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¿Es Tarkovksy el más grande director de cine de la historia? Bergman así lo creía

Arte

Por: pijamasurf - 07/25/2016

Según Ingmar Bergman, Andrei Tarkovsky fue el más grande todos los tiempos, el director que llevó el cine a su esencia de sueño

Las comparaciones son odiosas pero en este caso sirven para afinar la mirada y regresar a Tarkovsky. Y viene de quien quizás debería de estar cerca de Tarkovsky cuando pensamos en los más grandes directores de cine. Según Ingmar Bergman:

Tarkovsky para mí es el más grande, él fue quien inventó un nuevo lenguaje, fiel a la verdadera naturaleza del cine, así capta la vida como un reflejo, la vida como un sueño.

Aquí yace un punto fascinante: el cine de Tarkovsky es quizás el más cercano al sueño, más cercano que el cine surrealista --el cual parece captar la realidad como sueño pero sólo en un aspecto, aquel más explícitamente onírico, no de manera total y fluida. El sueño de Tarkovsky es absoluto, abarca la memoria y el tiempo y encuentra una dimensión metafísica. 

Ahora bien, si coincidimos que el cine de Tarkvosky es el que nos revela con más poder y nitidez la vida como sueño, ¿por qué esto signifcaría que Tarkovsky es el más grande cineasta? Tal vez porque la esencia del cine, de la imagen en movimiento, encuentra su mejor analogía con el sueño. En esto es útil recordar a McLuhan, el teórico de medios, que vio en cada gran invento una extensión de nuestros sentidos, por ejemplo el teléfono fue una extensión de nuestros oídos, el automóvil de nuestras piernas, la TV del ágora y de los ojos, el Internet del sistema nervioso... Podemos pensar que el cine es más propiamente una extensión de nuestros sueños. Lo es por dos razones fundamentalmente, por el flujo de las imágenes que ocurren en una sala oscura, tejiendo una narrativa con la cual el espectador de involucra y se identifica (esto es como soñar en las noches); y por otro lado, por las mismas estrellas de cine y las vidas que vemos en la gran pantalla, con la cual soñamos, se vuelve nuestros deseos inconscientes y conscientes. El cine de Tarkovsky nos incrusta en la sustancia del sueño pero, de nuevo, no es sólo el sueño que tenemos cada noche, es la existencia entera la que se revela como sueño, como poiesis, la realidad que surge de la creatividad de la mente. El gran arte es capaz no sólo de imitar a la naturaleza sino de reemplazarla. El gran artista es quien logra ver sus sueños fuera de su mente, en el mundo. El cine de Tarkovsky hace que el sueño invada la realidad y la sustituya.

La crítica Maya Turovskaya escribe sobre el cine de Tarkovsky:

el mundo de la imaginación coexiste con el mundo real. No sería una imaginación decir que esto es tan real y tan presente como los elementos de la trama... lo que Tarkovsky presente como sueños, imaginaciones, memorias... es el elemento en el cual sus personajes existen y tienen su ser, es su propio río individual de tiempo.

En su libro Esculpir el tiempo, Tarkovsky escribe:

A través del arte, el ser humano se erige sobre la realidad a través de la experiencia subjetiva... Un descubrimiento artístico ocurre cada vez como una nueva y única imagen del mundo, un jeroglífico de verdad absoluta. Aparece como una revelación, como un deseo momentáneo y apasionado de asir intuitivamente y palpar todas las leyes del mundo --su belleza y su fealdad, su compasión y su crueldad, su infinitud y sus límites... A través de la imagen se sostiene una conciencia del infinito: lo eterno dentro de lo finito, lo espiritual dentro de lo material, lo ilimitado toma forma.  

Tarkovsky, hijo de un importante poeta ruso, fue el gran poeta de la imagen en movimiento. El cine ha sido utilizado para muchas cosas, pero Tarkovksy lo usó para su más alta función: mostrar la belleza con la potencia multidimensional que ningún otro medio tenía. 

Juan José Arreola se embarca con Fausto de Milevo en Cartago

Arte

Por: Adán de Abajo - 07/25/2016

Frente a las puertas del Cielo Arreola solicitó regresar a la Tierra, pero en la Edad Media. Precisamente en los tiempos en que Agustín de Hipona se enfrentó en legendario combate de conocimientos al temido obispo Fausto

Sinesio de Rodas aceptó el Paraíso

tal y como fue concebido por los Padres de la Iglesia,

y se limitó a vaciarlo de ángeles...

 

Juan José Arreola, Confabulario

 

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Frente a las puertas del Cielo, San Pedro concedió un último deseo al escritor, antes de decidir si le abriría definitivamente la ansiada cerradura celestial, codiciada por tantas almas penantes, o si lo retrotraería en cambio de un palmo, hacia la frialdad y la desolación absolutas del Purgatorio por algunos cientos de años como penitencia.

Ante aquella oportunidad pocas veces concedida a los humanos, Arreola solicitó de inmediato regresar a la Tierra, pero en la Edad Media. Precisamente en los tiempos en que Agustín de Hipona se enfrentó en legendario combate de conocimientos al temido obispo Fausto, representante de la Iglesia Maniquea.

