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10 lecciones que la gente que trabaja demasiado aprende muy tarde en la vida

Sociedad

Por: pijamasurf - 10/24/2016

Si tu vida transcurre en el trabajo, quizá sea momento de hacer una pausa para reflexionar al respecto

El trabajo es parte de la vida, más o menos inevitablemente, pero ello no quiere decir que se convierta en tu vida, al menos no en el sentido en que termine por sofocarte y negarte la posibilidad de hacer otras cosas. Trabajar es necesario, pero también ver a los amigos, sostener una relación amorosa, cuidar de la familia, atender la salud propia, preocuparnos por nuestro entorno inmediato y mediato y más.

Hace unos días, Bernard Marr publicó a través de Linkedin, la red social enfocada en los vínculos laborales, un interesante listado sobre las cosas que, con cierta frecuencia, muchas personas dejan de lado por favorecer su trabajo –paradójicamente, cosas tan importantes como su propia felicidad–.

A continuación las compartimos, con una glosa propia. Si conoces alguna otra, no dudes en agregarla en la sección de comentarios de esta nota.

 

1. La vida es corta

Esta es la lección más elemental, la más obvia y sin embargo también la más postergada. Aunque sabemos que nuestro tiempo de vida es no sólo limitado, sino también breve, vivimos como si no fuera así, como si de verdad fuéramos a tener tiempo para trabajar y después para vivir y disfrutar. ¿Y si no? ¿Y si tu tiempo de vida se agota sin que nunca hayas vivido de verdad?

 

2. Los vínculos importan

Para algunos el trabajo se traduce en aislamiento. El tiempo que dedican a actividades laborales es tanto, que descuidan al menos un aspecto vital importantísimo: las relaciones personales. ¿Te imaginas que, a la vuelta de los años, te levantes de tu escritorio y no tengas con quién compartir tu vida?

 

3. No vale la pena perder la salud persiguiendo el éxito, la fama o la riqueza

Como sabían los antiguos, el dinero, la fama o el éxito son como fantasmas en pos de los cuales uno puede ir sin alcanzarlos, y desperdiciar la vida en ello. Trabajar más tiempo del humanamente saludable no vale la pena si a cambio pierdes tu bienestar.

 

4. Lo mejor de tu vida no transcurrirá a través de una pantalla

Por siglos, el ser humano evolucionó gracias al contacto entre semejantes, a la empatía, al cuidado de los demás y a la capacidad de ofrecer afecto. Sólo recientemente hemos sido seducidos por el brillo de las pantallas, el cual nos hace creer que la vida transcurre entre circuitos y paquetes de información. Pero, si lo piensas un poco, aquello significativo de tu existencia nada tiene que ver con un dispositivo electrónico.

 

5. Nunca renuncies a aprender

Quizá esto suena como un lugar común, pero no por ello es menos falso. El aprendizaje nos mantiene en contacto con el mundo, además, desde una posición al mismo tiempo humilde y ambiciosa, pues al aprender reconocemos que la vida está agotada para nosotros.

 

6. Diversifica

El mundo es más vasto de lo que la estrechez de nuestro campo visual nos hace creer. Mirar hacia nuevos horizontes casi siempre tiene como consecuencia una ganancia.

 

7. Nadie consigue nada solo

Por más que el discurso del “self-made man” nos haga creer que basta nuestro esfuerzo y nuestra voluntad para ganar un millón de dólares, lo cierto es que, de nuevo, siglos y siglos de historia demuestran lo contrario. La fuerza de una idea, un proyecto, una compañía, un país, etc., está determinada, en buena medida, por el esfuerzo colectivo que la sostiene. Existen liderazgos, creatividad, empeño, y esos sin duda tienen un marcado cariz individual, pero los cuales no llegan lejos sin la solidaridad de otros.

 

8. Preocuparse no soluciona nada

La angustia, la ansiedad, el temor sólo nos mantienen en el mismo lugar en donde esas emociones se originaron. Si quieres hacer algo por acallarlas, es necesario moverse, hacer algo, ocuparte de aquello que las está causando, no sólo preocuparte.

