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Tal vez sea hora de reducir la semana laboral a 4 días

Por: Pedro Luizao - 07/22/2014

Hoy existen los argumentos, y seguramente el deseo, para comenzar a experimentar con el actual modelo de empleo, y reducir los días de la semana laboral parece una ruta obvia

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Pocas personas lo disfrutan, muchas incluso lo aborrecen; sin embargo, la mayoría le dedicaremos una muy buena parte de nuestras vidas. Evidentemente estamos hablando del empleo, un concepto que llegó para regir la existencia de millones de personas. Se calcula que, a lo largo de nuestra vida, destinaremos alrededor de 100 mil horas a esta actividad; el problema es que, si no nos gusta o si la detestamos, entonces supongo que difícilmente podríamos hablar de una existencia grata. Y si esta es la situación de una buena porción de la población mundial, entonces quizá sea momento para tomar medidas en busca de editar este modelo.   

El concepto de empleo como tal surgió en el Renacimiento –curiosamente, junto con los primeros antecedentes del corporativismo. A partir de entonces se ha ido consagrando como una especie de mal necesario al cual decenas de generaciones han estado expuestas. Y absurdamente el esquema, en lugar de experimentar cambios para proveer un estilo de vida más agradable, parece que ha estado orientado –en una tendencia seguramente dictada por el mercado y el consumo– a estrechar su cooptación: hoy laboramos más tiempo y nuestras metas de productividad son cada vez mayores.   

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Aparentemente, y tras una larga espera, hoy estamos en condiciones de comenzar a experimentar a gran escala con el tradicional modelo de empleo: tecnologías que facilitan la conectividad y coordinación a distancia, la popularización de esquemas como el freelanceo, la noción de que productividad no es proporcional a horas de arresto laboral, etc. Y una ruta obvia sería reducir el número de días de la semana laboral a, por ejemplo, cuatro. En su artículo sobre este mismo asunto, publicado en Alternet, Lynn Stuart Parramore cita una encuesta que revela que 70% de los millonarios consideran que una semana laboral de cuatro días es una "idea valida". Mientras que uno de los hombres más ricos del mundo, el mexicano Carlos Slim, sorprendió hace unos días al declarar que una semana de tres días laborales podría ayudar a disminuir la pobreza y elevar la calidad de vida. Obviamente llama la atención el que si estos empresarios en realidad estuvieran a favor de reducir los días laborales por semana, ya habrían podido comenzar el experimento con sus cientos de miles de empleados. 

En su mismo artículo, Stuart envista una serie de beneficios que podría proveer el laborar solamente cuatro días, entre ellos:

Productividad / Aparentemente, entre menos horas para trabajar tengamos, más eficientes nos volvemos en nuestras tareas. Esa merma acumulada con sistemáticas microdosis de procastinación propia de prácticamente cualquier empleado podría eliminarse mediante una especie de acuerdo mutuo entre empleados y empleadores, a cambio de reducir la semana laboral.

Felicidad / Para justificar este potencial beneficio parece innecesario recurrir a estudios o estadísticas, pues difícilmente alguien argumentará en contra de la premisa que un empleado que tenga tres días libres no sería más feliz que teniendo sólo dos. 

Medio ambiente / Menos días de trabajo equivalen a menos tiempo de traslado y por lo tanto a menos tráfico... y menos contaminación. Un reporte del Centre for Economic and Policy Research sugiere que, si mundialmente redujéramos los horarios laborales, ello reduciría a la mitad las expectativas de emisión de carbono entre hoy y el año 2100. 

Sobra decir que no se trata de promover la gestación de un ejército de holgazanes, pero tampoco se trata de diseñar vías para que la gente consuma ilimitadamente más (trabajando más horas para lograrlo). En el fondo no queremos más iPads o ropa; tal vez lo que realmente necesitamos es disponer de mejores condiciones de vida, reducir el ya ubicuo estrés, tener más tiempo para leer, experimentar o crear proyectos sin fines de lucro y entregarnos a experiencias "metaproductivas". 

Al parecer todo está dispuesto para comenzar a experimentar seriamente con el actual modelo de empleo (quizá tras cuestionarnos por que no lo hicimos muchos años atrás). Y la reducción de la semana laboral es un recurso obvio y viable con el cual podríamos comenzar. Aunque también vale la pena recalcar que, más allá de editar sustancialmente el actual sistema, también deberíamos estar imaginando modelos completamente alternativos al que hoy nos rige. En este sentido me gustaría concluir con una cita (a la cual ya antes he recurrido) de uno de los teóricos culturales más lúcidos y equilibrados, el señor Douglas Rushkoff:

Me da miedo siquiera preguntarlo, pero ¿desde cuándo el desempleo se convirtió en un problema? Entiendo que todos queremos nuestro salario, o al menos queremos dinero. Queremos alimento, techo, vestido y todas esas cosas que el dinero puede adquirir. ¿Pero de verdad queremos empleos? […] La pregunta que tenemos que comenzar a hacernos no es cómo emplearemos a toda esa gente que es reemplazada por la tecnología (en la era digital), sino cómo podemos organizar una sociedad alrededor de algo más allá del empleo.   

 

 

Si el mundo aplaude al presidente de México, ¿peligro?

Por: PijamaSurf Mexico - 07/22/2014

Según un artículo de The New York Times, mientras que el mundo celebra las reformas de Enrique Peña Nieto, los mexicanos huelen negocios internacionales

fmiLos extremosos críticos del libre mercado suelen argumentar que esta apertura beneficia a pocas personas. En México, sin caer en la retórica de las ideologías, los hechos son contundentes: desde que iniciaron las medidas neoliberales más radicales hace 30 años, la pobreza en el país se ha mantenido y el crecimiento económico ha sido irrisorio en comparación a las décadas anteriores .

Las privatizaciones del sector telefónico y bancario en los años 90 no devinieron en  competencia y mejores precios para los consumidores. En el sector carretero se prometieron carreteras de primer mundo gratuitas y hoy, más de 20 años después, continúan siendo un lujo. El discurso de la modernización del país, usado por cierto por el PRI es, desde sus inicios, una demagogia que resulta inverosímil para los mexicanos.

La reforma energética se respira como una facilidad de negocio para los capitales extranjeros petroleros. La de telecomunicaciones, como un favor a Televisa, y el debilitamiento del poder de internet, la reforma financiera, como una simulación mal planteada y entorpecedora para la economía. Un reciente artículo de The New York Times describe cómo, mientras el mundo aplaude a México y sus reformas en el extranjero, internamente la economía ha crecido poco y se viven pinceladas de un peligroso autoritarismo y la sensación de que, precisamente, en el extranjero se aplauden las reformas porque son un negocio para inversionistas de otros países, pero el caudal de bondades jamás caerá en los mexicanos, como la historia lo ha probado.

Según el artículo, Peña Nieto inició con una aprobación oficial de 54% y hoy, a dos años de su mandato, ha disminuido a 37%. Aunque los gobernantes aseguran que el beneficio de las reformas caerá en el bolsillo de los mexicanos en el mediano plazo, los mexicanos rememoran unas décadas atrás, cuando el discurso era el mismo: más competencia, intervención del sector privado, mejores precios. Pero  la pobreza se mantiene…