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El miedo y fascinación por los payasos nos remonta a figuras arquetípicas de creación y destrucción, así como a la aterradora posibilidad de que la máscara sea el verdadero rostro del payaso

Los payasos son una figura recurrente en películas, libros y videojuegos como referente del terror en la cultura de masas. Esta visión siniestra del payaso dista mucho de sus modestos orígenes como actor o entertainer ambulante, figura ineludible del imaginario del circo, así como de los bufones de las cortes palaciegas. 

Además de sus orígenes históricos, los payasos vuelven cada tanto a la arena pública de formas siempre inesperadas. Desde 2013 han tenido lugar apariciones de payasos (o de gente disfrazada como tales) en ciudades de Inglaterra y Estados Unidos, con la aparente intención de asustar a sus habitantes, aunque sin hacerles daño físico. Sin embargo, el tristemente célebre caso de John Wayne Gacy y su personaje Pogo, responsable de la violación y asesinato de al menos 33 víctimas, hace que los cabellos se ericen y que las asociaciones siniestras con los payasos no estén demasiado lejos de la realidad.

Pero aunque existen sádicos ejemplos de bromas escenificadas con gran producción que involucran payasos, este año los medios han cubierto varios casos de avistamientos de payasos en los alrededores de la ciudad de Boston en EE.UU., que no tienen nada de cómico. 

El 5 de mayo, dos payasos fueron vistos rondando la escuela primaria de Lawrence, en Boston, y para el 8 de mayo los reportes policiales de payasos rondando escuelas (y ofreciendo dulces a los niños para invitarlos a entrar a una camioneta negra) se habían extendido por Charlestown, Cambridge, Canton, Randolph y Providence. También se han reportado avistamientos en Nueva York, Alabama, Ohio, Oregon, Carolina del Norte y California. En Chicago, un payaso amenazante fue a su vez amenazado por un hombre armado.

En la mitología de diversos pueblos los payasos son agentes de creación y destrucción: distorsionan el sentido de las palabras y cometen herejías en las fechas y lugares sagrados para servir como una suerte de contrapeso moral (carnavalización bajtiniana) para que la ley siga teniendo su lugar. El agente del caos y el de la alegría perviven unidos en la figura del coyote o el cuervo para los pueblos nativos americanos de EE.UU., y el uso de máscaras y disfraces como dispositivos de acción simbólica está registrado en México en el libro seminal Los indios de México, de Fernando Benítez.

En la literatura y el cine los payasos también han ejercido esta paradójica fascinación. Desde el Bufón del “Rey Lear” de Shakespeare, quien es el único con la suficiente locuacidad como para decirle al soberano inepto sus verdades, hasta el terrorífico Pennywise de Stephen King en “IT”, que funciona como una suerte de vigilante o testigo no autorizado entre el paso de la infancia a la adultez. Heath Ledger en su papel del Joker pregunta, “¿por qué tan serio?” al Caballero de la Noche. Porque finalmente esa es la función del payaso: recordarnos que la vida no es una cosa demasiado seria, incluso cuando se torna trágica y despiadada. 

“El horror del payaso”, leemos en el Creepy Clown Manifesto, “es el del hombre triste detrás de la sonrisa pintada, esa desesperada necesidad, que se remonta al viejo Grimaldi, de que los más infelices de entre nosotros nos hagan reír. Sepan la verdad: no somos infelices. No hay nada detrás de nuestras máscaras.”

Si el payaso utiliza el disfraz y la pintura para recordarnos que no hay nada "debajo" de lo que vemos, ¿será que la fascinación que ejercen sobre nosotros nace al hacernos creer que nuestro rostro es eso que nos protege de entregarnos a nuestros impulsos festivos y destructivos?

Contra el "parenting": por qué conocer a tus hijos es mejor que leer libros sobre crianza

Sociedad

Por: - 10/15/2016

Nadie nace sabiendo ser padre, pero las teorías en torno a la paternidad perpetúan el miedo incipiente a volverse malos padres, lo que es capitalizado por una industria editorial voraz

Asomarse a la sección de paternidad en una librería puede ser una experiencia apabullante para muchos nuevos padres: "haz esto, no hagas lo otro, aliméntalos con esto pero nunca, nunca con esto, juega con ellos, pero no demasiado". 

El auge del parenting como modelo de crianza es relativamente nuevo en la historia de la humanidad. Nuestro pasado evolutivo (y la organización de muchas sociedades actuales así lo atestigua) muestra que los niños estaban a cargo de grupos de adultos, y convivían junto a otros niños no solamente durante las horas de escuela, sino en el resto del día también.

La división del trabajo y las largas jornadas laborales instituyeron la necesidad de criadoras expertas o especializadas, que muchas veces estaban a cargo de más de un niño. Para las clases altas esto se tradujo en la figura de la “nana”, institutriz o aya, que se encargaba de cuidar a los niños, mantenerlos limpios, darles un horario y también participar de sus afectos, mientras los padres de la alta sociedad se dedicaban a otras cosas.

Pero las clases medias urbanas de la actualidad parecen enfrentar un problema inédito en la historia: darse herramientas para criar a los niños virtualmente de la nada, hacer algo con el tiempo libre, además de darles herramientas para un futuro imprevisible y cambiante.

Existen muchos modelos de paternidad, pero como afirma Alison Gopnik en The gardener and the carpenter, “’Padre’ [parent] no es un verbo, ni una forma de trabajo… y no debería ser dirigido hacia la meta de esculpir a un niño en un tipo particular de adulto.”

Su libro propone algunas alternativas a los modelos recientes de crianza, como la paternidad “helicóptero” (los padres sobrevolando a los hijos pero tratando de darles algo de distancia e independencia), y las “tiger moms”, que tratan a los niños como empleados de alto rendimiento asignando una cantidad enorme de tareas y expectativas. El libro de Gopnik propone en cambio una paternidad a través de la metáfora del jardinero, y la contrapone a la del carpintero.

Según Gopnik, la crianza debe ser como cuidar un jardín: hay que sembrar, regar y podar, pero sin tratar de controlar por entero el proceso; un mal modelo de crianza se parece más a la carpintería, donde se toma un árbol (el niño) y se lo convierte en otra cosa que no tiene nada que ver con lo que alguna vez fue. La metáfora puede sonar un poco forzada y sin embargo sigue insistiendo en la misma tensión que los padres de la generación X sentían: ¿cómo balancear el trabajo y la independencia, tanto de los padres como de los hijos, y qué son las cosas que vale la pena enseñar?

Algo que los libros de paternidad no suelen tomar en cuenta son las diferencias sociales y culturales entre los tipos de padres (además de los muchos y muy diversos modelos de familias que pueden existir, desde los modelos monoparentales, homoparentales, extendidos y las familias tradicionales heterosexuales). Los contextos y épocas cambian, pero algunas cosas permanecen: hacer que un niño sobreviva (que coma, duerma y no se lastime jugando) es relativamente sencillo, pero lo difícil es desarrollar una relación con ellos a nivel de personas, no solamente a nivel de subindividuos jerarquizados dentro de la constelación familiar.

En realidad ningún libro puede orientarte sobre cómo criar a tu hijo, porque la relación entre padres e hijos es única y debe considerarse desde adentro. Darte la oportunidad de pasar tiempo con tus hijos y conocerlos es la mejor forma de aprender a ser padre o madre.