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Sobre cómo los sueños lúcidos pueden reconfigurar tu vida (y reducir mucho la ansiedad)

Salud

Por: pijamasurf - 10/27/2016

Los sueños –y el estar consientes dentro de ellos– es uno de los métodos terapéuticos más frescos usados hoy en día para hackear el estado de vigilia a nuestro favor

Hiperrealidades, fantasías, alucinaciones, reminiscencias, híbridos extravagantes del pasado y el porvenir, etc. En los sueños cualquier escenario está dispuesto a ocurrir porque cuando dormimos literalmente estamos explorando nuestra mente. Los sueños son esos otros espacios donde la mayoría de las veces no se está consciente de lo que pueda ocurrir. No hay probabilidad de calcular los fenómenos, a menos que estemos preparados para hacerlo, en un sueño lúcido.

Elegir qué soñar (o en qué área de la mente se quiere estar) y adquirir la lucidez suficiente para controlar los eventos percibidos en ese estado onírico es una experiencia que hoy está teniendo cada vez más devotos a nivel científico y terapéutico. Ejemplo de ello son los estudios recientes sobre la capacidad de los sueños lúcidos para tratar complejos psicológicos derivados del estrés postraumático, los miedos, la ansiedad y las fobias.

Este método es similar a lo que se conoce como “incubación del sueño”, técnica que enseña al paciente a imaginar todos los noches antes de dormir una situación específica y a localizarse en ella dentro del sueño para de esta manera resolver su problema. Algo así como un simulacro onírico, una zona de prueba donde se tiene la posibilidad de que las cosas ocurran de manera diferente. Robert Waggoner –un notable explorador de la consciencia vía el sueño– ha analizado durante mucho tiempo este fenómeno por medio del sueño lúcido. Atendiendo a distintas recomendaciones que sugieren el empoderamiento de los sueños lúcidos –aunado a la práctica continua de la incubación del sueño–, muchas personas han afirmado haber superado ciertos sentimientos negativos y  de ansiedad, y de esta manera logrado reconfigurar su sistema de vida hackeando el candado de cada archivo dañado de la memoria.

Pero, más allá de lidiar con pesadillas o circunstancias trágicas que han ocurrido en vida, otra de las teorías oníricas –y de las menos aprobadas–, sugerida por promotores del sueño lúcido terapéutico como Daniel Erlacher, nos dice que si las personas se volvieran lo suficientemente conscientes en sueños, serían capaces de volverse profesionales en la materia que deseen. Solo sería cuestión de ensayarla en sueños. De esta manera los sueños podrían ser cada noche estudios dedicados de lo que podemos lograr en estado de vigilia.

Parafraseando a Adhip Rawal, psicólogo de la Universidad de Sussex, en Reino Unido, nuestras historias oníricas tratan de sacar la emoción de una experiencia mediante la creación de una memoria de ella. De esta manera la emoción en sí ya no está activa pero su recuerdo sí. Este mecanismo cumple un papel importante porque cuando no procesamos nuestras emociones, especialmente las negativas, la preocupación y la ansiedad aumentan exponencialmente en nuestro estado de vigilia. “Las emociones son la materia central de la que está hechos los sueños”, explica Rawal y agrega: “soñar con aspectos emocionales nos ayuda a trabajar en ellos”.

Ahora ya los sabes, si lo que necesitas es una reconfiguración total o parcial de tu vida y los modos en que la digieres, puedes optar por hacerlo primero desde los sueños.

Experimentar dolores e incluso enfermedades sin que se generen reacciones negativas que afecten nuestra ecuanimidad es una forma de purificar el karma, según el budismo

Dolor y sufrimiento a veces son usados de manera intercambiable, pero haremos aquí una distinción funcional para desarrollar una hipótesis. Llamaremos dolor a aquellas sensaciones físicas desagradables que son parte inevitable de la existencia cotidiana así como también a aquellas emociones negativas o pensamientos dolorosos que surgen, pero que (en el caso de las emociones y pensamientos) están ligados a un respuesta corporal inmediata. Por ejemplo, si una persona querida muere, hay un dolor natural que llamamos duelo; otro ejemplo, si alguien utiliza un ruidoso taladro cerca de nosotros, escuchamos una poderosa explosión o vemos un muerto en la calle, esto probablemente genere ciertas emociones negativas o de alguna manera perturbadoras, que aquí colocamos dentro de la canasta del dolor (recordemos que ésta es una distinción meramente funcional, no lexicográfica).

