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74 libros que deberían conformar toda buena biblioteca según Borges

Libros

Por: Pijamasurf - 12/02/2016

La selección personal de Jorge Luis Borges, el gran lector por antonomasia

Jorge Luis Borges se ha convertido en el emblema de un buen lector, de un verdadero amante de la literatura. Borges imaginaba el paraíso como una biblioteca y fue bibliotecario muchos años, guardián del tesoro de las letras. En 1985, la editorial Hyspamérica le pidió a Borges que creara una "biblioteca personal", la cual habría de involucrar una curaduría de 100 grandes obras. Borges murió en 1986 antes de que pudiera completar esta empresa, sin embargo, dejó una selecta lista de 74 libros que reflejan su inquietud literaria, una visión marcada por la imaginación.

Tenemos en esta lista una selección dominada por libros de ficción, relatos claves de la literatura fantástica, pero también algo de religión (especialmente aquella más rica en imaginación y misticismo), filosofía y psicología. Sobre la colección, Borges señaló: “Deseo que esta biblioteca sea tan diversa como la no saciada curiosidad que me ha inducido, y sigue induciéndome, a la exploración de tantos lenguajes y de tantas literaturas”.

Algunos de estos textos libres de derechos pueden encontrarse siguiendo este enlace a Open Culture, el sitio que se ha dedicado a recopilar importantes fuentes de información libre. 

Aquí puedes consultar los 33 libros que Borges había seleccionado para su "Biblioteca de Babel".


• Julio Cortázar: Cuentos
Evangelios apócrifos
• Franz Kafka: América / Relatos breves
• Gilbert Keith Chesterton: La cruz azul y otros cuentos
• Maurice Maeterlinck: La inteligencia de las flores
• Dino Buzzati: El desierto de los tártaros
• Henrik Ibsen: Peer Gynt / Hedda Glaber
• José María Eça de Queiroz: El mandarín
• Leopoldo Lugones: El imperio jesuítico
• André Gide: Los monederos falsos
• Herbert George Wells: La máquina del tiempo / El hombre invisible
• Robert Graves: Los mitos griegos
• Fiodor Dostoievski: Los demonios
• Edward Kasner & James Newman: Matemáticas e imaginación
• Eugene O’Neill: El gran dios Brown / Extraño interludio
• Herman Melville: Benito Cereno / Bily Budd / Bartleby, el escribiente
• Giovanni Papini: Lo trágico cotidiano / El piloto ciego / Palabras y sangre
• Arthur Machen: Los tres impostores
• Fray Luis de León: Cantar de cantares / Exposición del Libro de Job
• Joseph Conrad: El corazón de las tinieblas / Con la soga al cuello
• Oscar Wilde: Ensayos y diálogos
• Henri Michaux: Un bárbaro en Asia
• Hermann Hesse: El juego de los abalorios
• Enoch A. Bennett: Enterrado en vida
• Claudio Eliano: Historia de los animales
• Thorstein Veblen: Teoría de la clase ociosa
• Gustave Flaubert: Las tentaciones de San Antonio
• Marco Polo: La descripción del mundo
• Marcel Schwob: Vidas imaginarias
• George Bernard Shaw: César y Cleopatra / La comandante Bárbara / Cándida
• Francisco de Quevedo: La Fortuna con seso y la hora de todos / Marco Bruto
• Eden Phillpotts: Los rojos Redmayne
• Sóren Kierkegaard: Temor y temblor
• Gustav Meyrink: El Golem
• Henry James: La lección del maestro / La vida privada / La figura en la alfombra
• Heródoto: Los nueve libros de la Historia
• Juan Rulfo: Pedro Páramo
• Rudyard Kipling: Relatos
• Daniel Defoe: Moll Flanders
• Jean Cocteau: El secreto profesional y otros textos
• Thomas de Quincey: Los últimos días de Emmanuel Kant y otros escritos
• Ramón Gómez de la Serna: Prólogo a la obra de Silverio Lanza
• Antoine Galland: Las mil y una noches (selección)
• Robert Louis Stevenson: Las nuevas noches árabes
• León Bloy: La salvación por los judíos / La sangre del pobre / En las tinieblas
Bhagavad-Gita. Poema de Gilgamesh
• Juan José Arreola: Cuentos fantásticos
• David Garnett: De dama a zorro / Un hombre en el zoológico / La vuelta del marinero
• Jonathan Swift: Viajes de Gulliver
• Paul Groussac: Crítica literaria
• Manuel Mujica Láinez: Los ídolos
• Juan Ruiz: Libro de buen amor
• William Blake: Poesía completa
• Hugh Walpole: En la plaza oscura
• Ezequiel Martínez Estrada: Obra poética
• Edgar Allan Poe: Cuentos
• Publio Virgilio Marón: La Eneida
• Voltaire: Cuentos
• J. W. Dunne: Un experimento con el tiempo
• Attilio Momigliano: Ensayo sobre el Orlando Furioso
• William James: Las variedades de la experiencia religiosa / Estudio sobre la naturaleza humana

Vivir es más importante que buscar el sentido de la vida: un fragmento de "Los hermanos Karamazov"

Libros

Por: pijamasurf - 12/02/2016

En este fragmento de "Los hermanos Karamazov", Dostoievski nos da una lección sencilla pero elocuente sobre la vida

Dostoievski es probablemente el escritor ruso más cercano a las preguntas sobre la existencia que surgieron a finales del siglo XIX y que tuvieron como temperamento especial originarse a partir de cierta desolación, cierto desencanto ante la vida, para después encontrar en el vivir mismo la única posibilidad de respuesta. Nietzsche es el filósofo que quizá mejor condensa este movimiento del espíritu y el intelecto, pero en sus novelas Dostoievski alcanzó alturas y profundidades igual o más decisivas.

