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¿Cuáles son los países más felices? (Según las sonrisas de Instagram)

AlterCultura

Por: pijamasurf - 03/21/2014

Una peculiar aplicación midió los pixeles de las sonrisas en las fotos de Instagram, y determinó los países más felices

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¿Son las sonrisas el principal indicador de la felicidad? Aunque hay estados que cohabitan en una felicidad prolongada, como la serenidad y la paz con uno mismo, la risa es un referente común de alegría a nivel cultural. La aplicación Jetpac, para conmemorar el día internacional de la felicidad, analizó el tamaño de las sonrisas en Instagram, determinando con esta referencia cuáles son los países más felices.

Jetpac analizó más de 150 millones de fotos subidas desde 6 mil ciudades del mundo. La cantidad de sonrisas que rebasaban un cierto número de pixeles –es decir que excedían un determinado tamaño– fue el factor que definió a las naciones más felices.

El resultado revela que las regiones más alegres son: Sudamérica con 51% de las sonrisas más grandes, seguido de Norteamérica con 29.8%, Oceanía con  25.7%, Sudáfrica obtuvo 24.3%, Europa 23.6, y Asia 22.4%.

El top 10 de los países más felices fueron:

1. Brasil

2. Nicaragua

3. Colombia

4. Bolivia

5. Costa Rica

6. Honduras

7. Venezuela

8. Filipinas

9. Guatemala

10. México

Como cualquier listado, se trata de una aproximación a la realidad. Es importante mencionar que en el mundo el número de usuarios de Internet es limitado, y en mayor medida lo son la cantidad de instagrameros. También hay que reconocer que generalmente subimos a Internet las fotos que nos parece que proyectan una buena imagen de nosotros. Por lo anterior, es evidente que nuestros peores momentos no aparecerán en nuestros perfiles de las redes sociales. El experimento de Jetpac es, eso sí, un interesante ensayo sobre lo que nuestras muecas pueden decir de nosotros mismos, o de la colectividad, si se analizan con atención.

El listado completo.

Federico Erostarbe imagina varios universos posibles dentro de la realidad que día a día habitamos y creamos. Asómate a ellos.

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Hay otros mundos además de este, pistolero

-Stephen King, Primer Tomo de La Torre Oscura

Hay una idea según la cual cada vez que estamos ante una encrucijada, en realidad no hay decisión alguna −no hay discriminación entre uno y otro camino, ni hay camino y no-camino. La razón no es otra que la naturaleza paralela del Universo, en que toda disyuntiva implica un mínimo de dos universos −en un universo tomamos la ruta de la izquierda, en el otro la ruta de la derecha; en un universo asesinaron a Kennedy, en el otro no (y en uno murió asesinado por Lee Harvey Oswald, y en otro por una conspiración global). Más allá de la viabilidad de la idea en sí y de la noción científica de Multiverso, cada vez más presente en el mundo propio de ecuaciones y leyes universales de la Física (y de los cómics), su potencial para la ficción y la poesía es inmenso. Pensar que hay un mundo en que Alemania ganó la Segunda Guerra como imagina Philip K. Dick y que hay caminos entre estos mundos, detectives que siguen los rastros y amores que suceden en simultáneo en todos los universos posibles. Pero usualmente parecemos creer que son encrucijadas de importancia las que exigen la creación de un nuevo universo: el resultado de una guerra, una llamada telefónica (no cualquier llamada, esa llamada), un accidente. Vidas y emociones parecen ser el sacrificio que exige el Cosmos para permitir que la burocracia cuántica inicie los trámites correspondientes y los dos universos: uno en el que hacemos la llamada y otro en el que no, sean realidad, en lugar de potencia.

Esa cantidad imprecisa me molesta. ¿Qué determina que una acción haga posible la conceptualización de otro universo y otra no? Y no es sólo su naturaleza imprecisa lo que me molesta, sino también una propiedad dual completamente innecesaria, fuera de lugar. Hacemos la llamada o no la hacemos. La guerra la gana Estados Unidos o la gana Alemania, cuando en realidad podemos hacer la llamada y quedarnos sin batería −o sin señal. O hacer la llamada y quedarnos en silencio −en un universo por decisión propia, en otro involuntariamente −por miedo, por un recuerdo que nos inmoviliza, por los dos. Y entonces utilizamos en vano el término “infinito”, postulando un supuesto número inconmensurable de mundos que en realidad es un número muy alto y nada más. Si somos fieles a la idea veremos que esta supuesta frontera no tiene razón de ser; además, somos nosotros los que otorgamos la importancia a un acto que carece de relevancia intrínseca. En consecuencia, es fácil hablar de guerras y poemas épicos, pero ¿por qué ellos ameritan un nuevo universo y no las crisis por las que pasé durante mi adolescencia? ¿Y por qué tiene que ser crisis, como las de los cómics de DC o las de mi adolescencias, o esas crisis teóricas que siempre traen una oportunidad, las que creen universos? Volviendo al punto: si somos fieles a la idea, puesto que esta supuesta frontera no tiene razón de ser, toda acción es muchas. Toda acción implica de cierto modo un abanico (grande, de los que se usan en China para hacer Tai-Chi) de acciones y encrucijadas, que se desprenden unas de otras con el tiempo. Como bloques que se desprenden de glaciares, produciendo un ruido que parece un trueno, sí, es como un trueno, pero no hay electricidad, sino hielo.

