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Los 11 mandamientos de la Iglesia de Satán son mucho más sensatos de lo que imaginarías

AlterCultura

Por: pijamasurf - 05/07/2016

Para sopresa de muchos, las 11 principales reglas que promueve la Iglesia de Satán resultan bastante sensatas

Vivimos en una era donde "la conciencia" se perfila como el próximo gran mercado. En sintonía con esta predicción podemos ver cómo la Red está literalmente plagada de preceptos neomísticos, alquimia autosuperacional y discursos varios que, rescatando pinceladas de tradiciones orientales, herméticas u ocultistas, te sugieren qué hacer y cómo experimentar la vida si es que quieres acelerar tu evolución espiritual, purificar tu mente o incluso alcanzar metas aún más radiantes, por ejemplo "obtener poder a través de la virtud" o "regresar a la naturaleza luminosa". 

Justo en medio de esta mezcolanza neomística, y quizá producto de ella misma aunque bajo una frecuencia un tanto distinta, encontramos las 11 reglas de la Iglesia de Satán. Impregnados de una carga cultural negativa –todo lo asociado a Satán es considerado per se como algo violento, macabro y siniestro– y en este sentido contrarios a buena parte de la retórica nuevoespiritual, estos mandamientos terminan destacando, sorpresivamente, por su sensatez y honestidad.

Estos 11 mandamientos fueron redactados en 1967 por Anton Szandor LaVey, autor de la famosa Biblia Satánica y quien es considerado como el fundador del credo moderno alrededor del satanismo, concretamente de la Iglesia de Satán. 

illustrations-renaissance-heaven-religion-monochrome-1551349-2914x4169Cabe señalar que el hecho de etiquetar una serie de premisas como "reglas" les otorga ya una cierta carga dogmática y evidentemente imperativa, algo que a muchos incomodará cuando se trata del desarrollo espiritual o el diseño de una filosofía de vida. Y sobra decir que, al igual que con cualquier otro precepto, pareciera peligroso adjudicarles una precisión absoluta y excluyente. Pero ya en otra ocasión evidenciamos lo razonables que son los siete dogmas de este mismo credo y, no obstante, las 11 reglas terminan revelándose con aún mayor lucidez que los anteriores. Por esta razón decidimos compartirlos con ustedes en un gesto a favor de la apertura cultural y que, en contraste con la retórica ya predecible del misticismo contemporáneo, puede proveer algo así como una bocanada de aire fresco.

1. No des tu opinión o consejo a menos que te sea pedido.

2. No cuentes tus problemas a otros a menos que estés seguro de que quieran oírlos.

3. Cuando estés en el hábitat de otra persona, muestra respeto o mejor no vayas allá.

4. Si un invitado en tu hogar te enfada, trátalo cruelmente y sin piedad.

5. No hagas avances sexuales a menos que te sea dada una señal de apareamiento.

6. No tomes lo que no te pertenece a menos que sea una carga para la otra persona y esté clamando por ser liberada.

7. Reconoce el poder de la magia si la has empleado exitosamente para obtener algo deseado. Si niegas el poder de la magia después de haber acudido a ella con éxito, perderás todo lo conseguido.

8. No te preocupes por algo que no tenga que ver contigo.

9. No hieras a niños pequeños.

10. No mates animales no humanos a menos que seas atacado, o para alimento.

11. Cuando estés en territorio abierto, no molestes a nadie. Si alguien te molesta, pídele que pare. Si no lo hace, destrúyelo.

La nueva película del director Paolo Sorrentino es una exuberante y frívola exploración de la amistad, la vejez y el deseo que nos regala grandes pinceladas estéticas, en medio de un desierto espiritual que deviene melodrama

Después de ganar un Óscar por La gran belleza, el director italiano Paolo Sorrentino presenta Youth (2015), su segunda película en inglés, en la que imprime su sofisticada estética a la roller coaster emocional típica de las películas de Hollywood. Es cine de arte europeo, en toda su elegante decadencia, con un toque sentimental y con una ligereza propia del cine taquillero que estamos acostumbrados a ver en todas las salas del mundo cada fin de semana. 

En Youth, Sorrentino cuenta la historia de dos viejos artistas que miran el mundo con nostalgia y deseo en un sanatorio en Suiza en el que existe una contrastante población de cuerpos macilentos y decadentes y cuerpos núbiles y exuberantes. El lugar es algo así como el sanatorio de Hans Castorp en La montaña mágica de Thomas Mann sólo que para un jet set que ya ha sido infiltrado para siempre por la cultura de las celebridades, de esta manera mezclando inextricablemente el gran arte con la frivolidad pop, en un tejido que al buscar una vida de significado no puede escapar de un "materialismo espiritual". Los dos viejos amigos posan su mirada incisiva y distante al absurdo y fascinante espectáculo del sanatorio y a la par sirven como nostálgicos comentaristas de la vida (la cual es también un fascinante y patético espectáculo). 

