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El odio a la música o la obediencia involuntaria al imperio de los sonidos

Arte

Por: Rober Díaz - 07/27/2015

“Desde los campos de exterminio del Tercer Reich, ingresamos en un tiempo donde las secuencias melódicas exasperan…el uso de la música se ha vuelto coercitivo y repugnante. Amplificada hasta el infinito por la invención de la electricidad y la multiplicación de su tecnología…” (Pascal Quignard)
Imagen: Wikimedia Commons

Imagen: Wikimedia Commons

Fue Friedrich Nietzsche quien afirmó que la vida sin música sería un error. No es de extrañarnos, el camino que Nietzsche eligió para explorar los primeros problemas filosóficos a los que se enfrentó se dieron gracias a la búsqueda que inició en el campo de la música griega de la mano del compositor Richard Wagner. La frase ahora inmortal es poco atacada pues, ¿quién en su sano juicio puede acusar a la melodía de ser la causante de algún tipo de mal en este mundo? ¿Quién ha puesto en entredicho el imperio de los sonidos? 

Súbitamente podríamos decir que existen pocas discrepancias sobre el tema, la música es un bien a la humanidad y punto. Coppola puso en su Apocalipsis Now una escena en la que la destrucción y la masacre en la guerra de Vietnam era acompañada de La batalla de las Valkirias de Wagner que sonaba en los altoparlantes que los helicópteros americanos llevaban al momento de atacar las comunidades vietnamitas haciendo una clara alusión a los campos de extermino nazi, en los que se eliminó a millones de judíos con obras de Wagner, Strauss, Schumann, Mozart, Chopin, entre otros, como soundtrack de fondo. 

Pascal Quignard (quien es considerado por el crítico literario Rafael Conte como el mejor escritor francés vivo) pone el dedo en la yaga nuevamente en un libro, El odio a la música. Podemos decir también que el odio de Quignard tampoco es gratuito pues nació en el seno de una familia de músicos y literatos, fue anoréxico y autista, además estudió violonchelo, piano, órgano y violín alto; también organizó uno de los festivales culturales más importantes en Francia (el Festival de Ópera y Teatro de Versalles, del cual fue director) de la mano del en ese entonces presidente de Francia, François Miterrand, para luego pasar a ser escritor en el comité de lectura de la prestigiosa editorial Gallimard. 

La historia de Pascal Quignard en ese sentido lo emparenta con la búsqueda que inició Nietzsche, pues este último también participó en un proyecto cultural; el proyecto wagneriano de renovación de la ópera que tendría su culminación en Bayreuth, en donde la ópera integraría al teatro, la pintura y la poesía buscando una obra de arte total dedicada a evocar los principios de la antigüedad. Comenzaba la guerra francoprusiana y al igual que Wagner, el filósofo veía en Francia al principal opositor al sentido del ser nacional alemán. Ese ser nacional alemán era buscado por Nietzsche y Wagner en la antigüedad griega pues ahí, música y letra formaban una unidad: “la música de los griegos está mucho más próxima a nuestros sentimientos que a la Edad Media”, con la diferencia de que “el griego genuino sentía en ella algo ajeno a su patria, algo importado o del extranjero asiático”.   

Nietzsche amaba la música, sabía tocar el piano y de hecho tiene varias piezas compuestas para este instrumento. Quignard por su parte también fue músico y lo que logra en este libro además de expresar esta inconformidad con su propio origen musical en el mundo es desplegar (lo que pueden parecer aforismos, que pueden parecer microcuentos, que se pueden parecer a pequeños relatos híbridos históricos, que se pueden parecer inclusive a una novela ­–género que, por cierto, odia–) una novedosa aritmética literaria que persigue ya en sus anteriores escritos: el fragmento como unidad, el ensayo que es absuelto de la lógica que supondría un argumento pues halla su comprobación, más que en el razonamiento, en exaltaciones cuasi poéticas que a modo y debido a que eruditamente parecen ser lanzadas a cualquier sitio, caen en lugares precisos donde sirven para comprobar simplemente las premisas que el autor desea.  

