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Surf Open Acapulco: El surfista como anfibio (FOTOS)

Por: Javier Raya - 07/06/2013

Ya en la recta final de la competencia y cercados por el mal clima, los asistentes al Surf Open Acapulco ven desde tierra firme a los surfistas que, pase lo que pase, siguen entre las olas.
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Tim Reyes
(Foto: Edwin Morales)

En este par de días que llevamos viendo a los surfistas (“surfos”, en la jerga de los más familiarizados) entrar y salir de las olas he pensado que son como de una especie aparte: no son propiamente humanos sino anfibios. Es decir, uno no puede simplemente decidir que quiere ser surfista, buscar una tabla y llegar a una playa a montar olas. Es algo, por así decirlo, más bien biológico.

Me convencí de ello durante la comida de hoy. El mal clima que nos recibió desde el jueves se agudizó durante la noche, y las competencias que debían comenzar hoy viernes, a las 6 am, fueron pospuestas hasta que las aguas se calmaran un poco. Las semifinales se llevaron a cabo en un mar picado, revuelto y casi negro, con olas que parecen una baraja de espuma, y con corrientes sumamente peligrosas incluso para los riders profesionales. Hay que ser suicida o surfista para atreverse a esas olas tan pesadas que caen como martillos sobre la espalda; hay que ser de una especie diferente, mitad humano y mitad pez.

Hablábamos de eso con Tania Miranda, PR de Vans, que comía con un surfista cuando llegué al restaurante. Desde la terraza del restaurante podíamos ver el horizonte quebrado y gris, las crestas de la ola, montañas de agua revuelta y aún muchos surfistas tratando de montarlas.

Foto de Jaime Fernández

Foto de Jaime Fernández

Le pregunté al surfista de la mesa su opinión sobre el peligro de nadar en aguas así, peligro que para mí era evidente. Contestó que el único problema que veía era que surfear en olas tan bravas con mal tiempo requiere un esfuerzo físico extra. “Te cansas más”, me dijo. “Tienes que nadar más fuerte, pero en sí las olas están increíbles.”

Después de todo muchos de los riders de la competencia llevan días entrando y saliendo del agua, tratando de hacerse un lugar en la tabla de finalistas, y para este momento están cansados y necesitan cuidar sus reservas de energía. Y con este clima es más que normal que necesiten un poco de descanso. 

Les conté que me metí un rato al mar antes de ir a comer. No fue una sabia decisión: aunque puedo nadar aceptablemente bien el mar no está para amateurs este viernes. Tragué demasiada agua y aún sentía restos de arena entre los dientes mientras comía. El surfo me contó que lo peor era “cuando tragas pura espuma. Se te cierran la branquia, aquí”, dijo, señalándose la garganta, “y es como si te estuvieras ahogando de pronto; pero así como se te cierra se vuelve a abrir solita.”

El que se refiriera a la garganta como a una “branquia” me hizo sospechar. Los peces tienen branquias, pero él parecía, al menos a primera vista, un hombre.

Además de por la tabla uno reconoce a las y los surfistas por el color de la piel, más quemado de lo normal, como caramelo, y los extraños rayos rubios que tienen en el cabello. Parecen tallados directamente en madera y me dan la impresión de ser de una sola pieza, mientras que los humanos "normales" como nosotros parecemos hechos de piezas. Supongo que es lo que pasa con el cuerpo de los deportistas: una conciencia de su función recorre cada uno de sus movimientos; el cuerpo piensa por sí mismo.

Ayer estuve jugando con esa idea, tratando de descubrir a los surfistas sin tabla entre la gente que va y viene dentro del hotel, buscando en qué entretenerse debido a que la playa es demasiado peligrosa y las albercas están cerradas por la lluvia. Por eso se me ocurrió que no era tan descabellado pensar a los atletas desde otros parámetros (el filósofo Michel Serres tiene un libro maravilloso sobre los alpinistas), pues como todo deportista de alto rendimiento, los surfos no entran dentro de los parámetros del cuerpo humano “normal”: necesitan dietas especiales y su vida transcurre entre el agua y la arena, lo que poco a poco debe modificar además de su piel, sus músculos y sus huesos, su respiración; y aquí —con el asunto de la “branquia”— tenía una comprobación directa: se trata de sirenas y tritones, no de hombres y mujeres. Uno podría incluso decir que respiran mejor dentro del agua que aquí afuera, sobre tierra firme.

Foto de Jaime Fernández

Foto de Jaime Fernández

Pero las diferencias entre surfistas y personas (razonablemente) normales no termina ahí, pues sus mentes también funcionan con otras reglas.

Mientras el surfista vaciaba un enorme plato de pasta, frijoles y arroz, nos contaba tranquilamente que los tiburones son menos peligrosos de lo que se piensa. “Es más fácil que te atropellen en la ciudad o que te roben a que un tiburón te agarre. Además uno casi nunca sabe cuando hay tiburones. Al tiburón no lo ves nunca. No se te anuncia”, nos contaba. “Sabes que ahí anda cuando ves focas cerca. Si ves focas, seguro anda un tiburón por ahí dando vueltas. Seguro ahorita por aquí hay uno, pero no lo vemos. No hay problema cuando son chiquitos, de 1 o 2 metros. El problema es cuando son más grandes; esos son de los que te sacan un pie antes de que te des cuenta.”

