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Si la realidad está definida por la forma en la que es colectivamente narrada, entonces Twitter podría ser un fenómeno determinante para nuestro futuro compartido.

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Hay buenas razones para afirmar que nuestra realidad es, básicamente, lo que somos capaces de narrarnos sobre ella. En este sentido existe una íntima relación entre lo que nuestra existencia experimenta, y la traducción narrativa que a partir de esto generamos –como bien han apuntado desde Jaques Lacan, Terence Mckenna o Alfred Korzybski .

Y si continuamos en esta línea, entonces podemos coincidir en lo apasionante que resulta tratar de entender cómo están evolucionando nuestros recursos narrativos de acuerdo al contexto actual: híper-conectividad, socialización digital, hipnóticos flujos de información, etc.

En medio de este escenario destaca una popular ‘herramienta’, cuya esencia asociada a particularidades semánticas sugiere que podría incidir especialmente en el futuro de la nuestra ‘narratividad’. Me refiero a Twitter.

El estimulante abismo de los 140 caracteres

Cuando recién se lanzó Twitter y comenzó a impregnar el imaginario colectivo, su lenta pero consistente popularización se cimentaba sobre el desconcierto: había algo intuitivamente interesante en su estricto protocolo alrededor de los 140 caracteres, pero parecía difícil no generar una cierta resistencia, cuestionando el potencial esta nueva herramienta.

Con el tiempo empezamos a descubrir que este ‘pequeño’ margen de espacio era suficiente para contener un microcosmos –algo así como el grano de arena que advierte William Blake. De algún modo lo que al principio aparentaba una radical limitante, con el tiempo se consagró como un detonante de la imaginación. Recuerdo que las primeras veces que combatía con el precipicio que aguarda a partir del carácter 141, pensaba en “Las 5 Obstrucciones”, el ejercicio cinematográfico entre Jorgen Leth y Lars Von Trier –el cual si bien en un principio representaba un marco bastante incómodo para narrar algo, al final termina por ser una inspiradora limitante.

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Una nueva forma de leer

La forma en que hoy leemos  poco tiene que ver con la lectura que se ejercía hace un par de décadas. Supongo que esto tiene que ver con el explosivo crecimiento de información disponible, lo cual nos obliga a interactuar de forma distinta con los contenidos (independientemente de su formato).

En el caso de la lectura, en realidad ya no leemos linealmente, de principio a fin. En la mayoría de los casos aplicamos, conscientemente o no, una especie de escaneo o lectura por bloque, lo cual nos permite interactuar con una mayor cantidad de data. Y al parecer cada vez necesitamos menos ‘literalidad’ para hacer sentido de un contenido –tal vez se deba a que disponemos de tanta información, que en lugar de completar un artículo dedicándole cinco minutos, ‘leemos’ veinte fragmentos de diversas notas y paralelamente enlazamos datos para inferir lo más relevante de cada uno de ellos. 

Curiosamente la extensión máxima de un tuit corresponde al promedio de los encabezados largos de una noticia, dosis de expresión que con el tiempo ha probado ser ideal para consumirse repetidamente, a lo largo de un día, por los actuales usuarios –a propósito de lo cual les sugiero que lean “Difícilmente terminarás de leer este artículo”.

En resumen parece que Twitter fue configurado en sintonía con una especie de tendencia cognitiva que favorece el micro-consumo de data, y que es capaz de enlazar, de forma casi automática, estos pequeños fragmentos para traducirlos en una narración coherente.

Efervescente flujo de historias

Actualmente la Biblioteca del Congreso estadounidense tiene registrados más de 170 mil millones de tuits, y cada cinco días suma mil millones más, todos ellos potencialmente calificables como diminutas historias. Estas cifras nos remiten a un fenómeno paralelo: hoy la gente escribe más que nunca.

Hace un par de décadas pocas personas escribían fuera de contextos escolares o laborales. Si bien siempre hubieron aquellos que mantienen diarios personales o que recurren a la escritura como un recurso de desahogo, pero lo cierto es que con la llegada de las plataformas digitales, desde blogs hasta redes sociales, se consagro una especie de textificación masiva –y en el caso de Twitter creo que esta inercia se encuentra particularmente orientada hacia la narratividad.

Existe otro nuevo ingrediente que determina, en buena medida, la expresividad contemporánea: su naturaleza apunta a ser compartida, lejos de la intimidad del cuaderno de notas semi-oculto que muchos tuvimos en algún momento. Y en este sentido, nos guste o no, estamos no solo construyendo historias dentro de nuestra propia historia –o en pocas palabras haciendo valer nuestra existencia–, sino que estamos compartiéndolas, e incluso generándolas en una dinámica colaborativa: muchos de los mensajes que emitimos son respuestas a estímulos previos, es decir el tuit de otra persona. 

