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Cuadro de honor geográfico: este mapa muestra en qué es Número 1 cada país del mundo

Sociedad

Por: Pijamasurf - 12/12/2016

Un divertido mapa muestra en qué se destaca cada país del mundo

El excelente sitio de infografías Information Is Beautiful ha generado este mapa un tanto humorístico, el cual es una excelente fuente de datos para una conversación de sobremesa. ¿En qué es el número 1 cada país? Seguramente se podrían haber encontrado otras cosas, pero este mapa prefiere señalar datos curiosos que muestran algo de la cultura de las naciones y del mundo.

Canadá es el país con más adictos a Facebook (en promedio, suponemos), Estados Unidos el número 1 en spam, México en limones. Así América del Norte, y si bajamos vemos que Honduras es el país de los asesinatos, Perú de la cocaína, Colombia de la felicidad y Argentina de la carne de caballo. 

En Europa, España se destaca por su tolerancia LGBT; curiosamente Francia es el país donde más se bebe whisky y Noruega donde más se come pizza; en Italia --el país de la pizza-- se producen más kiwis; Nueva Zelanda, el país de los kiwis, es el país del salmón (algo que asociamos más con Noruega). Así podemos encontrar varias de estas divertidas combinaciones. 

Pakistán es el país del porno gay según está gráfica; Letonia el paraíso de las mujeres, pero muy cerca, Lituania el del suicidio (quizás los lituanos deberían cruzar la frontera y salir a bailar). Y lo mejor de todo: Madagascar, el país de los lémures y la vainilla. 

 

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Sociedad

Por: Kin Navarro - 12/12/2016

Algunas razones para no tomar tan en serio nuestra vida en redes sociales o (si lo necesitas) alejarte de ellas para siempre

Las redes sociales comenzaron de manera ingenua. Estar en contacto con tus amigos, conocer gente nueva, recuperar cercanía con tus antiguos “amigos”, colegas, compañeros de escuela, de trabajo, exparejas, en fin. Hasta aquí suena razonable y... ¿sano?

Luego de los primeros intentos fallidos de Myspace y Hi5 para generar una interfaz amigable de encuentro social, Facebook triunfó donde ellos no al no darle libertad a cada usuario para personalizar su perfil, por ejemplo. Supo ver entre las grietas y responder con velocidad a las necesidades de sus usuarios conforme éstas se volvieron más evidentes: facilitaron la gestión de imágenes, el etiquetado de amigos, las menciones directas, innovaron en los llamados toques, incluyeron un chat para conversar en vivo, crearon la posibilidad de abrir grupos, en fin, cada característica o posibilidad que esta y otras redes sociales ofrecen es también un síntoma del estado enfermizo de nuestra sociedad.

Ni qué decir de Twitter, la demostración de que todos podemos gritar al mismo tiempo, en 140 caracteres o menos, sin decir nada, abarcándolo todo. Lo peor es la facilidad con que tendemos a manifestar lo peor de nosotros con la comodidad de la lejanía y, a veces, el anonimato.

Instagram es otro caso en el que se comprueba la facilidad con que podemos maquillar la realidad para presentar al mundo una versión inexistente de nosotros mismos.

Luego de apenas 10 años de hiperconectividad, estas redes se han convertido en una versión perversa de lo que se imaginó como una simple y útil herramienta de sociabilidad. Para muchos, las redes sociales se han vuelto una enorme carga, pues han desatado toda clase de comportamientos patológicos: ataques desenfrenados de celos, acoso virtual, adicción y dependencia, reencuentros incómodos o innecesarios, FOMO (por sus siglas en inglés: Fear Of Missing Out, miedo a perderte cosas), ansiedad y depresión.

La inevitable tendencia a comparar nuestras vidas con las de aquellos que aparecen en nuestro timeline presumiendo compartiendo sus últimos logros académicos, la proximidad de sus bodas, el nacimiento de sus hijos, la llegada a la meta final en un maratón, en fin, cualquier cosa que constituya esos “deberes vitales” o momentos-deseables-en-la-vida-de-toda-persona, lejos de volverse un motivo de alegría por el otro se puede volver una fuente inagotable de angustia para los que se encuentran en otro punto de una trayectoria de vida completamente distinta.

A la vez, la necesidad de compartir sin ninguna clase de filtro todos los acontecimientos, grandes o pequeños, de nuestra vida provoca darle más importancia a las cosas que no la tienen y banalizar las que en realidad son trascendentes.

Muchos miembros de la generación Z, los nativos digitales cuyos miembros más viejos tienen 19 años en este momento, están cerrando sus perfiles en todas las redes sociales. En un mundo que se ha acostumbrado a la sobreexposición del yo social, un poco de privacidad es muy bien valorada. La necesidad de estar conectado todo el tiempo y saber lo que otros hacen constantemente no sólo es enfermiza y contraproducente sino demandante y cansada.

Muchos millennials han comenzado a cerrar sus redes por estas razones, aunque otros tantos las mantienen para conservar sus contactos profesionales o porque sus carrreras demandan cierto nivel de autopromoción. Muchos se mantienen como observadores pasivos de esa gran pasarela en la que se ha convertido nuestra convivencia, un pasillo de escaparates en los que tener la razón o poseer la máxima expresión de cualquier cualidad que creemos deseable como belleza, éxito económico, realización profesional, es el sentido mismo de nuestra existencia. Muestro luego existo.

Los 15 minutos de fama que predicó Warhol se han extendido pero exigen un trabajo constante cuya única paga es la satisfacción de nuestro ego, el espejismo por excelencia.