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Uno de los más grandes misterios esotéricos se centra en la glándula pineal, "el asiento del alma" según Descartes, el tercer ojo de las tradiciones orientales, la glándula que secreta DMT y la cual parece exhibir una extraña conexión con los procesos de muerte y reencarnación

La lámpara del cuerpo es el ojo; así que, si tu ojo es único, todo tu cuerpo estará lleno de luz.

Mateo 6:22

 

We are led to believe a lie, when we see not through the Eye.

William Blake

 

Los fuegos siempre están jugando alrededor de la glándula pineal pero cuando el kundalini los ilumina, por un breve momento el universo entero se hace visible.

Madam Blavatsky

Desde la antigüedad la glándula pineal ha sido objeto de la más alta especulación metafísica. Considerada como un tercer ojo o un misterioso ojo espiritual, es uno de los centros anatómicos principales a los que se dirigen el yoga tántrico y otras disciplinas místicas en el afán de abrir o activar una percepción sutil y, al provocar un estado de expansión de conciencia, unir al practicante con la divinidad o los principios universales. "En el  esoterismo la glándula pineal es el vínculo entre los estados objetivos y subjetivos de conciencia o, en términos exotéricos, entre los mundos visbles e invisibles de la naturaleza", dice Manly P. Hall (Man: Grand Symbol of the Mysteries).

Esta especulación (que en las tradiciones ocultas seguramente es acompañada de una serie de experimentos de anatomía teúrgica) ha sido revivida en la actualidad con el descubrimiento de que la glándula pineal secreta DMT (un poderoso enteógeno endógeno) y una misteriosa coincidencia encontrada por el doctor Rick Strassman: esta glándula se forma a partir de la séptima semana dentro del feto (el mismo momento en el que se identifica el sexo); son también exactamente 7 semanas o 49 días los que se dice que tarda un ser humano en reencarnar según el Libro tibetano de los muertos (Bardo Thödol), la gran autoridad en escatología que tiene el budismo. En este artículo intentaremos conectar la concepción antigua de la glándula pineal como una puerta espiritual y un órgano de percepción metafísica con los hallazgos y algunas de las hipótesis más radicales de Strassman. Para hacer esto primero sentaremos un contexto científico, histórico y simbólico de la glándula pineal.

Empotrada en el centro del cerebro, con forma de cono de pino, este pequeño órgano del sistema endócrino es responsable de producir melatonina a partir de la serotonina y dimetiltriptamina (DMT), una sustancia psicodélica endógena que está presente en pequeñas cantidades en buena parte de las especies del planeta (que tiene un precursor, como la serotonina, en el aminoácido triptofano), entre otras hormonas que emulan neurotransmisores. Su estructura, conformada por células muy similares a las de la retina, es considerada vestigio de un tercer ojo primitivo y en algunos reptiles este "ojo parietal" sigue funcionando como fotorreceptor. Estudios muestran que la glándula pineal es especialmente sensible a los campos magnéticos y su secreción de diferentes hormonas es mediada por la luz o la oscuridad a la cual es expuesta --la serotonina se incrementa con la luz y la melatonina necesita de la oscuridad (Strassman teoriza que el DMT podría ser generado naturalmente si se pasa mucho tiempo sin exponerse a la luz).

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Alrededor de 1630, René Descartes escribió su famosa hipótesis sobre la glándula pineal como el "asiento del alma". El padre del racionalismo explica: "este peculiar lugar de la residencia del alma es el Conarium, o Glandula Pinealis, un cierto núcleo que semeja un cono de pino, ubicado entre los ventrículos del cerebro", y dice que la razón por la cual este es el asiento del alma es "porque esta parte del cerebro es singular y sólo una". Añade el filósofo francés que los más inteligentes no son los que tienen una glándula pineal más grande sino una más móvil, en esto coincidiendo con la versión ocultista que sugiere que la glándula pineal se activa por el movimiento --una especie zumbido-- de la energía que es representada por la serpiente kundalini. Pese a que para algunos la idea de Descartes parece tener una extraña claridad intuitiva, en su época y posteriormente esta conjetura le ha ganado el escarnio de sus colegas.

