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Por qué si cada vez tenemos mejor resueltas nuestras necesidades materiales somos cada vez más miserables internamente

Salud

Por: Pijamasurf - 11/04/2016

Indudablemente el mundo ha hecho enormes progresos materiales, pero no así en lo que concierne a un bienestar integral

Aunque sigue existiendo enorme desigualdad en el mundo, es razonable concluir que la humanidad ha progresado significativamente en resolver sus necesidades materiales y proveer servicios básicos de salud, vivienda y alimento. Pero, aunque esto es más difícil de medir, existen indicios de que este progreso material no ha sido proporcional en lo que se refiere a generar bienestar psicológico y espiritual, lo cual contradice en gran medida el esquema básico de desarrollo y la ideología que soporta el sistema global. Esto quizás se explica en tanto que, si bien para que una persona pueda ser feliz necesita cubrir sus necesidades básicas, una vez que cubre un mínimo, tener más no asegurará en ninguna medida que su bienestar se incremente. Y hoy en día, la idea que mueve al mundo es que tener más debería de producir felicidad.

En este artículo se pueden ver estadísticas sobre el aumento de enfermedades mentales como la depresión y la ansiedad, con un notable incremento desde 1930; esto incluso después de que se toman en cuentas cosas como el hecho de que antiguamente no se recopilaba tanta información como ahora. 

En Estados Unidos, más de 1/4 parte de las personas tiene alguna enfermedad mental; 40 millones de éstos padecen ansiedad; 10% reciben un fármaco para un trastorno anímico, la misma cantidad de estadounidenses que están deprimidos; y la depresión es ya actualmente la primera causa mundial de discapacidad para ir al trabajo.

Se han propuesto numerosos argumentos para explicar esta brecha entre el bienestar material y el bienestar integral (que es el que realmente importa). Seguramente se trata de un problema multifactorial; entre algunas de las causas que se suelen citar están el aislamiento (exacerbado por la tecnología virtual), la sobremedicación (fármacos que producen numerosos efectos colaterales), la migración a las ciudades y le pérdida de conexión con los ciclos naturales, etc. Añadiremos aquí otra importante causa: el surgimiento del individualismo y la pérdida de sentido comunitario, siguiendo el argumento que hacen el Dalái Lama y Arthur C. Brooks en este artículo del New York Times y, por otra parte, el documentalista Adam Curtis y el escritor George Monbiot. 

La tesis que manejan el Dalái Lama y Brooks es que en los países más desarrollados, donde impera la prosperidad, sigue existiendo gran enojo, descontento y ansiedad. Esto probablemente se debe a que los ciudadanos de estos países no experimentan diariamente una conexión con sus prójimos (probablemente porque defienden valores individualistas), y no sienten que son necesitados. Citan un estudio en el que ciudadanos de la tercera edad que no se sintieron útiles tuvieron una tendencia a morir prematuramente tres veces superior a aquellos que sí se sentían útiles. "Ser 'necesitado' no conlleva un orgullo egoísta o un apego enfermizo a la estima de los otros. Consiste en un deseo natural de servir a los hombres y mujeres que comparten con nosotros la condición humana. Como dijo un maestro budista del siglo XIII 'si uno enciende un fuego para otros, el camino propio también se aclarará'".

Otra cifra notable viene de Alemania, donde se encontró que las personas que buscan servir a los demás tienen una probabilidad cinco veces más alta de percibirse como felices. "El problema no es la carencia de riqueza material, es el creciente número de personas que sienten que ya no son útiles, que ya no son necesitados, que ya no se sienten unidos a la sociedad". Este problema probablemente se acentuará en el futuro, ya que se pronostica que en los siguientes años veremos cómo millones de trabajos serán resueltos por robots y algoritmos; si bien esto puede producir riqueza material también tiene el riesgo de sumir a las personas en una crisis de identidad por falta de sentirse útil. Tener más tiempo libre es bueno sólo cuando nos libera para hacer algo significativo. 

Brooks y el Dalái Lama concluyen que el hecho de que las personas no se contenten meramente con la seguridad material revela "un hambre universal por sentirse necesitados", lo cual es la semilla para formar una sociedad compasiva, basada en el servicio al otro. 

Otra forma de explicar la falta de conexión profunda y vinculación social que se traduce en bienestar psicofísico es explorada por Adam Curtis en sus documentales, el más reciente de los cuales es Hypernormalisation. La tesis de Curtis a lo largo de su obra es que la noción del individuo es una invención moderna ligada a la sociedad del consumo y al poder político, donde el individuo interioriza la idea de que su libertad de autoexpresarse y tener una opinión es su más grande tesoro y se debe hacer todo lo posible para salvaguardarla (esta idea suena lógica, pero tiene sus matices). Curtis sostiene que se ha creado la idea de que la individualidad se expresa a través del consumo de productos y experiencias que proveen una identidad, que nos hacen únicos (aunque, paradójicamente, todos queremos los mismos productos). Paralelamente al desarrollar este individualismo se ha fortalecido la idea de que cada uno de nosotros existe por su propia cuenta, separado de los demás, y que primero debe resolver sus necesidades y deseos. 