 

9. El fracaso no existe

En esta época en que la dicotomía entre éxito y fracaso está tan presente, todo “fracaso” se vive como una especie de non plus ultra, un punto final de la vida después del cual ya no se puede hacer nada, sin importar en qué momento de la existencia nos encontremos. Nada más falso. El “fracaso” es el resultado de una suma de circunstancias en las que no siempre la voluntad personal es la más importante. A veces sí, pero no siempre, y en cualquier caso no es el fin de la existencia.

 

10. La felicidad es un camino, no un destino

Esta es una frase que de tan usada podría parecer que ha perdido sentido, pero la verdad es que éste se mantiene. ¿Cuántas personas viven pensando que mañana, dentro de un año o dentro de 10 o 40 finalmente tendrán todo lo necesario para ser felices? Si no puedes ser feliz ahora, con lo que tienes, muy posiblemente tampoco lo serás mañana, cuando tampoco tengas lo que creías que te haría feliz.

 

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Veo luces y colores, y velocidades que no conocíamos. Veo un mensaje fugaz que deja marcas incandescentes que resplandecen en 3D. Veo aparatos por todas partes y las ruinas de los precursores de esos aparatos agobiándonos. Veo destellos por aquí y por allá; profusión de luces y sombras en códigos difíciles de descifrar. Veo que las cosas se van concentrando en el aparato y que el aparato va concentrado nuestras vidas. Veo movimientos fortísimos y veo que no los vemos. Y que todo eso se acelera semana tras semana.

Ellos estudian el día antes de la prueba, lo queramos o no; en buena medida porque hacemos las pruebas que hacemos y ellas se resuelven mejor en la inmediatez que con otras estrategias más progresivas y profundas. Pero eso no lo queremos ver. También porque a ellos la inmediatez les encaja bien. Entonces, por todo eso y porque se les dan las reverendas ganas, nuestros alumnos estudian la noche anterior. Solos, encerrados y acostados. A veces hay algún perro o gatito por ahí y siempre hay un celular en la mano buena. Como si ese aislamiento o ensimismamiento o recolección no alcanzara, también siempre están con sus auriculares colocados. (No casualmente a Apple se le ocurre reinventarlos ahora; son protagonistas de la vida digital hoy.) Todo lo que allí entra, entra por ese nuevo caño que ahora se llama wi-fi. El celular –para ellos– es una voz en una red social, una trama de voces que ocupa su espacio solitario hecha de amigos y no tan amigos, de música, músicas superpuestas, relatos y lecciones, obligaciones mal atendidas y compromisos raros, pitidos, timbres, plips y zuuuns. Su celular les habla y ellos le hablan a él. Es su centro de gravedad.

Él está estudiando hoy porque mañana tiene prueba. No le interesa lo que estudia; no se plantea que le podría interesar lo que estudia. Estudiar es –para ellos– un verbo encapsulado que no tiene peso ni valor relativo. Es lo que es y, periódicamente, toca (como bañarse o como sentarse a la mesa familiar a cenar). Aun así, se puede hacer mejor o peor. Por eso recurre a los resúmenes de sus mejores compañeros, a la consulta con su mejor amigo, a los recursos más prácticos de la Internet más a mano. No se da fuelle, sólo le vale lo que le suma en lo inmediato para lo inmediato. Nada de profundidades, invenciones o discusiones; nada de caminos largos y de esfuerzos innecesarios. Videoaula (ésas en que un profesor –en general en YouTube, que dicen que ya tiene 20 mil horas de esta categoría en su acervo– explica un tema en un video de no más de 12 minutos) corta y práctica de los temas –o hasta los trucos— de la prueba.

Le cuesta concentrarse –ya lo sabemos–, pero en el fondo ni lo pretende. Repite lo que debe recordar o hace ejercicios uno tras otro, como autómata, para que la mecanización fije por repetición. Siempre igual; como si lo repetido estuviera más allá del sentido y como si los ejercicios no tuvieran cuestión. Esos ejercicios para ellos nunca se vuelven problemas. Y muchas veces ni lo requerido tiene sentido ni los ejercicios –nobleza obliga–, cuestión. Él, en general, tiene razón; contribuimos (aunque no lo queramos ver) a que tenga razón. Sea lo que sea, simplemente se lo estudia para rendírnoslo en la prueba. Y de lo que queda, ni de cómo queda, no hay reflexión. Ni en ellos ni en nosotros; menos aun, compromiso.

