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En 1969, 13 hippies refugiados de las protestas contra la guerra y la brutalidad policial huyeron a la remota isla hawaiana de Kauai y levantaron un campamento con casas en los árboles, donde vivieron libremente
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Kailio Point, Haena

La Arcadia fue una unidad periférica en Grecia que con el tiempo se deformó, hasta emplearse para designar un lugar imaginario perfecto. La Arcadia fue creada y descrita por artistas y poetas del Renacimiento y el Romanticismo como un lugar donde reinaba la paz, la libertad, la felicidad y la sencillez en comunión con la naturaleza. Esta idea de un lugar ideal, llámese Arcadia o Utopía, tiene la ventaja (así como la desventaja) de estar limitada a nuestra imaginación. Sin embargo, hubo un tiempo donde algunas personas violentadas por su entorno crearon un espacio ideal donde pudo reinar, aunque fuera por cierto tiempo, la libertad, la felicidad y la sencillez. 

Taylor Camp, dice el fotógrafo John Wehrheim, no era una comuna, y no había reglas. Situado en el borde de la carretera a lo largo de la playa de la antigua isla de Kauai, el pequeño pueblo fue el hogar de inquietas almas anhelando escapar de los disturbios de su generación, de los traumas de la guerra de Vietnam, de los asesinatos de Kennedy y Martin Luther King.

Los jóvenes de todo el país huyeron a Taylor Camp, donde erigieron y vivieron en casas de árbol improvisadas con bambú y hojalata, cabalgando sobre las olas, tirándose desnudos en la arena, fumando hierba, pescando sus alimentos, criando a sus hijos. Animales libres viviendo libremente, sin necesidad de pagar por habitar libremente un pedazo de tierra en el planeta. Evidentemente, ese tipo de libertad atenta contra toda la construcción de este sistema.  

Wehrheim llegó a Kauai en 1971 a la edad de 23 años; llevaba solamente una mochila, una tabla de surf y una pipa. Él y un antiguo alumno fueron invitados a permanecer en la propiedad de Howard Taylor, quien en ese momento era el dueño del terreno en el que el campamento se levantó.

Después, los primeros 13 campistas hippies que se establecieron en la isla fueron encarcelados bajo las leyes estatales de vagancia, Howard los rescató y les ofreció la tierra que se encontraba al otro lado de la bahía de su casa. Para 1969, el campo fue oficialmente llamado Taylor Camp.  

Este lugar se hizo cada vez mayor y llegó a albergar a casi un centenar de hombres, mujeres, y niños, a los que Wehrheim visitaba con frecuencia para dormir afuera de sus casas y realizar un registro fotográfico.

La primera vez que se aventuró en el campo, el fotógrafo fue recibido con reacciones de sospecha. Fue hasta que se encontró con una casa elevada a 75 pies de altura, conocida simplemente como "la casa grande", que el rostro de Debi Green surgió de las copas de los árboles. Ella le dio la bienvenida al redil, presentándole a su hermana Teri y permitiéndole realizar sus retratos.

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La casa del maestro de escuela

La gente venía a Taylor Camp en busca de una existencia apartada de la violencia que dominó los principales medios de comunicación y la vida cotidiana de las personas en esa época. Había niños, universitarios, veteranos de guerra. En ese lugar, las personas se encontrarban con la paz y la solidaridad que los habían eludido en sus hogares anteriores. Encontraron amigos, amantes, hermanos y hermanas.

Mientras que algunos se habían hecho de empleos estables otros encontraron trabajo con la gente del lugar, quienes generalmente resentían la migración hippie en masa, aunque también valoraban que los campistas estuvieran dispuestos a trabajar por pequeñas cantidades de dinero en efectivo. Los niños montaban el autobús a la escuela local, y tenían una partera y un médico que acaba de volver de la guerra. Los alimentos crecieron de forma natural a su alrededor, y muchas personas fueron apoyadas también con proyectos locales de bienestar y cupones de alimentos. 

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Minka y Alpin en su habitación

Taylor Camp estuvo en pie durante 8 años, hasta que en 1977 el gobierno condenó la aldea para dar paso a un parque estatal. A medida que el gobierno estatal comenzó a acercarse, la comunidad solicitó la ayuda del abogado Max Graham y su ayudante JoAnn Yukimura, que llegaría a ser tanto la esposa de Wehrheim como la primera mujer alcalde estadounidense de origen japonés del país.