Nietzsche, junto a Wagner, concluyó que la música de su época estaba condenada al aislamiento devenido de la tradición de la Edad Media, en donde se disfrutaba separadamente de música y voz. En Grecia, en cambio, la música era esencialmente vocal. Friedrich participaría en el movimiento de Wagner con los escritos: El drama musical griego, Sócrates y la tragedia y La Visión dionisíaca del mundo, todos ellos previos a El nacimiento de la tragedia, primer libro del filósofo. A partir de la publicación de los escritos antes mencionados, Nietzsche se convertiría en un autor polémico en los medios académicos gracias a la visión que manifiesta del mundo griego, y por su simpatía con Wagner.  

Pascal Quignard ha publicado más de 50 libros en solitario y es considerado algo cercano a un misántropo, sus libros rondan el tono altermodernista y fragmentario propuesto por su contemporáneo Sebald y evocan la erudición cosmopolita de Calasso; también, de muchas formas, la tradición ensayística que persigue lo acerca a su coetáneo Pierre Michon. Quignard afirmaría en este libro de fragmentos/ensayos: 

La frase “el odio a la música” quiere expresar hasta qué punto la música puede volverse odiosa para alguien que la amó por sobre todas las cosas.

Nietzsche descubriría en el coro helénico una piedra angular de su filosofía: el coro representaba un lugar unido a la danza, el concepto cambió en el momento en el que éste se unió al canto que se dirigía a la divinidad. Danza y canto, lo pagano y lo divino evocando un sentimiento musical que habita luego una idea poética sin una aparente dirección: a esta sensación responde lo dionisíaco que conduce hacia el olvido de sí mismo: el viejo Zaratustra bailando frente el abismo colmado de éxtasis, no por el vértigo que puede causar la altura y cercanía del precipicio sino por el arrobamiento que lo hace olvidarse de todo, al no poder lanzarse. 

Friedrich Nietzsche comenzaría una larga carrera de escritos cuyos temas serían, entre otros, la decadencia de la cultura occidental; para poder vislumbrar cuál era el origen de esta decadencia, formularía un aforismo que aparentemente encripta buena parte de su filosofía: “Dionisio contra el Crucificado”. 

Pascal Quignard formularía el propio: “La música hace mal”. Porque la relaciona con la oscuridad, argumentando que el crepúsculo es un momento de quietud en que el silencio hace que nos estremezcamos, en que pájaros y sabandijas se quedan callados antes de que llegue la noche. La noche que trae consigo nuevas y formidables trampas, destinadas a hacernos caer en el alboroto que provocará, luego de esta pausa, el sonido. El momento de la trampa, la trampa que teje el bullicio; la muerte. El momento en que Ulises se deja amarrar para escuchar el canto de las sirenas, también es el momento de la resistencia más atroz: ante su enigmático canto y también frente a la muerte que muestra su canto, que lo invita a fracasar en su aventura, cuando el sonido es total e inevitable pues “no hay parpados que te impidan dejar de oír”. Es también el momento en el que la abdicación de Pedro se ve completa: “antes de que cante el gallo tres veces habrás negado mi nombre”, le dijo Cristo a la piedra de su iglesia y así fue, fue el sonido y su rítmica enceguecedora lo que lo hizo trastabillar y encorvarse, tener miedo y comprender su felonía antes de que llegara el alba. 

“La música es un hechizo, (Carmen), ella embruja, pero también pervierte y absorbe completamente a sus auditores, <¡Cave musicam!> –¡Cuidado con la música!”–, escribió Nietzsche en El nacimiento de la tragedia

