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Una concisa y preciosa historia sobre el cielo y el infierno y la naturaleza de la mente

En su libro Welcoming Flowers from Across the Threshold of Hope, el maestro budista Thinley Norbu Rinpoche cuenta la siguiente historia:

Érase una vez un maestro zen que fue interpelado por un guerrero samurái, quien le pidió que le enseñara el significado del infierno y del cielo. Cuando el maestro le respondió: "Nunca le enseñaré algo a alguien tan ignorante y violento como tú", el samurái se enfureció, alzó su espada y estuvo apunto de matarlo. Entonces el maestro dijo: "Eso es el infierno". Inmediatamente, el samurái entendió, tiró su espada en reconocimiento e hizo una reverencia al maestro con fe. Entonces el maestro dijo: "Eso es el cielo".

Thinley Norbu comenta que el Buda enseñó que todas las formas de sufrimiento y todas las fuentes del mal pueden cesar, una vez

que son reconocidas como las propias concepciones negativas... si el ego es purificado a través de la práctica y la realización, la mente dualista es reducida y por lo tanto el aferrarse y las pasiones que se generan son reducidas, así también el karma es reducido. Cuando el karma cesa, de tal forma que todos los fenómenos negativos cesan, eso es llamado nirvana. 

Podemos entender entonces la historia de la siguiente manera: el infierno es la consecuencia de la ignorancia que se refleja en actos negativos que producen karma negativo. El infierno (o el sufrimiento que produce la ignorancia) es siempre el resultado de nuestros actos y de la intención de nuestra mente. El cielo es el resultado del karma positivo. Ahora bien, hay un matiz que se debe mencionar, y es que el budismo diferencia entre los cielos o mundos de los dioses, en los que existe puro placer pero que, sin embargo, están sujetos al karma y a la ilusión del samsara, y el nirvana, que está libre de toda condición y es el resultado de la sabiduría, de comprender que todos los fenómenos que experimentamos son consecuencia de nuestra mente. Luego podemos extender esto y extrapolar que el cielo es la gratitud, la fe, el reconocimiento; el infierno: la ignorancia, la violencia, la arrogancia, etcétera.

En el mismo texto, Thinley Norbu, gran maestro del vajrayana, señala:

Según las enseñanzas budistas, la fuente del mal no es el mundo. La fuente del mal es el pensamiento dualista, o el principio egoísta de la mente que se aferra a las cosas, y el mundo es sólo un reflejo de la propia mente... Para la mente de sabiduría del Buda, no existe el mal, pero para las mentes dualistas de los seres sensibles, la idea del mal debe purificarse.  

Esto es ejemplificado en un diálogo que tiene el famoso yogui Milarepa con un espíritu o demonio en una cueva. Al encontrarse en su cueva con el espíritu de una roca Milarepa intentaba exorcizarlo, cuando el espíritu le contestó:

Si el concepto de enemigo no surge como consecuencia de tu propia mente delusoria, entonces, ¿sería yo, un espíritu de la roca, un enemigo? De hecho, este demonio del hábito nace de tu propia mente delusoria. Si no te das cuenta de que tu mente es vacuidad, entonces puede haber muchos demonios a mi lado. Pero si te das cuentas de la naturaleza de tu propia mente, entonces todas las malas circunstancias se convierten en tus amigos. E incluso yo, un espíritu de la roca, seré también tu sirviente.

Entonces se dice que Milarepa recordó las palabras de su maestro Marpa, quien le había mostrado que todos los fenómenos emergen de la propia mente, la cual es vacuidad, igual al dharmakaya, el Cuerpo de la Realidad Absoluta. Y así el espíritu desapareció. Todo infierno, todo mal, no es más que un estado mental que desaparece cuando se comprende la naturaleza de la propia mente.

 

Twitter del autor: @alepholo

Las filosofías que se derivan de la India tiene un objetivo central: entender la conciencia y transformar al individuo; la filosofía occidental se limita a la mera intelectualización de la experiencia.

Aunque en Occidente se asume someramente que el primer verdadero brote de la razón --ciencia o filosofía-- se dio en Grecia (olvidando que los griegos siguieron lo que ya habían ideado otras culturas), la realidad es que los primeros grandes filósofos provienen del Valle Indo. Ciertamente hoy la academia se interesa por las filosofías de la India como un objeto de investigación e incluso la ciencia empieza a incorporar algunas de sus "tecnologías" de manera secular (como la meditación vertida en "mindfulness"), pero en gran medida se piensa que sus conocimientos, si bien son notables dentro de una visión histórica, hoy en día han sido superados por el progreso tecnoracional, y son vistos como un resabio del pensamiento mágico que el materialismo científico ha dejado atrás.   

