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David Chaim Smith nos introduce al misterio de la Creación en su libro "The Kabbalistic Mirror of Genesis", una cartografía del algoritmo creativo que puede ser sintonizado como actualidad
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Imagen: David Chaim Smith

Todo lo que es formado y todo lo que es dicho es un solo Nombre.

Sefer Yetzirah

 

La cábala, la tradición mística hebrea, sostiene que la energía creativa del infinito se manifiesta a través de 22 letras y 10 números. Todas las cosas están hechas con combinaciones de estas letras y estos números –que tienen todo tipo de correspondencias con planetas, elementos, partes del cuerpo, etc. Si pudiéramos conocer la ciencia de cómo están vinculadas estas letras y estos números en consonancia con el orden divino, podríamos participar en los secretos de la Creación. Y es que de la misma manera que representan el proceso con el que se despliega la unidad en la diversidad, constituyen también 32 caminos de regreso a la sabiduría divina. La famosa imagen cabalista del “árbol de la vida” (que es también el cuerpo humano) compuesto por las 10 emanaciones o sefirot es también una escalera que conecta al Creador con la Creación.

El texto principal donde queda cifrado este algoritmo de creación cósmico-lingüística es el Génesis. Hacer un análisis cabalístico del Génesis es un poco como desglosar el código de la Creación; algo como “espiar” los planos arquitectónicos de la Creación --de la misma manera que cuando revisamos el código fuente de una página de Internet podemos ver el código y los valores numéricos con los que fue programada. Esa página, en este caso, es el universo.

El estudiante contemporáneo interesado en la cábala difícilmente encontrará una mejor introducción a los misterios del Génesis que la obra de David Chaim Smith The Kabbalistic Mirror of Genesis, recientemente reeditada por Inner Traditions. Chaim Smith es un artista visual profundamente dedicado al estudio gnóstico de la cábala, perteneciente a la tradición de filósofos y místicos que conciben el conocimiento necesariamente como una vía de transformación. Esta es la idea gnóstica fundamental: conocer algo es hacerse uno con aquello que se conoce. Y esta es también la idea que corre con gran energía a lo largo del libro, la percepción debe ser depurada para percibir la unidad indivisible entre aquel que percibe y aquello que percibimos.  

La lectura de Chaim Smith de los tres primeros capítulos del Génesis, entonces, permite, en su máxima irradiación, un entendimiento del proceso creativo no sólo desde una perspectiva racional sino desde una participación intuitiva. Más que una exégesis busca ser una sintonización de las emanaciones de lo divino creativo actualmente presentes.

En esta primera parte de lo que será un ensayo en tres entregas intentaré concentrarme en la concepción de la creatividad que introduce la lectura cabalística de Chaim Smith al Génesis, y en lo que me parece ser el hilo conductor de la obra (y en general la hebra que une al misticismo de todas las tradiciones): la cartografía de un sistema de percepción que permita al estudiante ir eliminando los hábitos erráticos que lo separan de la integración con el flujo luminoso de todas las cosas y fenómenos. En su comentario del Sefer Yetzirah, Aryeh Kaplan dice que existe una estática mental, asociada a los klipah (la cáscara que encierra la semilla luminosa), que "hace imposible percibir el mundo espiritual". David Chaim Smith escribe: “La división entre el ser que conoce y el objeto que es conocido es la base de todo conflicto”.

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Me parece que la interpretación cabalística del Génesis de Chaim Smith nace de la tesis fundamental de que detrás del texto es posible descifrar y aprender un sistema de percepción divina. Este sistema, siguiendo el esquema de las sefirot y las lecciones que revela la gematría (la equivalencia numérica de las letras), enseña tres principios fundamentales:

-La creación es un acto perpetuo que está ocurriendo presentemente, es la naturaleza misma del espacio que “está constantemente dando a luz”, un despliegue abierto de la posibilidad total. Espacio que es a la vez “vientre y semilla”, el contenedor (el espacio) y el contenido (los fenómenos).

-La unidad es la única realidad: unidad entre la luz y el espacio, entre el sujeto y el objeto, entre la divinidad y el hombre. La unidad permanece en la diversidad, no es oscurecida sino “glorificada por la diversidad”. Este es el “juego de Ein Sof”, lo Infinito, que se glorifica y deleita en la manifestación. “No importa lo que aparece, nada sino Ein Sof permanece”, dice Chaim Smith.