Sin embargo la relación de estos grandes personajes estaba destinada al fracaso, Wagner encontró el destino de sus ideales en la comedia ática, Nietzsche en cambio los encontraría en la tragedia, entendiendo la tragedia como una manera de aceptar el destino trágico del mundo sin inmovilizarlo, sino como parte de una experiencia vital del ser humano que lo llevaría a conocerse a sí mismo, aceptando su propia vitalidad y no evitando el sufrimiento. La pregunta que se hizo el filósofo a la postre no fue por qué se unió al músico sino por qué paso tanto tiempo al lado de él, si su música significaba ese vacío y decadencia de la cultura alemana emparentada con el idealismo pregonado por Fichte, Schopenhauer, Kant, Hegel, y él a su vez había encontrado una nueva interpretación del sentido dionisíaco, del éxtasis y la locura azarosa que lo llevarían a desarrollar su teoría sobre la voluntad de poder como forma de libertad, de dejar al individuo fuera de la culpa, una culpa que por el peso del judeocristianismo, Europa cargaba como un viejo fardo pesado. 

Quignard sentencia que: “La corte del tribunal de Núremberg debió haber exigido que se golpeara en efigie la figura de Richard Wagner una vez al año  en todas la calles de las ciudades alemanas”. Muchos de los músicos a los que se les obligó a tocar en esos campos de concentración decidieron de manera categórica no volver a tocar. Y puede ser que no haya sido culpa de la música en sí y eso, ni qué dudarlo, fue por otro lado el uso propagandístico que se le dio y, sin embargo, ¿acaso no en la actualidad los modelos de las grandes campañas publicitarias usan cualquier melodía para transformarla en una imagen que se relaciona con su producto? 

“La música es un poder y por eso se asocia con cualquier poder”, diría Quignard, y agregaría: “La música es irresistible para el alma, por eso el alma sufre irresistiblemente”. 

Nietzsche terminó cerca de la Piazza Carlo Alberto en Turín y los Alpes italianos abrazando a un caballo que iba a ser golpeado por un chofer, conmovido; el baile que comenzó Zaratustra había terminado para hundirse en el silencio de la demencia. Sus palabras tergiversadas, desviadas de su rítmica original, sirvieron como un holograma que capturó a una nación y la llevó a una guerra total contra el mundo y contra sí misma. Tal vez a eso se refiera Quignard, nuestro silencio ha sido definitivamente removido. No tenemos la libertad de ya no querer escuchar. Los medios, las formas de reproducir las melodías y los cauces por donde desfilan los mensajes sublimados de empresas, tiranos y sistemas de opresión deambulan en un campo sonoro al que no nos negamos, pues la música se convierte en nuestra fuga y a la vez en nuestra desviación; el odio a la música posiblemente se manifieste en cuanto hemos dejado de escuchar con quietud nuestro propio silencio:

Isthar tomó una arpa y se acodó de una roca frente al mar. Del mar vino una gran ola que se detuvo y le dijo:

–¿Para quién cantas? El hombre es sordo.

 

Twitter del autor: @betistofeles

Michelangelo Antonioni: un cine sobre los jóvenes, y joven por la eternidad

Arte

Por: Adán de Abajo - 07/27/2015

Antonioni nos recuerda a Mercurio, el planeta y el Dios, quien brinda a sus protegidos un espíritu eternamente joven, capaz de renovarse sin cesar y quien atrae irresistiblemente a los jóvenes

zabriskie

Todos se asoman para ver el agua, esperando de un momento a otro, ver llegar al tiburón; el agua está limpia, se ve claramente oscilar las plantas del fondo, como a cámara lenta, se ven otros peces nadando en pequeños grupos. Todo un mundo misterioso que fascina, pero que al mismo tiempo inspira miedo…

Michelangelo Antonioni, guión de La aventura

 

1. Zabriskie Point

La primera escena casi parece del género documental, más que un largometraje de ficción: un grupo de jóvenes subversivos de diversos orígenes raciales discuten sobre los objetivos revolucionarios de su movimiento, a finales de los años 60. Están planeando una manifestación.

Observamos patillas nutridas, melenas en capas, alaciadas, también peinados de micrófono, barbas prolongadas, lentes de armazón grueso y formas cuadriculadas, pantalones acampanados, sandalias de meter el pie y chalecos de gamuza. El escenario es una universidad de corte liberal en Estados Unidos.

