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Vivir es más importante que buscar el sentido de la vida: un fragmento de "Los hermanos Karamazov"

Libros

Por: pijamasurf - 10/31/2016

En este fragmento de "Los hermanos Karamazov", Dostoievski nos da una lección sencilla pero elocuente sobre la vida

Dostoievski es probablemente el escritor ruso más cercano a las preguntas sobre la existencia que surgieron a finales del siglo XIX y que tuvieron como temperamento especial originarse a partir de cierta desolación, cierto desencanto ante la vida, para después encontrar en el vivir mismo la única posibilidad de respuesta. Nietzsche es el filósofo que quizá mejor condensa este movimiento del espíritu y el intelecto, pero en sus novelas Dostoievski alcanzó alturas y profundidades igual o más decisivas.

En esta ocasión retomamos un fragmento de Los hermanos Karamazov compartido originalmente en el sitio calledelorco.com. Ahí, Dostoievski pone en boca de dos de los protagonistas, Iván y Aliosha, una sensible conversación sobre nada menos que el sentido de la vida. Vale la pena recordar que especialmente en esta novela el ruso hace gala de esa visión atea de la vida, o humanista quizá sería mejor decir, pues al tiempo que descree de una entidad divina que tenga las respuesta que el ser humano busca se da cuenta de que somos nosotros mismos quienes creamos esas respuestas, quienes con nuestros actos cotidianos, nuestras decisiones, nuestros errores y nuestros aprendizajes podemos ir descubriendo si la eternidad existe o no, si el crimen es disculpable o si, como en este caso, la vida tiene un significado que intuimos pero siempre se nos escapa. Escribe Dostoievski:

Iván: ¿Sabes lo que me estaba diciendo hace un instante? Que si hubiera perdido la fe en la vida, si dudara de la mujer amada y del orden universal y estuviera convencido de que este mundo no es sino un caos infernal y maldito, por muy horrible que fuera mi desilusión, desearía seguir viviendo. Después de haber gustado el elixir de la vida, no dejaría la copa hasta haberla apurado. A los treinta años, es posible que me hubiera arrepentido, aunque no la hubiera apurado del todo, y entonces no sabría qué hacer. Pero estoy seguro de que hasta ese momento triunfaría de todos los obstáculos: desencanto, desamor a la vida y otros motivos de desaliento. Me he preguntado más de una vez si existe un sentimiento de desesperación lo bastante fuerte para vencer en mí este insaciable deseo de vivir, tal vez deleznable, y mi opinión es que no lo hay, ni lo habrá, por lo menos hasta que tenga treinta años. Ciertos moralistas desharrapados y tuberculosos, sobre todo los poetas, califican de vil esta sed de vida. Este afán de vivir a toda costa es un rasgo característico de los Karamazov, y tú también lo sientes; ¿pero por qué ha de ser vil? Todavía hay mucha fuerza centrípeta en el planeta, Aliosha. Uno quiere vivir y yo vivo incluso a despecho de la lógica. No creo en el orden universal, pero adoro los tiernos brotes primaverales y el cielo azul, y quiero a ciertas personas no sé por qué. Admiro el heroísmo; ya hace tiempo que no creo en él, pero lo sigo admirando por costumbre… Mira, ya te traen la sopa de pescado. Buen provecho. Aquí la hacen muy bien… Oye, Aliosha: quiero viajar por Europa. Sé que sólo encontraré un cementerio, pero qué cementerio tan sugeridor. En él reposan ilustres muertos; cada una de sus losas nos habla de una vida llena de noble ardor, de una fe ciega en el propio ideal, de una lucha por la verdad y la ciencia. Caeré de rodillas ante esas piedras y las besaré llorando, íntimamente convencido de hallarme en un cementerio y nada más que en un cementerio. Mis lágrimas no serán de desesperación, sino de felicidad. Mi propia ternura me embriaga. Adoro los tiernos brotes primaverales y el cielo azul. La inteligencia y la lógica no desempeñan en esto ningún papel. Es el corazón el que ama…, es el vientre… Amamos las primeras fuerzas de nuestra juventud… ¿Entiendes algo de este galimatías, Aliosha? --terminó con una carcajada.