Aunque los desalojos se retrasaron unos pocos años, la mayoría de los campistas fueron finalmente persuadidos de abandonar el campamento por su propia voluntad y trasladarse a diferentes partes de la isla y del país. Los pocos que se quedaron fueron robados y golpeados por alborotadores locales hasta que fueron acarreados por las autoridades y el último vestigio del campamento fue quemado. Una madre y su bebé fueron de los pocos que permanecieron hasta el final.

John Wehrheim dejó el registro de esta Arcadia que pasó a ser el referente "real" de un ideal utópico, erigiéndose dentro de nuestra memoria como un lugar posible fuera de la imaginación. Un lugar que siempre podremos volver a crear.  

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Johnny y Marie mirando hacia arriba

 

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Paolo, Sharon y Roberto

 

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Bobo haciendo su comida

 

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Hawk, Cherry y Moses

 

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Johnny y Marie en casa

 

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Cherry con Moisés después de la enfermería

 

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Teri y Rosey

 

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Teri y Emma

 

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Andy y Pat

 

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Dana y Karma en "la casa grande"

 

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Roberto enfrente de la casa de Sharon y Karma

 

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Diane arriba en el dormitorio

 

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Amanecer Limahuli

 

 

Damos una vuelta a los diferentes vehículos sutiles para realizar el viaje de regreso al Uno

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Gracias a la virtud llegará a la inteligencia y a la sabiduría y gracias a la sabiduría llegará hasta lo Uno. Esta es la vida de los dioses y de los hombres benditos y divinos: la liberación de la extrañeza que nos envuelve aquí, vida que no se complace en los placeres terrenales y emprende el vuelo del solo al Solo.

Plotino

Esta experiencia simboliza la creación de una luz trascendente interna que se convierte en el Merkabah. El hombre perfeccionado su alma y llevándola a su plena madurez descubre que ésta se vuelve un instrumento misterioso, un vehículo a través del cual el ser es proyectado hacia arriba a las dimensiones puras de la luz y la conciencia.

Manly P. Hall

 

En el episodio pasado de Cadena Áurea de Filosofía, analizamos el texto central del hermetismo, el Divino Poimandres. En este texto se revela un esquema para el reascenso del alma hacia las esferas superiores, "más allá de la Puerta de Saturno", hacia su reintegración con la divinidad, de la cual es una extensión, una especie de emanación que padece de amnesia.

Siguiendo con este misterioso y fascinante tema, exploramos aquí otra faceta de esta "receta" soteriológica, un sistema esotérico de conocimiento de los cuerpos sutiles y de la misma divinidad que se revela en esos cuerpos, que creemos puede encontrarse bajo los mismos principios esenciales en la mayoría de las tradiciones místicas. En suma, se trata de la purificación o de la separación del alma del cuerpo o de aquellos elementos impuros para, a partir de esta separación de la cual emerge revitalizada, lúcida, sin el peso de lo innecesario y sin la torpeza y el ofuscamiento de la materia más densa, poder construirse un nuevo vehículo radiante o recobrar sus alas a través de la filosofía o de la gnosis, el carro alado con el que alcanza a ver la realidad por sobre la concupiscencia y los deseos más bajos, el cual es exaltado por Platón en el Fedro y que aparece en el neoplatonismo de Jámblico (pneuma ochema) o en el misticismo sufí; un mismo carro flamante aparece en el misticismo de las religiones abrahámicas, en la visión apocalíptica de San Juan, en la misteriosa creatura alada que eleva a Mahoma a la Meca y en la teofanía de Ezequiel;  se trata, por supuesto, del Merkabah, el carro victorioso de los cabalistas. De este vehículo alegórico nos dice Manly Hall que "llevaba a los profetas, más allá de la muerte, a la visión Del Más Alto".

