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Líneas consanguíneas: reflexión sobre la serie de TV por paga ‘Bloodline’

Arte

Por: Psicanzuelo - 11/19/2016

Sorpresivamente, Sony produce para Netflix una excepcional serie que tiene por vida tres temporadas, no habrá renovación, exactamente 33 capítulos de 1 hora

En la tradición de series de alto impacto social, con rigurosa estética y desarrollo de personajes, de esas que HBO produjo en la década pasada como The Wire, (David Simon, 2002-2008) que estudiaba los guetos afroamericanos donde se vendía el crack como dulces en las esquinas, por medio de un grupo policial que los vigilaba día y noche, poniendo énfasis en las fronteras entre lo legal y lo ilegal o Los Soprano (David Chase, 1999-2007), que hablaba tragicómicamente de la mafia italiana como parte intrínseca del sueño americano, así ahora se crea cierto contenido en algunas series de TV que permiten por su tiempo en pantalla una exploración vasta de polémicos temas.

La trama de Bloodline (Todd Kessler, Glenn Kessler, Daniel Zelman, 2015-2016) involucra principalmente a la familia de abolengo los Rayburn, en los Cayos de Florida, que se dedican a la hotelería, por lo menos de eso viene el renombre del padre, Robert (Sam Shepard), y la madre, Sally (Sissy Spacek), respetados en toda la región. El gancho inicial es el retorno de Danny (Ben Mendelsohn), la oveja negra que también es el primogénito en el que el padre ya no cree, y que pone a todos a temblar con su regreso. El hermano que le sigue es John (Kyle Chandler), que es un detective local respetado por toda la comunidad, luego la hermana Meg (Linda Cardellini), abogada litigante, y finalmente el intenso hermano menor Kevin (Norbert Leo Butz), mecánico de barcos.

Habría que recalcar que en cada episodio todo mundo bebe sin parar y que en mucho afecta esto a la trama, simplemente siendo esto un reflejo de nuestra cultura, y sobre todo la de la región donde se terminan de decidir las presidencias del país del norte.

Bloodline constituye un estudio de cierta estructura social como lo hiciera Thomas Mann en su tiempo con su grandioso libro Los Buddenbrook, que examinaba la decadencia de una importante familia burguesa de comerciantes, desde el abuelo Johann hasta Hanno, un niño que poco talento tenía para el comercio, más bien era artista, músico. En medio de los Buddenbrook se encuentran los hermanos Thomas, que es el último gran comerciante y su opuesto némesis Christian, quien sólo conoce la diversión que además le resulta carísima a toda la familia; es en estos dos personajes que el centro de la primera temporada de Bloodline encuentra encarnación, en John contra Danny.

Una estructura que parece ya explotada hasta el cansancio, pero que una vez más nos recuerda que las estructuras pueden ser reusadas, haciendo que todo se vuelva un asunto de tono que funcionará o no por una adecuada dirección, con una certera producción y las decisiones acertadas de los participantes; Bloodline tiene todo eso y más: tiempos imaginarios, flashbacks falsos, aparentes intrigas que abren pie a reales intrigas y mucho pero mucho alcohol que adereza los múltiples resentimientos familiares y sociales, dando pie a reflexiones como que en una sociedad de resentimientos cómo no van ser el pan las adicciones, la venta ilícita (dinero fácil), el engaño y la traición.

Las acciones de Danny se comienzan a volver cínicamente cada vez más peligrosas para todos, hasta que se vuelven casos policíacos que hay que ir resolviendo como líneas argumentales, al mismo tiempo que las relaciones familiares cambian y la aparición de información nos hace cambiar de personaje con el que nos identificamos, aunque el personaje de John sea impecable y nos ayude para no perdernos emocionalmente.

Habría que recalcar el papel que cumplen algunos entrañables personajes secundarios como los que les toca interpretar a los hábiles Chloe Sevigny y John Leguizamo, lumpen aparente que va controlando las decisiones en cuanto el crimen toca a la puerta del paraíso de los Rayburn rodeado de peligrosos pantanos.

La fotografía es muy cuidada y representa estados mentales, en sus formas nocturnas con neones, sombras y luces en una especie de noir tropical, y en los días el reflejo caluroso y los suaves estados de ánimo que se consigue bebiendo alcohol, paraísos artificiales de apariencias que van contrastando la absurda y salvaje violencia familiar y social. Es curioso cómo la serie contrapone lo familiar con lo social, y lo contrapuntea; por ejemplo, Danny chantaje a su hermana por sus infidelidades, al mismo tiempo que tiene un romance con la hermana de su mejor amigo --el que lo ayuda en los actos ilícitos, con la que también pronto tiene que ver el hermano menor, Kevin, así se van enredando los hilos que van construyendo una telaraña sólida que no es fácil dejar de ver hasta su final.

