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El primer ministro de Bután recoge la basura de los caminos con sus propias manos y también tú deberías hacerlo

Política

Por: Pijamasurf - 10/11/2016

Una vez cada semana el primer ministro Tshering Tobgay se detiene a recoger la basura de las calles que lo llevan a su oficina, sentando un admirable ejemplo

El Reino de Bután es un pequeño país de menos de 1 millón de habitantes incrustado en la parte este de los Himalayas, cerca del Tíbet, Nepal, India  y Bangladesh. Bután es un país budista que en tiempos recientes ha servido de refugio de grandes maestros tibetanos como Dilgo Khyentse Rinpoche y tiene una concepción bastante especial de la vida. Hace unos años el rey Jigme Singye creó un ministerio para la felicidad nacional y creó el indicador de felicidad doméstica bruta a diferencia del indicador económico del producto doméstico bruto. La felicidad se convirtió en el verdadero indicador del progreso del país.

El rey abdicó del trono pese a estar en perfectas condiciones de salud y tener completa aprobación del pueblo para hacer una transición hacia la democracia, la cual está siendo conducida por su hijo Jigme Khesar Namgyel Wangchuck, quien subió al trono en el 2006. El primer ministro Tshering Tobgay es parte importante de esta transición y un formidable ejemplo de ética para mandatarios en otros países.  

Tshering Tobgay publicó estas imágenes en su Facebook (el cual es un excelente ejemplo de manejo de las redes sociales para cualquier político), en las que aparece recogiendo la basura, para motivar a las demás personas a que hagan lo mismo. El primer ministro publicó la siguiente frase del rey, a la cual parece estar respondiendo: "Donde vivimos debe ser un lugar limpio, seguro, organizado, bello, con el fin de cuidar la integridad nacional, el orgullo y nuestro brillante futuro. Estas cosas también son construcción de nación". Tshering Tobgay explicó que ya que "nuestros vecinos insisten en tirar su basura en nuestro caminos, he decidido tomar cartas en el asunto: recogeré basura en camino a la oficina una vez cada semana. Ayúdenme recogiendo desechos tirados cuando vayan a la oficina o regresen de la misma. Y si de todas maneras van a hacerlo, al menos ayúdenos dejándola a un lado del camino, ya que es más fácil de recoger. Recoger basura tirada hasta el fondo de los caminos quita mucho tiempo, es difícil y peligroso".

Un extraordinario ejemplo que aplica para numerosos países en el mundo que tienen esta pésima costumbre.

 

El estado nación fue una solución histórica a problemas concretos. Pero con el cambio del mundo, esta organización también debe transformarse

La historia de los grupos y sociedades humanas se remonta a los parentescos primigenios, a las familias, tribus, hordas y confederaciones, así como a la historia de lo que hacen ciertos grupos para diferenciarse de otros con el objetivo de mantener el poder. La creación de estados modernos fue una solución para unificar principados o feudos en pugna; para protegerse mejor de enemigos comunes, como un pacto de no agresión entre señores, quienes no necesariamente buscaban una mejor integración identitaria de sus súbditos (y probablemente no les importaba demasiado). 

A raíz del Brexit, muchos analistas pensaron que en lugar del camino hacia un estado plurinacional, el mundo daba un paso hacia atrás, hacia un neofeudalismo. Los mapas tienen la extraña particularidad de hacernos pensar que el mundo se divide en países, cuando las únicas divisiones y fronteras están en nuestras mentes. Las etnias, el multilingüismo, las identidades en pugna, todo eso ha estado presente siempre, mucho antes de la globalización. Se trata, según algunos investigadores del orden político, de cómo basamos la jerarquización.

Las últimas revoluciones industriales fueron posibles gracias al modelo de estado nación, a las economías nacionales y a las vías de apertura e intercambio entre bloques económicos, pero las actuales naciones en realidad son parodias de las tradiciones nacionales que las precedieron. Grupos de ricos aplastan a los pueblos pobres, se quedan con sus recursos y su cultura, la cual después reivindican como propia y defienden a ultranza.

Según Brian Slattery de la Universidad de York, en Toronto, Canadá, la existencia de los estados nación se basa en la creencia de que “el mundo está hecho naturalmente de grupos distintos, nacionalmente homogéneos o tribales, que ocupan porciones separadas del globo”. Pero la evidencia antropológica está en contra de este prejuicio: desde la Antigüedad, las culturas prosperan juntas y perecen más por defender sus particularidades que por nutrirse de sus diferencias. 

A decir del investigador, la existencia misma del Estado depende de una mentira básica: “La suposición de que la identidad y bienestar de una persona está atada de manera central al bienestar del grupo nacional es errónea simplemente como hecho histórico”. A pesar de que las naciones surgen para garantizar la paz al interior de un territorio, desde 1960 ha habido más de 180 guerras civiles a nivel mundial: esto es, guerras de una nación consigo misma, como la actual en México.

¿De qué más sirve la idea de lo nacional si no es para preservar la paz? En democracias débiles y con poco acceso a la educación, sirve para controlar mejor a la población. El sociólogo Siniša Maleševic del University College Dublin piensa que los remanentes de las lealtades antiguas que impulsaron la creación de mitologías nacionalistas sólo sobreviven como “nacionalismos banales”, como los deportes, los himnos, los programas de televisión e incluso los reality shows.

El modelo de socialización del futuro deberá tomar en cuenta las investigaciones no sobre las ventajas de la diversidad étnica, sino las de la inclusión oficial. Esto se traduce en que todos los grupos que forman parte de un país deben tener acceso al poder, no solamente a la representación electoral. Según Jennifer Neal de la Michigan State University, el algoritmo ganador para la paz y prosperidad de un país es permitir la formación de enclaves étnicos, pero no demasiado cerca unos de otros. Tomando como medida el ejemplo de países con gran diversidad étnica, racial y lingüística como Singapur, Suiza o la antigua Yugoslavia, la distancia entre enclaves debería ser de 56 km, así como garantizar una relativa autonomía de los estados y su participación en las decisiones del grupo. 

Con información de New Scientist.