-Todos los fenómenos son interdependientes, como una flama que depende del carbón para que pueda arder y el carbón que “sólo es carbón porque una flama arde en él”.

 

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51GG1jMsT3L._SX331_BO1,204,203,200_La primera palabra del Génesis es "B’reshit", esto es de entrada un guiño microcósmico, una especie de fractal de la creación, ya que esta palabra significa en cierto sentido “Génesis”, siguiendo también la vieja tradición de que el título de un libro era su primera palabra. Asimismo, la primera letra del Génesis es “bet”, y la última letra de la Torá es el “lamed” de la palabra Israel, ambas letras suman 32: los 32 caminos de la sabiduría dentro del árbol de la vida (la suma de las letras y las sefirot, las 32 veces que se dice Elohim en el primer capítulo del Génesis y por otra parte un número sumamente esotérico: son también 32 las marcas que hacen a un Buda). Juntos "lamed" y "bet" forman la palabra "leb", que significa corazón. La Torá es conocida como el corazón de la creación. Chaim Smith escribe que el "Génesis revela el corazón del proceso creativo". Así traduce el primer verso del Génesis:

 

Con-inicialidad [beginningness] Elohim creó el cielo y la tierra.

 

Esto para denotar la perenne actualidad del acto creativo, la cualidad creativa inherente en todas las cosas. B’reshit, nos dice Chaim Smith, es “la naturaleza dinámica de la creatividad que presenta total posibilidad. Siempre está desenvolviéndose, fresca, nueva, única. El inicio continuo es la disposición volátil que puede hacer o ser cualquier cosa, y que se despliega a sí misma como todas las cosas”. Es a través de este eterno santiamén que Ein Sof se da a conocer: “B’reshit es de la naturaleza de Ein Sof”, pero como Ein Sof es el Ser puro y no puede comunicarse se despliega a través de B’reshit y sus emanaciones para así poder ser conocido. El impulso creativo de B’reshit se desdobla como la expresión de todas las posibilidades, la alegría de ser todas las cosas, la pureza luminosa de todos los fenómenos.

Esta idea de la creatividad como una esencia activa o como un estado presente del Génesis tienen un notable eco en el I Ching. David Hinton traduce el primer hexagrama de este milenario texto, El Cielo, lo Generativo, de la siguiente manera:

El origen penetra en todos lados, y su abundancia es inagotable.

La superabundancia del cielo, de la que nos habla el I Ching, es la esencia dinámica de B'reshit, a través de la cual Ein Sof  se imprime en todo lo que existe. Esto mismo puede cotejarse con el Tzimtzum de la cábala luriana, el eterno eco del instante ontológico:

Tzimtzum es mucho más que un evento estático y discreto en el que la divinidad se contrajo para hacer vacío para la creación. Es un evento eternamente repitiéndose que conecta a la divinidad con todas las criaturas en la progresión evolutiva del divino momento creativo. (The Kabbalah of Rabbi Isaac Luria, James David Dunn)

Manly P. Hall en la primera parte de su serie de lecturas Man, the Grand Symbol of the Mysteries, describe el proceso embrionario de la vida como una analogía microcósmica de la creación del universo:

Tenemos una concepción estática errónea. Hemos dejado de ver que esta tremenda energía seminal base, brotando del proceso de su propia gestación está en sí misma en un perpetuo proceso de generación. La energía tiene un movimiento perpetuo inherente conforme al arquetipo... La expectativa de la energía es la total expresión de sí misma, lo inevitable en la energía es que energizará todo.

No es concebible la muerte de la vida... En la gran procesión de cosas y seres los organismos pueden cesar, pero el poder que organiza, crea y vitaliza nunca cesa, la vida en sí misma nunca cesa, es, como notaron los hinduistas, la única Inmortal. 

Por último, en este abanico de misticismo comparativo, que me parece refuerza esta idea de la creación dinámica, Rene Schwaller de Lubicz, citado por André VandenBroeck en su libro Al-Kemi:

Hay una visión pertinente a cada momento cósmico particular… el momento presente, tal como lo defino en mi libro, es de hecho la eternidad... Sabemos que todo se está creando cada momento, y todo también se pierde [cada momento]… La Obra [alquímica] no es el descubrimiento de una técnica… es la percepción de un proceso existente. Es la percepción la que es objeto de estudio y oración.  