Una vez, manejando por la ruta, siendo pequeño (digamos que manejaban tus padres), después de ver durante horas las nubes, bajaste la mirada y viste un perro, acostado al costado del camino, sacándose las pulgas. Pero en otro universo no dejaste de ver las nubes, en otro no había perro, en algunos había un canino pero distinto, en otro llovía −en otro las condiciones geológicas se habían alterado drásticamente y nevaba, en varios más ni siquiera había ruta −y en uno último había un perro, sacándose las pulgas, disfrutando del sol al costado del camino, pero no estabas vos. Limitar los universos paralelos a un par de variaciones menores en las que el foco siempre está puesto en nosotros y nuestra cultura es conveniente a una narrativa de acuerdo a la cual el Universo tiene una imaginación muy pobre: en incontables universos no hay vida humana ni planeta Tierra, ni se llevó a cabo la Segunda Guerra (y seguramente, en algún Universo, a mediados de los cincuenta los extraterrestres finalmente hicieron contacto y, para salvarnos de la Guerra Fría crearon un gobierno mundial liderado por Juan Domingo Perón −ese es, después de todo, el argumento de una novela escrita en Argentina por Adolf Eichmann, responsable de la “solución final al problema judío”), en otros tantos los Kennedy fueron igual de irrelevantes que el perro al costado de la ruta.

De nuevo la arbitrariedad, representada por ese término hiriente: “irrelevante”. Porque a nuestro entender parece natural que una elección presidencial en Estados Unidos genere por partenogénesis un universo idéntico al anterior sólo que con una pequeña diferencia: ganó Al Gore. Ganaron los demócratas, por lo tanto un nuevo universo, con un planeta Tierra perdido en un eco de materia oscura y radiación a la cual la postura con respecto a las tecnologías verdes y los derechos civiles le importan tan poco como la novela que nunca llegó a publicar Adolf Eichmann, o el perro (a estas alturas famoso) que nos cruzamos en el camino. Nada tiene que ver la importancia de un hecho con los universos que pueda implicar −incontables, infinitos universos fueron creados en tan sólo el planeta que habitamos, desde que alberga vida (y en algunos universos la vida en la Tierra surgió por panspermia, en otros no, en otros nunca llegó a desarrollarse y en este seguimos esperando la aparición de vida inteligente). Como el viento en un bosque, en el que universos brotan en las raíces de los árboles después de una lluvia −y mientras los universos crecen, el viento mueve ligeramente las copas de los árboles, que son palabras. Y los bosques son poemas, novelas. El ecosistema: la escritura.

Porque escribir es una maquinaria gigante que crea estadios y estadios de universos. Escribir es crear, es discernir y es volver atrás y modificar, borrar y recrear. A grandes rasgos, escribir es crear: hay un producto, una idea, a la que le ponemos un moño y ubicamos para que todos la vean, un universo. Pero el proceso que condujo hacia ese mundo dio nacimiento a una cantidad industrial de mundos, breves en su gestación pero cuyos orígenes se remontan a las mismas épocas mitológicas del Big Bang que compartimos. Un poema, o un post en un blog, un texto como este, que escribo y reescribo: noto un error tipográfico y lo corrijo, cambio un punto por una coma, me detengo. Miro un párrafo, elijo un punto y lo separo, creo de manera consciente una separación y una oración queda en el vacío entre dos párrafos pero sólo durante unos segundos en los que pasa a ser parte del párrafo siguiente. Vuelvo a escribir y vuelvo a borrar y no puedo dejar de prestar atención a una palabra que resalta la aplicación que corre sobre OS X porque no la reconoce aunque existe (por lo menos en este universo). Tipeo, espero, borro y vuelvo a escribir y mientras lo hago cambio una palabra por otra, un género, un sustantivo. Y con cada palabra, que es una entre un bosque de palabras, creo un nuevo universo, en que activistas luchan por la neutralidad de la red y los gatos se muestran indiferentes ante sus dueños aunque los aprecien en secreto.

Un universo en que habrá elecciones presidenciales definitorias dentro de poco tiempo y en el que se tomarán infinidad de decisiones: no sólo por parte nuestra, un grupo domesticado y evolucionado de homínidos que desarrolló una mutación curiosa denominada conciencia, sino de todo tipo de mamíferos, reptiles de sangre fría y accidentes biológicos. Y Lee Harvey Oswald, Adolf Eichmann y Al Gore terminan siendo igual de irrelevantes que un fragmento de cuarzo del tamaño de la palma de una mano enterrado a medias en un cerro visitado por turistas, o un hongo que nace o un bloque que se desprende de un glaciar o un trueno o una palabra, cualquiera palabra, de la Epopeya de Gilgamesh a la obra de Proust a todos los posts escritos en blogs, masivos como supernovas de papel devenidas en narrativa digital o inacabados, inconclusos y sin lectores en un mundo en que el lector completa la palabra: leyéndola, en voz baja, pensándola. Recreándola, regándola (sacándole los yuyos y cuidando la humedad de la tierra), forma parte del mismo proceso: una relectura, una interpretación y una reinterpretación. El acto de subrayar, o copiar una frase para compartirla por Twitter, agregándole comillas al inicio y al final, quitándole una parte para que entre en ciento cuarenta caracteres −una frase en lugar de otra, cortada de cierta manera, en una red social en lugar de otra, desde un determinado sistema operativo. En un universo que es un bosque de universos.

Twitter del autor: @ferostabio