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“Cor ne edito: No te comas el corazón” ¿Qué significa esta misteriosa enseñanza atribuida a Pitágoras?

Filosofía

Por: pijamasurf - 10/26/2016

Una enseñanza de Pitágoras que nos llega apenas como un fragmento, pero no por ello con menos fuerza para llevarla a nuestra vida

De la Antigüedad, en muchos casos sólo tenemos fragmentos. Eso que sucede con edificios y otras reminiscencias que podríamos calificar como físicas y palpables –las ruinas de ciertos templos, las reliquias de algunos objetos– sucede también con el conocimiento de lo antiguos, el cual estamos muy lejos de conocer en su forma original y, a cambio, llegó a nosotros después de muchos trasvases. Creemos leer a Platón, pero en realidad leemos aquello que se conservó del filósofo, y lo mismo para poetas, trágicos, historiadores, protogeógrafos y más.

En este contexto, hubo ciertas obras más afortunadas que otras. Hubo algunas que, como las de Eurípides y Aristóteles, sobrevivieron si no íntegras, sí al menos con abundancia. Para conocer la obra de otros autores ha sido necesario rastrear, hurgar, extraer, hacer una especie de labor minera en los comentadores que retomaron sus palabras muchos siglos después, que reprodujeron lo que alguna vez leyeron o escucharon y que, en esas fuentes indirectas, se atribuía ya de segunda mano a filósofos como Parménides o Diógenes.

Así también con Pitágoras, un personaje de curiosidad y sabiduría legendarias, que pasó a la historia como una especie de primer hombre que despertó al mundo cuando todo en éste permanecía sin nombre ni definición. Como otros filósofos presocráticos, a Pitágoras se le atribuye un interés en prácticamente todos los campos de conocimiento, desde los astros hasta el funcionamiento del cuerpo, de las matemáticas a la posibilidad de la metempsicosis.

Entre lo mucho que Pitágoras enseñó, se encuentra una serie de enseñanzas que el pseudo Plutarco recoge en un escrito conocido como “Sobre la educación de los hijos”. Cabe mencionar que pseudo Plutarco no es tanto un autor específico, sino más bien un genérico que por falta de mayor precisión histórica, se utiliza para agrupar una media docena de textos que, hasta la fecha, no se sabe bien a bien quién escribió.

En “Sobre la educación de los hijos”, decíamos, pseudo Plutarco enumera varias “alegorías” que la tradición atribuye a Pitágoras, mismas que acompaña de una explicaicón porque, de inicio, incluso en la Antigüedad podían parecer enigmáticas. Por ejemplo, ésta: “No llevar un anillo estrecho”, que pseudo Plutarco interpreta como que “se debe vivir una vida libre y no sujeta a lazo alguno”.

Pero la que nos atañe es quizá aún más enigmática: “no devorar el corazón”, que ha pasado a la historia también bajo su fraseo en latín: Cor ne edito.

Más allá de algunas interpretaciones mitográficas y antropológicas que podrían hacerse –comer el corazón es un momento fundamental de muchos rituales, en varias culturas, lo mismo en las leyendas titánicas, que en Game of Thrones, o en los ciclos caballerescos de la Edad Media cristiana–, pseudo Plutarco realiza una lectura mucho más sencilla y, sobre todo, práctica, vital. “No te comas el corazón” es, desde su punto de vista, una recomendación muy simple: “no dañar el alma consumiéndola con preocupaciones”.

Quizá esto es mucho menos excitante que el momento en que, en la novena historia del Decamerón, un caballero descubre la infidelidad de su esposa en los brazos de su mejor amigo, con las consecuencias previsibles, pero de cualquier forma es un buen consejo. No desgastes inútilmente tu corazón –es decir, tu ánimo, tu espíritu, tu mente– preocupándote, probablemente la forma más inútil de lidiar con tu malestar. Si algo te angustia, si algo te inquieta, si algo está afectando tu vida, haz algo al respecto, decide, actúa: evita que tu corazón se coma a sí mismo.

Parece cada vez más usual que la condición del trabajo sea sustraer vida a las personas que lo realizan

El trabajo es una condición inevitable de la vida. Dicho esto no como una condena, tal y como se entiende en el imaginario judeocristiano, sino más bien como una circunstancia propia de la existencia. Sea por la finitud de la vida, por el modelo económico en que vivimos o por la cultura en que nos desarrollos, por razones existenciales o de otro orden, es necesario trabajar, e incluso en las fantasías utópicas de quienes han imaginado un mundo sin jornadas laborales, el trabajo no desaparece, en buena medida porque éste representa un medio de realización para el ser humano, es decir, una forma de materializar su deseo, su propósito en la vida, el sentido que ha encontrado a la existencia y más. Por eso el trabajo es indisociable de la vida.