No sólo resulta esencial en este camino místico (que busca regresar a su origen) percibir la Creación como el flujo inagotable que se repite en todas las cosas y en todos los momentos, sino también salvar las diferencias o anular la dualidad que consideramos lógica entre el principio y el final. ¿Qué es el tiempo sino este intervalo entre el inicio y el final? Y, sin embargo, todas las tradiciones místicas parecen coincidir en que la realidad es la eternidad y que la existencia es infinita. Chaim Smith cita este pasaje del Sefer Yetzirah, el Libro de la Formación:

Su final está embebido en su principio y su principio en su final, como una flama en un carbón ardiente.

El principio y el final se abrazan como la serpiente uróboros, no en una progresión teleológica que avanza hacia un punto determinado de la historia sino en cada instante en perpetuidad. De la misma manera que el intervalo entre el principio y el final es una ilusión (el tiempo es la proyección de la eternidad) también es una ilusión el intervalo entre el 1 y el 2 y los diferentes números. Esto se explica en la cábala con las sefirot cuando se dice que Keter (el 1, la Corona) es Malkut (el reino, el 10). De la misma manera el tetraktys de Pitágoras, el 10, era la reabsorción de la mónada, la reintegración de todos los números en la unidad y, sin embargo, en realidad lo único que existía era el Uno (el cual ni siquiera es un número, de la misma manera que se dice a veces que Keter no es un sefirah). La identidad del 1 con el 10, de Keter con Malkut, es la identidad del Creador con la Creación.

Así la cábala nos enseña que la divinidad no es un objeto trascendente al que se llega al final como una meta evolutiva, es una inmanencia que se descubre como presencia: lo que siempre ha estado ahí. En este sentido la labor gnóstica más que agregar a un ser una capacidad, es simplemente remover todo los obstáculos que le impiden percibir la luz que está atrapada por sus hábitos de percepción y no por un castigo divino. Así se anula (bitul) la diferencia y el mundo material se revela como la Shekinah, la morada divina, ubicua y radiante. Así descubrimos que todo el universo entero es el Jardín del Edén, simbolizado por el arcoíris, que es, según dice Chaim Smith, "el vínculo entre el ser humano y la divinidad".

En su Espejo cabalístico del Génesis, David Chaim Smith atestigua el compromiso que requiere la búsqueda de la verdad, y nos llama a ir más allá del mundo de las apariencias "donde todo parece estar dividido" y "adherirnos a la unidad", lo cual es, dentro de la aparente contradicción en la que vivimos, "la verdadera prueba de fe".

Arriba yace la pura creatividad ilimitada, y abajo los fenómenos continuamente adaptados se manifiestan. Cada uno depende del otro "como la flama y el carbón ardiente". No puede haber creatividad sin el despliegue de los fenómenos. ¿Cómo podría ser llamada creatividad sin ello? No puede haber fenómenos sin creatividad. ¿Sobre que base emergerían? Por ello nada existe interdependientemente; cada uno depende del otro para propósito y distinción. Son una unidad creativa y sólo son separados por términos conceptuales artificiales.

Tenemos entonces una invitación abierta a ver la unidad indivisible de todas las cosas, más allá de las apariencias y los conceptos que producen la división sólo como un hábito de percepción, nunca como una realidad independiente, puesto que no existe independencia entre nuestra percepción y lo que percibimos (el ojo es el Sol). Y si no existe independencia entre lo que vemos y lo que somos, podemos concluir que somos lo que vemos.

En las siguientes partes exploraremos los misterios de la gematría (la identidad numérica entre la serpiente y el Mesías, Ein Sof y la luz, etc.), examinaremos el proceso creativo codificado en los 6 días (en seis sefirah) y ahondaremos en el misterio del paraíso como la realidad luminosa que subyace a todas las cosas.

 

Twitter del autor: @alepholo

The Kabbalistic Mirror of Genesis

La legendaria historia de cómo Pitágoras encontró la relación matemática de la música. Y una lección para practicar nuestra percepción y estar atentos a los detalles

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A un lado de mi casa ha iniciado una violenta construcción. Martillazos me despiertan, incesantes, demenciales, como si quisieran partir en dos una montaña... y mi cabeza... Una jaqueca se anuncia, los martillos que chocan contra el concreto en la casa contigua de alguna forma también lo hacen en mi cerebro, la fuerza bruta del sonido y su tensa simpatía con la psique me enerva. Con cierta desesperación acudo a la música para que intente ahogar el sonido de los martillos. Pongo música ambiental con beat --se podría decir que ambient-techno-- y de alguna manera los martillos se sincronizan con la percusión electrónica, son capas de mayor densidad en la selva del sonido, texturas armónicas que van construyendo un espacio multidimensional. Pienso en Pitágoras, en cómo, según cuenta la tradición, descubrió los tonos musicales escuchando la improbable armonía de una herrería, y me relajo un poco y puedo escribir y los martillos ya no me agreden, no lastiman mi frente. Hay una extraña comunión entre la música y el trabajo de los hombres muro contra muro.

