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¿La elección de Donald Trump confirma el triunfo de la ignorancia pública?

En los últimos meses han ocurrido al menos tres procesos democráticos cuyo resultado final fue totalmente sorpresivo, opuesto al que auguraban encuestas, analistas e incluso cierto sentido común mínimo. En el Reino Unido, la mayoría de la población eligió salir de la Unión Europea; en Colombia, la mayoría rechazó que el gobierno nacional firmara la paz con las FARC; y ahora, en Estados Unidos, la mayoría ha elegido a Donald Trump como el próximo presidente del país.

Cada uno de estos procesos ocurrió en sus propias circunstancias, y sin duda el resultado de cada uno es efecto de factores específicos, pero también es posible encontrar algunas constantes. Algunos hablan de cierto agotamiento de la democracia como sistema político o, más precisamente, de mecanismos democráticos como las votaciones, que, paradójicamente, no parecen ya la forma más “justa” con que se decide el futuro de toda una población. En el caso del Brexit, por ejemplo, se señaló mucho cómo el sector decisivo fue el de los ancianos, británicos de cepa cuyo voto estuvo inclinado por el discurso xenófobo que alimentaron ciertos medios conservadores. ¿Por qué un sector de la población que no vivirá más de 10 años puede tomar una decisión con efectos para los demás durante al menos los próximos 30?

La democracia es falible, eso se sabe desde tiempos de Platón y Aristóteles, sin embargo, desde entonces se sabe también que hasta ahora es el mejor sistema político que hemos ideado para darle marco a nuestras relaciones políticas. El problema parece ser que en nuestra época ciertos ámbitos de la vida social como la economía o las comunicaciones han ganado complejidad pero no así ciertos aspectos de la política como los procesos electorales, que en algunas de sus características parecen anquilosados, obsoletos.

En este sentido, vale la pena reflexionar sobre una paradoja de la realidad contemporánea que a luz de estos acontecimientos parece mucho más obvia. Es un tanto irónico que hasta hace unos años, con el surgimiento del Internet y las comunicaciones globales, se habló con entusiasmo de cierto “Renacimiento” cultural, se habló de la posibilidad del acceso universal a la información, de la gratuidad del conocimiento, de la libertad con que fluiría la data. Sin embargo, a la vuelta del tiempo el panorama es totalmente distinto: no sólo la humanidad no es más sabia, sino que además, a juzgar por estas decisiones colectivas, la mayoría es francamente ignorante, de una forma además que reúne dos de las características más aborrecibles de la ignorancia, el egoísmo y el orgullo.

Los ignorantes que están decidiendo el futuro de la mayoría son personas en quienes claramente ha fracasado el proyecto humanista del bien común, que no ven más allá de sus intereses ni son capaces de imaginar un punto de vista distinto al suyo; son personas también en quienes se cumple eso que los antiguos llamaban ignorancia supina: la ignorancia de quien aun teniendo los recursos y las oportunidades, se niega a aprender, es decir, se empeña en ser ignorante, se enorgullece de ser ignorante.

¿Qué hace distinto a nuestra época como para que esta ignorancia sea relevante y, tristemente, decisiva en nuestra vida social? De nuevo, los factores pueden ser muchos, pero es claro que la forma en que ocurre la comunicación tiene una amplia responsabilidad en estos sucesos. Nociones como la verdad, la opinión, la certeza o la confianza –todas fundamentales para comunicar o para informar– han tenido cambios cuyo alcance quizá apenas comenzamos a vislumbrar.

En la historia del Internet, uno de los cambios mayores fue la transición hacia la Web 2.0, de cuya amplia historia sólo nos detendremos en un rasgo: la entrega que se hizo al usuario de la generación de contenidos. A diferencia de lo que sucedía en los primeros años del Internet, el usuario dejó de ser sólo un consumidor de contenidos para convertirse en un consumidor y generador de éstos. A los tiempos de la Web 2.0 pertenece el surgimiento de los blogs y, poco después, de las redes sociales, en donde como sabemos por experiencia propia, consumimos lo que otros publican pero a su vez nosotros también podemos publicar lo que otros consumen.

Dicha entrega, sin embargo, se dio sin una noción de responsabilidad. De entonces a la fecha, cualquier puede abrir un blog, cualquiera puede tener un perfil de Facebook y publicar lo que le venga en gana, cualquier puede emitir un juicio sumario en Twitter o subir un video comiendo canela a YouTube. Se le dio a la humanidad uno de los mejores recursos jamás inventados para hacer que la manera personal de ver, entender y experimentar el mundo fuera conocida por otros e importara, y la humanidad lo desperdició en videos de gatitos, lo convirtió no sólo en otro medio para fomentar la estupidez, sino además en un medio que hizo relevantes esas opiniones estúpidas, al tal grado que ahora se están convirtiendo en decisiones de peso, como la elección de un presidente nacional.

