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Libro de la semana: "El monte análogo" de René Daumal, alpinismo surrealista en clave hermética

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Por: pijamasurf - 06/12/2016

La fascinante historia de una excursión en busca de una montaña invisible donde debería habitar una humanidad superior

El monte análogo es una de esas aves raras literarias que conjugan la penetración mística con el genio poético y el humor, ligereza surrealista con profundidad hermética. Su autor, René Daumal, murió intempestivamente a los 36 años de edad, en 1944, antes de completar la novela, la cual queda como el atisbo de una brillante inteligencia,  de un hombre letrado en el vedanta, estudiante del sánscrito, de Guenón y de Gurdjieff, psiconauta y bailarín derviche. Su pequeña novela inconclusa evoca lo mejor de Boris Vian en su imaginación y ocurrencia humorística con una profundidad metafísica de la que no renegarían grandes indólogos franceses como el mismo Guenón o Alan Daniélou. 

Daumal presenta su obra como una "novela de aventuras alpinas, no euclidianas y simbólicamente auténticas", es decir como una especie de plano de exploración de la cuarta dimensión con resonancias mitohistóricas. Un estrafalario personaje, el padre Sogol (un palíndromo del Logos "que une al cielo con la tierra") es el que encabeza el proyecto de encontrar el Monte Análogo. Sogol es un estuche de monerías, hombre del clero, profesor de alpinismo, lo mismo afincado en la ciencia del siglo que en el esoterismo de los milenios, versado en mecánica celeste, biología, anatomía, astrología, teosofía, jeroglíficos... "un Pico della Mirandola del siglo XX". Bajo su magnánima intención se congrega un dispar grupo de entusiastas, incluyendo al narrador, a los cuales convence de embarcarse al océano para descubrir esta montaña fantástica. Escribe Daumal:  

La montaña representa la unión entre la Tierra y el Cielo. La cima roza las regiones eternas y la base se ramifica en múltiples estribaciones en el mundo de los mortales. Es el camino mediante el cual el hombre puede elevarse hacia la divinidad y la divinidad revelarse al hombre. Los patriarcas y profetas del Antiguo Testamento ven al Señor cara a cara en lugares elevados. Son el Sinaí y el Nebo de Moisés y, en el Nuevo Testamento, el Monte de los Olivos y el Gólgota. Llegué hasta encontrar ese viejo símbolo de la montaña en las sabias construcciones piramidales de Egipto y de Caldea. 

Se trata por supuesto de la montaña arquetípica, el monte Merú de los hinduistas y budistas, el Olimpo, el Tollan de los toltecas, el monte Qaf de los místicos iraníes desde donde se erige la ciudad celestial... El prototipo de las pirámides y construcciones sagradas, el vínculo con los dioses y el centro de la iluminación. 

Los cálculos de Sogol sugieren que "el Monte Análogo debe ser mucho más elevado que las montañas conocidas hasta hoy, inaccesible por los medios conocidos... pero en sus pendientes inferiores deben vivir humanos semejantes a  nosotros, puesto que es la vía que une efectivamente nuestro ámbito humano con regiones superiores". El buen padre considera que la mención de esta montaña en el centro del "pensamiento de la humanidad invisible" no podía ser sólo un alegoría, por lo que debe existir en la geografía planetaria. Lo cual enfrenta una dificultad evidente ya que el orbe había sido ya mapeado y recorrido y nadie había dejado testimonio de tal pico. El predicamento consiste en que es necesario que este lugar sea accesible y visible y a la vez sumamente difícil de acceder y de ver. Sogol entonces idea una hipótesis basada en el magnetismo y en la geometría del espacio:

La única hipótesis admisible es que el “cascarón de curvatura” que rodea la isla no sea completamente --o no sea siempre, por todas partes y para todos-- infranqueable. En un determinado momento y en un determinado lugar, algunas personas (las que saben y quieren) pueden entrar. Ese momento privilegiado que estamos buscando estará determinado por un patrón de medida del tiempo que sea común al Monte Análogo y al resto del mundo; o sea por un reloj natural y muy probablemente, por el curso del Sol.

Así parte la expedición a cazar una isla que sólo se hace visible en cierto momento del amanecer; artistas y aristócratas franceses con una inclinación mística en busca de una montaña que no se encuentra en ningún mapa, siguiendo sólo un cálculo esotérico de un deber ser trascendental. La excursión finalmente logra penetrar la isla y llega a un poblado en el que, con todo su exotismo, no es más que un doble de su propio estado y origen, como un espejo, un mundo análogo en el que se encontrarán a sí mismos. Acaso un eco del cielo que describe Sócrates como un doble de la Tierra, sólo que más brillante o de los paraísos de los místicos iraníes de los cuales nuestro mundo es una sombra. El lugar es una reminiscencia de lo que podría encontrarse en las faldas del mítico reino de Shangri-La, de Shambhala o en una Atlántida benigna y congelada en el tiempo, según narran exploradores de la geografía invisible. Los pobladores tienen costumbres extrañas pero a través de ellas parecen revelar una profunda moralidad y una misteriosa relación con la montaña.

