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El término de un sueño nos deja una impresión paradójica de azar y necesidad; estas tres propuestas de explicación arrojan luz sobre este fenómeno misterioso

Sabemos bien que los sueños constituyen un país enigmático. Desde siempre, han sido una especie de universo alterno habitado por deidades, monstruos, sombras, seres luminosos y más. También se ha creído que son un canal de comunicación, sea con entidades suprahumanas o con nuestro propio mundo interior. Un territorio que habla en un lenguaje prácticamente idéntico al que usamos en la vida consciente pero en el cual, a pesar de esto, no podemos entender nada al pie de la letra, sino que siempre tenemos que descifrarlo.

Pero si hay una cualidad misteriosa que los sueños comparten en casi cualquier soñante es su término abrupto. Muchos hemos tenido la experiencia frustrante de ver acabado un sueño en su mejor momento, en ese clímax que surge aun en la lógica inusual de estas fantasías. ¿Pero para qué? Justo para que sea ahí cuando seamos arrojados de nuevo a la realidad.

¿Por qué sucede esto? La respuesta a esta pregunta no es unívoca, pero en general, de acuerdo a lo observado a lo largo de la historia, es posible proponer al menos tres hipótesis al respecto. Veamos.

 

La hipótesis fisiológica

Empíricamente podemos establecer una dicotomía entre sueño y vida activa. Dormir es la forma que tiene nuestro cuerpo de descansar, tanto física como mentalmente. En el caso específico del cerebro ahora se sabe que, al dormir, dicho órgano se deshace de su propia “basura”.

En este sentido, algunos sostienen que experimentar un sueño con intensidad (esto es, sentir vividamente su clímax) significa, visto desde otro punto de vista, que la actividad del cerebro también aumenta, en un in crescendo que culmina inevitablemente en el despertar.

 

La hipótesis neurocientífica

La neurociencia moderna descubrió que nuestras neuronas forman “caminos”, patrones que recorren cotidianamente en cada situación en que nos encontramos, que se renuevan con lo que aprendemos y se reajustan ante un cambio imprevisto de circunstancias. El fin azaroso de un sueño podría entenderse como el momento en el que nuestra mente renunció a encontrar un patrón (esto es, lo consideró demasiado extraordinario para continuar) o, por otro lado, puede ser el instante en el que dentro de un extraño patrón todo desembocó para erigirse necesariamente como la conclusión. Esto último puede encontrar cierta comprobación cuando rememoramos un sueño y, comenzando desde ese punto final, lo recorremos en retrospectiva y poco a poco parece densenvolverse ante nosotros con su propia lógica.

 

La hipótesis psicoanalítica

No es posible hablar de sueños sin mencionar al psicoanálisis, una discplina que desde su origen los atendió como una especie de emanación natural del inconsciente, esa parte de nuestra subjetividad que, por decirlo de alguna manera, se forma en las sombras, moldeada por la represión, el olvido, el equívoco y más. Grosso modo, los sueños son para el psicoanálisis –sobre todo en su vertiente freudiana– una expresión de nuestro deseo. En este mismo sentido, coloquialmente se cree que a veces la realización de ese deseo se intenta en el mundo de los sueños, sobre todo cuando en la vida consciente existe cierta tendencia subjetiva a contenerlo.

En cuanto al término del sueño, éste podría encontrar equivalencia con el concepto lacaniano de “interrupción” que tiene lugar en la práctica del psicoanálisis. Cuando en una sesión de análisis el sujeto llega a un punto particularmente importante dentro de su propia cadena de significantes, el analista interrumpe la sesión, la da por terminada (provisionalmente). En el sueño el fenómeno puede ser parecido: si se interrumpe es porque eso de lo cual habla el sueño es especialmente importante para nosotros, un significante específico que nos perturba lo suficiente como para devolvernos a la vida consciente.

