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Un mapa de metáforas nos muestra la geometría de lo que pensamos todos los días

Arte

Por: pijamasurf - 07/08/2015

La Universidad de Glasgow publicó este enorme mapa de metáforas, donde podemos ver cómo hemos estructurado nuestro cerebro a partir de imágenes disparatadas

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La metáfora es una inmensa compensación existencial para aprehender el mundo. Es, sin duda, la mejor herramienta semántica que tenemos para entender el mundo a través de otro (a través del espejo). Uno de los grandes ejemplos sobre su extravagante fecundidad es que es casi imposible hablar de la metáfora sin ser metafórico (la palabra aprehender, en este caso,  ya significa “coger, asir, prender de alguien o algo”). Por ello este nuevo estudio, llevado a cabo por la Escuela de Estudios Críticos de la Universidad de Glasgow, es tan importante: ¿qué mejor para entender la geometría cognitiva que usamos para explicar(nos) el mundo que un mapa de las metáforas cotidianas? “Hay metáforas más reales que las personas que pasan por la calle”, decía Fernando Pessoa.

Este mapa metafórico contiene más de 14 mil conexiones metafóricas tomadas de 4 millones de pedazos de información léxica, recuperada del Historical Thesaurus of English, el cual abarca 13 siglos. Y si bien este estudio se enfoca específicamente en el inglés, las metáforas, sobre todo las que han sobrevivido al tiempo, tienen la cualidad de estar en todas partes del mundo.

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Es difícil saber cuál fue la primera metáfora en inglés precisamente porque muchas de ellas fueron adoptadas de lenguas anteriores como el germánico, pero el mapa revela un vínculo popular entre las ovejas y la timidez, por ejemplo. El investigador principal del proyecto, la doctora Wendy Anderson, dijo que los hallazgos respaldan la idea de que la metáfora es ubicua en el lenguaje y es también un mecanismo crucial de cambio de significado.

Por los últimos 30 años, se ha dilucidado que la metáfora no es simplemente un fenómeno literario; el pensamiento metafórico subyace a la manera en que hacemos sentido del mundo conceptualmente. Gobierna cómo pensamos y cómo hablamos sobre nuestro acontecer diario.

El mapa también devela ciertas aglomeraciones metafóricas, como todos los vínculos que existen entre los textiles y la estructura social, la navegación y el cuerpo humano, las relaciones sexuales y los felinos. En el sitio uno puede buscar prácticamente todos los temas que se le ocurran y encontrar sus metáforas directas más usadas en la historia. El acto metafórico es un modo esencial de la existencia y es por excelencia el instrumento de la imaginación.

 

 

El “detective de lo oculto” es un género híbrido, la oscura intersección entre las clásicas historias de detectives y el horror sobrenatural
[caption id="attachment_97864" align="aligncenter" width="360"]Imagen de: http://aleskot.tumblr.com/post/117010860711/wolf-1-comes-july-22-the-solicitation-text-is Imagen de: http://aleskot.tumblr.com/post/117010860711/wolf-1-comes-july-22-the-solicitation-text-is[/caption]

El “detective de lo oculto” es un género híbrido, la oscura intersección entre las clásicas historias de detectives y el horror sobrenatural; una mezcla de Arthur Conan Doyle con Howard P. Lovecraft, o Edgar Allan Poe con Edgar Allan Poe. En él confluyen atmósferas policíacas de mundos bajos, intrigas y mafiosos con el terror de lo paranormal: fantasmas, demonios y seres de otros mundos. Está claro que si bien no es necesario para escribir una buena historia de miedo, ayuda saber sobre lo que se está hablando y tener una licencia oficial autorizada por el departamento gubernamental apropiado para bucear en las partes más oscuras del inconsciente. De otro modo terminamos con hadas esquizofrénicas y aburridos pactos demoníacos tomados del Fausto (un manual de paranoia escrito en medio de las quemas de brujas y herejes durante la Edad Media y el Renacimiento) o con guías ficticias, igual de aburridas, de la flora y fauna de inverosímiles planos astrales. El género nació a mediados del siglo XIX, momento en que lo sobrenatural era un éxito en Europa y América de la mano del espiritismo y el “renacimiento ocultista”; muchos de sus primeros exponentes, entonces, poseían un conocimiento aproximado del tema en una época de romanticismo gótico en que florecía también una incipiente psicología y el lado oscuro era moneda de cambio válida.

