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¿Podría la música pacificar la región de Palestina?

Sociedad

Por: pijamasurf - 04/25/2015

Un ambicioso proyecto internacional enfocado a niños ha depositado en la música la posibilidad de contribuir a resolver los conflictos entre Palestina e Israel
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Campo de refugiados de al-Azzeh, Belén (2011)

“Sin música la vida sería un error”, escribió alguna vez Nietzsche, y hay muchísimos motivos para concederle la razón. A nivel individual la música provee múltiples beneficios, desde salud mental hasta entretenimiento, y a nivel social igualmente sus consecuencias positivas son cuantiosas.

En este sentido, son más o menos comunes los proyectos que hacen de la música el eje en torno al cual giran objetivos como la cohesión social, el sentido de pertenencia, el apropiamiento de un espacio o de una tradición, etc. Pocas veces, sin embargo, se había encargado a la música la misión de pacificar, lo cual es el propósito de la organización internacional Músicos sin Fronteras.

“La guerra divide. La música conecta” es el motto de esta ONG que después de haber trabajado en zonas de Ruanda, Tanzania y otros países con conflictos bélicos severos, ahora se ha asentado en Palestina para acercarse a los niños y adultos para quienes los conflictos armados son la cotidianidad.

En términos generales, MSF genera las condiciones para que cierta población vulnerada por la guerra encuentre en la música su vehículo de expresión e incluso de cura. En el caso de Palestina, la ONG ha organizado talleres de música en campos de refugiados que poco a poco van generando resultados positivos. Fabienne van Eck, jefe de proyectos en MSF, cuenta cómo en un kindergarten en donde ninguno de los niños hablaba, algunas semanas después las clases de canto los llevaron a convivir de lleno entre sí y de otra manera con sus maestros y padres, quienes notaron que se veían más felices, relajados y optimistas. Para Van Eck, esto es invaluable porque las nuevas generaciones de palestinos están afectadas notablemente por la decepción. Al respecto dice:

Los niños ven mucha violencia, experimentan mucha violencia. […] No hay muchos espacios seguros donde pueden únicamente disfrutar, ser creativos o sentirse seguros para expresarse. Así que es lo que intentamos darles durante los talleres de música: un lugar para sentirse seguros y ser creativos.

En Mitrovica, Kosovo, MSF consiguió que se integrara una escuela de rock multiétnica, en donde serbios y albaneses conviven y trabajan en conjunto por un propósito compartido. En el Cercano Oriente las condiciones son otras y, a decir de la organización, las diferencias entre palestinos e israelíes, los malentendidos entre uno y otro pueblo, las tensiones que los separan, son profundas y radicales, por lo que el pronóstico de MSF es más reservado. Como dice Van Eck, “el terreno no está listo, no va a ayudar a nada, no va a cambiar nada”.

 

Sin embargo, ello no significa no hacer nada. Por el contrario, significa hacer algo. “Preferimos enfocarnos en las cosas pequeñas que podemos cambiar para hacer que el país esté preparado”. Quizá porque, después de todo, no han sido pocas las ocasiones en que esos esfuerzos pequeños han terminado por cambiar el mundo.

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¿Por qué los hombres se suicidan más que las mujeres?

Sociedad

Por: pijamasurf - 04/25/2015

Desde hace siglos son más hombres que mujeres quienes consuman el suicidio, una circunstancia que revela algunos cortocircuitos en la formación de la masculinidad

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Estadística e históricamente, el suicidio de hombres supera por mucho al de mujeres en casi todos los países y todas las épocas, como si algo en la cultura empujara más a los hombres que a las mujeres a tomar la decisión última de la muerte por mano propia.

En estos tiempos en que las condiciones de la llamada sociedad patriarcal se encuentran en debate, podría comenzar a pensarse que el suicidio es el costo que ciertos hombres han pagado por la superioridad que la cultura ha otorgado a su género. Una lectura en ese sentido es la que hace  Will Storr, quien hace poco escribió al respecto en el sitio web de la revista Pacific Standard.

Storr no habla propiamente de las sociedades patriarcales, pero sí sigue casos en los que el suicido masculino está vinculado con las obligaciones que se imponen al género. Incluso si cualquiera de nosotros reflexiona por un momento sobre el lugar que la sociedad ha otorgado a los hombres nos daremos cuenta de que el hombre está asociado usualmente con el poder, no sólo el poder en su sentido inmediato, sino más bien como una exigencia: el hombre debe "poder". Poder trabajar. Poder triunfar. Poder hacer las cosas. Poder ganar dinero. Poder ser su propio jefe. Poder tener una familia. Poder tener un automóvil. Poder con las mujeres. Poder sexualmente. Poder con y contra otros hombres. Poder, siempre.

Sólo que esto es un deber y, como tal, una norma que pretende ajustar la realidad a la letra. ¿Todos los hombres pueden? No, porque no todos los hombres son iguales. Hay hombres que no pueden tener hijos, por ejemplo. ¿Eso los hace menos hombres? Desde cierta perspectiva, la del patriarcado, sí. El problema es que como toda norma, dicha incapacidad implica una sanción. En este caso, una especie de desvalorización de los hombres que no pueden.

Entre otras consecuencias, un hombre formado en el discurso social del poder entra en conflicto cuando no puede, pues por ese mismo discurso puede llegar a considerar que su identidad se ve cuestionada, mellada. Tal parece que el poder es condición de la masculinidad.

Storr, desde una visión más hegemómica o incluso mainstream, explica el problema desde el sistema de expectativas: los demás esperan algo de nosotros y si no lo cumplimos, entonces los defraudamos y también nos sentimos defraudados con nosotros mismos. En el caso del hombre este sentimiento se agudiza, en primer lugar, por el lugar que le impone la sociedad como proveedor y, por otro lado, por otro rasgo propio de la construcción de la masculinidad que implica no hablar de las emociones. En el reverso de la imposición del poder está el no poder, en donde se encuentra la prohibición de reconocer, aceptar y hablar sobre emociones como la decepción, la tristeza, la frustración y otras afines. El poder aísla, y quizá esto sea evidente para los hombres.

La tiranía de la perfección, dice Storr, podría ser la causa de que se suiciden más hombres que mujeres (a pesar de que, en general, sean más las mujeres que lo intentan). Pero quizá sería oportuno complementar que algunos tal vez sobrellevarían mejor esas condiciones de no ser por la severidad con que social y subjetivamente se castiga a los hombres que no se ajustan a esos cánones de masculinidad.