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Como alguien enamorado (Abbas Kiarostami, 2013)

Arte

Por: Psicanzuelo - 07/02/2013

"Como alguien enamorado", la más reciente película del director iraní Abbas Kiarostami, ofrece una anécdota abierta sobre una relación amorosa que permite a la curiosidad deambular por las inquietudes universales de nuestra mirada y oído.

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Abbas Kiarostami, el cineasta iraní muy iraní de 73 años, ha vuelto a las andadas; consumando esta vez su estatus de ciudadano del mundo con la coproducción franco japonesa,  Como alguien enamorado (2013). 

En lo personal fui del grupo de amantes de su arte, que se decepcionó bastante con la fábula en pareja post Kundera, Copia Certificada (2010). Donde, completamente poseído por el fantasma de Antonioni, no se atrevía a nada en un mundo que le resultaba ajeno, en el cual sus comentarios que buscaban profundidad pecaban de la peor banalidad, y lleno de temor ponía su lente sobre una Juliette Binoche carente de cualquier chispa. Quién podría imaginar que se trataba del mismo Kiarostami que siete años antes había construido, o más bien deconstruido, la realidad radicalmente a través de la famosa cámara de piedra; en el ejercicio metafísico ausente de montaje, 5 Dedicados a Ozu (2003). 

Nunca antes se hubiese sentido tan orgulloso el maestro Yasujiro Ozu de uno de sus mejores alumnos como en el presente año. Ante esta afortunada fábula de las relaciones alienadas por los avances tecnológicos y económicos, mostrando al desnudo la decadencia occidental en Oriente. 

Akiko (Rin Takanashi) es el clásico personaje contemporáneo de la joven adulta que opta por prostituirse discretamente para poder pagarse sus estudios. El azar de las corrientes del océano de neón en la noche de Tokio la arrastra hasta la puerta de Don Takashi Watanabe (Tadashi Okuno), un casi retirado traductor de textos y respetado profesor universitario que podría ser su abuelo. Hay la suficiente diferencia de edad para comprender un cuadro de Chiyoji Yazaki, de manera no solo distinta, sino opuesta. Él lo narra como una doncella hablándole a una guacamaya, cuando ella más bien lo interrumpe para compartir que el ave esta hablándole a ella. 

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Como en toda fábula de Kiarostami, la anécdota es un simple conducto para que inquietudes universales deambulen por nuestra mirada y oído, de manera tan íntima como solo el cineasta nos lo permite, con la tranquilidad que otorga, a la curiosidad humana, la inexistencia de la posibilidad de ser observados.   

Akiko no visita a su abuela, ni siquiera la escucha en persona, ni lee una carta de su puño y letra. Ella se dedica a escuchar sus recados grabados en su teléfono móvil (en busca del voicemail perdido). Esa tecnología donde ahora reposa nuestra alma. Es a través de este aparato que Akiko mantiene un contacto con lo que era su realidad, lejos de su secreta actividad. Lo primero que percibimos en la cinta es ella manteniendo una discusión fuera de cuadro; hay un interlocutor que a medida que avanza la petrificada toma, se revela como que en realidad no lo es solo la observa; ella solo escucha a nuestro personaje discutir con su novio a la distancia por medio del frío aparato. 

El silencio demoledor, la trascendencia del momento que es mucho mas allá de lo que podamos definir del mundo. El otro a la distancia de la comprensión personal, en contraste con los diálogos estúpidos de lo que nuestra mente puede organizar en cualquier suerte de discurso para lograr algo que deseamos, o justificarlo una vez obtenido a nuestras obscuras regiones. 

La relación con Ozu va más allá de filmar en Japón, está en los tiempos “muertos” donde los personajes están más cerca de convertirse en personas. El señor Watanabe suplica a Akiko no quedarse dormida, ella coquetamente desobedece jugando. Es entonces cuando él se distancia en una paseo por su departamento que se vuelve una reflexión de la imposibilidad de la elaboración de un puente de humanidad, ni siquiera por medio de la economía que al parece podría ser el último vinculo en este “mundo feliz”. Para algunos que vean la escena podría representar el dilema cotidiano en nuestros días, ante el cual un ser en esa etapa de la vida, con esa preparación y educación, se enfrenta habiendo ingerido una pastilla tipo viagra o cialis. Para otro tipo de espectador esa caminata por el departamento obedecería a reflexiones de carácter mucho más moral que biológico, y sus múltiples combinaciones, que nos dan el estar vivos en un tiempo y espacio. En fin, lo importante aquí es que este tipo de cine da lugar a la interpretación; elemento fundamental para Bordwell en su definición del cine de arte (si existe tal cosa). Una película que se vuelve mucho más rica en su interlocución con algún otro miembro de la audiencia, posteriormente a ser proyectada en colectividad. Un cine que hace necesario el ritual de la proyección.       