Más por cortesía que por la pinta de surfista que no tengo, me preguntó si yo surfeaba. Le conté que hice tabla corta en la adolescencia. En realidad mi única aventura fue cuando me zafé un hombro, así de malo era en este deporte. Estaba cansado de haber nadado todo el día y antes de irme decidí montar una ola más. Con esa frase, el surfo reaccionó. "Una ola más". Mostró una enorme sonrisa cómplice, casi infantil. Le pregunté si él hacía caso de esas precauciones, de no nadar en el mar con lluvia o con marea picada. “No”, respondió. “Esas son las mejores olas.”

A diferencia de los niños que juegan con pelotas o que hacen deportes en tierra, los niños de la playa crecen como este surfo, con el mar en el traspatio de la casa. No importa si llueve, truena o relampaguea: el mar también tiene sus ciclos y ellos aman el mar, no importa cómo se les presente. El problema es para los organizadores de la competencia que tienen que arreglar los desperfectos de la logística que la tormenta les pone enfrente —retrasos en las competencias, mudar las actividades de playa a los interiores, esperar y esperar a ver si el sol se aparece entre tanta grisura. Así se ve que efectivamente, al menos en el Surf Open Aca, hay una tajante división entre dos tipos de personas: los mortales, que estamos secos y a resguardo de la lluvia, y los surfistas, que están donde deben estar, entre las olas.

El surfista fue muy agradable durante la comida, y cuando se fue a descansar a su cuarto reparé en que no tuve la cortesía de preguntarle su nombre durante la charla. Quedamos para hacer una clase informal de surf mañana temprano, si el clima mejora. Según él, surfear con tabla larga es incluso más fácil que patinar sobre concreto. Yo diría que el concreto —a menos que haya un terremoto— no se mueve, pero él es el profesional, al final. Le pregunté a Tania que quién era el surfo. “Diego Cadena, sobre el que escribiste ayer.”

Pensé que tal vez uno no reconocería a un tiburón si no lo ve rodeado de agua. Fuera del mar los surfistas tratan de parecerse a los humanos. Se sientan y se ponen a comer. No sé, tal vez estoy idealizando de más. Pero en el fondo —o en la superficie, que es al final donde se balancean los surfistas sobre el mar— a mí no me engañan: sospecho que los surfistas van nadando incluso mientras caminan. Son anfibios. Qué otra cosa podrían hacer.

Foto de Edwin Morales

Foto de Edwin Morales

Sobre la responsabilidad de ser (la geometría sagrada como catalizador de conciencia)

Por: Mitsy Ferrant - 07/06/2013

Con toda la información y herramientas disponibles hoy, es impensable ya seguir perdiendo el tiempo desconectados de nuestra esencia.

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“Las características esenciales de la interconexión cuántica,

son que el universo entero está de alguna manera envuelto en cada cosa

y que cada cosa está envuelta en el todo.”

David Bohm 

En el principio había proporción: logos.

Vivimos en un universo de espejos y fractales ­–todo se desdobla constantemente e infinitamente, permeado por la matemática de la armonía. Existimos en la Matrix y su código es la Geometría Sagrada –“desdoblamiento fractalizado de todo desde la Unidad y la reconexión resonante de las partes de vuelta hacia la Unidad” (Scott A Olsen). Todos y todo constantemente buscando reconectar con la esencia desde el principio de la existencia –la iluminación como última meta de la humanidad 

La matemática de la Naturaleza y del cosmos permea todos los aspectos de la vida –la física, la biología, la tabla de los elementos, la física mecánica y cuántica, la tecnología digital, nuestro DNA. De hecho, según Olsen, “la vida podría ser el resultado de la resonancia entre lo Divino (la Unidad) y la naturaleza (las partes), exquisitamente afinados por las asombrosas propiedades fractales de la proporción áurea, dando lugar a estados de conciencia más inclusivos”. Existen recordatorios sincrónicos por todos lados –en la naturaleza, en las construcciones sagradas, en los textos antiguos y en los religiosos, en el ocultismo, la alquimia, en la física cuántica y en los estados de conciencia alterados. Todo está ahí, infinitas posibilidades en eterno desdoblamiento armónico.

René Adolphe Schwaller de Lubicz, ocultista francés muerto en 1961, afirmaba que “el número áureo (phi) no es producto de la imaginación matemática, es el principio natural de las leyes del equilibrio”. Mientras que en India, los Mahatma decían solo reconocer una ley en el universo, la ley de la harmonía, del equilibrio perfecto. Siempre lo hemos sabido a lo largo de los tiempos, se nos ha dicho en todos los lenguajes posibles, la clave está en observar a la Madre Natura… “Como es arriba, es abajo. Como es afuera, es adentro”

De acuerdo al propio Olsen, “Entender la ley del equilibrio, observar la proporción áurea y su reciprocidad no sólo revela la realidad de la naturaleza misma pero también le permite a la humanidad participar conscientemente en la metamorfosis o auto-transformación de la Unidad. Esta es la esencia de la alquimia, y por lo tanto de la religión misma”. Desde que se tiene registro, el ser humano ha intentado descifrar este código, presintiendo que a través de este acercamiento se puede alcanzar un estado de conciencia supremo que nos vuelve uno con la Unidad a partir de la cual florecemos. Y paralelamente, los que han podido descifrar el código y alcanzar estados de conciencia cósmicos, nos han ido compartiendo pistas que mapean los posibles caminos.