Manly P. Hall en Man: Grand Symbol of the Mysteries nos dice que la glándula pineal corresponde a la sefirá de Kether, la corona, la unidad divina que contiene a todas las cosas, y es El Ojo que Todo lo Ve de los masones, el Ojo de la Providencia, el Ojo Único de las escrituras [Mateo 6:22] y también el Ojo de Horus y el Ojo del Cíclope (los titanes griegos que evocan un estado primigenio o de una humanidad previa, que supuestamente tenía acceso a una percepción directa del cosmos como realidad interna). 

Según el egiptólogo E. A. Wallis Budge, en algunos papiros se muestra a la persona fallecida con un cono de pino adherido a la corona de su cabeza al entrar a la sala del juicio de Osiris. En los misterios griegos a veces se llevaba un bastón simbólico con un cono de pino adherido --el tirso o báculo de Dionisio. Esta misma investidura ritual se mantiene aún entre algunos líderes de la Iglesia católica (¿el que lleva el báculo con el cono de pino es el que tiene el ojo interno abierto y por lo tanto puede guiar?) y en la plaza de San Pedro podemos ver una enorme escultura de una glándula pineal flanqueda por dos pavos reales (las plumas de los pavos reales están adornadas por patrones similares a ojos, llamados ocelli y simbolizan también la omnividencia). Manly P. Hall señala que en la iconografía china se pueden observar plumas de pavo real adheridas a la cabeza de ciertos personajes de la nobleza en la zona que corresponde a la glándula pineal... todo lo cual puede ser una coincidencia, o uno de los misteriosos pathosformel que detectó el historiador Aby Warburg y que se repiten transculturalmente como si hubiera un origen común a toda la simbología.  

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Acercándonos más en el tiempo a lo que nos concierne en este caso tenemos el intrigante trabajo del doctor Rick Strassman, autor del libro The Spirit Molecule, en el que registra los resultados de sus experimentos administrando DMT a voluntarios en la facultad de medicina de la Universidad de Nuevo Mexico y sus posteriores hipótesis y especulaciones sobre la función del DMT en el organismo. Una de las cosas que más ha fascinado a los lectores de este texto es la increíble coincidencia notada por Strassman entre los 49 días que tarda un individuo en tomar una siguiente vida, según el Libro tibetano de los muertos, y el momento en el que la estructura pineal se manifiesta en el feto humano, 49 días después de la concepción. El mismo Strassman explica:

Sugiero que la fuerza vital del individuo entra al cuerpo a través de la pineal 49 días después de la concepción y se libera a través de la glándula pineal en la muerte. Este período prenatal de 49 días corresponde a las primeras señales del tejido pineal fetal, la diferenciación de las gónadas en masculino y femenino y el intervalo de tiempo entre la muerte de un individuo y la reencarnación de su alma según el budismo tibetano. Sugiero un modelo metafísico en el que los impulsos biológicos, psicológicos y espirituales existen en una tensión dinámica con esta glándula espiritual. 

Desde la publicación de su libro Strassman había teorizado que la glándula pineal era responsable de producir DMT, la molécula psicodélica que había sido detectada en el organismo humano. Años después de la publicación se confirmó que, al menos en el caso de los ratones, la glándula pineal en efecto produce DMT. Strassman además cree que el DMT podría estar correlacionado con el componente visual de los sueños y con las visiones reportadas en las experiencias cercanas a la muerte. Con esto Strassman empieza a trazar una especie de doble umbral entre la vida y la muerte localizado en la glándula pineal: lo que de un lado es una urna acaba siendo una cuna en otro lugar y viceversa. En su libro The Spirit Molecule intenta interpretar esta misteriosa coincidencia, la cual lo lleva de la ciencia hacia la especulación metafísica:

Hay algo que nos 'vivifica' cuando se une al cuerpo. Cuando presente en la materia, se muestra como movimiento y calor. En el cerebro provee el poder de recibir y transformar en conciencia nuestros pensamientos, sensaciones y percepciones...

Lo que propongo es una "doctrina del tiempo pasado". Si los textos budistas y la embriología humana revelan que diferentes desarrollos requieren 49 días, los eventos pueden estar relacionados. 

