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Este mapa muestra cuáles son los países más ignorantes del mundo

Sociedad

Por: pijamasurf - 12/18/2016

Este reciente índice enlista las naciones cuya población podría calificarse de más ignorante, y en él encontramos bastantes curiosidades

Quizá lo que más llama la atención de este ranking de ignorancia por país es constatar que entre las naciones más desinformadas se encuentran también algunas de las más poderosas. Lo anterior nos lleva insinuar que acaso existe una relativa correspondencia entre el poder que ejerce un gobierno y la ignorancia que evidencia su sociedad –factor, este último, que precisamente estaría facilitando lo otro. De hecho, dos de los únicos cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas figuran entre los cinco países más ignorantes. O dicho de otra forma, la ignorancia puede ser un agente bastante rentable para que un gobierno acumule poder, libremente y sin tener que responder a exigencias civiles. 

La firma Ipsos MORI, especializada en opinión pública, detectó, por medio de encuestar a cerca de 30 mil personas de 40 países, en qué naciones se ubica una menor correspondencia entre lo que la gente percibe y lo que los números comprueban. Con preguntas que van desde "¿Cuántos musulmanes habitan en Europa?", para el caso de los europeos, hasta "¿Cómo gasta su dinero tu gobierno?", entre varias otras, el Índice de la ignorancia fue definiendo las posiciones de estos 40 países y el resultado fue el siguiente: India, China, Taiwán, Sudáfrica y EEUU aparecen como los países "menos conocedores", mientras que Holanda, Reino Unido, Corea del Sur, la República Checa y, sorpresivamente, Malasia, se acomodaron como los menos ignorantes. El resto del top 10 lo conforman Australia y países europeos, mientras que Colombia es el país latino mejor ubicado, ya que aparece en lugar 11. 

 

Aquí puedes consultar un mapa interactivo que refleja esta evaluación y ver la imagen anterior ampliada

Recordatorio navideño: comprar cosas y dar regalos no te hace feliz o una buena persona

Sociedad

Por: Pijamasurf - 12/18/2016

Un poco de reflexión para la fiesta del consumismo

Aunque para algunos esto pueda ser noticia, la Navidad originalmente era una fiesta religiosa en la que no figuraba en ninguna medida importante la costumbre de regalar objetos. Hábilmente, las marcas y las agencias de relaciones públicas han logrado transformar esta celebración en una fiesta del consumismo que dura cada vez más (ahora la fiebre navideña empieza meses antes). Ya que vivimos en una economía de crecimiento infinito, en la que se ha creado la ilusión de que es necesario consumir para generar prosperidad, el frenesí de consumo navideño se vive como una obligación y como una especie de aguerrida temporada de supervivencia para las marcas en la que se vale cualquier cosa.

El sitio Ecocentro ha hecho una interesante reflexión sobre esta situación, notando que: "No hay una relación entre el aumento indiscriminado de objetos y el aumento de la felicidad, una vez obtenidos los mínimos universales". Asimismo, se hace énfasis en que detrás de la feria del consumo existen ciertos valores religiosos que son puestos en entredicho por la banalización del afecto que supone su mediación por los regalos materiales. No nos damos cuenta de que muchas veces buscamos llenar nuestro vacío psicoemocional, el cual se pone en relieve en estas fechas, con posesiones materiales, y al hacerlo caemos en las redes de manipuladoras compañías. Esto es, por supuesto, un problema psicológico y un problema ecológico, ambos interdependientes:

La cada vez más sofisticada ciencia publicitaria, que con las más novedosas teorías científicas sobre el cerebro y el mundo emocional convierten en consumidores compulsivos a niños, adolescentes, adultos, inventando nuevos nichos de mercado en perros y demás animales de compañía. Nadie se libra de su susurro tentador, “compra, compra y llena así tu vacío”. A mayor vacío interior, mayor fiebre consumista, en una espiral en la que no sólo se degrada el ser humano a su condición más inferior, de falta de dominio de sí, sino que en su degradación degrada la naturaleza que no soporta esa presión sobre sus ecosistemas, de los que se extraen los elementos para construir objetos cada vez más inútiles, programados para la obsolescencia, que implican en su producción injusticia laboral y social en los países del mundo a los que devolvemos, a cambio de su mano de obra barata para cambiar de armario cada temporada, nuestras migajas caritativas y nuestros residuos, que intoxican irremediablemente el mundo.