Aliosha: Lo comprendo todo perfectamente, Iván. Desearíamos amar con el corazón y con el vientre: lo has expresado a la perfección. Me encanta tu ardiente amor a la vida. A mi entender, se debe amar la vida por encima de todo.

Iván: ¿Incluso más que al sentido de la vida?

Aliosha: Desde luego. Hay que amarla antes de razonar, sin lógica, como has dicho. Sólo entonces se puede comprender su sentido.

La conclusión es sencilla, pero no por ello menos elocuente ni mucho menos, paradójicamente, menos fácil de llevar a la práctica: caer en cuenta de que sólo en el amor por la vida se encuentra su sentido, no en lo que alguien más nos dice, en lo que leemos o en aquellos que los demás parecen reconocer como tal, sino en nuestros actos mismos, en aquello que hacemos diariamente y que por esta misma razón va construyendo, instante a instante, esto que llamamos nuestra vida.

 

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5 valiosas lecciones sobre sexualidad que se aprenden al leer a Shakespeare

Libros

Por: pijamasurf - 10/31/2016

Nadie como Shakespeare conoció el alma humana... y también la sexualidad y sus manifestaciones

Mark Twain dijo alguna vez que los clásicos son esos libros que muchos alaban y reconocen como grandes obras, pero pocas han leído en realidad. La frase es irónica, corrosiva incluso, pero también es posible entenderla de una forma un tanto más constructiva.

Si muchos hablan de los clásicos incluso sin haberlos leído, eso también significa, desde cierta perspectiva, que hay algunas obras que a pesar del paso del tiempo, aún tienen presencia, nos dicen algo: de nosotros mismos, de nuestra época, del momento histórico o subjetivo en que nos encontramos. A pesar del paso del tiempo.

Así, por ejemplo, Shakespeare, de quien recientemente se cumplieron 400 años de su muerte y cuyas obras continúan leyéndose e interpretándose, en buena medida porque pocos autores examinaron tan bien el alma humana y sus pasiones como él. Shakespeare no sólo conoció y describió lo humano a la perfección, sino que él mismo inventó esto que llamamos ser humano, según ha sostenido Harold Bloom.

A través de Medium, la casa editorial Penguin Random House publicó un texto en que Jillian Keenan expone cinco lecciones sobre sexualidad que se aprenden al leer a Shakespeare. Cinco de muchas posibles, sin duda, las cuales compartimos a ahora con nuestra propia explicación.

 

1. La sexualidad femenina importa

En The Taming of the Shrew (que en español se conoce cono La fierecilla domada, aunque otros aseguran que una traducción más acertada del título sería La doma de la bravía, o La doma de la furia) Petruchio y Katerine intercambian un diálogo en el que él dice que pondrá su “lengua” en la “cola” (“tail”) de ella, que en la época era uno de los nombres que recibía la vagina. Veamos.

PETRUCHIO.- ¡Hola, hola, avispilla querida! Eres muy rabiosa.

CATALINA.- Si soy avispa, ¡cuidado con el aguijón!

PETRUCHIO.- El remedio es fácil; se le arranca y en paz.

CATALINA.- Los idiotas no saben dónde está.

PETRUCHIO.-¿Quién ignora dónde tienen las avispas el aguijón? ¡En la cola!

CATALINA.- En la lengua.

PETRUCHIO.- ¿En la lengua de quién?

CATALINA.- En la vuestra, que habla sin ton ni son. Adiós.

PETRUCHIO.- ¿Qué? ¿Mi lengua en tu cola?