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El potencial narrativo de Twitter

Lo que inicialmente emergía como un reto tangible, ‘cómo decir en 140 caracteres algo que pueda ser de relevancia para el otro’, terminaría por demostrarnos que la secuencia de mensajes, acotados en este micro-formato, basta para proyectar identidades, especificar filosofías de vida, contar historias o, en conjunto, influir en la evolución narrativa de nuestra especie.

“Es verdad que este tipo de narrativa es veloz, incluso efímera, y profundamente improvisada. En realidad se trata más de transmitir mensajes que de escribir, y uno de los aspectos que dota de intimidad Twitter, a pesar de su naturaleza ruidosa, murmurante, y caóticamente pública, es que estás leyendo, en tiempo real, el trabajo de alguien.” advierte el actor, escritor, y apasionado tuitero, John Hodgman.

En respuesta a esta inercia que sugiere el potencial narrativo de Twitter, se han creado eventos, festivales, concursos y corrientes –muchos de ellos, por cierto, impulsados por los operadores de esta red. Por ejemplo, el año pasado se realizó el Twitter Fiction Festival, y la última edición del Tribecca Film Festival incluyó una categoría dedicada a Vine, la herramienta de video de Twitter que permite grabar fragmentos de 6 segundos. En otro caso, la revista The New Yorker comisionó a Jennifer Eagan, a crear una historia que pudiera dividirse en fragmentos de 140 caracteres para ser transmitida por medio de @NewYorker.

Conclusión 

Me gustaría aclarar que más allá de promover conceptos como ‘tuiteratura”, los cuales me parecen un tanto chocantes además de cuestionables, la principal premisa de este artículo es postular la esencia de la realidad como algo naturalmente semántico –para luego especular sobre la posible influencia de Twitter en esta dinámica. A mi juicio, la mayor virtud de sus fundadores, Jack Dorsey y Dick Costolo, fue empalmar este servicio con una creciente tendencia –me refiero a la fragmentación no lineal de la narrativa, de los contenidos, de la manera en que se consumen, e incluso de las nuevas pautas cognitivas que esta tendencia psicocultural demanda.

Aunque parezca un tanto exagerado postular a Twitter como un potencial pulso de influencia para el futuro de nuestra realidad, el silogismo es relativamente simple: si partimos de las premisas que nuestra realidad se organiza semánticamente, de que se ha registrado con la era digital un cambio en la forma de narrarnos, y que Twitter juega un importante rol en esta narratividad contemporánea, entonces podemos suponer que esta herramienta, o mejor dicho los patrones conductuales que determina, influirán en el diseño de las nuevas realidades.    

En lo personal creo que las 500 millones de personas que hoy están transmitiendo bits narrativos, y el pulso cultural que juntos animan, fácilmente influirán el futuro del "arte de contar historias" –el cual que a fin de cuentas se refiere al arte de existir. Y seguramente esta influencia de los 140 caracteres, en sintonía con la migro-fragmentación coherente de la realidad, es decir de nuestra historia compartida, tendrá aspectos positivos y negativos. Pero independientemente de un juicio de valor, y de nuestra postura frente a este fenómeno, me parece importante tratar de comprender cómo funciona la herramienta, cuál es su esencia, y cuáles sus futuras implicaciones. "Programa o serás programado", diría Rushkoff.  

Twitter del autor: @paradoxeparadis 

 

Hoy estamos quizá en el momento de mayor desigualdad económica en la historia de nuestra especie; tristemente no es clara la ruta para revertir este deplorable fenómeno.

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Claro, la indignante inequidad en la distribución de riqueza alrededor del mundo no es algo nuevo. Todos nosotros hemos crecido, en mayor o menor medida, con esta conciencia. Pero aunque esta afirmación parezca solo el eco de un discurso, tan constante como estático, lo cierto es que este fenómeno no puede dejar de denunciarse –mucho menos cuando, con el paso de las décadas, en lugar de matizarse se intensifica. 

Más allá de indicadores abstractos que confirman que los que más tienen, cada vez acumulan mayores riquezas, mientras que los más desfavorecidos parecen condenados a jamás migrar fuera de esta condición, las consecuencias de esta dinámica terminan por permear la realidad cotidiana de millones de personas. Aparentemente se trata de un modelo, el que rige actualmente las finanzas y los mercados, diseñado para diluir cualquier posibilidad de transformarlo –así lo sugieren las decenas de revoluciones fallidas, los sistemas filantrópicos orientados a aligerar las consecuencias pero no a cambiar las bases, etc.