La solicitud le pareció extrañísima y sospechosa al santo. Sólo después de meditarlo durante largo rato mientras observaba las cejas pobladas y los ojillos vivaces del poeta, temiendo ser objeto de un engaño o una broma, resolvió que a Dios Padre para nada molestaría la presencia de un sencillo escritor mexicano en el norte de África en tiempos del Medievo con el fin de satisfacer su curiosidad. Al fin y al cabo resultaba una aspiración bastante loable la búsqueda de la verdad y el conocimiento en sí mismos, así como la consecución de objetivos científicos y culturales. Así es que accedió no sin antes lanzarle una advertencia que más bien parecía regaño:

-¡Ten mucho cuidado hijo...! Sobre todo con los trucos que puedan ofrecerte los detentadores de la fe maniquea. Pues aunque nos hemos esforzado por silenciarlos y mantenerlos en el exilio, los gérmenes de su dialéctica infecta aún resuenan en algunos rincones del Universo, causando un eco nada grato...

 

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San Agustín no encontró nada sencilla la tarea de vapulear y ridiculizar a Fausto, aunque la mayoría de los historiadores de la Iglesia digan lo contrario. Fausto era célebre por su discurso sencillo, directo como proyectil arrojado por honda númida, pero convincente y definitivo. Utilizaba las palabras de la gente del pueblo para comunicar ideas bastante complejas, logrando conectarse con la gente mediante su inmenso carisma. No era tan conceptual ni tan erudito como el otrora discípulo suyo: Agustín, a quien había entrenado él mismo, ahora convertido en enemigo de los maniqueos. Pero era honesto, sencillo y poseía mucha experiencia como orador y predicador a todo lo largo y ancho del Mediterráneo. Agustín por su parte tenía una mente filosísima, había leído casi todos los libros escritos en su tiempo y sabía expresarse en varias lenguas africanas y europeas.

Arreola recordó que algunos de los biógrafos del santo decían que era impotente sexual desde hace algunas décadas y que en lugar de entregarse al sexo desenfrenado como hizo en su juventud, se había vuelto una biblioteca parlante.

Fausto era bastante claro y convincente: su idea de armonizar el bien con el mal y darle un sitio a los demonios en el Firmamento y entre las huestes de Nuestro Señor resultaba sumamente tentadora. Con ella se resolvían  de manera práctica una serie de antiguos debates entre la Iglesia Católica y las sectas desviacionistas como la que él encabezaba, disolviéndose también de manera automática el milenario conflicto librado en el corazón del hombre entre el bien y el mal.

Diablos, íncubos y chamucos se situaban entusiastas del lado maniqueo, cifrando en el obispo todas sus esperanzas. El arcángel Gabriel lideraba a un séquito de seres de luz, quienes apoyaban desde luego a Agustín.

El escritor encontró difícil desde un inicio situarse de un lado u otro de la contienda argumentativa. Los ángeles le vigilaban, celosos e inquisitivos por órdenes de Pedro.

Al principio los luciferinos gritaban loas y hurras en apoyo al obispo, lanzando chiflidos e improperios a su oponente, pareciendo que el encuentro sería ganado por Fausto y que ellos obtendrían al fin el reconocimiento y la credibilidad absoluta de sus actos impíos. Pero de un momento a otro San Agustín calló la boca del obispo, paralizándolo con el libre albedrío y dando a los humanos la posibilidad de elección entre lo bueno y lo no tanto, independientemente de si existían o no ambos al mismo tiempo.

Las huestes de Luzbel se diseminaron decepcionadas y derrotadas, temerosas de un ataque por sorpresa por parte de los ejércitos de Gabriel, quienes no dudarían en aprovechar que se encontraban reunidas todas en ese momento. San Agustín había triunfado.

Fausto lució algo cansado, de pronto parecía haber envejecido décadas en tan sólo 3/4 de hora. Unos cuantos seguidores que no sumaban más de 10, se precipitaron a prestarle ayuda cuando parecía desvanecerse al descender por unas escaleras. Recogieron sus libros y sus pocas pertenencias, marchando hacia Cartago con los pies descalzos, empobrecidos y derrotados.

Un par de angelitos a quienes fue encomendada especialmente la custodia del alma de Arreola, parecían tan absortos con los resultados del debate que apenas se dieron cuenta cómo ocurrió aquello. Revolotearon como gorriones desesperados en medio de un incendio, temiendo la ira de su patrón Pedro, quien los castigaría sin dudas por no cumplir su cometido.

Todo ocurrió sin que aquellos seres de luz se apercibieran. Primero notaron la ausencia del escritor entre las filas de los angelicales. Buscaron por todo el norte de África: ¡Una importante alma de un literato se les había fugado...!

Más adelante, demasiado tarde ya, descubrieron los ojillos inteligentes y risueños, embarcándose entre los últimos ocho o 10 que junto con Fausto se perdían en la inmensidad del mar para siempre.

 

Twitter del autor: @adandeabajo