"Al morir", nos dice Strassman, "parece haber una alteración profunda en la conciencia que se desliga de su identificación con el cuerpo. El DMT pineal hace disponibles esos contenidos particulares no corporalizados de la conciencia... es probable que la pineal sea el órgano más activo al momento de la muerte". Strassman especula que en los 49 días después de la muerte "las experiencias acumuladas, memorias, hábitos, tendencias, sensaciones" son procesados, eliminados o integrados y lo que queda es luego asimilado a la siguiente vida "por resonancia, o vibración simpática de campos similares" (esto es lo que en el budismo se conoce como los skandhas o agregados). El cuerpo está listo para recibir ese material psíquico una vez que es capaz de sintetizar DMT, cuando "la glándula pineal puede actuar como una antena o un pararrayos del alma". 

En el caso del budismo tibetano son 49 días también los que se suele mantener el luto, el cual consiste, entre otras cosas, en rezarle a los muertos oraciones y mantras del Libro tibetano de los muertos, bajo la creencia de que el compuesto psíquico de la persona fallecida vaga por el mundo intermedio (el bardo) en búsqueda de la liberación que encuentra su vehículo en la Luz Clara (ösel), una luz que es la conciencia misma. Se cree que las oraciones pueden servirle como una guía para unirse con esta luz que es la realidad más allá de la ilusión del samsara o el ciclo de muerte y renacimiento. Hay que mencionar (y precisarle a Strassman) que para el budismo lo que "reencarna" no es un alma como la conocemos en la teología cristiana, por ejemplo, sino un componente psíquico o un agregado de la mente, que existe solamente hasta que sus acciones o karmas hayan cumplido con su cadena de causas y efectos. René Guénon incluso sugiere que la idea de la reencarnación es una invención moderna y que lo que predican las religiones orientales es solamente la transmigración, es decir una continuidad de la mente (o del alma en el caso del hinduismo) pero en otros mundos y planos de existencia.

El viaje por el bardo consta de siete niveles, los cuales duran cada uno 7 días y en los cuales el individuo se ve enfrentado a diferentes estratos de visiones, algunas más terroríficas que otras (suelen aparecer las iracundas deidades tántricas en una región similar a lo que en otras tradiciones se conoce como el astral o el mundo del deseo). Se dice que si el individuo es capaz de distinguir estas visiones como meras proyecciones de su mente o reflejos de sus actos y pensamientos pasados, entonces ocurre una purificación y puede alcanzar la liberación. Si esto no se logra, entonces, el Bardo Thödol narra una inquietante secuencia en la que la atención del individuo, que vaga en un caliginoso mundo de espectros y deseos, es atrapada por una imagen irresistible y abominable: una pareja que tiene sexo. El individuo se identifica con esta cópula interdimensional y se echa a andar el proceso de renacimiento en el rayo de la inseminación (¿de los dos lados, en la muerte y en la vida, una luz avanza en un túnel?).

Los tibetanos no son los únicos que tienen este conocimiento tradicional, en Occidente encontramos una extraña mención de esta creencia. En un pequeño texto de la época del Renacimiento, incluido en la edición de Angela Voss de las obras astrológicas de Marsilio Ficino, el gran platonista florentino señala que uno de los momentos definitivos de la concentración psíquica de los individuos es aquel en el que "por primera vez el feto es imbuido con la vida. Dicen que esto sucede en el segundo mes, cuando Júpiter actúa poderosamente. No queda claro si la vida entra la primera mitad de este mes o en el día 49 después de la concepción; la naturaleza usualmente emplea procesos septenarios en los asuntos humanos". Esto es una creencia numerológica ligada a los siete aspectos del alma, según se explica en la astrología hermética, equivalente a los siete planetas del sistema astrológico antiguo y los 7 días de la Creación, así como varios otros septenarios que parecen ser reflejos de los siete poderes creativos y de una especie de código creativo que permea el cosmos. 