"Los individualistas creen que lo más importante es la autoexpresión" y que "lo más importante es lo que sientes dentro de tu cabeza", dice Curtis. Esto hace que el individuo moderno sienta que su propia individualidad se ve amenazada cuando participa en dinámicas grupales, en las cuales debe subsumirse y sacrificarse por un ideal superior a sus propios deseos. Ya que hemos asimilado de manera tan sólida esta noción de que somos individuos, nos cuesta trabajo pensarnos y actuar colectivamente, aunque en realidad podemos argumentar de igual manera que no somos individuos, estamos compuestos de miles de más células no estrictamente humanas (la microbiota) y vivimos en un planeta en el que todo lo que hacemos afecta a todos los demás y en realidad la supuesta individualidad que defendemos, nuestros mismos pensamientos, ideas y creencias, son el resultados de los pensamientos, ideas y creencias de todos los demás y no se pueden separar. Y además, como lo prueban numerosos estudios, actuar para nuestro propio beneficio sin considerar a los demás es estúpido y nos enferma.

En este artículo publicado en The Guardian, George Monbiot explica que investigación ha demostrado que el materialismo, al cual define como "un sistema de valores que se preocupa por las posesiones y la imagen social que proyectan", está asociado con depresión, ansiedad y relaciones rotas. Dice Monbiot que existe una correlación entre el materialismo y la falta de empatía. Y un estudio encontró que individuos que son expuestos a imágenes de productos de lujo y a mensajes orientados a que consuman se "vuelven más competitivos, más egoístas, tienen un sentido reducido de la responsabilidad social y se ven menos inclinados a participar en actividades sociales".

Si sumamos todo lo anterior podemos empezar a entender por qué existe tal desconexión entre el progreso material, el cual ciertamente tiene su valor e importancia, y el bienestar integral (el cual se ha ido rezagando ante la voracidad de seguir creciendo de la economía).

La mayoría de las personas que sufren depresión tienen este problema: un Yo excesivo que termina por enfermarlas

Salud

Por: pijamasurf - 11/04/2016

Desde una perspectiva subjetiva, la depresión puede verse como una incapacidad de dar lugar al Otro que nos hace vivir realmente en el mundo

La depresión es uno de los trastornos mentales mayores. Incluso desde un nivel no especializado, muchos de nosotros hemos oído hablar de la depresión, incluso es posible que usemos la palabra y nosotros mismos la apliquemos a un estado anímico propio o de otra persona. La tristeza, el decaimiento, la pérdida de interés y entusiasmo por la vida, todo ello se codifica usualmente como depresión, aunado a otros síntomas más de orden físico como el cansancio crónico o enfermedades menores recurrentes.

¿Cuál es el origen de la depresión? Como mucho de lo que atañe a la mente humana, esta pregunta no tiene una respuesta unívoca. La psiquiatría y la neurociencia contemporáneas coinciden en señalar un origen químico de este mal, atribuyéndolo a un desbalance en la delicada química de los neurotransmisores, hormonas y otros químicos que resultan en nuestras emociones.

Desde una perspectiva menos homogeneizante, sin embargo, la depresión podría verse como la respuesta que encontramos a una pregunta más bien subjetiva, esto es, relacionada con nuestra historia de vida. ¿Por qué ante circunstancias afines –edad, extracción social, estilo de vida, etc.– ciertas personas se deprimen y otras no? Sin duda, por su historia de vida. Hay quienes ante la adversidad se sobreponen, pero otros no; hay quienes ante una pérdida pueden recuperarse casi de inmediato, otros no; hay quienes viven la vida con curiosidad, y quienes más bien se sienten aplastados por la existencia. ¿Cuál es la diferencia entre ambas posturas?

Desde un punto de vista subjetivo, esa diferencia puede encontrarse en la relación que se teje entre el Yo y el mundo, en la manera en que desde lo que somos nos relacionamos con los demás. Ninguna época ha estado exenta de depresión –en sus muchas manifestaciones–, sin embargo, sólo en años recientes está se extendió como una pandemia, como si de pronto muchísimas personas fueran incapaces de lidiar con su dolor, sus dificultades, lo inesperado, etc.

Y esto, posiblemente, porque como nunca en otra época, la gente está cada vez más aislada, cercada, paradójicamente, por el exceso de comunicación, separados unos de otros, lo cual hasta cierto punto es nuevo en la historia de la humanidad, que sobrevivió como especie gracias a la capacidad de crear y sostener vínculos significativos. La depresión, en este sentido, parece ser una forma de dar cuerpo a dicha desolación.

En La agonía del Eros, el filósofo de origen coreano Byung-Chul Han descubre la depresión como una enfermedad narcisista, esto es, un exceso de Yo que deviene enfermedad. Como en el mito griego, el sujeto contemporáneo únicamente se ve a sí mismo, reflejado en esa multitud de espejos en que se ha convertido todo aquello donde antes había una presencia. “El mundo se le presenta sólo como proyecciones de sí mismo”, dice el filósofo a propósito de este sujeto que parece haber perdido la capacidad de reconocer a otro: otro que no es como él, otro que vive en circunstancias distintas, otro que piensa diferente, otro que habita de otra manera el mundo, etc. El resultado: un infierno de lo igual donde no hay espacio para ese otro, sino únicamente para un Yo que por no tener el límite del Otro, no es posible satisfacer. Escribe Byung-Chul Han:

La depresión es una enfermedad narcisista. Conduce a ella una relación consigo mismo exagerada y patológicamente recargada. El sujeto narcisista-depresivo está agotado y fatigado de sí mismo. Carece de mundo y está abandonado por el otro. Eros y depresión son opuestos entre sí. El Eros arranca al sujeto de sí mismo y lo conduce fuera, hacia el otro. En cambio, la depresión hace que se derrumbe en sí mismo.

“Eros vence la depresión”, dice también el filósofo, en un aforismo que suena a sugerencia de cura y cuya interpretación es sencilla, aunque quizá no tanto su puesta en práctica: abandonar el Yo a favor del Otro, libidinizar la vida, abrazar la felicidad tanto como el dolor. En una palabra: amar.