Cine lámpara. El poder de los reflejos, la compañía de los colores en la luces que nos rodean, las revelaciones tras los vidrios en los que uno se da cuenta que lo que esta viendo no es el objeto en sí, sino solo una proyección física de éste. La búsqueda del ser a través de su reflejo y sombra. La intención lejos de la actuación mas sofisticada. Dormirse lejos de uno en siestas en movimiento físico y cinematográfico.   

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Kiarostami dijo en una entrevista no hace mucho que Terán sigue siendo su hogar cuando el mundo más bien es su laboratorio, y es interesante cómo el mundo comienza ser una especie de Terán para él. El automóvil para Kiarostami era una interconector espacial, llevando al extremo lo que Antonioni asumió como extensión temporal de la mecanización del espacio. Para el iraní el auto era un Dolly eterno que podía lograr que un largometraje en tiempo real se desarrollara en toda una ciudad. Aquí el automóvil sigue siendo un elevador entre secuencias, balsa que conecta espacios y mentes. Pero ahora la ventana a lo que podría ser la realidad, ese vehículo del alma es la comunicación telefónica celular. Es un concepto que comienza explorar y que resuena en nuestro presente. 

El novio de Akiko es una constante amenaza para el equilibrio a través de mentiras que ella ha logrado, esta verdad que es una gran mentira. Es su violencia lo que nos incorpora a la nueva vida que ella con toda su fuerza y de manera inconsciente busca . Su presencia por la llamada telefónica, mas tarde es una discusión en persona que destruye cualquier frágil frontera entre ambos mundos, en un punto de vista desde el automóvil por parte del señor Watanabe.

Twitter del autor: @psicanzuelo

TOP: 10 adicciones de 10 famosos escritores

Arte

Por: pijamasurf - 07/02/2013

La adicción no es, necesariamente, un comportamiento autodestructivo que conduce solo a la decadencia; la adicción también puede ser el suelo de la creatividad, y el caso de estos 10 escritores así parece demostrarlo.
[caption id="attachment_61965" align="aligncenter" width="533"]opium Jean Cocteau, Soixante dessins pour «Les Enfants terribles» (1934)[/caption]

En nuestra época y quizá al menos desde el siglo XIX, las adicciones se consideran, en general, un comportamiento negativo que debe corregirse, erradicarse. Públicamente las adicciones se juzgan y se condenan, por más que en la intimidad prácticamente cualquier persona sea adicta a algo. Por lo regular se dice que las adicciones entorpecen y disminuyen, conducen irremediablemente a la decadencia y la autodestrucción.

Sin embargo, ¿qué pasa cuando no es así? ¿Qué pasa cuando una adicción, por extraordinario que pueda parecer, es el soporte de una persona, el suelo que le permite construir otras cosas? ¿Cómo entender una adicción cuando, de suprimirse en alguien, entonces sí esta persona se desmoronaría y caería de lleno en el absurdo de la existencia?

Como se sabe, en la actividad artística es particularmente fácil encontrar ejemplos de este cariz “constructivo” de la adicción. En la historia de la cultura lo raro es encontrar artistas que no hayan sido adictos a alguna de esas sustancias o comportamientos condenados por la moralidad de su época.

A continuación compartimos los casos de 10 escritores con las respectivas adicciones que, con toda probabilidad, les permitieron edificar la grandeza de su obra.