Con todo, en nuestra época y ya desde hace algún tiempo, el trabajo ha virado hacia las antípodas de esos fines trascendentes. La industrialización de la vida y la dinámica entre la producción incesante y el consumismo exacerbado han exponenciado la vacuidad de los trabajos. La conocida enajenación del proletariado notada por Karl Marx –el distanciamiento entre el trabajador y su labor cotidiana, el hecho de considerarse únicamente como una pieza más de la maquinaria– se ha acentuado en las últimas décadas, además con otro efecto: la enajenación de la propia vida.

No es sólo que el trabajo ha dejado de ser un medio de realización, sino que además parece ser ahora uno de los principales obstáculos para poder cumplir dicha realización en otros ámbitos de la vida. Para muchos, el trabajo es como un risco frente al cual están parados y que les impide regocijarse con el resto del panorama.  

 

Trabajos que enferman

Para muchas personas, el primer precio que pagan por tener un trabajo es su salud. El cuidado del cuerpo decae poco a poco por la vía de una alimentación descuidada y la falta de actividad física. Comida rápida o chatarra, golosinas, bebidas azucaradas, son en muchos casos la dieta básica del trabajador promedio y, por otro lado, el ejercicio físico se desestima, se le llega a considerar algo prescindible, por más que nuestro cuerpo, por naturaleza o evolución, necesita moverse. ¿Te has preguntado qué efectos tendrán, de aquí a 10 años, los hábitos de salud asociados a tu vida laboral?

 

Trabajos que endeudan

Un elemento decisivo del capitalismo contemporáneo es la deuda, en prácticamente todos los niveles del sistema. El dinero ha consolidado su condición ilusoria al grado de que ahora es posible vivir sin ni siquiera verlo, por decirlo de alguna manera. A nivel personal y cotidiano, esto ha provocado el efecto un tanto irreal de vivir no con el dinero que se tiene, sino con aquel que se espera tener. La deuda, en un sentido simbólico, es asegurar para el futuro las condiciones presentes, negarnos por voluntad propia cualquier posibilidad de cambio.

 

Trabajos que esclavizan

El filósofo de origen coreano Byung-Chul Han ha llamado a la nuestra la “sociedad del rendimiento”, tomando esta palabra en el doble sentido de rendimiento como ganancia económica pero también como sinónimo de fatiga. Vivimos ahora agobiados, en apariencia, por el trabajo al cual nos dedicamos, por salir temprano de casa y regresar bien entrada la noche, por los pendientes que se acumulan y las tareas que no cesan.

Sin embargo, a decir de Byung-Chul Han, no es eso lo que nos rinde, sino algo más profundo: la autoexplotación a la cual nos sometemos voluntariamente. En su forma contemporánea, el capitalismo encontró la manera de que la explotación cuyo ejercicio antes recaía en un “amo” –un jefe, un patrón, un empresario, un gerente, etc.–, ahora esté en la conciencia misma del individuo, quien trabaja bajo la idea de que si no tiene lo que quiere es porque no se esfuerza lo suficiente –y bajo esa dinámica nunca se detiene a preguntar si de verdad desea aquello por lo cual dice estar trabajando.

Vivir bajo ese mandato deriva en fatiga y angustia. El sujeto que se cree “empresario de sí mismo”, que es amo y esclavo a la vez, vive aprisionado entre dos barreras: una, la de sus propias condiciones, que parecen siempre insuficientes; y otra, la de las condiciones externas, que lo animan a esforzarse por tener lo que nunca podrá alcanzar. Y no porque sea imposible tener lo que queramos, sino porque es imposible por definición en los términos que plantea el capitalismo.

El fin de la esclavitud –es decir, el comienzo de la libertad, de la vida auténtica– ocurre cuando podemos sacudirnos la dominación del amo, la lógica bajo la cual aprendimos a vivir, a desear, a amar, y descubrimos que tenemos lo necesario para ser no empresarios de nuestra vida, sino artífices de nuestra existencia, sujetos que viven en sus propios términos.

 

¿Por qué aceptamos tan fácilmente trabajos nos enferman, nos endeudan y nos esclavizan? ¿Será porque no estamos dispuestos a realizar el trabajo que implica la construcción de nuestra propia libertad?

 

Ilustraciones: John Holcroft

 

Twitter del autor: @juanpablocahz