimato.

Instagram es otro caso en el que se comprueba la facilidad con que podemos maquillar la realidad para presentar al mundo una versión inexistente de nosotros mismos.

Luego de apenas 10 años de hiperconectividad, estas redes se han convertido en una versión perversa de lo que se imaginó como una simple y útil herramienta de sociabilidad. Para muchos, las redes sociales se han vuelto una enorme carga, pues han desatado toda clase de comportamientos patológicos: ataques desenfrenados de celos, acoso virtual, adicción y dependencia, reencuentros incómodos o innecesarios, FOMO (por sus siglas en inglés: Fear Of Missing Out, miedo a perderte cosas), ansiedad y depresión.

La inevitable tendencia a comparar nuestras vidas con las de aquellos que aparecen en nuestro timeline presumiendo compartiendo sus últimos logros académicos, la proximidad de sus bodas, el nacimiento de sus hijos, la llegada a la meta final en un maratón, en fin, cualquier cosa que constituya esos “deberes vitales” o momentos-deseables-en-la-vida-de-toda-persona, lejos de volverse un motivo de alegría por el otro se puede volver una fuente inagotable de angustia para los que se encuentran en otro punto de una trayectoria de vida completamente distinta.

A la vez, la necesidad de compartir sin ninguna clase de filtro todos los acontecimientos, grandes o pequeños, de nuestra vida provoca darle más importancia a las cosas que no la tienen y banalizar las que en realidad son trascendentes.

Muchos miembros de la generación Z, los nativos digitales cuyos miembros más viejos tienen 19 años en este momento, están cerrando sus perfiles en todas las redes sociales. En un mundo que se ha acostumbrado a la sobreexposición del yo social, un poco de privacidad es muy bien valorada. La necesidad de estar conectado todo el tiempo y saber lo que otros hacen constantemente no sólo es enfermiza y contraproducente sino demandante y cansada.

Muchos millennials han comenzado a cerrar sus redes por estas razones, aunque otros tantos las mantienen para conservar sus contactos profesionales o porque sus carrreras demandan cierto nivel de autopromoción. Muchos se mantienen como observadores pasivos de esa gran pasarela en la que se ha convertido nuestra convivencia, un pasillo de escaparates en los que tener la razón o poseer la máxima expresión de cualquier cualidad que creemos deseable como belleza, éxito económico, realización profesional, es el sentido mismo de nuestra existencia. Muestro luego existo.

Los 15 minutos de fama que predicó Warhol se han extendido pero exigen un trabajo constante cuya única paga es la satisfacción de nuestro ego, el espejismo por excelencia.