 

Honoré de Balzac / Café

La adicción de Balzac llevaba por nombre café. Se dice que este hombre que mucho tenía de pantagruélico, incluso en su literatura, bebía un promedio de 50 tazas de café al día y en algún momento incluso comenzó a comer granos. Escribió el francés, hablando del primer café de la mañana cayendo en el estómago en ayunas:

El café lo encuentra vacío, ataca ese forro delicado y voluptuoso, se convierte en una especie de alimento que requiere sus jugos; los exprime, los solicita como una pitonisa clama a su dios, maltrata a esas hermosas paredes como un carretero que brutaliza a sus caballos; los Plexus se inflaman, queman y lanzan sus chispas hasta el cerebro. A partir de entonces, todo se agita: las ideas se tambalean como batallones de un gran ejército en el campo de batalla, y se libra la batalla. Los recuerdos vuelven a paso de carga, con los pendones desplegados; la caballería ligera de las comparaciones se despliega en espléndido galope; la artillería de la lógica acude con sus carros y saquetes; las ocurrencias llegan en tromba; se alzan figuras; el papel se llena de tinta, pues empieza el desvelo que terminará en torrentes de agua oscura, como la batalla en pólvora negra.

También en Pijama Surf: Entre orgías creativas y placenteras está el café: el estimulante favorito de los creadores

 

Lord Byron / Sexo

La fuerza creativa por antonomasia, potencia indomable, sustrato del mundo. El sexo fue la adicción de Lord Byron, quien, según la leyenda, durante un solo año en Venecia fornicó con más de 250 mujeres y no pocos hombres. Su obsesión lo llevó a conservar un poco del vello púbico de cada una de las personas con quien estuvo y guardarlo en un sobre con el nombre correspondiente.

 

Elizabeth Browning / Opio

Poeta de la era victoriana, Browning tuvo, como otros creadores de su misma época, una relación especial con el opio, la cual comenzó a los 15 años, cuando le fue administrado por una herida en su columna. A los 30, cuando enfermó del corazón y los pulmones, consumía dosis de hasta 40 gotas de láudano por día.

 

Paul Verlaine / Absenta

La fée verte, el “hada verde”, fue la debilidad de Verlaine, vicio que compartió con otros poetas coétaneos como Baudelaire y su amante Rimbaud. A este, por cierto, un día le disparó en el brazo, influido doblemente por los efluvios de la absenta y por su reciente rompimiento con el autor de Una temporada en el infierno.

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Dostoievski / Juego

La adicción de Dostoievski al juego es conocida, incluso por la novela que escribió al respecto, la cual, dicho sea de paso, sirvió para pagar algunas de las deudas derivadas de su afición a la ruleta. Biográficamente llegó a este en una etapa de profunda tristeza por el fallecimiento de su esposa y su hermano.

 

Ayn Rand / Anfetaminas

La escritora ruso-estadounidense Ayn Rand se volvió adicta a las anfetaminas a raíz de un tratamiento médico, consumiéndolas durante casi 30 años sin, al parecer, mayores efectos que sus erráticos cambios de ánimo.

 

James Joyce / Flatulencias

Acaso la menos nociva de las adicciones mencionadas hasta ahora, Joyce tenía una inclinación singular por las ventosidades del cuerpo, en especial por las de Nora, su esposa, de las cuales habla con cierta profusión en una serie de cartas que incluso guardan unidad temática al respecto.

 James Joyce and Nora Barnacle on the day of their marriage in 1931

William S. Burroughs / Heroína

De las muchas sustancias de las que pudo hacerse adicto, Burroughs terminó unido a la heroína, prácticamente desde sus primeros años de juventud hasta los últimos de su vida.

 

Charles Dickens / Morgues

En el caso de Dickens el comportamiento adictivo no se manifestó con respecto a una sustancia, sino con un lugar: las morgues. Algo encontraba el autor de Oliver Twist en estos recintos de muerte y silencio, y se dice que podía pasar varios días atestiguando el ir y venir de los cadáveres y los procedimientos que se les aplicaban a estos. Dickens describía esto como “la atracción por lo repulsivo”.

 

Ernest Hemingway / Alcohol

Es Hemingway, pero la verdad es que en este caso podrían enlistarse cientos de escritores, sin que sea fácil decidir cuál tendría la primacía sobre los otros. Lo interesante de los escritores alcohólicos (y no solamente) es que, a pesar de todo, el alcohol no les arrebata su lucidez ni su compromiso con aquello en lo que creen: pueden pasar todo el día y todos los días ebrios, pero aun así escriben y son capaces de, entre tumbos y resacas, legar al mundo una obra genial.

 

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