El sufrimiento lo definiríamos como la fijación del dolor o su reproducción a través de hábitos mentales. Por ejemplo, si un ser querido muere y seis meses después seguimos deprimidos, eso sería sufrimiento. Si una construcción empieza a nuestro lado y horas después no podemos trabajar y estamos obsesionados con el ruido, eso sería sufrimiento. En el caso de una enfermedad que afecta seriamente nuestro organismo, la línea se vuelve más difusa (ya que el dolor y el sufrimiento se retroalimentan en un circuito psicosomático) y en general es más difícil evitar que el dolor se convierta en sufrimiento, pero de todas maneras es posible hacer que el dolor no se convierta en un agregado de sufrimiento mental autoinflingido por rumiar en la enfermedad o la frustración que produce la enfermedad al estarse circulando en forma de pensamientos. Un ejemplo, cuando el karmapa anterior (el líder espiritual de budismo kagyu) estaba enfermo de cáncer, cuando las personas lo iban a visitar y le preguntaban cómo se sentía, él decía "No enfermo", según cuenta Gyatrul Rinpoche. No sólo en el caso de una persona con muchos logros en el control mental y demás, muchas personas ordinarias que tienen una actitud positiva se enferman pero el dolor no se convierte en sufrimiento, sino sólo es una experiencia más. Son éstas las personas que logran salir de una enfermedad con aprendizajes más que heridas o disfunciones crónicas. De hecho, existen muchas historias muy interesantes de cómo la enfermedad es el catalizador de una transformación espiritual donde los individuos descubren los aspectos esenciales de la vida y de su persona obligados a enfrentarse a su realidad sin distracciones. En algunos casos es necesario sufrir, justo para tener una motivación más profunda para querer dejar de sufrir, pero una vez que se ha entendido esto, es posible vivir todo tipo de dolores, achaques y contrariedades sin que se produzca mayor sufrimiento.

Se ha dicho mucho que el el dolor es inevitable, pero el sufrimiento es opcional. Yo preferiría decir que no sufrir es el logro del trabajo del autoconocimiento, la purificación de la mente y probablemente también de una cierta fe o del cultivo de una vida plena de significado. No es como si vamos al supermercado de la mente y elegimos no sufrir; en realidad en el estado en el que estamos no podemos ejercer esa opción efectivamente, ya que somos víctimas de nuestros hábitos mentales o de nuestros karmas (los cuales son casi lo mismo). Es decir, el no sufrimiento no es magia, no es una pastilla que tomamos (porque la pastilla que tomamos para suprimir el dolor luego se convierte en sufrimiento al negar los síntomas que se están manifestando con importante información sobre las causas más profundas de nuestro malestar). Es por ello que el Buda Shakiamuni diseñó todo un sendero (el óctuple noble sendero) para conseguir eliminar esta característica tan enraizada en el mundo en el que vivimos, donde existen inevitablemente la muerte y la enfermedad (en lo que el budismo llama el samsara). Asimismo, las diferentes escuelas budistas se han dedicado a adaptar las enseñanzas del Buda –las cuales son ciertamente universales– a los contextos particulares, con el fin de proveer un método para hacer que no reaccionemos de manera violenta al dolor y que lo dejemos que llegue a su cauce y se desvanezca. La esencia de la filosofía budista, e incluso también de la medicina tibetana, es el concepto de la impermanencia (anicca). Sostiene el budismo que todas las cosas están condicionadas a desaparecer y por lo tanto no hay una razón de peso para reaccionar a ellas. Esto mismo ocurre también en el organismo, si una sensación dolorosa surge, uno la percibe y si tiene sentido realizar algún cuidado médico por supuesto que se realiza, pero si esto no es necesario (y se prefiere no intervenir si no hay una verdadera necesidad) simplemente se reconoce la sensación y no se cavila demasiado en su persistencia. Esto hace que uno no siga alimentando esa sensación corporal que en el budismo tiene necesariamente un componente mental. Pronto desaparecerá y lo que es seguro es que desaparecerá antes y perderá su fuerza antes si no la hacemos grande con nuestra energía obsesiva o apego. Es por ello que definimos el sufrimiento como fijación: todas las cosas están moviéndose, circulando, cumpliendo su energía kármica, pero si nos aferramos a ellas, generamos tensión y bloqueamos su paso, pues no podrán seguir su curso, por el contrario, se expandirán, como si en vez de sacarnos una daga, la mantenemos en el cuerpo y la seguimos enterrando.