 

Twitter del autor: @psicanzuelo

Cómo el mundo pasó de ser una danza a ser una carrera

Arte

Por: Pijamasurf - 11/19/2016

G. K. Chesterton sobre cómo la vida dejó de ser una rítmica danza para volverse una frenética carrera

    Turning and turning in the widening gyre
    The falcon cannot hear the falconer;
    Things fall apart; the centre cannot hold...

W. B. Yeats

G. K. Chesterton, uno de los grandes escritores británicos del siglo pasado, traza en su ensayo sobre Chaucer un elegante paralelo que merece considerarse. Chesterton sugiere que la vida solía concebirse y experimentarse como una danza, pero que en la modernidad se experimenta como una carrera. La diferencia entre una danza y una carrera, por supuesto, es que la danza no tiene un objeto definido, se disfruta en sí misma, como un proceso, mientras que la carrera es una competencia, y tiene un objetivo definido: ganar o al menos llegar a la meta. Esta es una forma un tanto simplista pero esencialmente acertada de entender lo que ocurre con la sociedad secular moderna. Pasamos de un modelo basado en el orden, la ley, el rta, el dharma, la necesidad (Ananke) y otros ejes que proveían un centro, una referencia moral y estética dentro de un tiempo circular a un mundo de progresión, que se precipita a una ansiada salvación en el futuro (ya sea el Mesías o la tecnología que conquista la naturaleza) basado en el crecimiento infinito (como ocurre en la economía, que es el eje rector de nuestra época) y en el cual se asume que existen ganadores y perdedores (sólo algunos serán salvados o sólo algunos acapararán la gran mayoría de los recursos). Así lo describe Chesterton:

Un cierto cambio agudo o ruptura puede trazarse notoriamente, al señalar que hasta cierto momento la vida era concebida como Danza, y después de ese momento la vida fue concebida como Carrera. La moralidad medieval estaba permeada por la idea de que una cosa debía balancear a la otra, que cada una se erigía a un lado de algo que estaba en el medio, y que algo siempre permanecía en el medio. Podía haber cualquier cantidad de movimiento, pero era un movimiento alrededor de esta cosa central; perpetuamente alterando las actitudes, pero perpetuamente preservando. […] Ahora bien, desde esta ruptura en la historia, sea que la llamemos de esta u otra forma, la Danza se ha convertido en una Carrera. Esto es, los bailarines han perdido su balance sólo para recuperarlo corriendo hacia un objeto, o algo que se presume es un objeto; no es un objeto dentro de su círculo o de su posesión, sino un objeto que no poseen todavía. Es un objeto volador, un objeto que desaparece. Pero no es mi interés condenar o celebrar ni la religión de la Carrera ni la religión de la Danza. Sólo estoy apuntando que esta es la diferencia fundamental entre ellas. Una es rítmica y de movimiento recurrente, porque se tiene un centro conocido; mientras que la otra es un movimiento precipitado o progresivo, porque hay una meta desconocida. Esta última ha producido lo que llamamos Progreso; la anterior produjo lo que los medievales llamaban Orden; pero era el vívido orden de la danza. 

Chesterton hace en cierta forma una crítica al mundo secular en el que se ha resquebrajado el patrón, el centro que otorga significado y finalidad a la existencia; en la modernidad ya no importa el por qué, sólo hay que ir hacia delante, aunque no se tenga referente.

Chesterton fue un escritor de inventivas historias, pero también un hombre de fe que defendió la ortodoxia cristiana. Quien fuera uno de los escritores favoritos de Borges escribió:

El hombre sólo es realmente hombre cuando es visto contra el fondo del cielo. Si es visto contra cualquier paisaje, sólo es el hombre de ese lugar. Si es visto contra una casa, sólo es el propietario. Sólo cuando la muerte y la eternidad están intensamente presentes pueden los seres humanos sentir su hermandad. 

Con esto Chesterton hace referencia a que el ser humano necesita llevar una vida de significado y el significado lo da el centro, la profundidad, los valores que trascienden el tiempo, lo religioso, lo cósmico y lo artístico. Escribiendo hace poco menos de 1 siglo había notado la tendencia de la sociedad secular a reducir la vida a la economía y al entretenimiento y había detectado que esto tenía algunos efectos, los cuales dice sólo mencionar sin tomar partido, aunque es evidente que, para un hombre sensible, una vida como danza es superior a una vida como carrera.