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Platón fue tejiendo los códigos en sus textos, y el teorema de Pitágoras es una de las bases de la Geometría Sagrada. En el budismo la meta es alcanzar, a través de la meditación, Samadhi, un estado de conciencia plena, omnipresente, donde el yo se disuelve en luz y éxtasis. En palabras del Dr Edgar Mitchell “en el estado de Samadhi, la mayoría de la mente y del cuerpo está en un estado básico de resonancia con el campo del punto Cero. El resultado es un estado puro de conciencia y la perdida del sentido del yo. 

Por su parte, las tradiciones indígenas del mundo escogieron el uso de ciertas plantas medicinales o sustancias naturales –como el Peyote, el Yopo, la Ayuahuasca y la medicina del Otac– como puentes para alcanzar este estado de conciencia supremo. En muchas ceremonias también se usan instrumentos y cantos  para crear vibraciones que faciliten la disolución de la Matrix. Todo toma forma a través de la resonancia. Todo se mueve a través de frecuencias moduladas –todo es energía. Madame Blavatsky nos dice “a los átomos se les llama vibración en el ocultismo”… Sincronizamos, conectamos y multiplicamos a través de la resonancia, espejeando, fractalizando… siempre buscando regresar a la fuente. 

Cuando se habla de un mundo creado por resonancias, es imposible no pensar en nuestro rol dentro de su configuración, en la responsabilidad que tenemos sobre las vibraciones que emanamos. Rupert Sheldrake nos habla de la existencia de campos morfogenéticos –campos de información compartida que le dan forma a nuestra realidad. “La resonancia mórfica es un principio de memoria en la naturaleza. Un aspecto importante de la resonancia mórfica es que estamos interconectados con otros miembros de un grupo social. Los individuos dentro de un grupo social más grande y los mismos  grupos sociales más grandes tienen su propio campo mórfico, sus patrones de organización. Lo mismo aplica para los humano. Lo que haces, lo que dices y lo que piensas puede influir a otra persona por resonancia mórfica. Así que somos más responsables de nuestras acciones, palabras y pensamientos bajo este principio que lo seríamos de otra forma. No hay un filtro inmoral en la resonancia mórfica, lo que significa que debemos ser más cuidadosos de lo que estamos pensando si es que nos importa el efecto que tenemos en los demás.”

Somos enteramente responsables de nuestro escenario, en el fondo lo sabemos y supimos siempre, y ahí entra la responsabilidad de ser. Somos parte de este engranaje Divino, causa y consecuencia de nuestra realidad. Somos antenas amplificadoras, cuando reconectamos con nuestra esencia entramos en resonancia con las relaciones que rigen a la Naturaleza –nos desintegramos, tomamos conciencia de que somos uno con el todo. No importa cómo, cada quien tiene el derecho, y la obligación, de escoger su camino para acercarse a ese estado –a la fuente de donde todo proviene.

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Omraam Mikhaël Aïvanhov, filósofo francés de origen búlgaro, nos recuerda "Gradualmente, a medida que nuestra percepción de la Naturaleza cambia, cambiamos nuestro Destino."

Con toda la información y herramientas a nuestro alcance, con el escenario contemporáneo que estamos experimentando, es impensable ya seguir perdiendo el tiempo desconectados de nuestra esencia, culpando a factores externos de nuestra realidad, congelados, esperando a que todo se siga dando sin nuestra participación consciente. Es tiempo de asumir la responsabilidad de ser. Somos parte de la ingeniería Divina, y “mientras no sepamos como plantar nuestros pensamientos y nuestras emociones, no tenemos ni idea de lo que es la verdadera multiplicidad” advierte Aïnvanhov.

Podemos meditar, hacer yoga, observar y acercarnos a Sofía, cantar, bailar, estudiar y practicar la Geometría Sagrada, y/o usar sustancias naturales … la clave está en observarte, conocerte, re-conocerte en la Unidad y generarte estados alterados de conciencia que te permitan moldear, a través de vibraciones, un escenario que en realidad resuene con tu esencia más intima y pura. Somos energía, somos resonancia. O en palabras del Dr Octavio Rettig Hinojosa “nuestros corazones son los campos electromagnéticos que están constantemente modulando nuestra realidad.”

Existen miles de caminos posibles para ser, simplifica y si tienes duda en cual escoger, recuerda a Carlos Castaneda: “Todos los caminos son iguales, no nos llevan a ninguna parte. Por lo tanto, ¡elige un camino con corazón!” 

* Un profundo agradecimiento a Evolver net y David Metcalfe por un inolvidable curso de Geometría Sagrada.

 Twitter de la autora: @ellemiroir