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"Manspreading": ¿de verdad los hombres necesitan esa ridícula cantidad de espacio al sentarse? (FOTOS)

Sociedad

Por: pijamasurf - 04/20/2016

Una serie de imágenes que nos plantean el serio enigma de todo el espacio que parecen necesitar los hombres cuando se sientan, aparentemente por una preocupación impostergable respecto de su genitalia

Desde hace algunos años en el slang anglosajón existe la palabra “manspreading” que, como su formación indica, se refiere a un hecho que no por simple es menos molesto: la apertura de piernas que casi siempre perpetra todo hombre cuando toma asiento. Lo cual, claro, podría ser una conducta indiferente, de no ser por las circunstancias públicas en que puede presentarse. Por ejemplo, en la sala de espera de un consultorio o de una oficina gubernamental, en la banca de un parque o, el caso más usual, en el transporte público.

Sin duda, todos hemos experimentado esa situación. Viajamos con tanta comodidad como permiten el autobús público, el tren o el metro pero, de pronto, sentimos la invasión de un cuerpo extraño en ese pequeño territorio que creíamos ilusamente que nos pertenecía por el breve período que durará nuestra estancia en dicho transporte. ¿Y cuál es la naturaleza del invasor? No es otra cosa más que alguna parte de la pierna de nuestro compañero de viaje, quien al parecer necesita más espacio de aquel que por derecho le correspondería.

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¿Y por qué motivo? En este punto los comentadores no se ponen de acuerdo, pero a juzgar por la historia milenaria de las relaciones entre el hombre y su entorno, la evolución del así llamado macho de la especie humana lo llevó a requerir holgura y amplitud para mantener cómoda la también así llamada genitalia masculina, conocida asimismo en otras épocas como "virilidad" y aun "hombría".

Al menos, ése es el pretexto. Según defienden los hombres, es por causa de la exterioridad naturalmente necesaria de sus testículos (cuyo calentamiento global desembocaría catastróficamente en el exterminio de su especie) y de su “miembro viril” (risas) que, al sentarse, lo hacen de tal modo que ni la temperatura ni el aprisionamiento molesten las también alguna vez nombradas como “partes blandas”.

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Las imágenes que compartimos, sin embargo, demuestran que en muchos casos dicha preocupación y práctica roza la ridiculez pero quizá, sobre todo, el nulo sentimiento de colectividad. El transporte público, como el adjetivo indica, es un sitio compartido, mismo en el cual, a su vez, si atendiéramos a los clásicos del contractualismo y otras corrientes afines de la filosofía política y social, actuaríamos naturalmente desde las premisas de la convivencia común, el bien compartido, la empatía social y otras realidades que a juzgar por la evidencia pertenecen más bien a los reinos de lo imaginario y la utopía inalcanzable.

 

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Las fotos son parte del contenido del Tumblr Men Taking Up Too Much Space on the Train, en donde además se encuentra la peculiar composición “Men Defendign Their Balls: A Superpoem”, el cual siguiendo en parte las técnicas del collage y el cadáver exquisito está hecho a partir de frases tomadas de reclamos que hombres indignados o enardecidos por dichas instantáneas dirigieron a quien sostiene el sitio. Entre las brillantes defensas que ciertos pasajeros del transporte público esgrimen para su postura se encuentran perlas como:

"es biomecánicamente complejo"

"haz que te crezca un par de bolas e intenta cruzar las piernas"

"como las mujeres y su bra"

etcétera.

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¿Tú qué piensas? ¿De verdad los genitales masculinos necesitan esa ridícula cantidad de espacio en dicha postura?

No me interesan demasiado las máquinas humanas pero me preocupan mucho los humanos mecanizados

…inteligencia artificial; realidad aumentada; Internet de las cosas; big data; software adaptativo; realidad virtual; aprendizaje profundo; aprendizaje adaptativo; robótica… Siento necesidad de ponerle algún orden a ese revuelto de cosas, a esa suerte de caos, para poder trabajar con él. ¿Cuál es el problema que nos está interesando en todo ese tejido de palabras y conceptos al que nos enfrentamos?; ¿con qué pregunta propia nos aproximamos a él?

No quiero leer tendencias, quiero entender qué quieren decir para nosotros esas tendencias. Dónde ellas nos estimulan, dónde nos amenazan y dónde no nos interesan ni un poco. La agenda tecnológica en sí misma importa a los tecnólogos, no necesariamente a los demás; y muchos menos nos alcanzan las justificaciones tecnológicas per se como razón de la búsqueda y las expectativas. Creo que la educación necesita construir su punto de vista, su lugar de interpretación y valoración de esas agendas digitales para poder entrar en ellas y jugar el juego que se viene. Si no, no sé si acabaremos como víctimas, pero sí acabaremos como una instancia pasiva, quieta e hipotecada en el curso tecnológico de las cosas.

Percibo que Google siente que sabe quién es en todo esto; yo no sé ni quién es Google y –lo que es mucho peor-- ni quién soy yo aquí. Google invierte como si supiera y va por el auto autónomo con aquella decisión y desarrolla DeepMind con aparente seguridad y entusiasmo. Facebook bendice escenográficamente la realidad virtual en febrero, en Barcelona, como para que todos sepamos que eso será de ellos. Yo –mientras, como muchos otros, cojo las cosas de a fragmentos y trato de conectar esto con aquello sin mucho éxito. Voy viendo venir las máquinas que piensan, como casi todos; veo las realidades aumentadas por todos lados, aunque atraviesen muy poco mi vida cotidiana y la de los que me rodean; sé que mi TV tiene Internet y que con eso se abre a todo lo de más allá; comprendo el potencial que no uso de mi celular; visualizo y deliro con la orgía de cálculo de la big data y como la mayoría, me imagino los mil progresos; soy consciente de lo que se me escapa y respeto lo que no entiendo. Sin embargo y pese a todo, intuyo que está faltando algo de sentido en todo eso; que hay una suerte de rush que se justifica casi por el rush mismo.

