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6 cosas que haces hoy que te causarán remordimiento en 10 años

Salud

Por: pijamasurf - 10/18/2016

Una pequeña guía para evitar comportamientos que pueden convertirse en heridas futuras

Nuestro ritmo de vida puede agobiar con facilidad a cualquiera. En medio de un mar de responsabilidades y compromisos, perder de vista lo importante es sencillo. Dejar de lado nuestros sueños y compromisos con nosotros mismos nos llevará a sentir que pudimos haber hecho más por nosotros. Conforme pasan los años, nuestra voluntad y capacidad para transformar nuestra vida disminuye. Es posible encontrar un balance armónico para atender retos y necesidades. Aquí van seis cosas de las que podrías arrepentirte el día de mañana.

Imagen: Anna Pan

1. Darse por vencido con las relaciones

Muchas personas terminan pensando que pudieron tener una mejor vida amorosa. Este es un camino seguro al remordimiento. No prestar suficiente atención ni poner tanto esfuerzo en la vida junto a nuestras parejas nos hará sentir a futuro que sólo bastaba dar un paso al frente y hacerlo. Cultivar una vida amorosa sana es básico, atreverse a vivirla a plenitud es fundamental.

 

2. Descuidar a nuestros amigos

Generalmente se considera que las amistades no son tan importantes como las relaciones amorosas, lo cierto es que su pérdida puede ser tan dolorosa como cualquiera de éstas. Perder amigos íntimos o cercanos por pasar más tiempo del necesario en el trabajo es una causa segura de arrepentimiento a futuro.

Si conservamos y protegemos nuestras verdaderas amistades siempre tendremos cerca a alguien que pueda escucharnos. Con el paso del tiempo, en especial en los ambientes laborales, se vuelve más difícil generar amistades sinceras y profundas que hagan la diferencia.

 

3. Ser sedentario

Un estilo de vida pasivo y sin mucha actividad puede parecer cómodo por ahora. Estar sentado todo el día frente a un monitor es una buena manera de abonar problemas para la madurez. Llegar cansado del trabajo suele ser un pretexto recurrente para no activarse. Generar hábitos más saludables, como ejercitarse con regularidad, es más que deseable.

Cuando somos jóvenes y estamos llenos de energía el ejercicio parece una obsesión banal. Nos creemos invencibles sin considerar que, para nuestro cuerpo, el tiempo no pasa en vano.

 

Imagen: Lucía Franco

4. Descuidar tu salud

Además de crear buenos hábitos como el ejercicio, realizar chequeos médicos cada tanto y mantener una historia clínica adecuada puede resultar crucial en la detección temprana de enfermedades que, de otro modo, podrían acabar con nuestra vida.

Ir cada tanto al doctor para revisar que todo vaya bien nunca está de más. Los hospitales reciben visitas frecuentes de personas arrepentidas por no haber prevenido sus padecimientos.

 

5. No controlar el estrés

El ritmo impredecible y caótico de la realidad, nuestras preocupaciones diarias y las obligaciones que nos acosan suelen asfixiarnos hasta provocar niveles de estrés alarmantes. Sin embargo, no hay pretextos que basten al momento de combatir los efectos de la vida moderna.

El estrés es un asesino silencioso que suele liberar una avalancha de problemas en nuestro comportamiento y termina por afectar  todas nuestras relaciones. Evidencias recientes señalan que el estrés puede hacernos propensos a padecer enfermedades mentales.

Encontrar hábitos que nos ayuden a liberar el estrés como la meditación, terapia, ejercicio, entre otras tantas, será algo que nos agradeceremos en algunos años.

 

6. Dejar de tomar decisiones y actuar únicamente por causa del miedo

Una de las razones más comunes para arrepentirse a futuro es dejar que el miedo domine nuestras vidas. Ya sea por temor a no cumplir con las expectativas sociales y familiares o por pavor a no ganar suficiente dinero o tener el estilo de vida que deseamos, dejar que nuestras emociones nos conduzcan al momento de decidir nuestros próximos pasos resulta fatal.

A veces arriesgarse es saludable. Guiarnos por nuestra intuición o aquello que nos apasiona puede alejarnos de esa zona de confort que nos mantiene seguros pero insatisfechos. Generalmente, decidir por miedo nos conduce a asumir y dejar pasar comportamientos poco éticos o que de otro modo nos parecerían inaceptables.

No hay una estrategia infalible para vivir sin arrepentimientos, sin embargo ayuda imaginarse en el lecho de muerte pensando qué cosas habríamos querido hacer. Cuidar nuestras amistades y relaciones, mantenernos saludables y despiertos, combatir la angustia y el temor reduce drásticamente los momentos que luego nos parecerán amargos. Saber qué es lo más importante para ti y ser coherente con tus valores te ayudará a futuro.

 

Imagen principal: Monica Barengo

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La verdadera razón por la que la “ansiedad” no está enfermando es por un error de traducción

Al menos en Occidente, todas las sociedades han padecido una enfermedad mental que ejerce el doble efecto de la preocupación y la fascinación. Un trastorno empieza a cundir, casi como epidemia, y los sujetos de determinada época temen que ellos también sean alcanzados por su sombra, pero también, en muchos casos, quisieran que así fuera. La melancolía del siglo XVII, la histeria del XIX, la depresión del XX. Cada uno de esos males fueron como síntomas que hablan de la sociedad donde surgieron, fueron producto de las relaciones entre los individuos, de la soledad de estos (o, por el contrario, de las posibilidades de vínculo entre sí), del ejercicio del poder, del surgimiento de nuevos saberes y mucho más.