La ciencia materialista y la neurofilosofía moderna consideran que la experiencia subjetiva no tiene el mismo valor que el conocimiento objetivo y por ello relegan el estudio de la conciencia (la cual es un epifenómeno del cerebro). La filosofía occidental moderna sí estudia la conciencia pero solamente desde una perspectiva teórica-lingüística (aunque existen honrosas excepciones); los filósofos no suelen experimentar consigo mismos ni hacen de su filosofía como un arte de vida. Ni tampoco generan su filosofía a partir de su experiencia de la conciencia, sino simplemente de lo que aprenden en las universidades y de lo que la academia considera adecuado para discutirse. Esta es la gran diferencia entre la filosofía occidental moderna, dueña del rigor académico pero mayormente estéril en lo referente a las potencias de transformación vital, y de la tradición filosófica de la India, de la cual se derivan  principalmente  el hinduismo (un término paraguas, un tanto impreciso, que incluye a numerosas manifestaciones religiosas), el jainismo y el budismo. La gran aportación de la filosofía de la India, al menos desde los Upanishads (hace unos 2800 años), es que dirige toda su atención al estudio de la mente y sus procesos; la conciencia es el gran sujeto de estudio, y no la materia, el gran objeto de estudio de Occidente. Y es por ello que Occidente en cierta forma está siendo colonizado espiritualmente por Oriente con el yoga, el tantra, la meditación budista y demás disciplinas que producen experiencias significativas bajo una clara metodología y que toman en cuenta nuestra experiencia subjetiva (que es lo que realmente importa para una persona). Para los filósofos de estas tradiciones que nacen en la India, la filosofía no tenía ni tiene sentido si no logra transformar al individuo, sino lo acerca a la liberación del sufrimiento (en todas las filosofías de la India hay un equivalente al concepto de moksha). Un ejemplo de esto es la famosa parábola budista que señala que una vez que se ha cruzado la orilla, se debe abandonar la balsa (la doctrina) que ha permitido lograrlo (el bagaje intelectual no tiene sentido como carga, sólo como vehículo). La tendencia de hacer de la filosofía mero discurso lingüístico, ya la había notado Sócrates --quien según Platón definió la filosofía como un entrenamiento para la muerte-- cuando criticó a los sofistas. Así que nuestra tradición occidental ciertamente tiene esta noción de una filosofía orientada a la transformación, donde el conocimiento no puede ser separado de la conducta y se comprueba como cierto en la medida en la que el individuo tiene experiencias que lo transforman. El filósofo francés Pierre Hadot parece hacer referencia a esto al definir la filosofía helénica esencialmente como una serie de "ejercicios espirituales", los cuales:

corresponden a un cambio de visión del mundo y a una metamorfosis de la personalidad. La palabra "espiritual» permite comprender con mayor facilidad que unos ejercicios como estos son producto no solo del pensamiento, sino de una totalidad psíquica del individuo que, en especial, revela el auténtico alcance de tales prácticas: gracias a ellas el individuo accede al círculo del espíritu objetivo.

Lamentablemente esta tradición se ha ido marginando en Occidente a lo largo de los siglos, como siempre, con notables excepciones como lo fueron los alquimistas, los rosacruces y diversas manifestaciones de filosofía oculta (que por definición existe al margen del saber establecido). Jay Garfield, en un reciente artículo en el New York Times argumenta que si la filosofía no se diversifica deberíamos de llamarla lo que realmente es: filosofía eurocéntrica. Esto es lo que se enseña en las universidades bajo el nombre general de filosofía: filosofía eurocéntrica. La filosofías de Oriente se enseñan, a veces fuera del departamento de filosofía, sólo como estudios culturales, como si fueran labor museográfica y carecieran de vigencia. Y, sin embargo, si nos guiamos en la fecundidad que tienen las filosofías orientales para galvanizar a la gente que entra en contacto con ellas, parecen muchos más vitales que la filosofía occidental moderna, la cual resulta mayormente inaccesible e incluso cuando se logra dominar su lenguaje especializado no se observan grandes diferencias en la la vida de una persona. De nuevo, resalto que existen excepciones pero como tema general la filosofía occidental moderna no está muy preocupada con transformar la conciencia (y con ello la experiencia de mundo de las personas) y producir ejercicios y aplicaciones prácticas. 

El historiador alemán Heinrich Zimmer notó este énfasis en su Filosofía de la India:

Pero la principal preocupación --en notable contraste con los intereses modernos de los filósofos occidentales-- ha sido siempre no la información sino la transformación: un cambio radical de la naturaleza humana y, con él, una revelación de su manera de entender tanto el mundo exterior como su propia existencia: transformación tan completa como es posible, y que, si tiene éxito, equivaldrá a una total conversión o renacimiento.

Jaideva Singh, un importante traductor de textos del tantrismo de Cachemira, escribe en su introducción al Pratyabhijnahrdayam:

En la India no hay tal cosa como un filósofo de escritorio. La filosofía en este país no es sólo una forma de pensamiento, sino también una forma de vida. No nace de la ociosidad o la curiosidad, ni tampoco es un mero juego intelectual. Cada filosofía aquí es una religión, y cada religión tiene una filosofía. El filósofo aquí nunca fue un imponente profesor dictando cátedra a una clase que teje telarañas teóricas en su estudio, sino aquel que era llevado por un profundo anhelo interno a saber los secretos de la vida, aquel que vivía laboriosos días de disciplina espiritual y que veía la luz a través de la transformación de su vida. Movido por la compasión por sus prójimos, intentaba luego interpretar la verdad que había experimentado de manera lógica para que pudiera servir a otros hombres. 

Singh agrega que en el tantrismo, la filosofía que era impartida debía de ser "vivida y probada en el laboratorio del ser". En cierta forma las filosofías de la India, particularmente aquellas que incorporan todos los ámbitos de la existencia (y no niegan el cuerpo ni renuncian al mundo), como el tantrismo (ya sea budista, shaiva, shakta, vishnaiva y demás), están más cerca de la ciencia que la filosofía occidental moderna. La gran razón por la cual la ciencia materialista se ha encumbrado como el saber dominante es que produce tecnología. Estas filosofías antiguas también produjeron tecnologías, poderosas herramientas de introspección, el equivalente a un telescopio para sondear el Ser y conquistar la mente. Pero, mientras que la tecnología moderna generalmente está motivada por el deseo del crecimiento económico, la tecnología espiritual de estas filosofías estaba motivada por el deseo de crecimiento interno y bienestar duradero. En una era materialista, adicta a mirar hacia afuera y a conquistar lo externo, estas tecnologías son consideradas menos importantes.

Twitter del autor: @alepholo