Las mujeres y los hombres dialogan de manera horizontal: no parece haber diferencias de género y en apariencia nadie lleva la batuta. Su discurso es típicamente sesentero y marxista; fuera de ciertos contextos radicales y obsoletos, podríamos decir que en la actualidad sus frases y enunciados casi están en peligro de extinción.

De pronto la discusión se centra en un joven afroamericano, idealista y aguerrido, quien habla de la posibilidad de incluso dar su vida por el movimiento.

Entre todos los participantes, la cámara por fin destaca a Mark con un acercamiento de la lente, sugiriéndonos que en adelante, él será el protagonista: de mirada encendida y soñadora, contagiado por la emoción de las palabras del interlocutor afro. Aunque no habla demasiado, por la transparencia de su rostro podemos deducir que está de acuerdo prácticamente en todo lo que el primero dice e incluso se identifica sobremanera con él.

La trama nos causará posteriormente un profundo contraste, llevándonos hacia una reunión de empresarios en Los Ángeles, quienes proyectan la construcción de una unidad habitacional y comercial bastante grande y millonaria en el bello desierto de California.

Mark no tardará en chocar contra estos agudos contrastes sociales; cayendo en crisis, irá a parar a prisión, tratando de rescatar a su mejor amigo, quien participaba en una violenta manifestación antes de ser apresado. Ahí dentro desconcertará a los custodios, firmando como Karl Marx en lugar de K. Mark, enfureciéndose porque los policías no saben deletrear ni escribir bien el nombre del filósofo y economista alemán. Probablemente jamás escucharon hablar de él, de quien Mark asumió la identidad.

Los ánimos revolucionarios de Mark pronto le harán robarse una avioneta y volar en ella hacia el Valle de la Muerte, en California. Todo en el ambiente produce un penetrante y nostálgico aroma a los años 60, a sueños y utopías perdidos, robados o degenerados por desquiciados, asesinos y oportunistas líderes, junto con sus pararreligiosos seguidores, haciéndonos pensar en los instantes en que todos odiamos alguna vez al sistema o quisimos hacer explotar las estructuras dominantes y subvertir el orden establecido de una buena vez.

Pero sobre todo su música nos arrastrará sin remedio hacia décadas perdidas, enterradas y casi olvidadas en el pasado.

Las notas limpias y los solos del mítico Jerry García, guitarro de Grateful Dead, se volverán protagonistas del filme, destacando la inevitable y alucinada pieza “Dark Star”, la cual recomendamos no dejar de apreciar por ningún motivo, o “Unknown Song”, de la época más psicodélica de Pink Floyd, de la que los músicos ingleses grabaron más de 10 obsesivas y delirantes versiones, instrumentales y cantadas, con las voces bellas y aún juveniles de Roger Waters, Nick Mason y David Gilmour. Es obvio que esas versiones no cupieron todas en el soundtrack de la película, no quedándoles más remedio que producir un álbum completo e independiente, dedicado a la cinta de Antonioni: The Complete Zabriskie Point Sessions. Rome, Italy, el cual, aunque repetitivo y alucinante, resulta delicioso e ineludible.

¿Pero cómo es que un director como Michelangelo Antonioni, ya veterano en aquel entonces, nacido en 1912, logró congregar y hacer identificarse a tantos jóvenes artistas de diversas disciplinas con su proyecto? A Sam Shepard como guionista, a Grateful Dead, a Pink Floyd para la música y a un centenar de colaboradores, muchos de los cuales no eran siquiera actores profesionales, pero sí amigos suyos, pertenecientes a los Black Panters y a diferentes comités juveniles revolucionarios de algunas universidades en los 60, quienes lo asesoraron y participaron como actores secundarios para realizar Zabriskie Point,un filme cuyo tópico principal era la vida de los hippies a finales de esa década.

Antonioni nos recuerda a Mercurio, el planeta y el Dios, quien brinda a sus protegidos un espíritu eternamente joven, capaz de renovarse sin cesar y quien atrae irresistiblemente a los jóvenes, a pesar de su vejez. También nos recuerda a Diógenes de Alejandría y al viejo Sócrates, dos ancianos maestros que seducían y corrompían a las juventudes, a la par que los iluminaban.

