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Un modelo de cliodinámica basado en el Big Data sugiere que la guerra es la causa de la evolución social compleja, dando pie a la formación de ciudades, gobiernos y demás estructuras sociales.

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Generalmente se considera que la agricultura fue la principal razón por la cual las sociedades primitivas evolucionaron y se fueron estableciendo para formar ciudades, gobiernos y demás costumbres propias de la civilización. Pero un  nuevo estudio que se desprende de una rama novedosa de la ciencia, conocida como cliodinámica, sugiere que en realidad el principal motor de esta evolución social es la guerra.

La cliodinámica es una disciplina creada por Peter Turchin hace una década y se basa en el uso de la información (el big data), como medio para predecir el futuro y también para poner a prueba teorías de lo que sucedió en el pasado. Este movimiiento de "data geeks", como lo llama Wired, ha puesto a prueba recientemente la ida de que los estados son el resultado de la agricultura.

La historia que casi todos consumimos en la escuela decía que los humanos eran cazadores-recolectores que vivían en sociedades relativamente simples, hasta que evolucionaron a sociedades más complejas, en las que se implementó cooperación a gran escala y se desarrollaron gobiernos, educación, ejércitos, etc. Fue, según esta versión, el excedente generado por la agricultura el que liberó a las personas para poder dedicarse a otras tareas. En su trabajo publicado en el Proceedings of the National Academy of Sciences, Turchin, analizando enormes cantidades de información, intenta responder a la pregunta de qué fue lo que permitió este salto evolutivo en términos sociales y de cuáles fueron las normas que permitieron a las sociedades extenderse a millones de personas... y las respuestas que obtiene difieren del modelo estándar de la historia.

"La competencia entre sociedades, la cual históricamente ha tomado la forma de la guerra, es lo que motiva la evolución de las sociedades complejas", señala Turchin

Para llegar a esta inferencia, Turchin diseñó dos modelos matemáticos para predecir el esparcimiento de las sociedades complejas. Uno se basó en la agricultura, la ecología y la geografía y el otro incluye tres factores más y la guerra. Luego se correlacionó información de atlas históricos para determinar cual de estos modelos correspondía a la forma en la que diferentes estados e imperios evolucionaron. El modelo de la guerra predijo en cerca de un 65%  la variación histórica entre los años 1500 A.C. y 1500 D.C., mientras que el modelo  de agricultura predijo sólo el 16% de esta variación.

Turchin advierte que la agricultura también es parte importante de cómo evolucionan las sociedades complejas, y planea un nuevo estudio en el que se tome en cuenta también información económica e ideológica, notando que la competencia ideológica y económica moldeó en buena medida la evolución de las socieades de Estados Unidos y la Unión Soviética en la "Guerra Fría". Pero más allá de esto, la guerra parece ser el indicador principal en la dinamización de la evolución social compleja.

Los datos hallados por Turchin son polémicos en tanto a la ideología dominante que difícilmente aceptará asociar la guerra con lo evolutivo y que, tal vez de manera, eso sí, evolutiva busca librarse de la guerra como un fin para la paz o como parte intrínseca de la naturaleza humana. Pero tampoco son fáciles de refutar.

Ideas similares han sido ligadas al nazismo. Por ejemplo el filósofo Oswald Spengler escribió:

Cuando los pensadores individuales y los idealistas hablan de paz, como lo han hecho de tiempos inmemoriales, el efecto es negligente. Pero cuando toda una sociedad se vuelve pacifista es el síntoma de la senectud. Razas fuertes y con recursos, no son pacifistas. Adoptar una posición así, es abandonar el futuro, por lo que el ideal pacifista es una condición terminal que se contrapone a los hechos básicos de la existencia. Mientras el hombre siga evolucionando, habrán guerras.