Como ofrenda a este momento de relativa paz (de paz dinámica) contaré la historia de como Pitágoras descubrió  los fundamentos de la escala diatónica aparentemente escuchando el sonido que provenía de unos martillos golpeando hierro en un yunque. La fuente más vieja de esta multicitada anécdota es Nicómaco, el gran aritmético pitagórico. Así la cuenta Boecio en De institutione musica:

Pitágoras habría buscado por largo tiempo los criterios racionales que determinaran las consonantes musicales. Un día, guiado por la divinidad, pasó por una herrería de la cual emergían sonidos musicales armoniosos. Se acercó con asombro, pues los timbres musicales parecían provenir de los martillos que, al ser golpeados de manera simultánea, producían sonidos consonantes y disonantes. Al examinarlos, descubrió que los martillos pesaban 12, 9, 8 y 6 libras respectivamente. Los martillos A y D estaban en razón 2:1, que es la razón de una octava. Los martillos B y C pesaban 9 y 8 libras, sus razones con respecto al martillo A son 12:9 (=4/3=cuarta musical) y 12:8 (=3/2=quinta musical). El espacio entre B y C es la razón 9:8, que es igual al tono musical entero o «fundamental» del intervalo musical.

[caption id="attachment_103447" align="aligncenter" width="446"]Gaffurius_Pythagoras, Theorica musicae Pítagoras 1492 Imagen: Gaffurius, "Theorica musicae" (1492)[/caption]

Según esta historia, el oído divino de Pitágoras --el hijo de Apolo, el hombre el muslo de oro-- había logrado identificar una octava, una quinta y una cuarta sólo del sonido que se escapaba de la herrería. Sin embargo, críticos posteriores señalan que las proporciones dadas por la historia son sólo relevantes para una monocuerda y no podrían haber sido decodificadas sólo con martillos de distintos pesos. De cualquier forma, los historiadores reconocen la importancia central de Pitágoras y su escuela en el descubrimiento de estas proporciones. Como escribió Aristóteles, los pitagóricos construyen el universo a través del número y todo lo que está ligado al número en nuestra cultura debe mirar atrás y reconocer a Pitágoras como un enorme impulso cultural. Cuando hoy creemos observar un orden matemático subyacente en todas las cosas y nuestros físicos encuentran ecuaciones universales en la naturaleza, estamos ejerciendo una visión pitagórica del mundo. Fue el mismo Pitágoras el que acuñó el término "cosmos", una palabra que significa orden y también belleza. La belleza del número es la belleza de la música y de las estrellas: todo una misma sinfonía como el gran monocordio pitagórico que era una imagen del universo, una única cuerda que conectaba el cielo con la tierra y de cuyas vibraciones se formaba el mundo que percibimos. 

Se me ocurre una lección de esta historia, más allá de que esté basada en un hecho real o sea más bien una alegoría, tiene que ver con afinar la percepción y abrir la mente a la riqueza de sensaciones y significados que están presentes en todos los eventos. Ciertamente los martillazos de una construcción --a menos de que el herrero que nos toque sea el mismísimo Hefesto o que una divina coincidencia calibre los martillos en perfecta escala como cuenta la leyenda pitagórica-- no evocan en primera instancia lo sublime que asociamos con la música (música que el mismo Pitágoras escuchó en las revoluciones celestes). Sin embargo, en vez de reaccionar neuróticamente y resistirnos a lo que ocurre y hasta maldecir nuestra suerte y a las personas que nos hacen pasar un mal trance, si aguzamos los sentidos, si estamos lo suficientemente despiertos, podemos tener un momento de serendipia, entender algo, incluso tener una epifanía. Dios está en los detalles, dice el dicho, y detrás de todo ruido hay una música secreta y detrás de todo caos hay un orden más sutil que aguarda a aquel que tiene oídos listos para escuchar. 

 

Twitter del autor: @alepholo

 

También en Pijama Surf: La disciplina del silencio y la escuela mística de Pitágoras