 

Bonus: la hipótesis imposible

Esta hipótesis pertenece únicamente al dominio de la imaginación y, en cierta forma, se condensa en una pregunta: ¿podríamos vivir para siempre en un sueño? La respuesta es que no. Todo indica que nuestro estado "natural" o predominante es la vida diurna, por más que en ciertas tradiciones místicas o en algunas fantasías literarias y cinematográficas se diga que la realidad misma es un sueño. Despertar podría ser así una especie de recurso conservacionista, en sentido evolutivo, que nos previene de quedar atrapados en una fantasía placentera quizá, pero a fin de cuentas irreal.

 

¿Qué te parece? Recordemos: son hipótesis. Quizá tú tengas una propia, quizá una que te fue dictada en sueños.

 

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"Todas las religiones son verdad, pero ninguna literalmente", escribió Joseph Campbell. Bajo esta perspectiva interpretamos aquí algunos de los eventos y enseñanzas fundamentales de la vida de Jesucristo, extrayendo una esencia mística y delineando un proceso alquímico en la muerte y resurrección, la cual se celebra en estos días de pasión primaveral. Si queremos ver la vida de Cristo solamente desde una perspectiva científica, escéptica y comprobar fechas y eventos históricos o poner a prueba supuestos milagros dejaremos de ver el "corazón" de la historia de Cristo y dejaremos de apreciar los valores y las enseñanzas que puede transmitirnos. "La historia religiosa es aceptada, no históricamente, sino como un eterno fenómeno de la conciencia", dice Manly P. Hall. En otras palabras, como sugiere el psicólogo William James en su estudio de las experiencias religiosas, quien quiere determinar si la experiencia mística de Cristo es verdadera, debe mirar hacia dentro y hacer un experimento religioso --no científico, para lo cual necesita el recogimiento, el sosiego, la fe y en general la disposición de lo místico. Mirar hacia dentro y escudriñar la propia conciencia en silencio para investigar si habitan ahí los dioses y los héroes y sus grandes historias de muerte y renacimiento, ocurriendo perpetuamente en el abismo radiante de la mente.  

Por otro lado quiero reparar rápidamente en que actualmente el cristianismo como religión ha sido gravemente herido, a razón de los actos de numerosos sacerdotes que ciertamente no han vivido en carne el espíritu de la religión que profesan. Esto lamentablemente ha ocurrido por siglos, y la institución de la Iglesia está seriamente mancillada. Pero esto, sin embargo, no debería impedir a las personas obtener consuelo, guía e inspiración en las enseñanzas religiosas, por ello existe desde siempre el camino místico, independiente de las instituciones y sus dogmas, vivificado solamente por su capacidad no mediada de tener experiencias de valor religioso, de unión con lo divino y de hermandad con todos los seres vivos. El filósofo Manly P. Hall dijo:

Las corrupciones de la Iglesia no afectan la integridad del contenido espiritual de la religión... Rechazar la sustancia [de las enseñanzas] debido a que una organización humana fue inadecuada es estúpido... Todos los cuerpos finalmente se vuelven infirmes y perecen. Pero la verdad en sí misma no puede desaparecer en el polvo, sino que eternamente está esculpiendo formas más nobles a través de las cuales operar. 

Recalcar que es más fácil sentirnos atraídos por conceptos espirituales exóticos, muchas veces orientales --y aprender de estas tradiciones es enormemente benéfico-- pero que no debemos desestimar en Occidente la tradición mística cristiana que forma parte de la sangre y la memoria colectiva más íntima.  

 

1. La resurrección de Cristo simboliza el triunfo del espíritu sobre la materia

Hoy en día a esto lo llamamos "mente sobre materia", pero los antiguos creían que la vida era un espíritu y que la materia es sólo un vehículo para la evolución del espíritu. La resurrección, escribe Manly P. Hall en su libro The Mystical Christ, "testificó la completa victoria del espíritu sobre la materia. El místico acepta la resurrección como la evidencia de la victoria de la vida en su interior... Si las plantas crecen hacia la luz del Sol, ¿por qué no crecerán las almas hacia Dios, que es la fuente de su nutrición?". Podemos llevar este simbolismo de crecimiento más allá y ver toda la doctrina de Cristo como una enseñanza de crecimiento espiritual: "Fueron revelaciones del poder divino moviéndose de la fuente invisible del bien a través del alma humana y hacia el cuerpo mortal y el medio ambiente". El espíritu universal atravesando la materia, purificando y liberando.