Cabe mencionar que además del contexto en que este diálogo ocurre (una metáfora sobre Katerine como avispa y la evidente atracción entre ambos), La fierecilla domada es una obra que, a pesar de las apariencias, tiene en primer lugar a la protagonista. Tanto por sí misma como en su relación con Petruchio, incluso en lo relativo a los asuntos del placer sexual.

 

2. El sexo anal se ha practicado desde siempre

Quizá ahora nos pueda parecer subversivo, arriesgado o poco común, pero lo cierto es que el sexo anal es una práctica que, secreta o abiertamente, ha formado parte de la sexualidad humana casi desde siempre. En Romeo y Julieta (una obra que, por lo demás, identificamos más bien con el amor romántico), Mercucio desea esto a su gran amigo Romeo:

O, Romeo, that she were, O that she were
An open-arse, and thou a pop’rin pear!

Aunque los académicos aseguran que, en tiempos del Bardo, se llamaba “open-arse” a una fruta común en Flandes cuya forma semejaba al de una vagina, lo cierto es que, a la letra, Mercucio quisiera que las mujeres estuvieran de culo abierto para que Romeo pudiera caer ahí.

 

3. El consentimiento tampoco es una “moda” de nuestra época

Si bien series como Game of Thrones (en donde, por cierto, también hay influencia de Shakespeare) nos hacen pensar en un ambiente medieval en que los hombres tomaban a las mujeres en todos los aspectos posibles sin preguntarles su opinión, esa es una versión un tanto distorsionada de la realidad. De hecho, algunos antropólogos sostienen que la monogamia surgió como una forma de dar estabilidad incluso a las pequeñas sociedades prehistóricas. En el caso de Shakespeare, el consentimiento es el tema de toda una obra: Sueño de una noche de verano. En este contexto, Jillian Keenan hace una propuesta arriesgada: ¿qué si el siguiente diálogo, de Helena para Demetrius, fuera la declaración de consentimiento más transparente de toda la obra?

Y yo te quiero más por decir eso.
Soy tu perrita: Demetrio, cuanto más
me pegues tú, yo seré más zalamera.
Trátame como a tal: dame golpes, puntapiés;
desatiéndeme, abandóname, mas consiente
que, indigna como soy, pueda seguirte.
¿Qué peor lugar tendría yo en tu afecto
(aun siendo para mí un puesto de honor)
que ser tratada como tú tratas a tu perro?

 

4. ¿Amor es amor?

En estos meses se ha popularizado la consigna “Love is Love”, la cual alude al amor entre personas del mismo sexo, una circunstancia que no debería verse como impedimento u objeción para querer a alguien más. Sin embargo, la homosexualidad es un tema presente en la literatura, la filosofía y otras disciplinas creativas casi desde siempre. Con tino y conocimiento, Marcel Proust escribió que el placer se busca donde se pueda encontrar, sin importar que sea en un hombre o en una mujer.

La obra de Shakespeare –mejor dicho: su época– no es la excepción. En un interesante artículo, el escritor Gerardo Piña describe la sorpresa que se siente al leer los Sonetos del Bardo y descubrir poco a poco, conforme pasamos de uno a otro, que aquello que por prejuicio creíamos dedicado a una mujer, está en realidad consagrado a un hombre, uno que además despreció a otro hombre para casarse con una mujer y formar una familia.

¿Shakespeare era homosexual? No precisamente. O quizá para la Inglaterra isabelina cabría tener una noción de sexualidad un tanto más amplia, en la que cupiera la posibilidad de que un hombre experimente el afecto y la atracción por otro hombre (o una mujer, ídem) sin que ello implique juicios condenatorios...

 

5. La sexualidad humana es diversa

Comprender al ser humano es en buena medida entender la diversidad que le es inherente. En Hamlet, Shakespeare escribió que sabemos lo que somos, pero no lo que podemos ser. Y esto es válido también para el ejercicio de nuestra sexualidad, de nuestro erotismo y de nuestro amor. Solo viviendo descubrimos que podemos amar en una forma que quizá nunca habíamos imaginado.

 

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