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¿La primera muerte por derechos de autor? Escritor que demandó a Dan Brown por plagio muere inesperadamente

Arte

Por: pijamasurf - 07/06/2013

Después de un par de años en disputa con Dan Brown y la editorial Random House, a quienes acusó de plagio por el conocido bestseller "El código Da Vinci", el escritor Michael Baigent murió en la pobreza y con su salud notablemente deteriorada.

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Como sabemos, la nuestra es una época notablemente contradictoria con respecto a la producción intelectual (por llamarla de alguna manera) y su circulación en el mundo. Si bien por un lado, y sobre todo gracias a Internet, los contenidos gozan de un grado de libertad inédito en la historia, yendo de un lado a otro, de una persona a otra, disponibles y al alcance de millones de personas, por otro existe desde hace varios años una suma de esfuerzos por frenar esta tendencia, por perseguir y obstaculizar, impidiendo tanto como sea posible tanto la distribución como la mutación libres de los contenidos, comportamientos que, desde cierta perspectiva, parecen casi naturales para las distintas manifestaciones de la cultura humana.

Recientemente ocurrió una muerte que podría considerarse uno de los primeros efectos literalmente letales de la creencia exacerbada en la legitimidad de los derechos de autor, la de Michael Baigent, escritor de origen neozelandés reconocido por The Holy Blood and the Holy Grail, una novela escrita en colaboración con Richard Leigh y Henry Lincoln, y la cual habla de Jesucristo, María Magdalena, el hijo de ambos simbolizado en el Santo Grial y la sociedad secreta del Priorato de Sion. Como se ve, motivos que ahora nos suenan familiares por El código Da Vinci, el bestseller de Dan Brown publicado en 2003, varios años después que la de Baigent, de 1982.

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La afinidad temática entre ambas narraciones llevó a Baigent a entablar una demanda por infracciones al derecho de autor tanto contra Brown como contra su editorial, el consorcio multinacional Random House. Baigent acusó a Brown de plagio ante una corte británica en marzo de 2006, pero para abril el juez Peter Smith rechazó la querella y un año después, en marzo de 2007, sentenció a favor de Brown y Random House y obligó a Baigent a pagar los costos del proceso, una suma cercana a los 3 millones de libras (casi 4 millones y medio de dólares).

Baigent murió a principios de junio a causa de una hemorragia similar, y un amigo suyo, Graham Hancock, también escritor, aseguró entonces que fue la batalla legal lo que le costó la vida. Al final, por ejemplo, tuvo que recibir un transplante de hígado luego de que el estrés y la tensión en que vivía acabaran con su órgano. Asimismo, como dice su hija, Tansy, perdió “hasta el último penique que ganó en años de trabajo duro, creatividad e innovación”, contra una empresa que ha ganado “cientos de millones de dólares con el éxito de El código Da Vinci”.

Por su parte la editorial se negó a emitir una opinión con respecto a la muerte de Baigent. Un portavoz aseguró que la multinacional lamentaba el deceso pero no tenía más comentarios al respecto.

Se trata quizá de una fábula macabra que en cierta forma revela la manera en que operan los derechos de autor y la propiedad intelectual en nuestros días. En el fondo parece que no se trata de una defensa de la originalidad o del quehacer artístico, sino solo de las ganancias de esa minoría rapaz que busca monopolizar el provecho económico de la cultura y sus creaciones.

También en Pijama Surf: ¿Se tendrían que pagar derechos de autor cada vez que alguien presta un libro a un amigo?

Con información de The Independent

Como alguien enamorado (Abbas Kiarostami, 2013)

Arte

Por: Psicanzuelo - 07/06/2013

"Como alguien enamorado", la más reciente película del director iraní Abbas Kiarostami, ofrece una anécdota abierta sobre una relación amorosa que permite a la curiosidad deambular por las inquietudes universales de nuestra mirada y oído.

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Abbas Kiarostami, el cineasta iraní muy iraní de 73 años, ha vuelto a las andadas; consumando esta vez su estatus de ciudadano del mundo con la coproducción franco japonesa,  Como alguien enamorado (2013). 

En lo personal fui del grupo de amantes de su arte, que se decepcionó bastante con la fábula en pareja post Kundera, Copia Certificada (2010). Donde, completamente poseído por el fantasma de Antonioni, no se atrevía a nada en un mundo que le resultaba ajeno, en el cual sus comentarios que buscaban profundidad pecaban de la peor banalidad, y lleno de temor ponía su lente sobre una Juliette Binoche carente de cualquier chispa. Quién podría imaginar que se trataba del mismo Kiarostami que siete años antes había construido, o más bien deconstruido, la realidad radicalmente a través de la famosa cámara de piedra; en el ejercicio metafísico ausente de montaje, 5 Dedicados a Ozu (2003). 

Nunca antes se hubiese sentido tan orgulloso el maestro Yasujiro Ozu de uno de sus mejores alumnos como en el presente año. Ante esta afortunada fábula de las relaciones alienadas por los avances tecnológicos y económicos, mostrando al desnudo la decadencia occidental en Oriente. 