Uno de los más grandes detectives de lo oculto es John Silence, creado por Algernon Blackwood. No sorprende que Blackwood haya sido una de las mayores influencias de Lovecraft (uno de los cuentos protagonizados por Silence, llamado “Una víctima del espacio superior”, remite inequívocamente a la obra del escritor de Providence) ni que fuera miembro de la Orden Hermética de la Aurora Dorada (la Golden Dawn, epicentro de las actividades oculistas de principios del siglo XX). Otro de los detectives más famosos es el infame John Constantine, creado por Alan Moore para su versión de Swamp Thing. El impacto de sus apariciones esporádicas lo llevó a tener su propia y emblemática serie de la mano de Jamie Delano, quien durante algo más de 40 números demuestra un enorme conocimiento de las tendencias más modernas de ocultismo de vanguardia; distintos escritores se hicieron cargo del personaje tras él, algunos de ellos excelentes, otros no tanto. Pero a lo largo de los 300 números de Hellblazer (y unos tantos más de Constantine), el personaje se volvió una triste caricatura de sí mismo y poco quedó al final de sus enfrentamientos iniciales con otros mundos. Solo ahora, con el relanzamiento de su serie bajo el nombre ridículo de Constantine The Hellblazer, con Ming Doyle y James Tyrion como escritores, podemos sospechar que John Constantine, con su cigarrillo a medio fumar y su sobretodo (ahora más corto), es un detective de lo oculto.

Curiosamente, un par de años después de escribir al personaje, Alan Moore decidió emprender el camino del ocultismo y la magia (le cambió la vida una línea de ficción que él mismo escribió en From Hell, historia sobre la francmasonería y Jack el Destripador: “el único sitio en el que es indiscutible que los dioses existen es en nuestras mentes, donde son indudablemente reales con toda su grandeza y monstruosidad”). El mundo del cómic, sucesor natural de los relatos pulp, ha tenido más de un detective encargado de lidiar con asesinos sin lugar a dudas inimputables de acuerdo a todos los tratados internacionales, pero todos vivieron siempre a la sombra del ocultista punk con acento escocés. Ales Kot es el responsable de Secret Avengers (uno de los mejores cómics de los últimos años junto al Hawkeye de Matt Fraction y el Animal Man de Jeff Lemire), una historia sobre la importancia de la imaginación en la que una inteligencia artificial imprevista se une narrativamente a Nick Fury y a Jorge Luis Borges. Dos de las principales influencias de Kot son obvias: Grant Morrison y William S. Burroughs, quien termina siendo un personaje central en Zero, otra de sus más recientes obras: Kot tiene una particularidad, comenzó su carrera hace sólo un par de años y viene escribiendo como loco.

La obra de Kot es surrealista y experimental, no le escapa nunca a lo oscuro ni a lo bizarro: utiliza la mitología popular del siglo XXI para sondear agujeros de seguridad en la realidad. Siguiendo algunos términos que se reputen y cierta simbología recurrente en sus ficciones, es evidente que mantiene viva una tradición contracultural en los cómics y no es extraño ni a la magia ni a los mal llamados estados no ordinarios de conciencia. Un detective de lo oculto creado por él no es cosa menor: por eso es interesante la aparición del primer número de Wolf, una nueva historieta de Image Comics escrita por el propio Kot. Wolf transcurre en Los Ángeles, ciudad de enorme poder en los corazones de todo el mundo, la misma Los Ángeles de Mulholland Drive y de la segunda temporada de True Detective. Una ciudad mítica en la que cohabitan estrellas de cine, magnates racistas y vampiros, de esos que dan miedo y tienen orejas puntiagudas, como Spock. Antoine Wolfe, apodado Wolf, es un detective inmortal que desea morir, hace negocios con la gente equivocada, puede contactar a los muertos y tiene un amigo con tentáculos de la misma raza que Cthulhu. Wolf se parece al primer Constantine, un personaje oscuro que se equivoca una y otra vez pero que también tiene corazón, un personaje complejo que quizás, cómo no, se vea obligado a intentar salvar el mundo. El extenso primer número (de más de 60 páginas) es el inicio de una lúgubre, misteriosa y atrapante amistad.

 

Twitter del autor: @ferostabio