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La tristeza ha conocido distintas formas y maneras de comprenderla, dos de las cuales han sido la melancolía y la depresión, que aun teniendo semejanzas, se distinguen quizá por la necesidad de crear que, pese a todo, pervive en el triste.
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Jorkew / flickr

¿Cuándo nació la tristeza? ¿Dónde? ¿Cómo? ¿Con qué fin? ¿En qué momento surgió la primera persona triste de la especie humana? No parece fácil responder, y tampoco sé si sea importante. Ese, justo, me parece uno de los mayores riesgos de la tristeza: la atractiva tentación de solazarse en ella, de convertirla en una zona de confort, una circunstancia propicia para la autocomplacencia.

Con todo, sí es posible seguir sus transformaciones a lo largo de la historia de la cultura humana, o por lo menos de la cultura occidental, eurocéntrica, que predomina en las estructuras conceptuales a partir de las cuales la entendemos, tanto en sentido teórico como en la práctica cotidiana. La tristeza, efectuado una reducción discursiva brutal, fruto de mi propia ignorancia, ha conocido en esta historia al menos dos grandes manifestaciones: la melancolía y la depresión.

La primera, como sabemos, posee eso que el lugar común culto llama “rancio abolengo”. Al menos desde Aristóteles se le ha dado categoría de temperamento y, lo que se considera más significativo, se le asocia con ese otro lugar común que es el “genio creador”. “¿Por qué todos los hombres que han sobresalido en filosofía, política, poesía o artes parecen ser de temperamento dominado por la bilis negra […]?”, escribió Aristóteles al inicio de su conocido Problema XXX (cuya autoría, dicho sea de paso, algunos disputan), inaugurando esta atribución un tanto grandilocuente (pero acaso justa) para los melancólicos, los nacidos “bajo el signo de Saturno”, “la estrella de revolución más lenta, el planeta de las desviaciones y las demoras” (Benjamin).

Por otro lado, la depresión, una idea de origen médico, psiquiátrico, que por esto mismo surgió con la consigna de curar y corregir, de devolver a la normalidad sin considerar otras causas más allá las deficiencias visibles, evidentes.

Pero más allá de las autoridades, ¿qué improntas culturales tenemos cuando pensamos en los melancólicos y los depresivos? Yo, por lo menos, en el caso de los primeros, pienso de inmediato en Mahler y en Walter Benjamin, quizá en Góngora, en Susan Sontag, más recientemente en Tomás Segovia, y quizá en algunos más, artistas casi todos. Del depresivo, en cambio, tengo la imagen de una persona que pasa casi todo el día en su habitación, en su cama, sin ánimo de levantarse, sin ganas de comer ni de tomar un baño, realizando estas y otras actividades cotidianas elementales mecánicamente, solo porque tienen que hacerse.

Ambos, en estas imágenes (que quizá algo tienen de prejuicio), comparten semejanzas pero también tienen diferencias radicales. Entre las semejanzas, la tristeza esencial frente a la vida, el mundo como un lugar irremediablemente hostil del cual es necesario protegerse, siempre, en todo momento. Entre las diferencias, una de la que me permitiré abundar enfocándome en los melancólicos.

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Pienso que la melancolía también posee este sentido trágico de la vida. Los melancólicos, como los depresivos, también piensan que la existencia es, más que nada, sufrimiento, pesar, dolor, que esa es la norma. Sin embargo, lo enigmático de los melancólicos es que paralelamente sienten un gran amor por esa misma existencia, me permito decir que incluso cierta inclinación por celebrarla. Y digo enigmático porque no puedo explicarme dicha contradicción. Pienso ahora que quizá se deba a que el melancólico sabe que, después de todo, el sufrimiento de la vida no es absoluto, que la regla permite esas excepciones ocasionales que conocemos como felicidad y alegría. Pero incluso si esta no es la explicación, me parece innegable que a la melancolía se le encuentra casi siempre acompañada por un paradójicamente inquebrantable impulso vital. El melancólico sufre, todo el tiempo, pero también todo el tiempo quiere vivir. En cierto sentido su sufrimiento no lo hace sufrir (al menos no como los otros creerían) porque su sufrimiento lo mantiene vivo.