Akiko (Rin Takanashi) es el clásico personaje contemporáneo de la joven adulta que opta por prostituirse discretamente para poder pagarse sus estudios. El azar de las corrientes del océano de neón en la noche de Tokio la arrastra hasta la puerta de Don Takashi Watanabe (Tadashi Okuno), un casi retirado traductor de textos y respetado profesor universitario que podría ser su abuelo. Hay la suficiente diferencia de edad para comprender un cuadro de Chiyoji Yazaki, de manera no solo distinta, sino opuesta. Él lo narra como una doncella hablándole a una guacamaya, cuando ella más bien lo interrumpe para compartir que el ave esta hablándole a ella. 

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Como en toda fábula de Kiarostami, la anécdota es un simple conducto para que inquietudes universales deambulen por nuestra mirada y oído, de manera tan íntima como solo el cineasta nos lo permite, con la tranquilidad que otorga, a la curiosidad humana, la inexistencia de la posibilidad de ser observados.   

Akiko no visita a su abuela, ni siquiera la escucha en persona, ni lee una carta de su puño y letra. Ella se dedica a escuchar sus recados grabados en su teléfono móvil (en busca del voicemail perdido). Esa tecnología donde ahora reposa nuestra alma. Es a través de este aparato que Akiko mantiene un contacto con lo que era su realidad, lejos de su secreta actividad. Lo primero que percibimos en la cinta es ella manteniendo una discusión fuera de cuadro; hay un interlocutor que a medida que avanza la petrificada toma, se revela como que en realidad no lo es solo la observa; ella solo escucha a nuestro personaje discutir con su novio a la distancia por medio del frío aparato. 

El silencio demoledor, la trascendencia del momento que es mucho mas allá de lo que podamos definir del mundo. El otro a la distancia de la comprensión personal, en contraste con los diálogos estúpidos de lo que nuestra mente puede organizar en cualquier suerte de discurso para lograr algo que deseamos, o justificarlo una vez obtenido a nuestras obscuras regiones. 

La relación con Ozu va más allá de filmar en Japón, está en los tiempos “muertos” donde los personajes están más cerca de convertirse en personas. El señor Watanabe suplica a Akiko no quedarse dormida, ella coquetamente desobedece jugando. Es entonces cuando él se distancia en una paseo por su departamento que se vuelve una reflexión de la imposibilidad de la elaboración de un puente de humanidad, ni siquiera por medio de la economía que al parece podría ser el último vinculo en este “mundo feliz”. Para algunos que vean la escena podría representar el dilema cotidiano en nuestros días, ante el cual un ser en esa etapa de la vida, con esa preparación y educación, se enfrenta habiendo ingerido una pastilla tipo viagra o cialis. Para otro tipo de espectador esa caminata por el departamento obedecería a reflexiones de carácter mucho más moral que biológico, y sus múltiples combinaciones, que nos dan el estar vivos en un tiempo y espacio. En fin, lo importante aquí es que este tipo de cine da lugar a la interpretación; elemento fundamental para Bordwell en su definición del cine de arte (si existe tal cosa). Una película que se vuelve mucho más rica en su interlocución con algún otro miembro de la audiencia, posteriormente a ser proyectada en colectividad. Un cine que hace necesario el ritual de la proyección.       

Cine lámpara. El poder de los reflejos, la compañía de los colores en la luces que nos rodean, las revelaciones tras los vidrios en los que uno se da cuenta que lo que esta viendo no es el objeto en sí, sino solo una proyección física de éste. La búsqueda del ser a través de su reflejo y sombra. La intención lejos de la actuación mas sofisticada. Dormirse lejos de uno en siestas en movimiento físico y cinematográfico.   

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Kiarostami dijo en una entrevista no hace mucho que Terán sigue siendo su hogar cuando el mundo más bien es su laboratorio, y es interesante cómo el mundo comienza ser una especie de Terán para él. El automóvil para Kiarostami era una interconector espacial, llevando al extremo lo que Antonioni asumió como extensión temporal de la mecanización del espacio. Para el iraní el auto era un Dolly eterno que podía lograr que un largometraje en tiempo real se desarrollara en toda una ciudad. Aquí el automóvil sigue siendo un elevador entre secuencias, balsa que conecta espacios y mentes. Pero ahora la ventana a lo que podría ser la realidad, ese vehículo del alma es la comunicación telefónica celular. Es un concepto que comienza explorar y que resuena en nuestro presente. 

El novio de Akiko es una constante amenaza para el equilibrio a través de mentiras que ella ha logrado, esta verdad que es una gran mentira. Es su violencia lo que nos incorpora a la nueva vida que ella con toda su fuerza y de manera inconsciente busca . Su presencia por la llamada telefónica, mas tarde es una discusión en persona que destruye cualquier frágil frontera entre ambos mundos, en un punto de vista desde el automóvil por parte del señor Watanabe.

Twitter del autor: @psicanzuelo