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¿Por qué la generación Z y (algunos) millennials están abandonando sus redes sociales?

Sociedad

Por: Kin Navarro - 11/19/2016

Algunas razones para no tomar tan en serio nuestra vida en redes sociales o (si lo necesitas) alejarte de ellas para siempre

Las redes sociales comenzaron de manera ingenua. Estar en contacto con tus amigos, conocer gente nueva, recuperar cercanía con tus antiguos “amigos”, colegas, compañeros de escuela, de trabajo, exparejas, en fin. Hasta aquí suena razonable y... ¿sano?

Luego de los primeros intentos fallidos de Myspace y Hi5 para generar una interfaz amigable de encuentro social, Facebook triunfó donde ellos no al no darle libertad a cada usuario para personalizar su perfil, por ejemplo. Supo ver entre las grietas y responder con velocidad a las necesidades de sus usuarios conforme éstas se volvieron más evidentes: facilitaron la gestión de imágenes, el etiquetado de amigos, las menciones directas, innovaron en los llamados toques, incluyeron un chat para conversar en vivo, crearon la posibilidad de abrir grupos, en fin, cada característica o posibilidad que esta y otras redes sociales ofrecen es también un síntoma del estado enfermizo de nuestra sociedad.

Ni qué decir de Twitter, la demostración de que todos podemos gritar al mismo tiempo, en 140 caracteres o menos, sin decir nada, abarcándolo todo. Lo peor es la facilidad con que tendemos a manifestar lo peor de nosotros con la comodidad de la lejanía y, a veces, el anonimato.

Instagram es otro caso en el que se comprueba la facilidad con que podemos maquillar la realidad para presentar al mundo una versión inexistente de nosotros mismos.

Luego de apenas 10 años de hiperconectividad, estas redes se han convertido en una versión perversa de lo que se imaginó como una simple y útil herramienta de sociabilidad. Para muchos, las redes sociales se han vuelto una enorme carga, pues han desatado toda clase de comportamientos patológicos: ataques desenfrenados de celos, acoso virtual, adicción y dependencia, reencuentros incómodos o innecesarios, FOMO (por sus siglas en inglés: Fear Of Missing Out, miedo a perderte cosas), ansiedad y depresión.

La inevitable tendencia a comparar nuestras vidas con las de aquellos que aparecen en nuestro timeline presumiendo compartiendo sus últimos logros académicos, la proximidad de sus bodas, el nacimiento de sus hijos, la llegada a la meta final en un maratón, en fin, cualquier cosa que constituya esos “deberes vitales” o momentos-deseables-en-la-vida-de-toda-persona, lejos de volverse un motivo de alegría por el otro se puede volver una fuente inagotable de angustia para los que se encuentran en otro punto de una trayectoria de vida completamente distinta.

A la vez, la necesidad de compartir sin ninguna clase de filtro todos los acontecimientos, grandes o pequeños, de nuestra vida provoca darle más importancia a las cosas que no la tienen y banalizar las que en realidad son trascendentes.

Muchos miembros de la generación Z, los nativos digitales cuyos miembros más viejos tienen 19 años en este momento, están cerrando sus perfiles en todas las redes sociales. En un mundo que se ha acostumbrado a la sobreexposición del yo social, un poco de privacidad es muy bien valorada. La necesidad de estar conectado todo el tiempo y saber lo que otros hacen constantemente no sólo es enfermiza y contraproducente sino demandante y cansada.

Muchos millennials han comenzado a cerrar sus redes por estas razones, aunque otros tantos las mantienen para conservar sus contactos profesionales o porque sus carrreras demandan cierto nivel de autopromoción. Muchos se mantienen como observadores pasivos de esa gran pasarela en la que se ha convertido nuestra convivencia, un pasillo de escaparates en los que tener la razón o poseer la máxima expresión de cualquier cualidad que creemos deseable como belleza, éxito económico, realización profesional, es el sentido mismo de nuestra existencia. Muestro luego existo.

Los 15 minutos de fama que predicó Warhol se han extendido pero exigen un trabajo constante cuya única paga es la satisfacción de nuestro ego, el espejismo por excelencia.  

Exploradores rusos encontraron en el Ártico una base secreta y reliquias de los nazis

Sociedad

Por: pijamasurf - 11/19/2016

Una expedición rusa en el Ártico parece confirmar lo que por mucho tiempo fue rumor: el establecimiento de una base de operaciones del régimen nazi en el extremo del planeta

No sin cierta inclinación al ocultismo y la conspiración paranoica, de Adolf Hitler se dice que tenía intenciones secretas y manifiestas de conquistar el mundo. Tal cual. Ninguna persona en toda la historia de la humanidad lo ha logrado, si bien unos pocos –Alejandro Magno, Gengis Kan– estuvieron muy cerca. Hitler, se dice, quería pertenecer a ese selecto grupo e incluso superarlo, para así implantar el primer régimen en durar más de mil años.

Estas ideas podrían ser descartadas de no ser porque las estrategias del nazismo tienen algunos cabos sueltos que es difícil explicar coherentemente. Uno de estos, sobre el que se había especulado mucho, era la supuesta instalación de una base secreta de operaciones en el Ártico, una zona inhóspita y sin embargo notablemente simbólica. Ahí se encuentra uno de los polos magnéticos de la Tierra, lo cual, aunque es un hecho físico, también ha sido interpretado desde ciertas creencias del pensamiento mágico; otros asocian la zona con encuentros alienígenas y por su inaccesibilidad y su lejanía se le considera una excelente locación para realizar labores secretas.

Todo esto, como decíamos, se mantendría en la especulación de no ser porque hace unos días científicos rusos aseguraron haber encontrado una base secreta nazi en una isla del archipiélago ártico conocida como Tierra de Alexandra, la cual se encuentra dentro de los límites territoriales de la Federación de Rusia.

Hasta ahora, la existencia de esta base se suponía pero sólo por rumores. Su construcción se realizó por órdenes directas de Hitler y fue bautizada como "Schatzgräber", que en alemán significa “buscador de tesoros”. Asimismo, se decía que se trataba de una estación para medir el clima de la zona, en operaciones de 1943 a 1944 y evacuada en condiciones extremas, luego de que el personal resultó envenenado por comer carne de oso polar infestada de nematodos, a lo cual se vieron obligados luego de quedarse sin provisiones. Cabe mencionar que esto último nunca fue verificado, y más bien se contaba como una historia sin fundamento real.

Más de 70 años después de estos incidentes, la susodicha expedición de Evgeny Ermolov y otros investigadores del Parque nacional Ártico Ruso encontraron la base y, dentro de ésta, una buena cantidad de objetos nazis, tales como cruces gamadas, documentos y otros relacionados con la supervivencia cotidiana en el lugar.

Una de las preguntas inevitables ante este descubrimiento es qué buscaba Hitler con una base en el Ártico. Se cuenta que en el Ahnenerbe, la institución del régimen encargada de las “investigaciones” que demostraban la superioridad de la raza aria y su derecho a dominar la humanidad, creían que quizá en el Ártico estaban sepultadas reliquias con poderes sobrenaturales, dejadas ahí por los primeros y míticos pueblos nórdicos.

Si esto es cierto, ¿aún habrá forma de saberlo?