En este sentido, la enfermedad mental del siglo XXI parece que tardó en madurar para hacerse visible pero, finalmente, tiene un nombre: ansiedad. Ahora por todos lados el fantasma de la ansiedad se aparece como un trastorno que padecen muchas personas pero quizá no tantas como en realidad son, pues como en otras épocas, aún ahora pervive la idea de que los males de la psique deben padecerse en secreto y quizá incluso que son algo de lo cual el sujeto debe avergonzarse.

Pero, como mucho de lo que pasa por la mente, aquello que a últimas fechas se ha dado en contener bajo el nombre de “ansiedad”, emerge. ¿Y qué esto? Conductas diversas de las que hasta hace tiempo se hablaba en separado o, en todo caso, agrupadas en una especie de cuadro clínico del que ahora sólo diremos que parece pasado de moda. Pensar mucho las cosas, tener miedo del futuro, cierta tendencia al catastrofismo, pensar más en suposiciones y expectativas que en hechos fácticos, etc.

En pocas palabras, la “ansiedad” puede mirarse como una “sobre marcha” de la mente, un vivir más mental que real, un exceso de pensamientos en detrimento de las acciones, lo cual, a su vez, deviene en otros síntomas como ataques de pánico, enfermedades psicosomáticas (pérdida de la voz, sarpullidos, parálisis parcial, etc.) y sufrimiento en general.

Imagen: Armando Bravo

En otra época, es posible que todo esto se hubiera tomado como un cuadro clásico de neurosis, quizá incluso de histeria. El sujeto neurótico típico, tal y como lo observamos en los casos de Sigmund Freud o, más asequiblemente, en las películas de Woody Allen. ¿Pero por qué no ahora? ¿Por qué ahora parecemos tan empeñados en que sea “ansiedad” eso que sentimos?

Para tener una respuesta, cabría apuntar hacia un comportamiento común en todo aquello que concierne a la psique humana. Muchos estamos educados para encajar y no para hacernos nuestro propio espacio. Se nos enseña a caer en una categoría y no tanto a darnos cuenta de que es mejor encontrar una definición propia de lo que somos. Además, en el caso de emociones dolorosas (tristeza, temor, sufrimiento, etc.), creemos que se trata de “enfermedades” que pueden ser curadas, para las cuales basta tomar una pastilla, un analgésico, que nos hará ya no sentirlas. En cierto sentido es más fácil decir que padecemos ansiedad o que tenemos depresión porque al hacerlo, eso nos exime de nuestra responsabilidad sobre nuestra propia vida y la entrega a alguien más de quien recibimos la definición de lo que padecemos, el tratamiento que debemos seguir, el destino que nos espera.

¿Pero no es esto irónico? Si consideramos una de las narrativas dominantes, aquella del "self-made man" que nos insta a hacer nuestro propio camino, la mayoría de nosotros se revolvería ante la idea de ceder a alguien más el control de nuestra vida, que otra persona tome las decisiones de lo que debemos pensar y hacer. Con todo, eso es lo que sucede, eso es lo que muchos hacemos, incluso con aquello que es más nuestro: nuestras emociones, nuestros pensamientos, nuestro dolor, nuestra subjetividad.

Imagen: Michael Dumontier & Neil Farber

En este punto, cabe mencionar el posible error de traducción al que se alude en el título. Entre otros lugares, la palabra “anxiety” se usó, más o menos famosamente, en un clásico de la crítica literaria reciente: The Anxiety of Influence: A Theory of Poetry, del estadounidense Harold Bloom. Quien esté familiarizado con la literatura y en especial con este libro o con la figura de Bloom, quizá sepa que la traducción del título y uno de los conceptos clave –anxiety– representó un desafío para los lectores en español. A primera vista, como parece que se ha hecho en la psicología y la psiquiatría contemporáneas, lo más lógico o natural parece ser entender anxiety como “ansiedad”, pero como saben bien los buenos traductores, traducir literalmente es la menos precisa de todas las traducciones posibles, en buena medida porque se ignora todo el contexto implícito en una palabra.

Así fue como para el libro de Bloom y sin duda en otros casos, anxiety se tradujo entonces como “angustia”, una palabra mucho más elocuente en español, también para el “trastorno mental” del que hemos estado hablando.

¿Qué cambiaría si a eso que llamamos “ansiedad” diéramos el nombre de “angustia”? De entrada, nos desmarcaríamos de un discurso que al mismo tiempo que impone un concepto, nos da el instructivo para manejarlo. Si dejamos de calificar como ansiedad lo que sentimos, quizá dejemos de querer encontrar su remedio en la decena de artículos que desfilan diariamente frente a nuestros ojos. Si comenzamos a llamar “angustia” a nuestro malestar (e incluso así, sencillamente, malestar), quizá entonces comencemos a darnos cuenta de que es algo propio, subjetivo, algo que nos habla de lo que somos y de la historia que nos trajo hasta ese momento en que surgió el ataque de pánico, o el pensamiento catastrófico o el temor de emprender algo nuevo.

Comenzar a llamar angustia a la ansiedad puede ser el primer paso para darnos cuenta de que si su origen se encuentra en lo que somos, su posible “remedio” también está ahí, en la historia que poco a poco, día a día y en muchas cosas sin darnos cuenta, formó nuestra psique. 

 

Imagen principal: zukellogs

Twitter del autor: @juanpablocahz

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