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Alcanzar a una estrella: reflexión sobre “¡Salve César!” (Ethan y Joel Coen, 2016)

Arte

Por: Psicanzuelo - 06/09/2016

Una peculiar película de espías que, en un abigarrado código basado en un disfraz de mezcla genérica, habla de forma entretenida de la hegemonía mundial con la mentalidad del sueño americano como estandarte

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Una agradable sorpresa fue ver ¡Salve César! (Ethan y Joel Coen, 2016) sin ninguna expectativa, y encontrarme con una divertida joya cinematográfica de esas que hacen los hermanos Coen de vez en cuando. Ajedrez multidimensional, cuyos niveles son conectados por el cancerbero de este Hades recóndito y cercano, Eddie Mannix (un Josh Brolin que no podría estar mejor; si lo disfrutaron en Puro vicio o el remake de Oldboy, no han visto nada). Los pasillos infernales (que se asemejan a la Paramount Pictures de los 50) poblados por seres ahora de enciclopedia, leyendas del séptimo arte industrial, recorridos por Mannix, que resguarda el orden cósmico-artístico-político en una Guerra Fría que se encuentra en ciernes. Una vez más son los lentes y la luz de Roger Deakins los ingredientes que logran darle vida al hechizo, dotando de su cualidad de inframundo a secuencias que en la mano de otro serían paisajes de una historia común. Es entonces cuando irrumpe el secuestro de un primer actor, Baird Whitlock (George Clooney), a manos de los escritores que pertenecían al sindicato de guionistas, y que más tarde fueron víctimas de una de las más terribles cazas de brujas, al ser tachados de comunistas y suscritos a la famosísima “lista negra”. Darle la vuelta a la víctima que también es parte de un sistema y verlos en otro glamour, de lo que también era en ese entonces.

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Es el momento donde el cine tiene mejor dibujada su diferencia genérica de producción a producción: westerns, noirs, musicales, etc… siendo la película a la que se le podía destinar más recursos la película histórica, con sus grandes aristas dramáticas que equivalen a grandes entradas en los cines. Baird encabeza su elenco, un general romano en Jerusalén en tiempos de Jesucristo en una megaproducción que se encuentra entre Monty Python, Ben-Hur (William Wyler, 1959) y La historia más grande jamás contada (George Stevens, 1965). Curiosamente Jesús de Nazareth es una figura que permea la trama indirectamente, es en quien termina creyendo el general romano al final de la trama como giro argumental, al mismo tiempo que Mannix se confiesa diariamente con un padre católico ante la figura de un Cristo gigantesco. Es curioso cómo se contraponen durante la trama visiones de Dios por parte de un rabino y de un sacerdote; el rabino opina por ejemplo que Dios es un furioso soltero, y el sacerdote opina que Jesús es el hijo de Dios. Es entre padre e hijo donde se mueve el poder, es Mannix una extensión de ese poder del padre omnipotente en el estudio.     

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Decir que ¡Salve César!  es una screwball comedy, como lo hacen The Guardian o The Telegraph, le quitaría su naturaleza posmoderna. De entrada el personaje en quien se basa Mannix existió en realidad en el estudio MGM, tapando problemáticas de artistas y productores por años, pero en poco tiene que ver con él. El personaje funciona para marcar una línea que tiene que ver con el capitalismo americano en su propagación de ideales entre la población, mientras estos ideales poco tienen que ver en cómo se vive en las grandes esferas, y más aún por los actores que las promueven; la pantalla es una gran mentira que únicamente existe para ser obedecida por la población como una máxima para saber cómo comportarse, estableciendo modelos de conducta. Las reminiscencias de Barton Fink, en mi forma de ver, son más que eso, son engranes que nos dan una lógica total que buscan los Coen en este tipo de películas que dividen su filmografía. Hay verdades cinematográficas por encima del relato, por ejemplo el vaquero de westerns que es “ascendido” a galán de película romántica hace una escena que parece pésima pero que, tras múltiples tomas y dirección variada, finalmente la contemplamos en pantalla dentro de pantalla, en una gran escena gracias a luz y edición, en la premiere. O la unión que concede a un gremio el ser mal vistos por los demás, como fue el caso de los guionistas; aquí se vuelve una actividad artística castigada por gozar de cierta mística, que únicamente puede ser visto como algo tan lejano y terrible como el comunismo --recordemos que Barton Fink era guionista. Parecería una sátira, también, si la tomáramos fidedignamente hablando de una época, cuando no creo que sea el sentido. Pensemos en la voz que nos narra el falso noir del El gran Lebowski; es un vaquero que pareciera el que ahora vemos de joven, es esa inocencia la que se corrompió por una falsa batalla contra un comunismo que nunca llegó a las orillas del imperio.     