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Nuestra expedición hace su campamento en este poblado que es a la vez un puerto y una escala hacia lo desconocido pero se deduce que para poder emprender el ascenso al Monte Análogo es necesario un proceso de ascesis en el cual los alpinistas deben saldar sus deudas, las cuales contraen una vez que están en la isla cumpliendo con las preparaciones de la baja montaña. En ese lugar, sin embargo, su moneda no sirve, por lo cual todos los servicios y provisiones que reúnen deben saldarse en la moneda local que es la única a la que le dan valor los guías de la montaña que son también las máximas autoridades del lugar, especie de pontífices que regulan el acceso hacia los mundos superiores. Aquí claramente atisbamos una alusión al karma.

La moneda local es llamada "peradam", un "cristal curvo y transparente", equivalente a "nuestro oro". Algunos de los miembros de la expedición consideran que esta palabra puede significar "padre del diamante", pero también "piedra de Adán". Dice Daumal que esta piedra es tan límpida y transparente que algunos ni siquiera la ven, quizás una alusión a una tierra de Adán (el Hombre Primordial) o a un polvo adánico que constituye la esencia humana luminosa, que debe purificarse para percibirse, pero que es la realidad de nuestra naturaleza. "Es la única sustancia, el único cuerpo material al que conceden valor los guías del Monte Análogo", se dice misteriosamente. El peradam suele ser muy difícil de encontrar, pero algunos de los miembros empiezan a verla, unos destellos de esta sustancia, acaso como la anunciación de un estado de purificación, del espejo pulido de su propia alma. 

Pese a truncarse antes del ascenso --o quizás de un estar varado en una especie de limbo o Bardo-- la novela de Daumal se revela como una exploración a la última consecuencia del pensamiento analógico hermético y de la metáfora del microcosmos, común a las diversas tradiciones místicas. ¿Acaso no podemos entrever que esa montaña, ese paraíso, podría existir aquí en la Tierra, no en un lugar remoto, sino como la cumbre de nuestra percepción depurada o de nuestro corazón alumbrado, una vez que hayamos hecho la peregrinación del alma? Subir a la cumbre es igual a salvar la barrera analógica, es decir eliminar la falsa dicotomía entre arriba y abajo y adentro y afuera. El alpinista, sugiere secretamente Daumal, conquistará el cielo en la tierra y se "saboreara a sí mismo", haciendo que el exterior sea el interior y viceversa. De alguna manera, si creemos a los antiguos sabios de los Vedas o de Egipto, debemos reconocer que como es el cielo es la tierra y el cielo entonces debe de estar aquí en la tierra.

 

Libro de la semana anterior: Pitágoras, de José Vasconcelos

Twitter del autor: @alepholo

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Un libro sagrado, un par de clásicos y varias novedosas recomendaciones integran esta estimulante selección

La lectura, como ya lo hemos advertido en múltiples ocasiones, tiene incontables beneficios sociales, culturales y cognitivos. Además de ser un acompañante privilegiado, un buen libro es el vehículo ideal para ampliar los horizontes de la mente, hacernos más críticos y a la vez más empíricos y, por qué no, para cultivar nuestro intelecto (consulta aquí una lista de beneficios que conlleva la lectura). 

A propósito de esto último Sam Harris, autor, filósofo y neurocientífico, que entre otros títulos ha publicado The End of Faith (2004), reunió una lista con ocho libros recomendados por él para ejercer la amplitud mental y el gustoso desarrollo de diversas aptitudes. Una vez que hizo pública su lista de recomendaciones Maria Popova, la curadora del blog Brain Pickings le hizo notar que los ocho títulos estaban escritos por hombres, así que Harris incluyó cuatro más, escritos por mujeres, para así enriquecer la lista. 

La lista es bastante estimulante, una selección que fácilmente podría ayudarnos a trabajar la mente y los panoramas que entretejemos a la hora de forjar lo que cada uno de nosotros considera como la realidad. Aquí el listado:

1. The history of Western philosophy, de Bertrand Russell (1945)

2. Reasons and persons, de Derek Parfit (1984)

3. The Last Word, de Thomas Nagal (1997)

4. Corán

5. Superintelligence, de Nick Bostrom (2014)

6. Humiliation: And Other Essays on Honour, Social Discomfort and Violence, de William Ian Miller (1995)

7. The Flight of the Garuda: The Dzogchen Tradition of Tibetan Buddhism, de Keith Dowman (2003)

8. I am that, de Nisargadatta Maharaj (1973)

9. Infidel, de Ayaan Hirsi Ali (2006)

10. The Year of Magical Thinking, de Joan Didion (2005)

11. The Journalist and the Murderer, de Janet Malcom (1990)

12. Machete Season: The Killers in Rwanda Speak, de Jean Hatzfeld (2003)