Siguiendo con la lista de ominosas coincidencias, en el taoísmo se explica que la menopausia llega a los 49 años. Se tiene también en esta religión la creencia de que la esencia vital --cuyo origen se cree que es divino-- se pierde a través del sangrado excesivo, por lo cual la mujer debe controlar su menstruación, si bien nunca erradicarla del todo, ya que en ella, como en el semen en el caso del hombre, está la sustancia esencial (Jing) que puede transformarse en espíritu (Shen). 

Tenemos también el caso de la religión judía en la que el 49 tiene un significado especial. La fiesta de Shavuot, una de las más importantes del calendario religioso judío, se celebra 49 días después de la fiesta de Pésaj (la celebración de la liberación de Egipto). "Shavuot" significa "semanas", esto es las 7 semanas que se debe hacer "la cuenta del Omer" (Omer es una unidad de medida de cebada y también la ofrenda que se llevaba al templo de Jerusalén). En esta fecha (Pentecostés en griego; 50 días) se celebra la entrega de la Torá de Dios a Moisés en el monte Sinaí. Esto es el momento que culmina la liberación de la esclavitud y el cumplimiento del destino, ya que se dice que el pueblo judío fue elegido para recibir la Ley.  

Los 49 días, según enseña el aspecto místico de la religión judía, son contados cada uno como una puerta o un escalón hacia el conocimiento; en cada uno de ellos se debe meditar y purificar la mente para en el día 50 entrar en el conocimiento de la deidad. Es en alusión a esto que Roberto Calasso tituló uno de sus libros de ensayo Los 49 escalones (un guiño probablemente a los estudios cabalísticos de Walter Benjamin). Esos 49 escalones o 49 días son el intervalo que debe recorrerse para la unión con la divinidad. Algo que se vuelve a revelar por el hecho de que entre las diferentes vías para subir el árbol de las sefirot se puede tomar un camino de 49 escalones por la columna central de Malkhut, Yesod y Tiferet, y así acceder en el cincuentavo escalón de Daat a las tres sefirot superiores. Las siete sefirot inferiores son equivalentes a los 7 días de la Creación y los tres superiores al conocimiento de la divinidad más allá del mundo manifiesto.  

Para aquellos interesados en la numerología y en la gematría, los referimos a un fascinante análisis computacional que ha encontrado un código en algunos pasajes de los cinco primeros libros de la Biblia. A intervalos de 49 letras después de la aparición de la primera letra hebrea del nombre "Torá" se encuentran letras que deletrean sucesivamente la palabra "Torá", el libro de la Ley, en lo que podemos ver una especie de fractal lingüístico, un guiño de un libro dentro de un libro. 

Podemos especular que de alguna manera estos 49 escalones son una multiplicación (7x7) de la escalera del sueño de Jacob (que aparece en capítulo 28 del Génesis), la cual une al cielo con la tierra, y la cual a veces es representada con siete escalones. Es probable que tengamos aquí una fórmula cabalística con el 7 que requiere de una elucidación esotérica más profunda. Por otro lado, la teosofía, en su esquema de la evolución, considera que hay siete razas raíz o siete humanidades y cada una de ellas se divide en siete épocas. Cotejando todo con esto con la investigación de Strassman, pareciera que existe una analogía entre el proceso creativo macrocósmico y el proceso embrionario microcósmico. Un poder del 7 que se repite en el espacio cósmico como en el espacio celular. El gran misterio del universo, según el físico John Archibald Wheeler, es cómo de un aparente caos azaroso emergieron leyes físicas tan perfectas, las cuales podemos conocer a través de las matemáticas. Podría ser que el 7 es de alguna manera parte esencial del desenvolvimiento de este patrón inmenso que llamamos universo.

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Claro que siempre cabe la posibilidad del error humano y el exceso de proyección de la mente hacia la naturaleza y tal vez Strassman y nosotros aquí estemos conectando demasiados puntos en el cielo con el cerebro, creando una nueva constelación de un animal espiritual donde no hay más que astros inconexos, cielo vacío y procesos químicos ciegos. 