Por eso voy a intentar encontrar un punto de partida, un axioma básico que me organice un poco. Nos dicen que vamos tras la máquina inteligente y que parece que lo estamos logrando o que vamos a lograrlo o que ya se ha logrado; y entonces me pregunto, ¿y para qué? A mí –y creo que a la educación como mirada social en general-- no me interesa esa agenda. Al contrario, me da desconfianza. No me maravilla el auto autónomo porque no acabo de ver lo que aporta y puedo conjeturar lo que podría perjudicar. Tampoco me deslumbra que el AlphaGo (que ahora es un software y ya no la supermáquina DeepBlue de IBM, porque los marcos simbólicos han cambiado) le gane al Go a los campeones. No me gustan los robots y no soporto las juguetes-mascota con software. Sé que cada una de esas cosas se justifica por la tecnología misma, que se supera cada vez, pero no veo por qué debería interesarnos y deslumbrarnos de la misma manera a todos los demás. Quiero invertir la lógica de raciocinio a ver si vuelve sentido para el lado de acá. No me interesan demasiado las máquinas humanas pero me preocupan mucho los humanos mecanizados. Y me da la impresión de que una cosa tiene que ver con la otra. Como el camino de la reproducción artificial de la inteligencia va por el lado del cálculo y las máquinas aprendiendo por el refuerzo y el automatismo, entonces lo que vuelve para nosotros en las escuelas y universidades es que a la inteligencia humana (que es nuestro objeto de estudio y trabajo) debemos programarla, entrenarla por repetición y refuerzo, automatizarla hasta volverla máquina. Quiero decir, de esa tecnología deviene una ideología pedagógica que me inquieta, cuando menos. Y una psicología prefreudiana.

[caption id="attachment_108232" align="alignright" width="229"]Imagen: Wikimedia Commons Imagen: Wikimedia Commons[/caption]

Yo sé… sí, yo sé que las cosas y las tecnologías son más complejas que eso y que al final esas máquinas simples pero potentísimas están acabando por imponerse a nuestras inteligencias sofisticadas, heurísticas, intuitivas, asociativas y demás, en más de un desafío, con el que deberíamos estar validando --y estamos perdiendo-- las hipótesis que trato de defender; yo sé. Pero aun así, no me resignaría. Que una mole de músculos potentes y tecnosincronizados le robe el balón a Neymar no me prueba que por la vía de moles de laboratorio como ésas obtendremos talentos como éstos. Simplemente, es que hemos perdido algunas batallas; y ganamos otras, casi todos los días, más discretamente. Neymar también, claro. Podría ser que una máquina infernal de cálculo combinatorio alguna vez se imponga, pero eso no prueba que el camino para ello sea ése. Y mucho menos prueba que el método para desarrollar las inteligencias humanas sea el mismo que nos está dando éxito en el desarrollo de las máquinas.

No me abono a la agenda que sigue con pasión el desarrollo inteligente de las máquinas; me alisto, por el contrario, a la que se regresa al análisis de la inteligencia humana a partir de ese periplo exploratorio por las maquinitas. Yo estoy interesado en las personas y no en las máquinas. Éstas, si sirven, sirven como medio para profundizar en aquéllas, y no al revés. No quiero que la escuela programe a los alumnos para tener resultados, quiero que los alumnos de las escuelas desarrollen su capacidad de programar lo que deseen programar –empezando por sus vidas. Yo quiero un mundo de gente con máquinas y no de máquinas con gente. Me interesa mucho más Hassabis, el hombre de 39 años que está en Londres por detrás de DeepMind, que DeepMind mismo. La inteligencia del que está tratando de reducir la inteligencia a un algoritmo es lo que me desvela y me desafía; no su eventual éxito o su probable fracaso.

La inteligencia es cosa compleja. Como los insectos a la selva, ella nos ha salvado hasta acá de la depredación absoluta. Le debemos respeto; respeto político, también. Debemos cuidarla, incluso de las máquinas. El demasiado celebrado “adaptative learning” quiere adaptar a los alumnos a un curso y no los cursos a los alumnos. Persigue la eficiencia del curso, no la identidad del alumno en su proceso de aprendizaje. Y así vamos mal. Para ellos se trata de que Diana aprenda mejor álgebra y no de que Diana defina si se interesa o no en el álgebra; o de que lo aprenda por el camino que ella sea capaz de construir. Nos traen su lógica a nuestro quehacer con el mismo afán de reducción a cálculo con el que le entran en todo. Un exceso de cosmovisión ingenieril; una sobredosis de hiperracionalidad mecánica. Una falacia que acabará develándose.

La inteligencia que respeto es la ininteligible y quisiera que las máquinas –y las compañías de tecnología-- también lo hicieran. La tecnología como sustitución eficiente me parece poca cosa. Si la inteligencia artificial se justifica a sí misma porque nos sustituye sin deudas mayores, no le encuentro el menor sentido; no veo para qué. Si no es eso, entonces aún no la entiendo; ni a ella ni a la caterva de conceptos que vienen como pegados a ella o a los que ella está pegada. Dicen que es para que nos concentremos en lo que mejor hacemos o en lo que mejor nos hace, pero no me consta porque cada vez que nos caracterizan después de las sustituciones parecemos más seres superholgazanes que personas geniales. Quiero que a Google le interesen las personas y no veo que anden por ese camino, aunque lo digan. Eso prueba --una vez más-- que las personas, entre otras capacidades, sabemos mentir muy bien.

 

Twitter del autor: @dobertipablo