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En gran parte Mannix es fundamental para que funcione la cinta, el personaje que maneja la información y sabe lo que los demás no saben, mueve y coloca las piezas de un lado a otro para hacerlas funcionar; pensemos en la gama que va de El Lobo  (Harvey Keitel) de Tiempos violentos (Quentin Tarantino, 1994)  a Vito Corleone de El padrino (F. F. Coppola, 1972), personajes omnipotentes que representan a Dios o al Dios-hombre arriba de sus colaboradores, empleados. Mannix es indispensable por su moral que trasciende cualquier moral, al final del día todo lo arregla en una confesión y finalmente hace todo por el sistema capitalista al que pertenece, es el Gran Hermano, el orden y equilibrio de un sistema de creencias occidental. Igual soborna policías que notarios, y degrada personas si hablan del comunismo como opción, igual invierte en jóvenes promesas en las que no creen las personas en el poder que servirán de una u otra manera a ser nuevos líderes necesarios. Mannix no duerme y es ubicuo, apaga todos los escándalos que puedan existir con la brevedad de los movimientos de piernas de una gacela y la gracia del batimiento de las alas de un cisne; limpia los pecados del mundo como un Cristo y puede terminar siendo, aunque toda su vida haya sido invisible, el héroe de una cinta más de los hermanos Coen. Así que el mundo puede seguir dividiéndose entre los que creen que Dios está en las alturas o que reside en el interior de un ser humano.  

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Twitter del autor: @psicanzuelo

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Laura Makabresku, fotógrafa de la ternura en la sensualidad

Arte

Por: pijamasurf - 06/09/2016

Una mirada erótica pero también tierna y sensual caracteriza la obra fotográfica de Laura Makabresku

Se ha dicho que la empatía es la emoción definitivamente humana, quizá no del todo exclusiva de nuestra especie pero sin duda sí un factor determinante en nuestro salto evolutivo hacia la conformación de grupos sociales fuertes, capaces de sobrevivir. Sin la empatía hacia los otros –hacia el recién nacido del todo indefenso, hacia la mujer embarazada, con el anciano dueño de una experiencia y sabiduría invaluables, hacia el herido o el enfermo, etc.– el Homo sapiens y sus predecesores no hubieran llegado muy lejos.

“La leche de la ternura humana”, dice Shakespeare, en una de las imágenes más precisas y elocuentes al respecto. Porque la ternura nutre, sostiene, alimenta, física y anímicamente.

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Las fotografías que compartimos en esta ocasión son obra de Laura Makabresku, artista de origen polaco con inclinaciones marcadamente eróticas pero con un tratamiento sutil del cuerpo y la sexualidad. De hecho, más que de sexualidad quizá cabría hablar de sensualidad, no porque sean excluyentes, sino más bien porque esta última evoca la marea que inunda a los sentidos, todos, cuando un cuerpo toca a otro con ternura.

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La descripción y glosa que, en Totalidad e infinito, hizo Emmanuel Lévinas sobre la caricia, acompaña a la perfección esta mirada fotográfica de Makabresku:

La caricia consiste en no apresar nada, en solicitar lo que se escapa sin cesar de su forma hada un porvenir --jamás lo bastante porvenir, en solicitar eso que se oculta como si no fuese aún. Busca, registra. No es una intencionalidad de develamiento, sino de búsqueda: marcha hacia lo invisible. En cierto sentido expresa el amor, pero sufre por incapacidad de decirlo. […] En la caricia, relación aún, por una parte, sensible, el cuerpo se desnuda ya de su forma misma, para ofrecerse como desnudez erótica. En lo camal de la ternura, el cuerpo deja el orden del ente.

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