En el Valle de la Muerte, Mark casi aterrizará sobre el auto de la bella Daria, adicta a la mariguana y amante de uno de los empresarios que construirán en el desierto, dando como resultado una de las más impactantes escenas eróticas al aire libre en la historia del cine, teniendo como telón de fondo los solos de guitarra de Jerry García, con su “Love Scene”.

Tras su estreno en 1970, los críticos de cine no tendrían piedad de la película, señalando, categóricos y coreando, que Zabriskie Point fue uno de los mayores fracasos de Hollywood. Esto afectaría en su momento profundamente el espíritu de Antonioni, quien dejaría de hacer cine durante varios años, retornando a su casa en Roma para dedicarse a la pintura y a cuidar de su esposa y sus jardines. Paradójicamente, la historia recompensaría al cineasta italiano, convirtiendo a su obra, con el paso de los años, en una inolvidable película de culto, a la cual no dejarían de redescubrir y admirar una generación nueva tras otra de jóvenes cinéfilos.

 

2. Blow Up

La mayoría de los protagonistas de las películas de Michelangelo Antonioni son jóvenes, tanto sus temáticas, sus personajes, como sus colaboradores, si no es que todos.

En su momento también él fue un joven aprendiz que se insubordinó de sus padres: escapando de una carrera de economía con la cual no se identificaba, huyó de su natal Ferrara, en el norte de Italia, hacia Roma, para dedicarse al arte. Su familia de  comerciantes de clase media lo presionaba en su época de estudiante para que se dedicara a las finanzas y los negocios, tal vez por ello siempre entendió la rebelión y la inconformidad de las nuevas generaciones.

Sus acercamientos al cine fueron en un inicio como crítico y reportero, colaborando para diversos periódicos y revistas. No es común que los críticos del séptimo arte terminen siendo directores. Se dice que los críticos cinematográficos y literarios son autores frustrados, que se dedican a atacar a los creadores.

A la par que leía muchísimo y asistía en Roma al cine todos los días, escribía cuentos y pintaba sus primeros cuadros; dio el paso sustancial a escribir sus primeros guiones.

Comenzó como ayudante de grandes directores italianos, abrevando del legado de los más importantes cineastas de su país y de toda una tradición inmensa: Rossellini, De Santis, Fellini. Prestaba sus servicios como guionista, principalmente para Rossellini, hasta que grabó su primer corto por su cuenta, ayudado por unos amigos actores de teatro: Gente del po, a comienzos de los años 50.

En su película Blow Up (1966), una de sus primeras obras, filmada en inglés en Londres, se mezclan perfectamente sus intereses por el séptimo arte, los jóvenes y las disciplinas plásticas.

El protagonista es el Fotógrafo, así será conocido simplemente en todo el filme: un artista joven, bien parecido y exitoso, al mismo tiempo altivo y algo cínico, quien se dedica a capturar momentos inesperados de la cotidianidad con su cámara, principalmente de bellas chicas, no siempre con su consentimiento y a quienes en ocasiones también lleva a la cama.

En una de las escenas de inicio, el protagonista prácticamente hará el amor con su cámara a una de sus modelos desnudas, fotografiándola:

(El disco es de música de jazz, más bien sensual. La modelo desnuda, de pie contra el telón, comienza a adoptar posiciones diversas. El Fotógrafo dispara una, dos, tres fotos…)

FOTÓGRAFO: ¡Sí, así, así; quieta!

(Nuevas posiciones, nuevos disparos. El ayudante cambia el carrete. El Fotógrafo, siempre mirando fijamente a la modelo, bebe un sorbo de vino. Luego se desliza de rodillas, más próximo. Nuevos disparos…)

(La modelo está sentada en el suelo; el Fotógrafo salta en torno a ella cada vez más excitado.)