Puede ser un exceso creer que la guerra es algo positivo o incluso creativo (aunque es indudable que la evolución no habla de moral); pero no resulta tan radical si consideramos más que a la "guerra", al "conflicto" como el acelerador de cambio o el motor de innovación y transformación. Lo podemos ver ciertamente en nuestras vidas personales, ¿acaso hay algo que nos transforme tanto, que nos motive a cambiar y a cruzar una frontera en nuestra personalidad como un conflicto? Es parte del pathos del hombre que al exigirle y al ponerle a prueba, al encontrarse en una situación al límite, es cuando mayores fuerzas consigue producir. Algo similar puede suceder con la guerra en diversos aspectos. Por una parte los individuos que se ven forzados a vivir y logran sobrevivir una guerra, se ven seriamente afectados y seguramente estarán motivados a hacer cambios --por ejemplo la sociedad alemana moderna, como herencia de haber vivido la guerra yel nazismo, es una de las más inclusivas y tolerantes de la actualidad. Por otro lado, la misma destrucción literalmente hace necesaria la creación de nuevas estructuras, de un nuevo orden --y acaso com efecto secundario permite a la mente nuevas formas de pensamiento, al aniquilar el pasiaje previo, que es también un paisaje mental (claro que esto ocurre sólo cuando la losa no es demsaido pesada, cuando las personas no viven en condiciones tan precarias que su mismo funcionamiento mental está puesto en entredicho por la falta de recursos básicos). Dioses como Shiva o Kali, o  el mismo  Tezcaltlipoca y el egipcio Set, ligados a la destrucción y a la subversión del orden establecido, son parte indispanesable del orden dinámico del existencia: es la danza de los opuestos lo que es verdaderamente creativo y evolutivo, y entre estos opuestos no habría que excluir a la guerra y a la paz.

La guerra como motor de evolución social, seguramente no será un concepto popular según los paradigmas morales de nuestra época, pero no por ello deja de ser fascinante y motivo de introspección de la psique humano.

[Wired]

Twitter del autor: @alepholo

En esta ocasión Pablo Doberti nos habla del proceso creativo, la traducción y la escuela.

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Borges también nos dejó aquella idea de que la traducción mejora el original. 

Se puede leer como una provocación genial, y lo es, pero en Borges no acaba ahí. La tesis que está por debajo de esa máxima es sólida y le da complejidad y entidad.

El proceso creativo es, por definición, errático y conlleva una cuota razonable de azar y de capricho. En la creación, las cosas no siempre son porque así deben ser; simplemente, muchas veces, las cosas son porque son. El verso duodécimo del poema; el final de aquella novela; la inesperada reacción del héroe en el capítulo XXII. Simplemente, el autor, en la soledad de la creación, juzgó –quiso, se antojó de– que así debería ser.

En la traducción, no. El traductor (como la novela policial de enigma, decía Borges) aprieta la causalidad. Todas las decisiones del traductor tienen una razón de ser, responden a un conjunto articulado y explícito de premisas. Por eso es que mejora el original, porque le encuentra causa al azar, justificación al capricho, sentido al error, motivo a todo.

La enunciación más general de todo esto y que nos interesa para esta nota es que las experiencias, inexorablemente, se sistematizan a posteriori. Nadie crea como si tradujera, ni nadie traduce como si creara. En la creación, el autor trabaja con la inestabilidad de la página en blanco, expuesta a sus vacilaciones, a las turbulencias del no saber hacia dónde, a la ansiedad de no tener certeza de si será. El autor corta, mata a ciegas y orientado apenas por la brújula de su intuición creativa. En la traducción, por el contrario, todo es más cierto, más necesario, menos azaroso, menos intuitivo, más sesudo y menos glamuroso.

Así son el a priori y el a posteriori de las experiencias, siempre. Cuando voy de ida, voy a tientas y juego, y gozo y padezco de la ansiedad de la incertidumbre creativa. Cuando vuelvo, vuelvo seguro, más serio, menos audaz, más confiado, con menos angustia existencial, con esa relación garantizada entre esfuerzo y producción. No hay una mejor que la otra, creación y traducción, pero son diferentes.

Vamos a llevar ahora todo este marco conceptual a nuestro terreno.