En esta ocasión retomamos un fragmento de Los hermanos Karamazov compartido originalmente en el sitio calledelorco.com. Ahí, Dostoievski pone en boca de dos de los protagonistas, Iván y Aliosha, una sensible conversación sobre nada menos que el sentido de la vida. Vale la pena recordar que especialmente en esta novela el ruso hace gala de esa visión atea de la vida, o humanista quizá sería mejor decir, pues al tiempo que descree de una entidad divina que tenga las respuesta que el ser humano busca se da cuenta de que somos nosotros mismos quienes creamos esas respuestas, quienes con nuestros actos cotidianos, nuestras decisiones, nuestros errores y nuestros aprendizajes podemos ir descubriendo si la eternidad existe o no, si el crimen es disculpable o si, como en este caso, la vida tiene un significado que intuimos pero siempre se nos escapa. Escribe Dostoievski:

Iván: ¿Sabes lo que me estaba diciendo hace un instante? Que si hubiera perdido la fe en la vida, si dudara de la mujer amada y del orden universal y estuviera convencido de que este mundo no es sino un caos infernal y maldito, por muy horrible que fuera mi desilusión, desearía seguir viviendo. Después de haber gustado el elixir de la vida, no dejaría la copa hasta haberla apurado. A los treinta años, es posible que me hubiera arrepentido, aunque no la hubiera apurado del todo, y entonces no sabría qué hacer. Pero estoy seguro de que hasta ese momento triunfaría de todos los obstáculos: desencanto, desamor a la vida y otros motivos de desaliento. Me he preguntado más de una vez si existe un sentimiento de desesperación lo bastante fuerte para vencer en mí este insaciable deseo de vivir, tal vez deleznable, y mi opinión es que no lo hay, ni lo habrá, por lo menos hasta que tenga treinta años. Ciertos moralistas desharrapados y tuberculosos, sobre todo los poetas, califican de vil esta sed de vida. Este afán de vivir a toda costa es un rasgo característico de los Karamazov, y tú también lo sientes; ¿pero por qué ha de ser vil? Todavía hay mucha fuerza centrípeta en el planeta, Aliosha. Uno quiere vivir y yo vivo incluso a despecho de la lógica. No creo en el orden universal, pero adoro los tiernos brotes primaverales y el cielo azul, y quiero a ciertas personas no sé por qué. Admiro el heroísmo; ya hace tiempo que no creo en él, pero lo sigo admirando por costumbre… Mira, ya te traen la sopa de pescado. Buen provecho. Aquí la hacen muy bien… Oye, Aliosha: quiero viajar por Europa. Sé que sólo encontraré un cementerio, pero qué cementerio tan sugeridor. En él reposan ilustres muertos; cada una de sus losas nos habla de una vida llena de noble ardor, de una fe ciega en el propio ideal, de una lucha por la verdad y la ciencia. Caeré de rodillas ante esas piedras y las besaré llorando, íntimamente convencido de hallarme en un cementerio y nada más que en un cementerio. Mis lágrimas no serán de desesperación, sino de felicidad. Mi propia ternura me embriaga. Adoro los tiernos brotes primaverales y el cielo azul. La inteligencia y la lógica no desempeñan en esto ningún papel. Es el corazón el que ama…, es el vientre… Amamos las primeras fuerzas de nuestra juventud… ¿Entiendes algo de este galimatías, Aliosha? --terminó con una carcajada.

Aliosha: Lo comprendo todo perfectamente, Iván. Desearíamos amar con el corazón y con el vientre: lo has expresado a la perfección. Me encanta tu ardiente amor a la vida. A mi entender, se debe amar la vida por encima de todo.

Iván: ¿Incluso más que al sentido de la vida?

Aliosha: Desde luego. Hay que amarla antes de razonar, sin lógica, como has dicho. Sólo entonces se puede comprender su sentido.

La conclusión es sencilla, pero no por ello menos elocuente ni mucho menos, paradójicamente, menos fácil de llevar a la práctica: caer en cuenta de que sólo en el amor por la vida se encuentra su sentido, no en lo que alguien más nos dice, en lo que leemos o en aquellos que los demás parecen reconocer como tal, sino en nuestros actos mismos, en aquello que hacemos diariamente y que por esta misma razón va construyendo, instante a instante, esto que llamamos nuestra vida.

 

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