FOTÓGRAFO: Espléndido. Va bien así. Más, más.
Ánimo. Vamos. Échate hacia atrás el pelo. El pelo…

(Le murmura algo al oído. La modelo sonríe.)

(Michelangelo Antonioni, Guión de Blow Up, Ed. Alianza, Barcelona, 1981)

El Fotógrafo con su cámara y la bella modela inglesa, desnuda, alcanzarán un orgasmo estético que se volvería parte del legado universal del cine gracias a esa escena.

Empero, el joven protagonista no tardará en recibir una sopa de su propio chocolate, como dicen, al atreverse a retratar un cadáver recién asesinado en el centro de una vía pública en Londres. La escena es de lo más desconcertante: una chica desconocida corriendo por un parque arbolado, otro desconocido, también joven, quien la persigue. El Fotógrafo se atreve a retratarla sin haberla visto jamás, en plena discusión con su pareja, y ella se lanza sobre él, vuelta una fiera, tras descubrir que la fotografiaba sin su consentimiento.

De pronto se establece una conexión emocional poderosa entre ambos, la cual trascenderá el resto de la trama. El Fotógrafo y ella se marchan juntos, ella lo persigue hasta su estudio, donde se hacen amantes. Luego aparecerá un cadáver, el cual no se sabe si es del hombre que la perseguía inicialmente, aparentemente sí. Tampoco se conoce al asesino. Cuando el Fotógrafo regrese a la arboleda y comience a sacar imágenes con su cámara del cuerpo sangrante, al revelarlas y apreciar al cuerpo y a ella, desesperada, descubrirá la mano asesina y el arma platinada ocultas entre los matorrales.

Las escenas son pausadas, lentas, sus personajes se pierden muy poco a poco dentro de los paisajes y los ambientes perfectamente bien fotografiados y planificados de Antonioni. Por algo era también pintor y concedía demasiada importancia a los ambientes, los lugares, la luz y los contextos. Debido a ello, los críticos se ensañaban acusándolo de hacer un cine excesivamente lento y bastante psicológico.

A pesar de todo, sus filmes irían engrosando las filas de seguidores, principalmente entre las generaciones de jóvenes cineastas y cinéfilos que iban llegando y parecían comprenderlo más que los viejos críticos.

Hoy en día no resultaría cosa nada sencilla para la mayoría de los espectadores lograr apreciar una de sus películas y verla hasta el final, acostumbrados como estamos a escenas en exceso rápidas que apenas duran unos cuantos segundos y cambian en violentos giros, con sonidos obnubilantes y estruendosos efectos especiales de avanzada tecnología, con tramas simplistas que actualmente casi no representan ningún reto para la capacidad mental del espectador sino todo lo contrario: las películas recientes parecen contribuir más bien al adormilamiento cerebral y alienación del espectador.

El cine de Antonioni es de una época en la que no se tenía demasiada prisa por filmar una película, tampoco por acabar de verla, mucho menos por abandonar la butaca para caminar rápidamente hacia el estacionamiento del multicinema y conducir estrepitosos hacia lo que sigue; consumiendo y devorando cine, Internet y televisión, con la misma voracidad monstruosa con la que se ingiere comida chatarra y se escapa la vida en un parpadeo.

Darse el tiempo de asistir al cine, permitirse descansar en la butaca el tiempo que durase el filme, sumergirse en las escenas lentas y los paisajes atrapantes de una película de autor, más bien ser tragado por la penumbra absoluta de la sala, como en la etapa final de un rito milenario. Escuchar la música y las voces, los diálogos inteligentes, apreciar los matices de la luz, el aroma de las palomitas de maíz, comerlas, acompañadas de pastel de chocolate casero, rodear por la cintura a la bella acompañante y besarse en la oscuridad, constituía un ritual casi mágico ahora transformado, modificado y perdido.

Sobre todo, esperar con tranquilidad hasta que se terminaran cada uno de los créditos finales, el proyector sea apagado y se enciendan las luces de la sala de nueva cuenta.

El cine debería consistir en una experiencia altamente espiritual, estéticamente elevada y vivificante.