La siguiente cita de Ananda K. Coomaraswamy nos sirve para hacer una síntesis de esta idea de reintegración:

Ciertamente, todo esto es lo que el Maestro Eckhart (en quien persiste la tradición neoplatónica) debe querer dar a entender cuando dice: "Algo está suspendido de la esencia divina; su progresión (es decir, su vehículo) es la materia, en la que el alma se inviste de formas nuevas y se desviste de las viejas… la que se desviste, a ella muere; y la que se viste, en ella vive" (ed. Evans I.379), lo cual es casi idéntico a Bhagavad Gītā II.22: "Como un hombre que deshecha sus vestiduras gastadas, y toma otras nuevas, así el Morador del cuerpo (dehin = śarīra ātman), desechando sus cuerpos gastados, entra en otros nuevos", cf. Bṛhadāraṇyaka Upaniṣad IV.4.4. "Justamente así este Espíritu, abatiendo el cuerpo y desechando su nesciencia, hace para sí mismo otro nuevo y de forma más hermosa".

Coomaraswamy es uno de los grandes defensores de la idea de una filosofía perenne que abarca todas las tradiciones, a veces de manera secreta o simplemente velada por el poco entendimiento de los principios esotéricos de las religiones. Añade otra cita que completa esta idea: "Hasta que el alma no conoce todo lo que ha de conocerse, no cruza al bien desconocido" (Maestro Eckhart, ed. Evans I.385). Tenemos aquí repitiéndose el esquema del Poimandres en el que los atributos  que otorgan al hombre los planetas o los arcontes, que de alguna manera constituyen todo el abanico de la diversidad o de las diferentes expresiones que el Uno puede tomar (como los colores del arcoíris,) deben ser abrazados y conocidos para luego ser desechados. Se debe experimentar y agotar todo lo que es humano y propio de este mundo. De la misma manera el príncipe Siddartha decidió dejar su palacio para conocer las vicisitudes de la existencia, experimentando el sufrimiento para luego renunciar a él, habiendo transformado la pasión en compasión, habiendo descubierto la ilusión de la separación, entregándose así, con la única motivación que existe --el deseo de anular el deseo-- a liberar a todos los seres vivos.

Coinciden las tradiciones --el solve et coagula de los alquimistas, la purificación del alma que consigna Sócrates-- en que uno debe despojarse de todo lo inesencial, todo aquello que se ha apilado en el descenso a la materia para poder experimentar este estado terrenal. Esto inesencial, esta vestidura que hemos tomado, más que un ropaje o que el mismo cuerpo físico es un hábito de percepción: percibir las cosas como distintas a nosotros, no alcanzar a ver la raíz de nuestro ser, lo que impide el fulgor de la desnudez. Es una vestimenta (una barrera) puesto que nos impide ese contacto de identidad desnuda con lo que vemos. (Podemos decir que lo espiritual es aquello que queda cuando se quita todo lo que no es esencial, de la misma manera que la realidad es lo que queda cuando se quitan todas las creencias y proyecciones, parafraseando a Philip K. Dick). Si algo queda claro después de leer algunos de los textos centrales de la cábala, es que lo que llamamos "mal" no es más que un grado inferior de unidad y de integración, una menor capacidad de percibir la inmanencia divina. Los famosos qlifots, que algunos equiparan con el aspecto maligno del universo, no son más que recipientes de luz divina (Ain Sof) que han sido oscurecidos u obstruidos por nuestra percepción. 

Lo que el misticismo nos pide, lo que implica esa separación del alma del cuerpo, es desechar lo particular para abrazar lo universal, abriendo el proceso de reintegración con el Todo. Para portar el radiante traje nupcial con el que el alma va al encuentro de su amado, el ser debe dejarse a un lado, dejar su personalidad, su ego, todas las construcciones y complejos psicológicos que ha construido al afirmar su individualidad, para distinguirse y sostener su existencia como un ser único. "Sólo en la medida en que nosotros identificamos erróneamente lo que "somos" con estas vestiduras accidentales de la personalidad trascendente, a saber, las meras propiedades de la existencia humana terrestre, puede decirse que nosotros nos reincorporamos en hombres o animales", dice Coomaraswamy. Es decir, sólo somos hombres en este mundo en la medida en que nos identificamos con este traje humano y sus circunstancias, una vez que dejamos de reproducir en nuestra mente esta identidad con nuestra percepción que separa al mundo de su sí mismo, emerge en su desnudez radiante el espíritu, el atman que es una danza de todos los seres en uno.  Escribe Roberto Calasso (Ardor, citas del Satapatha Brahmana):

¿Qué ocurre después de la muerte? Silencio, uniformidad de los elementos. Luego una voz se escucha: "Ven, aquí estoy, soy tu atman". Es el ser divino, daiva atma, el que habla, es aquello que ha sido construido durante mucho tiempo, laboriosamente, pedazo a pedazo, a través de los actos de sacrificio. Es otro cuerpo que estaba esperando en el otro mundo --y mientras tanto estaba tomando forma, porque "cualquier oblación que es sacrificada aquí, se convierte en el atman en el siguiente mundo".