En la siguiente parte de este ensayo exploraremos los aspectos más esotéricos relacionados con la glándula pineal, las visiones de los profetas bíblicos y algunas técnicas ocultistas para activar este centro de percepción espiritual. Como anticipo mencionaremos aquí brevemente el trabajo del "rabino psicodélico" Joel Bakst (y aquí es donde las cosas realmente se ponen esotéricas y quizás un tanto desaforadas). Bakst leyó el libro de Strassman y conectó sus hallazgos con su conocimiento de la cábala, avanzando la tesis de que la visión de Jacob, en la que sostiene haber visto "cara a cara a Dios" y la cual ocurre en un lugar llamado "Peniel" (lugar donde se construiría luego el Templo de Jerusalén), es en realidad una alusión a la activación de la glándula pineal, la cual sería la mítica Ciudad de Luz que aparece en la Biblia. Asimismo, Bakst sugiere que el DMT es el vehículo material del arcángel Metatrón, quien es el "sistema nervioso de Dios", esto bajo la concepción de que el cosmos es la anatomía misma de la deidad y que el cuerpo humano es un pequeño universo o una imagen de Dios. Lo anterior sugiere que algunos de los episodios crípticos que encontramos en los textos sagrados tienen correspondencias puntuales con procesos de yoga o alquimia dentro del cuerpo humano. En la siguiente entrega exploraremos más a fondo estas hipótesis que podrían sonar un tanto descabelladas en principio, pero que ciertamente tienen un aire poético; y se entiende la licencia bajo el deseo de aproximarse a esta región numinosa, ya que este caso que congrega a la glándula pineal, la activación del kundalini, el DMT y las puertas espirituales en el cuerpo humano es uno de los grandes misterios esotéricos de todos los tiempos.

 

 

Twitter del autor: @alepholo

La abstención de animales como fuente alimenticia tiene una larga historia en Occidente

Aunque muchos asocian el vegetarianismo con las religiones salidas del subcontinente indio, la verdad es que la abstención de animales como fuente alimenticia tiene una larga historia en Occidente, ligada a la práctica espiritual en un marco tradicional. En las versiones antiguas del diccionario de la Real Academia Española existía una curiosa acepción que ya no es posible encontrar, pero que revela este hecho con manifiesta nitidez. Como definición del adjetivo pitagórico figuraba aquel que se abstiene de comer carne. Y es que Pitágoras fue el más célebre de los vegetarianos de la antigüedad. La dieta pitagórica, que siguieron todos los miembros de la augusta fraternidad que fundara en Crotona, buscaba establecer algunas normas fundamentales que resultaban de gran importancia para la ascesis espiritual del neófito.

En el contexto de las tradiciones iniciáticas, la sacralización de las acciones cotidianas es un elemento fundamental que distingue al adepto del profano, y la alimentación no puede quedar por fuera de dicha asimilación hierática. El pitagórico debía seguir una alimentación compasiva, por la que no se hubiese derramado sangre alguna. Para Pitágoras no es posible el perfeccionamiento espiritual del hombre en ausencia de una actitud misericordiosa hacia otros seres. De acuerdo con sus enseñanzas, los animales comparten con el hombre el privilegio de contar con un alma propia. De allí la enorme sensibilidad que muestran, su capacidad para experimentar placer y dolor, sus apegos, aversiones y la animada libertad que parecen exhibir en su comportamiento.

Por otra parte, el iniciado de la orden pitagórica debía observar una alimentación liviana y frugal, a fin de no sobreexcitar los sentidos ni impedir la manifestación del alma a través del cuerpo, ya que es de común conocimiento que un estómago pesado aturde y embota la mente. Los alimentos de origen animal son ricos en proteínas y grasa, razón por la que no favorecían ese estado de claridad mental que buscaban. Además, abstenerse de toda carne les permitía establecer un vínculo simbólico con la luz, fuente de la que obtienen la vida todos los vegetales. El vegetarianismo es, para la corriente apolínea del pensamiento pitagórico, la manera de alimentarse sabiamente en armonía con la generosidad de la tierra.