 

2. El poder de la fe

Hoy sabemos, por ejemplo, que el placebo funciona incluso cuando una persona sabe que está tomando una pastilla que no tiene ningún ingrediente activo. Este "ritual" tiene un poder de transformar el cuerpo, al ayudar a la mente a concentrar su energía e intención. Esto es una forma de fe, que podemos utilizar en diversas formas. 

Los psicólogos explican la posesión demoníaca como una obsesión o una posesión de áreas neuróticas y psicóticas del cerebro. En términos más sencillos, lo que ocurre es que permitimos que ciertas actitudes se conviertan en hábitos fortalecidos por la repetición y la visualización, hasta que llegan a tomar control de las emociones y nos dominan. La fe exorciza 'demonios' al purificar nuestra conciencia de esos impulsos destructivos que refuerzan los patrones psicóticos. La dedicación a los trabajos de la luz remueve peligrosos hábitos en un proceso de revaluación.

Este proceso psicológico tiene su equivalente en los "milagros" de Jesús curando a los enfermos: "La luz es la que lleva a cabo todas las maravillas, y la luz no es más que la vida en su forma externa. Los milagros pueden ser interpretados místicamente". La luz, el espíritu o la divinidad que la Biblia nos dice operaba a través de Jesús debe estar también en nosotros. Es la fe la que nos permite reconocer y actuar desde esta divinidad interna: "Por un simple acto de fe, el hombre superó el intervalo entre sí mismo y Dios". Mientras que la mente analiza y define, el corazón acepta, y en esa aceptación revela un forma intuitiva de conocer que es unirse con lo que conoce. En los Evangelios se dice que aquel que tenga fe podrá mover montañas. 

 

3. La entrega al prójimo o el vaciamiento del yo individual conduce hacia la divinidad

Esto es una versión mística de la famosa ley de oro, común a todas las religiones. O una forma de alquimia del amor, en la que un proceso espiritual es detonado por el servicio desinteresado, sin otra motivación que la compasión.

En el misticismo cristiano existe una término griego que explica un proceso de éxtasis religioso en el cual el individuo se vacía para que lo divino lo ocupe. Esto se llama kénosis y evoca también el concepto oriental de vaciar la mente. En el caso cristiano es un perder la importancia personal para entregarse al otro. Dice Rudolf Steiner:

Cuando nos sumergimos amorosamente en otros seres, nuestras almas permanecen inalteradas; el hombre sigue siendo hombre incluso cuando va más allá de sí mismo y descubre a Cristo en su interior. Que Él pueda ser así encontrado fue hecho posible por el Misterio del Gólgota. El alma permanece dentro de la esfera humana cuando alcanza aquella experiencia expresada por San Pablo, “No yo, sino Cristo en mí”. Tenemos entonces la experiencia mística de sentir que una esencia humana superior vive en nosotros, una esencia que nos envuelve en el mismo elemento que lleva el alma de vida en vida, de encarnación en encarnación. Esta es la experiencia mística de Cristo, que sólo podemos tener a través de un entrenamiento en el amor. 