Sugiero que existe una especie de alquimia en el dolor que no se convierte en sufrimiento, especialmente en la enfermedad y en las circunstancias más difíciles que nos presenta la vida, basándome en la visión budista del karma. El budismo enseña que todo lo que somos y que todos los fenómenos que experimentamos son el resultado de nuestras acciones previas, nuestro karma, el cual es especialmente cargado, por así decirlo, por la intención o motivación que le imprimimos a nuestros actos, pensamientos o palabras. De esta manera es imposible que nos libremos de algo que hemos hecho antes sin que experimentemos sus efectos (si bien existen técnicas, como por ejemplo el tantra, que permiten trabajar con estos efectos de manera más directa y profunda, a veces logrando evitar sus manifestaciones más negativas). Esto significa que todo dolor y enfermedad que se manifiesta es una semilla kármica que encuentra su fruición: un acto o una serie de actos que estaban enterrados en nuestro inconsciente o en lo que el budismo llama alaya, la conciencia de la base o conciencia almacén. Bajo cierta perspectiva esto es algo incluso celebrable: está surgiendo finalmente a la superficie ese pasado que nos tiene condicionados y nos afecta desde la profundidad, el monstruo se hace visible (y los monstruos al mostrarse a la luz pierden su poder de atemorizarnos). Estamos ante una preciosa oportunidad de librarnos de ese karma, aunque es una oportunidad de riesgo ya que nos coloca en un estado de relativa debilidad en el cual podemos recaer en una actividad negativa, al identificarnos con ese dolor-sufrimiento. Es importante no confundir no identificarse con las sensaciones con bloquear las mismas, por el contrario, el proceso de no identificación, cuya base es la noción de la impermanencia, es especialmente adecuado para dejarlas salir y sentirlas como son, es por ello que a veces las lágrimas son una forma de alquimia. 

El gran maestro budista del siglo XVII, Karma Chagme, escribió que algunos practicantes que viven una vida entregada al dharma logran hacer que todos sus vicios y oscurecimientos de vidas pasadas emerjan en esta vida. "Entonces todo el inmenso sufrimiento y la miseria de otras vidas es purificado al sufrir de enfermedades en ésta". Estas enfermedades entonces son llamadas "excitaciones del karma". Aquí el importante detalle es que estas enfermedades deben de sobrellevarse de tal manera que el individuo se mantenga fiel al dharma o a una vida ética y que mantenga una mente clara, sin indentificarse con el dolor. 

Hay que mencionar que en el caso de algunos seres con grandes méritos, según dice la tradición budista, particularmente el mahayana, las enfermedades pueden llegar a ser incluso formas de expiación compasiva con las que un bodhisattva o un gran santo absorbe las penas de los demás, simplemente porque está libre de apego y para él esas enfermedades no trastornan o modifican su conciencia, ni le hacen perder la ecuanimidad. Asimismo, también es concebible que ciertos seres especialmente calificados absorban las penas del mundo, de ciertos lugares o grupos, en una especie de alquimia del karma colectivo. 

Por otro lado también se pueden presentar procesos que a veces son descritos en la literatura de la medicina alternativa como "crisis curativas". Esto mismo es reportado en las prácticas tántricas del vajrayana, donde al trabajar con el karma y el oscurecimiento de la mente surgen ciertas aflicciones. Karma Chagme dice que "justamente como limpiar la cañería hace que emerja suciedad, así también ocurre al excitar el karma al purificar los oscurecimientos".

Esto al menos nos debe de dar una perspectiva diferente para enfrentar el dolor, sin que se tenga que ser budista practicante o de alguna otra religión o creencia. Simplemente la paciencia de la enfermedad, que es una especie de ciencia de la no reactividad, sabiduría de dejar que las cosas fluyan a través de nosotros y encuentren buen puerto. Creo que hay una alquimia en experimentar el dolor que ocurre como parte de la condición mundana y no adherirnos a él. Esto por una parte nos hace más sabios, nos permite entender la impermanencia desde la experiencia íntima y, por otro lado, si creemos en la idea del karma (la cual no es budista, sino que existe en todas las tradiciones religiosas de la India y en otras religiones y filosofías con otro nombre), entonces el dolor es una especie de punto crítico que ocurre en el laboratorio alquímico de nuestro cuerpo, en el que estamos purificando al fuego de nuestro cuerpo-mente, que al final de cuentas es la materia prima de la piedra filosofal. Si mantenemos la ligereza ante el dolor, estaremos haciendo un aliado del elemento viento, el vehículo del espíritu, y tendremos la capacidad de enfrentar todo tipo de adversidades sin que tengan efectos significativos en nosotros. Nos estaremos volviendo livianos como el viento y transparentes como el cielo. Incluso podríamos decir que el dolor sin sufrimiento es ya una probada de la iluminación.

Twitter del autor: @alepholo

Citas tomadas de Naked Awareness, Practical Instructions on the Union of Mahamudra and Dzogchen, traducción de Alan Wallace