Ahí, sigo conjeturando, es donde reside también la voluntad creadora. La necesidad de vivir (pese a todo) es, visto de otra manera, la renuencia a dejarse vencer por la muerte, a sucumbir y entregarse. Entonces, crear. Entonces, escribir una sinfonía o un poema o emprender un proyecto desaforado que de antemano se sabe imposible (El libro de los pasajes). Entonces, persistir.

Tal vez soy injusto con quienes han aceptado para sí la categoría de la depresión, el discurso social contemporáneo en torno a esta. Tal vez ellos también creen de otras maneras que hasta ahora no he considerado. No lo sé. Quisiera que así fuera. Que en esto esté equivocado.

Cuenta Murakami en su peculiar libro sobre su experiencia como corredor, que cuando recién se inició en los maratones adoptó un mantra que le permitía no pensar en el cansancio o la aparente desmesura de la carrera: “El dolor es inevitable, el sufrimiento es opcional”.

En el caso de la tristeza podríamos decir que esta es inevitable, no así el relato que de ella elegimos contarnos para incluirla en esa fabulación más amplia que llamamos existencia.

También en Pijama Surf: La vida es miseria y sufrimiento (y hay que aceptarlo para poder disfrutar de ella)

Twitter del autor: @saturnesco

Libros de Michel Foucault digitalizados y listos para descargar (Biblioteca Pijama Surf)

Arte

Por: pijamasurf - 08/12/2013

Un nuevo post de nuestra serie Biblioteca Pijama Surf: libros del gran Michel Foucault en formato PDF y listos para descargar, un autor de lectura imprescindible para entender los mecanismos por los que el Poder se cuela a nuestro pensamiento y nuestras acciones.

Michel Foucault fue uno de los pensadores más importantes del siglo XX, alguien a quien podría caracterizarse como teórico del poder, un iconoclasta que supo señalar los mecanismos sutiles por los cuales la dominación, la sujeción, la corrección, la disciplina, la vigilancia y otras manifestaciones del control funcionan en nuestra vida, individual y socialmente, incluso o sobre todo ahí donde menos presentes los creemos.

Las ideas de Foucault han tenido eco especialmente en disciplinas como la sociología y la historia y, en menor medida, en la ciencia política y la teoría literaria, un abanico un tanto amplio que da cuenta, por un lado, de la curiosidad intelectual del francés pero sobre todo de su fidelidad a un puñado de aspectos o fenómenos de la vida social.

Aunque en su bibliografía cuenta con ensayos dedicados, por ejemplo, al enigmático Raymond Roussel o a las inquietantes pinturas de Magritte, cuando se compara estas que podrían parecer “excentricidades” con otros de sus títulos más emblemáticos (Vigilar y castigar o su Historia de la sexualidad) se descubre el hilo conductor de una pregunta constante sobre los caminos que sigue la configuración de una manera específica de pensar, una episteme, pero no en sentido filosófico, sino social: ¿quién y cómo se decide que pensemos de la forma en que pensamos para que actuemos como actuamos?

Esa fue sin duda una de las grandes provocaciones de Foucault: evidenciar que el saber es indisociable del Poder, que este determina (tanto como puede) los saberes que se privilegian y los que se excluyen, que incluso en esos campos que se tienen como las más asépticas, las más positivas, las más ajenas a los mecanismos del poder, ahí también extiende su dominio, condicionando simultáneamente la formación de los individuos.

Por último cabe mencionar que para nosotros los hispanohablantes es una fortuna que Foucault haya contado con distinguidos traductores, entre los que destacan los poetas Elsa Cecilia Frost y Tomás Segovia, además de otros igual de admirables como Aurelio Garzón del Camino o Martí Soler, autores todos de versiones que conservan el singular estilo del pensador francés, que mucho tenía de literario y vanguardista, con esa sensibilidad y respeto hacia el texto que tanto distinguió a otros escritores de su generación.

Sin más, compartimos a continuación estos libros en formato PDF, encontrados en diversos sitios de Internet, de un autor de lectura imprescindible.

Historia de la locura en la época clásica I

Historia de la locura en la época clásica II

Historia de la locura en la época clásica III

 

Raymond Roussel

 

Las palabras y las cosas

 

El orden del discurso

Esto no es una pipa

 

Vigilar y castigar

Historia de la sexualidad I

Historia de la sexualidad II

Historia de la sexualidad III

La verdad y las formas jurídicas