Manly P. Hall señala que el "No yo, sino Cristo en mí" y el "Cristo, en ti la gloria y la esperanza" de San Pablo "puede entenderse como el ejemplo perfecto de la unión entre sujeto y objeto". Una no-dualidad en el corazón místico. El estado crístico obtenido por Jesús, como afirmación de su divinidad, prefigura "la relación entre el ser humano y Dios" donde "Dios es el eterno sujeto y la humanidad el objeto natural", dice Hall. En el sentido más esotérico se sugiere que todos los hombres no son más que un solo Hombre Cósmico, que juega el juego de la multiplicidad encarnando en múltiples hombres pero que en el origen y en el fin no es más que un único Ser, el Purusa de los hindúes, el Anthropos del hermetismo, el Hombre de Luz del misticismo iraní, el Adam Kadmon de los cabalistas, el hombre primordial, el arquetipo... El paleontólogo jesuíta Pierre Teilhard de Chardin creía que toda la materia, como depositaria de la semilla del espíritu, evolucionaba hacia Cristo, el punto Omega.   

 

4. La experiencia mística está disponible para todos (pero cada quien debe efectuarla por su propio mérito)

El misticismo no entiende el ministerio de Jesucristo como un acto de salvación de las almas completamente pasivo y automático, sino que el alma individual debe reconocer ese mismo proceso en su propia alma y "reactuarlo". La salvación de las almas es el acto esencial del proceso humano, es decir, una realidad interna, onmipresente. La salvación del alma no ocurre en un futuro a través de una intercesión externa, sino en una identificación presente con la divinidad. Más que una acción proyectada en el tiempo, es una percepción o una realización de la naturaleza intrínseca. Jesuscristo muestra el camino de la experiencia mística inmanente. Pero aun así, sugiere el misticismo, esta experiencia debe realizarse individualmente, generalmente como resultado de la virtud, la caridad y la meditación. Para los alquimistas Cristo era el símbolo de la piedra filosofal o del alma perfeccionada, también simbolizada en un fénix, el ave que renace de sus propias cenizas. Los diferentes procesos de transformación de la materia para conseguir el oro son símbolos de un proceso de transformación de la sustancia material para la expresión y liberación del poder espiritual. 

Angelus Silesius escribe:

Hasta que Cristo no nazca dentro de ti, tu alma no estará entera,

aunque en Belén mil veces más naciera.

Miras en vano al misterio de la Cruz

hasta que en ti otra vez no se crucifique Jesús.

El místico Meister Eckhart:

Aquí en el tiempo celebramos porque el nacimiento eterno que sostuvo Dios Padre y que sostiene una y otra vez en la eternidad ahora se hace en el tiempo, en la naturaleza humana. San Agustín dice que este nacimiento siempre está ocurriendo. ¿Pero si no ocurre en mí, de qué me sirve? Lo que importa es que ocurra también en mí. Por eso intentamos hablar de este nacimiento como ocurriendo en nosotros, como siendo consumado en el alma virtuosa, ya que es en el alma perfeccionada que Dios pronuncia su palabra.

 

5. Para evolucionar espiritualmente debemos "morir"

Según San Juan (3:30), "hasta que el hombre no nazca otra vez, no podrá ver el reino de Dios". Para nacer otra vez hay que morir. San Pablo dice a los corintios: "lo que tú siembras no se vivifica, si no muere antes". Esta semilla muerta es rediviva, puesto que Dios da "a cada semilla su propio cuerpo" (Corintios 15:39). "Aquello que nace de la carne es de la carne; y aquello que nace del espíritu es del espíritu", dice San Juan. De aquí que este morir sea una purificación, una separación de lo impuro de lo puro (algo que para Sócrates era esencialmente la labor filosófica). "En Grecia y en Egipto, aquellos místicos que habían pasado el misterio del 'segundo nacimiento' eran llamados los 'dos veces nacidos' y eran considerados con especial veneración", dice Manly P. Hall. Podemos tomar esto como una muerte simbólica en vida, un cambiar de piel (como la serpiente), un descender al inframundo y hacer consciente lo inconsciente a través de procesos de purificación e iniciación o también como un entrenamiento para morir a través de la purificación para llegar a la muerte como quien llega a una frontera habiendo ya tramitado todos sus documentos migratorios.

 

Twitter del autor: @alepholo