 

3. El Grito

El grito (Il grido, 1957), otra de sus obras de culto, grabada a orillas del Po, en italiano y aún en blanco y negro, tiene como personaje principal a Aldo, de origen obrero: otro joven incomprensible e incomprendido, quien habita prolongados y sinuosos laberintos psicológicos. Ha vivido durante casi 10 años en concubinato con Irma, una guapa campesina bastante mayor que él, por cierto casada, cuyo marido se parte el alma en Australia todos los días para enviarle dinero. Con Irma, Aldo tuvo una hermosa hija, a la cual ama muchísimo, a pesar de ser sumamente estricto con ella.

En el momento que se sepa de la muerte del marido de Irma, su relación con Aldo colisionará, abandonándolo contra su pesar.

Con el conocimiento de todos los personajes, incluso de su hija, al mismo tiempo que Aldo está con Irma, también es amante de otras dos bellas hermanas, dos costureras, quienes viven a orillas del Po, a quienes visita eventualmente, sobre todo cuando tiene problemas con Irma. Pero al convulsionarse la relación entre ella y el protagonista, Aldo perderá a todas sus amantes casi al mismo tiempo, quedándose tan sólo con su hija, emprendiendo un viaje de búsqueda y recuperación emocional en compañía de su pequeña, a lo largo de bellos paisajes rurales de Italia.

Un final triste pero aún más fatídico vivirá también el rebelde Mark, luego de hacer el amor con Daria hasta la cumbre e incendiar con su deseo todo el desierto de California, en medio del paisaje lunar de Zabriskie Point.

Mark la invitará a regresar con él a Los Ángeles para devolver la avioneta y evitar ser encarcelado de nueva cuenta por hurto. Pero la hermosa diva se niega, sintiéndose aún comprometida con el empresario constructor, con quien tiene una relación de amasiato.

Al regresar a la ciudad, el joven Mark será recibido a tiros por la policía de Los Ángeles, falleciendo de un perdigonazo en la cabeza.

Se dice que Antonioni leyó en los diarios una historia análoga a inicios de los 60, sintiéndose conmovido por el trágico fin del chico, quien se llamaba también Mark. Proponiéndose que filmaría un homenaje para el rebelde joven, escribió y anotó innumerables borradores de guiones a lo largo de meses, pero no se convencía. Ya tenía 70 años y ni su pulso, ni su paciencia, ni sus ánimos, eran los mismos con los que se confrontara con los críticos en los años 50, desatando fuertes polémicas a causa de sus cintas.

Contrató entonces a Sam Shepard, joven actor, escritor y guionista autodidacta, no tan conocido en ese entonces, encargándole escribir la trama y prepararla como guión. Empero, pasarían un par de años más antes de decidirse a llevar el proyecto a la pantalla.

Tras varios años sin filmar, dedicado por entero a la pintura, sería su segunda mujer, Enrica, quien convenciera a Michelangelo Antonioni de proseguir en el mundo del cine.

A pesar del rechazo previo de Hollywood debido a Zabriskie Point, hordas de nuevos autores jóvenes se acercaban a él para que los aconsejara, los asesorara y para invitarlo a colaborar con ellos: Wim Wenders, Wong Kar-wai, Steven Soderbergh, Krzysztof Kieślowski, Roman Polanski. Mucha gente, sobre todo joven, que conocía sus películas, principalmente las primeras, anhelaba que Antonioni retornara al cine.

A mediados de los años 90, precisamente con 94 años de edad, sería homenajeado en Hollywood, el lugar donde se le rechazara por su psicodélico filme de 1970, poco más de 20 años atrás. Subiría al estrado lentamente, en medio de centenares de aplausos, a pesar de ser un longevo, aparentando tener mucho menos edad.

Finalmente Antonioni, el protegido de Mercurio, de Hermes Trimegisto, el eternamente joven, sonreiría ante el público, en el lugar que muchos años atrás lo proscribiera y rechazara. 

 

Twitter del autor: @adandeabajo