Por cierto, la palabra dieta proviene del griego δίαιτα, que literalmente significa “régimen de vida”, algo en lo que los pitagóricos ponían gran énfasis. En sus Metamorfosis, el poeta romano Ovidio atribuye a Pitágoras las siguientes palabras, no carentes de cierta severidad: “Mientras los hombres sigan masacrando a sus hermanos animales, reinará sobre la Tierra la guerra y el sufrimiento, y se matarán los unos a los otros, pues aquel que siembre el dolor y la muerte no podrá cosechar el gozo ni la paz”. En la concepción pitagórica del mundo, el sacrificio de animales es un crimen injustificable a la luz de la razón. El hijo de Apolo enseñaba a sus discípulos diciéndoles: “Nunca mojes tu pan en la sangre de los animales ni en las lágrimas de tus semejantes”.

Es muy probable que Platón fuese también vegetariano, dada su admiración por la enseñanza del maestro de Samos, que en cierto modo continuó y transmitió a la posteridad. Algunos historiadores lo ponen en duda a falta de pruebas contundentes en sus escritos, pero su abierta adhesión a las doctrinas pitagóricas hacen difícil pensar otra cosa. Como sea, los seguidores de Platón en épocas posteriores se caracterizaron por ser bastante cuidadosos con lo que se metían a la boca. Plotino y Proclo fueron vegetarianos estrictos y no consentían en absoluto el asesinato de animales. La ascética del neoplatonismo abarca ejercicios espirituales de alejamiento respecto a todo lo que es mortal y carnal, incluyendo un escrupuloso régimen vegetariano. En su obra Sobre la abstinencia, el neoplatónico Porfirio realiza una férrea defensa del vegetarianismo por motivos éticos. De forma equivalente Plutarco, sacerdote de Delfos y destacado neopitagórico, escribe una defensa en su Moralia, obra fundamental que, entre otras cosas, afirma el derecho de los animales a ser tratados con justicia y bondad en virtud de su capacidad sensible. En ella el intérprete de la pitonisa se cuestiona:

¿Puedes realmente preguntar qué razón llevó a Pitágoras a abstenerse de la carne? Por mi parte yo me pregunto qué accidente, y en qué estado de alma y mente, estaba el primer hombre que lo hizo, tocó su boca con un cuchillo y trajo a sus labios la carne de una criatura muerta, aquel que llenó la mesa de muerte con cuerpos rancios y se atrevió a llamar comida y sustento a las que habían antes llorado, rugido, movido y vivido. ¿Cómo pudieron sus ojos soportar la masacre de gargantas cortadas y cueros desollados? ¿Cómo pudo su nariz soportar el hedor? ¿Cómo pudo ser que la contaminación no se llevó el sabor, que hizo contacto con el dolor de otros y chupó el jugo y suero de heridas mortales?

Estas palabras traducen explícitamente el sentido moral de una concepción espiritual del mundo en la que el hombre está destinado a recuperar una conciencia y entendimiento que perdió al contacto con la materia densa. Pero no es sólo en el mundo griego donde nos encontramos prescripciones alimenticias favorables al vegetarianismo. De las epístolas de Plinio el Joven sabemos que todos los cristianos primitivos se abstenían de consumir carne. El mandamiento bíblico original del Génesis 1:29-30, que hace referencia a la alimentación antes de la expulsión del Paraíso, nos dice:

Y dijo Dios: He aquí, yo os he dado toda planta que da semilla que hay en la superficie de toda la tierra, y todo árbol que tiene fruto que da semilla; esto os servirá de alimento. Y a toda bestia de la tierra, a toda ave de los cielos y a todo lo que se mueve sobre la tierra, y que tiene vida, les he dado toda planta verde para alimento.

Es después de la caída que los hombres reciben la dispensa de sacrificar animales para el rito y el sustento. Ese hombre, revestido con la densidad corporal de “las hojas de higuera”, es el que siente deseos de derramar sangre para comer. Es aquel que Johann Georg Gichtel llama hombre tenebroso, que ha perdido el contacto con la gracia divina, encontrándose exiliado en el plano inferior de la materia densa, habitando un cuerpo de pesada carne, en vez de aquel cuerpo de luz con el que fue creado en las regiones superiores. La exégesis anagógica del texto bíblico, y particularmente la interpretación cabalística, desarrolla este mensaje velado tras los símbolos y la leyenda.

