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Esta sencilla ilustración revela por qué atender nuestra psique es tan importante

Arte

Por: pijamasurf - 08/16/2016

Esta viñeta del ilustrador Asaf Hanuka nos muestra por qué debemos hacer caso a los conflictos de nuestra mente

La mente es quizá el recurso más poderoso del ser humano pero, como todo poder, uno que lo mismo puede usarse a favor que jugar en contra. La mente puede ser un páramo o una selva exuberante, un libro abierto pero también un pergamino en el que se reconocen apenas unos cuantos caracteres, laberinto o camino franco. 

Quizá por eso, casi desde que el hombre adquirió conciencia la mente ha sido también objeto de observación minuciosa y persistente. Desde las artes, la religión, la ciencia, la filosofía y otros campos de conocimiento se ha indagado sobre el funcionamiento y la salud de la mente, con resultados diversos y conclusiones provisionales que, a lo largo de la historia, han arrojado distintas perspectivas desde donde es posible ponderar y entender los alcances de experiencia psicológica de la realidad.

Sin embargo, si es posible encontrar una constante en todos estos métodos de aproximación es quizá que su propósito ulterior es clarificar la mente. Si antes señalamos su carácter múltiple, difuso y hasta un tanto inaprehensible, es porque así nos parece incluso nuestra propia psique: una madeja en la que no es fácil encontrar el extremo que haga posible desenredarla. ¿Con qué fin? Esencialmente, el autoconocimiento, la clarificación de sí que permite al individuo entender el lugar que ocupa en el mundo en función de las experiencias, conocimientos y deseos que lo han llevado hasta ahí.

Esto, que podría parece complejo, queda notablemente explicado no con palabras sino con los trazos y colores del ilustrador de origen israelí Asaf Hanuka, de quien compartimos esta viñeta que, al menos en sus primeros tres cuadros, quizá admita esta lectura que hacemos del trabajo que distintas terapias hacen sobre la psique.

La ilustración es sumamente elocuente porque además de que ejemplifica cómo un acto puede devenir en la resolución del embrollo mental de una persona, muestra también que los resultados de este mismo acto tienen el potencial de convertirse en un puente con el mundo, en la medida en que existen otras personas que pueden conectarse con esa expresión de la subjetividad creativa (lo cual, por ejemplo, es el fundamento de las artes).

Cabe resaltar, por último, que aquí entendemos la idea de “terapia” en un sentido amplio, siempre y cuando cumpla con ese propósito de dar al propio sujeto claridad sobre su mente. Esto hay quienes lo encuentran en el diván del psicoanalista o en el tiempo que dedican a la meditación, al escribir o quizá al ejercitarse; también como en la ilustración y como acaso le suceda al propio Hanuka, puede ser que surja dibujando.

El momento en el que el escritor estadounidense conoció el nirvana y alcanzó el despertar

Nuestros peludos y desnudos cuerpos de logro

que crecen para transformarnos en dementes girasoles

formales en el ocaso...

Allen Ginsberg, “Sutra del girasol”

 

Un mediodía de estío, el poeta yacía desnudo en su diminuto departamento de Brooklyn al lado de su amante. Los dos con patillas nutridas, los cuerpos velludos de ambos, tendidos tras el éxtasis sexual definitivo.

Una mosca vino a posarse en el culo aún húmedo de su novio, atraída por restos seminales no muy lejanos. Luego aterrizó sobre su miembro, él le tiró un manotazo y casi la atrapa en el aire cuando intentaba huir.

Entonces decidió que ese era el momento de conocer por fin el nirvana y alcanzar el despertar. Relajó su cuerpo al máximo y cerró sus ojos, dispuesto a entrar en un trance profundo, en esta ocasión sin el auxilio de ninguna sustancia enervante. Fue sumiéndose lentamente en el silencio de la meditación conforme sus músculos se aflojaban, se hundió en tal estado que creyó dormir.

De pronto se encontró en medio de un supermercado en donde continuaba desnudo, al igual que el resto de los clientes y comensales. Reflexionó un momento mientras echaba un ojo a los culitos al aire de los chicos que acomodaban las verduras y descubrió, medio escondido, a Walt Whitman, quien sin que nadie hasta ahora lo viera, se deleitaba las pupilas ante el espectáculo de nalgas morenas y blanquecinas desfilando y bolsas rosadas de escrotos sacudiéndose acompasadas.

Al viejo Barba-gris le molestó que lo sacaran de su anonimato y lo descubrieran en pleno éxtasis contemplativo, pero al final acepto intercambiar dos o tres frases con Ginsberg, quien era un gran admirador suyo desde la infancia.

-¡Son ángeles, no hables demasiado fuerte!

Sentenció el viejo de la barba clara, dirigiéndose al poeta barbudo más joven.

En la apariencia todo aquello era similar a cualquier otro supermercado de Nueva York al que anteriormente hubiera ido a comprar víveres y cigarros, a excepción de que todos se encontraban desnudos y nadie parecía realmente comprar nada.

-Observa...

Insistió Whitman. Cerca de ellos, tras una pila de latas de sardinas en salsa de tomate parecía ocultarse otro poeta, deseoso de no ser descubierto, avergonzado  de su desnudez y observando con deseo y locura los glúteos angelicales que ellos también admiraban. Era García Lorca.

-¡No me gusta esta América de hoy en día...!

Gruñó Barba-gris. Luego se alejó.

ginsberg1De pronto Ginsberg ya no se encontraba en un supermercado sino a la orilla del puerto de Nueva York y a su lado ya no estaba Whitman sino Jack Kerouac, su amigo entrañable, quien muriera hace no mucho.

-Estuve en tu tumba, Jack... Fuimos hace poco Dylan y yo, con su guitarra...

Atinó a pronunciar tembloroso, con mucha nostalgia, pena y cierta culpa por seguir vivo aún.

El diestro novelista se limitó a sonreírle y señalar con su dedo un girasol que crecía en plena orilla del puerto. Ginsberg observó que no era una flor común y corriente, sino que se encontraba extrañamente viva y luminosa. Era un pequeño sol en sí misma y este conocimiento le pareció al poeta toda una revelación.

Cuando menos acordó, Whitman y Kerouac ya iban a bordo de un modesto carguero, similar a los que se utilizaban en el puerto para remolcar cacharros  y basura. Ginsberg pensó que esa debía ser la apariencia actual de la barca de Caronte.

Su pequeño girasol comenzó a arder y girar con tal intensidad que aquella luz lo llevó de regreso a su cama junto a su novio en el apartamento.

-¿Qué te pasa, querido?

Musitó una voz varonil y afectuosa.

Y el poeta se encontraba preso de tal emoción y de una sonrisa gigantesca y hermosa sabiendo que, a la próxima vuelta de aquella barcaza en el puerto, quizá él sería el próximo pasajero.

 

Twitter del autor: @adandeabajo