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Si podemos extrapolar lo que dice el personaje de Michael Caine, un compositor inglés que se encuentra en melancólico retiro, Sorrentino no se considera un intelectual, lo suyo es la sensación y la emoción en la vida y en el arte, lo cual, como dice el mismo personaje, no necesita entenderse y menos describirse. Y a veces parecería mejor que no lo hiciera, que no hablara y que no hiciera explícitos los significados: sus imágenes son más claras que sus ideas. En los majestuosos Alpes suizos, con esa luz divina que reflejan las montañas, el glamour europeo (últimos resabios de una elegancia extinta) y los cuerpos desnudos que Sorrentino nos muestra en una delirante coreografía de deseo, lo que sí logra la película es mostrarnos una belleza casi insolente, irreprimible. Todo lo demás puede objetarse, pero no se puede negar que la mirada de Sorrentino tiene una deslumbrante capacidad de descubrir y amplificar la belleza, una capacidad artesanal, como la de un gran maestro renacentista, de iluminar las cosas. No hay duda de que los italianos tienen mejor gusto o tienen mayor facilidad para acceder a lo verdaderamente bello, pero en la expansión de su visión tienden también a lo melodramático. Sorrentino oscila entre Fellini y Benigni (el director de La vida es bella).

Por momentos parece que Sorrentino está dirigiendo un videoclip, intercalado de reflexiones astutas y fársicas que aspiran a cierta filosofía, a cierta sabiduría que se encuentra al final si uno hace caso a sus emociones. Y, siendo una película dispar, esto es lo mejor y lo peor; su licencia poética de fantasía es la que nos regala las imágenes más sublimes y a la vez la que la hace inverosímil y hace que el hastío propio de un dandy europeo se convierta en el hastío del público cuya atención acaba pendiendo del hilo de escenas que lo revivan a la fuerza de la pura excitación sensorial, algunas dignas de un video de Playboy con un toque art house. En un momento literalmente la película se dispara a un videoclip-fantasía erótica-sacrosatánica con la pop star Paloma Faith cantando dentro de lo que podría ser Notre Dame o Chartres. Y esto nos revela la esencia de Sorrentino: es un maestro de hacernos sentir, de deleitarnos, de estimularnos y hasta trastornarnos con una panoplia de belleza que nos ataca por todos lados --por el lado de la flor de la juventud como por el lado de la decadencia de la edad y del pensamiento. Pero después del vértigo, de la gran danza del deseo, de la invasión de la música y la simetría, no queda nada, sólo un lugar común vacío. La película en realidad es una especie de thriller de arte --más o menos superficial--- compuesta de rushes fragmentarios de estimulación... la vida como un thrill: momentos de belleza que se desvanecen y los cuales seguimos persiguiendo (el deseo y la belleza que perdimos se convierten en un fantasma en la memoria). La vida reducida a la brasa del deseo. Como le ocurre a un anciano que no ha perdido su libido ni su fantasía, la máxima intensidad de nuestra existencia parece resumirse en ese gesto que se repite también entre los dioses: mirar a una hermosa joven bailando, descubriendo la semilla fúlgida del deseo y del poder, y en cierta manera ya evanescente. Tal vez por eso la televisión se ha convertido en un vasto desfile de personas bailando, con música altamente emotiva o pegajosa, y cuerpos semidesnudos (algo que es especialmente agudo en la TV italiana).  

En cierta forma la película es una meditación sobre el hedonismo, y por momentos parece contrapuntear la belleza y el deseo con su negación en la imagen de un monje budista que está permanentemente meditando y de alguna manera estaría libre --a la mitad de la orgía-- del samsara moderno. El protagonista, sin embargo, no parece creer en su pacífica proeza de renuncia. Sospecha que debe ser tan corrupto como todos y ser también víctima de sus emociones. Y en vez de dejar esto como una interrogante, como un enigma abierto, o sólo con una insinuación: el mundo es como una burbuja, como un eco, como un espejismo (se dice en los sutras budistas)... Sorrentino se resuelve  a favor de las emociones, de los clichés, del triunfo de lo que siempre tiene que triunfar en todo proceso de transformación de un personaje en el cine comercial. Y en su resolución la película pierde consistencia y se hace demasiado larga, pierde vitalidad.

La experiencia de Youth, con toda su autogratificación, no es del todo vana. Se agradece a Sorrentino su virtuosa y obsesiva capacidad de encontrar "la gran belleza" en las cosas, aunque a veces al magnificar esos detalles --en el detalle está la divinidad, para hacerlos masivamente tangibles, se pierda la tensión y la obra se disipe o se torne un tanto vulgar. En cierta forma Sorrentino logra actualizar el ritmo de la belleza clásica en un mundo que ha perdido su centro, su núcleo sagrado, que era el surtidor de la belleza. En este contexto la belleza no puede, para ser real, más que ser también un tanto profana. Sin embargo, en la desmesura de su prodigiosa paleta que todo lo quiere transmitir, nos revela que el camino del exceso en la belleza lleva a la ligereza y a la frivolidad. Y, como dice el personaje principal, la frivolidad es una forma de perversión.  

 

Twitter del autor: @alepholo