Leonardo Curzio –investigador en la Universidad Nacional de México, analista y conductor de un noticiero matutino– ha hablado de “idiotas empoderados” a propósito de estas personas que, solazados en su ignorancia, nutridos por los “análisis” superficiales que hacen sus amigos de Facebook o el youtuber al que siguen, se creen absolutamente informados, plenamente capaces, convencidos del todo de estar tomando la decisión que les conviene a ellos mismos y al resto de su comunidad. También Umberto Eco, algunos años antes de morir, dijo que las redes sociales sólo habían llegado para dar voz a una legión de idiotas.

Y aunque las opiniones tanto de Eco como de Curzio pueden sonar fascistas (pues su corolario es quitarle el derecho de expresión a esos idiotas), ambas deben leerse desde la tradición occidental de la generación de ideas. En toda nuestra historia, desde la Antigüedad clásica hasta la modernidad tardía, emitir una idea supuso siempre cierta responsabilidad, estaba avalada por una autoridad o provenía de un examen amplio de la cuestión, de la reflexión meditativa, de la formación escolarizada, etc. Era muy difícil que una idea estúpida –es decir, una ocurrencia, una idea sin fundamento, un prejuicio– se abriera paso hasta la opinión pública. Pero ahora ocurre lo contrario. La irresponsabilidad se ha revelado como un terreno fértil para la estupidez.

 

Twitter del autor: @juanpablocahz

 

También en Pijama Surf: Vivimos en la Era de la Ignorancia: la ilusión de la tecnología (I-II)

 

Imagen principal: Eric Thayer, The New York Times

La burbuja del dinero: Estudio muestra que los ricos no ponen atención a los demás

Sociedad

Por: Pijamasurf - 11/09/2016

Estudio sugiere que las personas con mucho dinero están obsesionadas consigo mismas

El dinero en ocasiones puede funcionar como una especie de hipnótico o sedante que impide percibir la realidad que nos rodea. Tal vez porque al depositar en el dinero el valor más importante (no sólo monetario) lo demás pasa a segundo término.

Un reciente estudio realizado por investigadores de la Universidad de Nueva York encontró que las personas pudientes le ponen menos atención a las personas que pasan en la calle y lo que llaman "relevancia motivacional" de otras personas, o en otras palabras, qué tan relevantes son los otros para una persona. Según algunos psicólogos le ponemos atención a algo en la medida que le asignamos un valor, ya sea que represente un riesgo o una recompensa. 

En el estudio en cuestión 61 participantes caminaron por las calles de Nueva York utilizando unos google glasses; luego los investigadores analizaron sus movimientos oculares y notaron que aquellos que habían llenado su perfil demográfico como clase alta (aquellos adinerados) no posaban su mirada en las otras personas tanto como las personas de clase más baja.  

Se realizó otro estudio en el que se les pidió que miraran fotografías de Google Street View en una pantalla y de nuevos los ricos miraron menos a las personas. 

En otro estudio, los mismos investigadores reclutaron a 400 estudiantes (de los cuales también averiguaron su extracto socioeconómico). Los voluntarios tuvieron que ver imágenes que se mostraban por unos segundos y luego se volvían a mostrar pero con pequeños cambios. Las personas con menos ingresos respondieron con mayor rapidez y eficacia a los cambios en los rostros de las imágenes, de nuevo mostrando la relevancia motivacional de las otras personas. 

A lo largo de diferentes estudios de campo e investigaciones, se muestra que las otras personas logran captar más la atención de las personas de clase baja que la de los individuos de clase alta", dijo Pia Dietze, una de las investigadoras. 

Estos estudios se suman a algunos anteriores, como el de 2012 de la Universidad de California-Berkeley que notó que las personas adineradas reaccionaban con menos empatía cuando veían un video de niños con cáncer. En el caso de las personas con menos dinero, los investigadores notaron la tendencia en su ritmo cardiaco a volverse más lento, lo que sugiere un estado compasivo. 

Es sólo una conjetura, pero tal vez esta información explique en cierta manera la gran desigualdad económica que existe en nuestro planeta. Si es que puede extrapolarse que las personas con mucho dinero ponen menos atención a lo que le sucede a los demás y han asimilado esto a nivel inconsciente, no sería sorpresivo que no buscaran compartir su riqueza aún cuando realmente no necesiten tanto dinero. En cierta manera el dinero podría generar una obsesión con uno mismo.