 

[caption id="attachment_102182" align="aligncenter" width="502"]Screen shot 2015-10-28 at 11.47.44 PM La visión de Blake del carro flamante de Ezequiel recuerda a otro carro alado a través del cual se manifiesta la conciencia suprema, el de Krishna en el "Bhagavad Gita"[/caption]

Algunas tradiciones se esmeran en describir los diferentes cuerpos sutiles --las naves del alma-- y sus diferentes propiedades o facultades, las cuales generalmente son diferentes grados de percepción divina, así como los diferentes cielos. La tradición islámica es especialmente rica en las descripciones de los cielos con ciudades de esmeralda, zafiro, rubíes, ángeles, huríes y demás criaturas celestiales que suministran goces y alabanzas infinitas. Todo esto, sin embargo debe entenderse simbólicamente (por eso la nave es sutil, es una nave que se construye con los órganos de percepción). Al final, la mayoría de las tradiciones coinciden en que todos estos paraísos, todas estas delicias, son solamente acercamientos cada vez más luminosos, cada vez más llenos de verdad y belleza, a la reidentificación con la totalidad de la existencia. Todos estos jardines, estas ciudades y estas huestes de ángeles que componen la iconografía del cielo, yacen dentro del alma humana. Al final el único cuerpo que queda es el cuerpo del universo, la unidad de la totalidad y toda la realidad se descubre como paraíso. Paracelso hablaba del universo, con todas sus estrellas en el espacio que eran las mismas que las flores en los campos de la Tierra, como el cuerpo de Dios; en el budismo se habla del dharmakaya, el cuerpo de la ley, el cuerpo absoluto que es todas las cosas en su perpetuo devenir. 

Pensar en estas sutilezas es una forma de voluptuosidad metafísica, puesto que, ¿quién de nosotros realmente se conoce a sí mismo lo suficiente para enlistar toda una jerarquía celestial en su interior, o para negar categóricamente la inmortalidad de su propio ser? Sin embargo, desde nuestro estado intermedio, entre el cielo y la tierra, siguiendo a aquellos aventureros místicos, que han trabajado su percepción --construyendo, como si lo fuere, ese barco de ultramundo a través del yoga de su mente-- podemos intuir que hay algo de verdad en esto. Al menos podemos ver la demarcación de los diferentes cuerpos sutiles y sus movimientos como una cartografía estética y moral de nuestra existencia, como una motivación para nuestros actos  y una legislación para nuestra conducta. Quizás algún día podamos entender la evolución desde una perspectiva no solamente material, sino también moral y espiritual. De la misma manera que nuestro cuerpo material es la consecuencia de todo lo que hemos vivido antes, como individuos y como especie, tal vez también tengamos cuerpos espirituales que sean el agregado o los resultados de una historia psíquica, de la vida de nuestra conciencia. Y cada acto y cada pensamiento nos hace alejarnos o acercarnos a ese telos invisible, a ese imán que nos magnetiza desde dentro de nosotros mismos hacia el centro del universo. Como notó Manly P. Hall:

El hombre eleva o hace descender su vida psíquica conforme a la calidad de su conducta. Cuando se une con su aspecto material desciende y cuando se une con su médula espiritual asciende. Cada momento algo en el hombre desciende o asciende. En los momentos de egoísmo algo desciende y en los momentos de altruismo algo asciende; en los momentos de odio algo desciende y en los momentos de amor algo asciende hacia la verdad o el principio. Todos los valores verdaderos resultan en el ascenso hacia el siguiente estado espiritual del alma. Todas las infirmezas la hacen que se incline hacia abajo.

Quizás la moralidad sea la forma en la que el universo nos revela que no somos individuos, que la razón de nuestra existencia es abandonarnos y entregarnos a los demás. Un altruismo que es un ensayo --antes de la gnosis-- para experimentar en carne propia la interdependencia de todos los seres y de todos los fenómenos en una sola conciencia. Cada vez que me olvido de mí mismo me acuerdo de Todo.

 

Twitter del autor: @alepholo

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