Cuando proponemos pensar la escuela debemos plantearnos si pensarla como el que la está creando o como el que la está traduciendo. Quiero decir, preguntarnos si está escrita o hay que escribirla. Yo creo que debemos reescribir la escuela, que es conceptualmente lo mismo que escribirla y bien diferente a volver a traducirla. 

Pero solemos confundir las instancias.

El traductor trabaja bajo la sombra pesada del traduttore-traditore. Opera buscando honrar el antecedente. El escritor, en cambio, hinca el diente en la tradición para alterarla, para reconducirla, para matarla –en alguna medida. Su creación depende de su capacidad de sacudirse el estereotipo al que la pura tradición lo conduce (la repetición de la fórmula de género). Tiene que matar al padre, nos diría Freud. El traductor, en cambio, lo canoniza.

Si nos obstinamos en ser meros traductores de la escuela que nos precede, acabaremos alienados, porque nuestra traducción ya no mejora, sino que tan solo repite. La escuela vieja está cansada de tanto pulimiento; ya no hay cómo sacarle brillo. Debemos refundirla. Reescribirla, tomándonos los derechos propios de la creación: derecho a la incertidumbre, al capricho, al desconocimiento, a la angustia, a la incertidumbre en general y la inestabilidad estructural. En ese marco y bajo esas pasiones es que vamos a desarrollar la escuela nueva.

Claro, no es fácil. No estamos muy preparados para eso. Nos gusta trabajar bajo el aura “científica” seria del traductor, que tiene una dosis mucho más alta de sudor que de inspiración y anda más seguro y “eficiente” por la vida. Nos exigen esa seguridad de justificación propia del a posteriori y no soportan de nosotros (las familias, la prensa y la sociedad en general) que no estemos seguros, que nos confundamos, que andemos a tientas, que probemos, que erremos, que neguemos tradiciones, que arriesguemos, que digamos que no sabemos y que no sepamos. No soportan que nos gobierne la angustia carismática de la creación y nos acaban confinando a la seguridad un poco aplastada propia de la rutinaria traducción.

Pero Borges nos vuelve a salvar. Para que el traductor respire y viva necesita recuperar sus derechos perdidos. Para el caso, no los mismos que los del creador, sino los del apretar causalidades, de inyectar razones donde sólo hay ocasiones, y en general, el de inyectar poética en todo y para todo.

“Tuvimos la experiencia, pero no su sentido. Con el sentido, reinstalamos la experiencia”, nos decía Eliot. Solo entenderemos la escuela que vamos a inventarnos a partir de la escuela que efectivamente inventemos. No hay otra manera. La experiencia nueva reabre el proceso se resignificación. Por eso debemos soportar el tanteo, la inestabilidad. Son propias de la cruzada que estamos emprendiendo. Si a la escuela nueva le negamos su derecho a desconocerse como sentido y su derecho a sondear su propia experiencia nueva, no la dejaremos nacer. Insisto: no hay manera.

Desconocernos para reconocernos, a posteriori, a partir de lo que sucede con nuestro desconocimiento. Creación. Luego -como siempre-, las múltiples y posteriores traducciones de esa escuela nueva la irán puliendo otra vez, apretándola en su renovada causalidad, justificándola. Volviéndola tan seria como la quieren y tan sólida como la necesitamos.

Pero después. Si no, si no tenemos un antes y no lo tenemos deshilvanado, errático, tentativo e intuitivo, no lo tendremos; es decir, no tendremos nuestra escuela nueva. Nos toca entregarnos de cuerpo y alma al proceso creativo del poeta genial y un poco loco. La cátedra (luego) lo traducirá y lo discutirá por años y por siglos, y acabará canonizándolo. Imaginemos a Poe, si queremos imaginarnos a alguno. Nosotros, los agentes de la escuela nueva, no somos hoy el actual Poe, celebrado, pulido y arrumbado; somos aquel Edgar Allan Poe, enloquecido, vivo, vagabundo y genial que anduviera por los Estados Unidos incipientes, alucinándose, callado y en las sombras.

Twitter del autor: @dobertipablo

Sitio del autor: pablodoberti.com

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