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Este es el país más corrupto del mundo según un especialista en mafias (y seguro no te imaginas cuál es)

Sociedad

Por: pijamasurf - 12/11/2016

Roberto Saviano, autor de populares libros y estudioso de la mafia italiana, advierte que el país más corrupto del mundo no es el que nadie imagina

Ante la pregunta "¿cuál es el país más corrupto del planeta?" la mayoría de nosotros apuntaríamos, casi automáticamente, a alguna nación africana, árabe, sudasiática o incluso latinoamericana. Pero la respuesta de Roberto Saviano, además de sorprendente, es un buen estímulo para repensar nuestra imagen del epicentro de la corrupción. 

Saviano es un periodista y escritor italiano que publica en medios como The Guardian, The New York Times, The Washington Post y El País, y autor de un par de best sellers sobre la Gomorra o mafia del sur de Italia. Y entre las muchas cosas que ha evidenciado, una es la hiperconexión que reina entre las distintas organizaciones criminales alrededor del mundo, teniendo como eje --insospechado para muchos-- el gran sistema financiero o, en sus palabras, el "capital financiero".

Respecto de la interrogante que planteamos al inicio de estas líneas, hace unos meses, durante una ponencia en el Hay Festival, Saviano advirtió lo siguiente:

Si les preguntara cuál es el lugar más corrupto del mundo quizá me responderían que Afganistán, Grecia, Nigeria o el sur de Italia, pero yo les digo que es el Reino Unido.

No es la burocracia, no es la policía, no es la política, sino lo que está corrompido es el capital financiero. El 90% de los que poseen capital en Londres tienen sus centros de operaciones offshore (en paraísos fiscales). 

Jersey y las islas Caimán son la puerta al capital criminal en Europa, y el Reino Unido es el país que lo permite. Por eso es tan importante, tan crucial para mi, estar hoy aquí hablándoles, porque les quiero decir que esto se trata de ustedes, de su vida, esto se trata de su gobierno. 

Qué hay atrás de la folclórica y dañina corrupción de los países tercermundistas, de la concentración desmedida de riqueza y de la hipocresía implícita en los discursos de buena parte de los políticos primermundistas... existe un sistema esencialmente corrompido en torno a la avaricia patológica y el capital alrededor del cual gira este gran sistema. Ahí está en realidad la "semilla del mal", y en este sentido la respuesta de Saviano es un pretexto ideal para reflexionar sobre esto.

Revisar la escuela de fondo supone tocar hasta los tótems. Mientras no lo hagamos, no habremos empezado el nuevo juego

Escuché por ahí que “la política no se aprende, sino que se comprende”. Y me llamó la atención. Es infrecuente encontrar esquemas conceptuales que sometan al verbo “aprender” a escalas inferiores. Estamos acostumbradísimos a verlo encumbradísimo, cargado de parafernalias, orondo y ponderado. Es un verbo canonizado, santificado. Y eso no le hace nada bien.

Comprender es más que aprender –nos dicen, y además es una cosa diferente. Eso me interesó. Lo de que “la política…” me resulta irrelevante, en realidad, porque cuando leo política leo todo, como cuando leo filosofía. La comprensión trasciende el aprendizaje. ¿Cómo? ¿Por qué?

Revisando, encuentro otros casos en los que el aprendizaje, o hasta la educación misma, representan conceptos que no encumbraría tanto y que muchas veces hasta revisaría seriamente. Usos del concepto que muestran que se queda corto, que no es lo que realmente forma a las personas y les permite una apropiación cabal de las cosas. Cuando nos dicen (cuando nos decían cuando éramos niños, como cuando decimos a nuestros niños… ) que somos educados, nos están diciendo algo menor, bien superficial, soso e irrelevante. No decimos que son educadas las personas profundas, valientes, íntegras, complejas, emprendedoras, inquietas y amplias; cuando decimos que son “educadas” no estamos queriendo decir eso, sino que son sobrias, bien portadas, adaptadas, convergentes, discretas, dóciles a las reglas y obedientes. Personas que han comprendido poca cosa, y cosa poco relevante; personas que han apenas rozado –si acaso-- el sentido de lo real.

Cuando decimos que ella está bien educada sexualmente; que ha aprobado con nota destacada la asignatura “educación sexual”; que ha aprendido la materia, ¿qué estamos diciendo? Que tiene buena información sexual, sobre todo en cuanto a prevención de riesgos. ¿Tendrá algo que ver eso con la calidad de su vida sexual, actual o futura? ¿Demuestra que se ha apropiado del sentido de lo sexual? ¿La hará más plena y feliz? Ni no ni sí; simplemente, no tiene incidencia. Ese “saber” sexual no incide en su sexualidad, sino –en todo caso-- en su sanidad, que son cosas diferentes.

Cuando decimos que saca 10 en matemáticas o en literatura, decimos que ha aprendido. ¿Eso quiere decir que produce matemáticas o literatura; o que se acerca al milagro de la producción literaria? No. Probablemente, al contrario; cuanto más literatura aprenda, menos probabilidad de ser escritor tendrá. El escritor comprende la literatura, no la aprende. Lo mismo el matemático.

Comprender es otra cosa. Se aleja del acopio informativo. No es tener algo, es estar dentro de algo; por ejemplo, de la física o de la historia. El aprendizaje parece una adquisición mientras que la comprensión se devela como una inmersión. No traigo el saber a mí (que sería aprender), es el saber que me devora (que lo llamamos comprender). Fui poseído cuando comprendí. Y cuando me piden que dé cuenta de mi comprensión –lo que llamamos la evaluación, lo que hago es producir, porque no puedo reproducir sin apropiarme críticamente y tomar posición. Estoy perdido. Lo he logrado.

Aprender es dar cuenta. Y eso alcanza para muy poco; para aprobar exámenes, esencialmente. “Me lo aprendí”, que es lo que suelen decir los alumnos; un “me lo tragué”, que me parece escuchar. Nadie dice “me lo comprendí”. Lo comprendido no se puede cosificar. Ahí está el matiz. “Me lo tengo que aprender”, y no “me lo tengo que comprender”. El lenguaje va delatándonos.

Educar y enseñar, que es la contracara del aprender, están muy bien, pero no alcanzan. Y cuando hacemos de ellos un culto, pasamos de la sociedad al museo y enterramos a los vivos sin haberlos dejado vivir. Educamos con una carga moral que asfixia y luego anhelamos jóvenes libres. Bajamos líneas como si supiéramos. Comprender invita a otro juego y se constata de otra manera. Tiene otras velocidades (además de muy otras complejidades) y está cargado de subjetividad. Para comprender hay que haber sufrido y hay que haberse equivocado, y si es posible, varias veces. La comprensión suele ser retroactiva, luego de tanteos, intentos, sondeos, enunciaciones fracasadas, buenas inspiraciones y un clic en el momento justo. Hay un momento en que me vuelvo y sobre lo que no comprendía, comprendo; me regreso y ahora sí… ¡ahora sí! Funciona de esta manera; tiene una epistemología inquieta, de idas y de vueltas, evanescente que no encaja bien en planificaciones siempre progresivas. Por eso la escuela y la universidad se van tan frecuentemente al aprendizaje. Porque la comprensión exigen otras cinturas.

Revisar la escuela de fondo supone tocar hasta los tótems. Mientras no lo hagamos, no habremos empezado el nuevo juego. Y por cierto, me olvidaba, aunque no sean buenos tiempos para eso, aquél que decía lo que iluminó esta nota era Perón, en YouTube.

 

Twitter del autor: @dobertipablo