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Al día de hoy, los monjes de la Iglesia ortodoxa y de la Iglesia copta son en su gran mayoría vegetarianos, lo mismo que ciertas comunidades monásticas de la Iglesia católica como los cartujos y los cistercienses. Retoman con ello la forma de vida sencilla, contemplativa y misericordiosa que tenía el hombre antes de la caída cósmica, buscando asemejarse a los ángeles que cantan en torno al trono de Dios. La alimentación descrita en el primer capítulo del Génesis fue también la pauta para varias comunidades esenias asentadas en las riberas del mar Muerto durante el primer siglo de nuestra era. Asimismo en la Edad Media, la dieta vegetariana fue esencial para el movimiento Cátaro. Aunque algo extremos en sus prácticas ascéticas, la abstinencia de todo tipo de carnes fue probablemente la más suave de sus austeridades. Su profundo rechazo hacia el mundo iba acompañado de un pacifismo igualmente acentuado, razón por la cual el vegetarianismo representó una forma de vida no violenta, en consonancia con su aversión por las maneras sanguinarias que caracterizaban a otros cristianos de la época.

La intención de estas comunidades religiosas por recobrar el estilo de vida anterior a la expulsión del Paraíso también dio ejemplos de vegetarianismo en época más reciente. La extraña comunidad de teósofos cristianos de Ephrata, que habitaron en Pensilvania durante el siglo XVIII, se apegó a esta misma prescripción alimenticia. Algunas de estas comunidades cristianas hacían alguna excepción ocasional para determinadas fechas; otras eran más estrictas y no quebraban la regla jamás. Esta dieta practicada en el Jardín del Edén, transmitida a través de la línea de Set y sus descendientes, aparece explícitamente retratada en la película Noé, un film de 2014 que también cuenta con abundantes referencias al apócrifo Libro de Enoc. Darren Aronofsky, su director, suele incluir referencias cabalísticas en sus obras cinematográficas y es un conocido activista por los derechos animales.

Resulta curioso pensar que la voz griega sarcófago significa “que come carne”. Ello puede haber dado pie a que Leonardo da Vinci, otro famoso vegetariano, señalara que el hombre es como un cementerio ambulante. En sus últimos años de vida el alquimista y cabalista británico Isaac Newton, más conocido por sus trabajos en física y matemáticas, también practicó el vegetarianismo por razones similares. Marsilio Ficino, máximo representante del neoplatonismo durante el Renacimiento y último sobreviviente de los Fedeli d'Amore, también observó concienzudamente la dieta pitagórica. Los ejemplos individuales son demasiado numerosos como para exponerlos todos aquí.

Pero más allá de la evidencia histórica que vincula el vegetarianismo con las tradiciones espirituales de Occidente y sus representantes, subsiste la pregunta acerca del porqué abstenerse de consumir animales. En una época inundada de relativismo individualista cuesta comprender que la espiritualidad consiste esencialmente en el desarrollo moral del alma humana. Nadie despierta su conciencia sin que ello tenga efectos concretos en la vida cotidiana. Se engaña quien cree que ha alcanzado alguna cima espiritual si en su diario vivir no ha adoptado, como consecuencia de aquello, una manera más compasiva y amorosa de relacionarse con los demás seres sensibles. Pagar para que otro asesine y descuartice no es precisamente un acto misericordioso. Entiendo que el tema genera polémica siempre. Muchos pueden sentirse ofendidos por expresar una verdad de la que no quieren saber. Los mataderos, lamentablemente, son lugares macabros donde el maltrato y el sufrimiento exceden en horror a cualquier campo de concentración.

El desarrollo moral del hombre es un requisito insoslayable en el camino hacia la trascendencia. Se argumentará que no todos los grandes iniciadores han sido vegetarianos y es cierto. Sin embargo ello no nos disculpa como para mirar hacia un lado y seguir creyendo que nuestra indolencia está moralmente justificada. El indecible dolor de las criaturas apela a la extensión y magnanimidad de nuestra conciencia. De allí que la dieta pitagórica sea una salvaguarda frente a esa desidia que raya en la complicidad. De verdad espero no ofender a nadie, sino invitar al descubrimiento de una hermosa forma de ser congruente con principios éticos que refrendan la nobleza espiritual a la que el hombre está llamado.

 

Twitter del autor: @cubicado