Nosotros no estudiábamos así. Sin embargo, nos embarazaba el mismo sinsentido. Yo lo recuerdo. Lo mío era mucho más de sentado y “mono-plataforma”, con velador y a la tarde y tal vez acompañado, pero al fin de cuentas, como ellos, yo tampoco iba a ninguna parte con todo aquello. Y aprobaba, por lo general. Como ellos.

Por inclinación profesional busco al libro educativo en todo ese alucinante ecosistema de estudio y no lo encuentro; ni en su versión más folklórica de las mil y pico de páginas encuadernadas en un volumen de tapa anodina, de nombre irrelevante y de precio mareante, ni en cualquiera de sus otras versiones sucedáneas, más baratas pero más etéreas como los libros digitales y esas cosas. En la escena de estudio de hoy (en la escena de estudio de hoy en el mundo entero) no hay libros ni textos ni páginas ni experiencias corridas ni artefactos que cueste trabajo sostener con las manos; tampoco hay culpas ni pesados imaginarios del deber de saber y academicismos por el estilo. No hay ningún tipo de libro por ahí; como ya no hay discos, aunque abunde la música. (Yo sé que hay abundancias también en esa habitación a propósito de estudiar; es nuestro desafío entenderlas y aprenderlas -como el que en su momento enfrentaron primero iTunes y ahora Spotify, cuando parecía que la música se nos había perdido con la caída de los discos–. Tendremos que saber gestionar esas abundancias invisibles del nuevo conocimiento después de admitir la caída de los tótems históricos.)

No hay ganas, tampoco. Ni de eso que hay que estudiar ni de otras cosas. No hay ganas –creo– porque hemos –nosotros, los educadores– llevado el diseño escolar a unos máximos de tedio casi perfectos. Somos insoportables y por eso no nos soportan. Damos clase hasta en los recreos; siempre sabemos de todo; ponderamos sobre sistemas de organización social, pero también sobre drogas, alcohol, buen vestir, ciudadanía digital, ritmos y tecnologías; nos creemos lo que no somos y contamos historias que no son; nos ponemos nerviosos ante lo bueno y nos crecemos con lo que no sirve; homologamos nuestras voces y nuestros puntos de vista como si lo hubiéramos ensayado por decenios. Por eso –creo de nuevo– ellos nos atienden así, con esa eficiencia desganada del que anda sobrado. Y es probable que les sobre; pero les sobra de lo que no les demandamos. Justamente. A eso que los alumnos hacen bien no lo reconocemos como valor. (Esto conecta con aquella abundancia invisible de la que hablábamos más arriba.)

Desconfiamos de ellos y de todo su ecosistema. Tú entras al mundo escolar y se siente la tensión soterrada. No nos cabe en la cabeza que esa tamaña seriedad que les demandamos desde la escuela pueda ser atendida por tan desmelenada escena de estudio casera y deshilvanada. Creemos que con ese ceremonial que han montado no están estudiando y que así no se estudia y seguimos apostando por una escena falsa, remedo de un iluminismo estereotipado.

Yo sé que los estudiantes no se están revelando y que este cierto tono épico que trasunta mi prosa no se detecta hoy día en las escuelas del mundo. Eso lo sé. Pero mi insinuación épica aun discreta proviene de la potencialidad instalada en esa situación y en esa tensión. Bien llevado, creo que ese desfase esencial entre lo que la escuela cree que pasa y lo que está pasando carga ímpetus de conspiración. El mero paso del tiempo no lo consolidará, pero tal vez sí, si se hacen algunos movimientos que –dios quiera– alguien, en alguna parte, esté incubando. Confío en los emprendedores para esto; ellos suelen ser intuitivos.

 

Twitter del autor: @dobertipablo