El imparable crecimiento de la desigualdad

En todo caso, este año se hizo público un reporte de Oxfam titulado "The Cost of Inequality: How Wealth and Income Extremes Hurt Us All" (El costo de la desigualdad: sobre cómo la riqueza extrema nos afecta a todos). El estudio indica que, a pesar de múltiples campañas  y denuncias –por lo visto poco o nada efectivas al momento de determinar la realidad actual–, los niveles de desigualdad han crecido en los últimos veinte años.    

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Para dimensionar lo nefasto del modelo económico que nos rige, podríamos enlistar decenas de ejemplos, aquí algunos:  

  • De acuerdo con Oxfam, con solo una cuarta parte de  las fortunas oficiales que acumulan los cien hombres más ricos del planeta, aproximadamente 240 mil millones de dólares, bastaría para sacar de la pobreza a la población mundial que vive en estas condiciones.
  • Actualmente se produce alimento para 12,000 millones de personas, lo suficiente para alimentar a casi dos poblaciones mundiales. Sin embargo, el 15% de los habitantes (cerca de mil millones), hoy sufre hambre.  
  • Los 3 mil millones de habitantes más castigados, es decir poco más del 40% de la población, disponen tan solo del 1% de la riqueza que circula en el planeta.

Según un informe de la ONU, publicado en 2005, en países como Estados Unidos, el 1% de los habitantes mejor acomodados, controlan más recursos que el 95% de las personas menos favorecidas (mientras que, según se supo recientemente, en México el 1.2% dispone del 43% de la riqueza).

Barbara Stocking, una ejecutiva de Oxfam, advirtió en declaraciones retomadas por el sitio Alternet, que el actual escenario de desigualdad es:

"Económicamente ineficiente, políticamente corrosivo, socialmente divisorio y medioambientalmente destructivo. Ya no podemos seguir pretendiendo que la creación de riqueza para unos pocos inevitablemente terminará beneficiando a los muchos –de hecho generalmente sucede lo contrario"

La situación es aún peor de lo que muestran las cifras oficiales

Un factor interesante, las enormes sumas de dinero que los más acaudalados mantienen fuera del margen oficial, sugiere que en realidad las cifras son mucho más crudas. Hace un año James Henry, ex economista de la firma McKinsey, publicó un reporte sobre los paraísos fiscales. De acuerdo con el documento, se calcula que hay entre $21,000 mdd y $32 billones (millones de millones), a salvo del monitoreo fiscal, y que son propiedad, precisamente, de los principales multimillonarios. La razón es simple: no quieren ver sus desbordantes fortunas rasuradas por las exigencias fiscales impuestas por los gobiernos de los distintos países en los que operan. Algo que resulta aún más dañino si el modelo supuestamente perseguido por los gobernantes, es que la riqueza de los mejor acomodados eventualmente se derrame a los estratos bajos de la población a través de los impuestos:

"La desigualdad es grande, mucho peor de lo que muestran las estadísticas oficiales, pero los políticos aún parecen confiar en que la riqueza se filtrará a los pobres. Esta información demuestra que ha ocurrido exactamente lo opuesto: durante las últimas tres décadas una enorme cantidad de dinero se ha vertido al margen de las obligaciones fiscales, en cuentas propiedad de una diminuta porción de súper-ricos".  

 

De acuerdo con Henry, si en los cálculos se considerara esta riqueza "no-oficial", entonces notaríamos que la mitad de a riqueza en el mundo es controlada no por el 1% de la población, sino por el 0.001%. 

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Dinero = Poder

Pero en si el problema no radica solo en la desigual distribución de riqueza, también, y quizá aún más nocivo, en la repartición del poder. En su libro "Superclass: The Global Power Elite and the World They Are Making", David Rothkopf ubica a seis mil personajes dentro de un grupo que denomina la "súper-clase". El común denominador entre estos individuos es la notable influencia que ejercen sobre los rubros más relevantes de la realidad social: tanto en las finanzas como en la cultura, en la política y lo militar, en las artes y los medios, etc. En pocas palabras, este pequeño grupo define en buena medida el rumbo de la vida de más de siete mil millones de personas. 

De acuerdo a lo anterior, podemos contemplar un tablero de juego en el que las corporaciones, y los individuos detrás de ellas, tienen aún mayor peso que los propios gobiernos, instituciones que supuestamente son las que deberían de estar pujando por rediseñar el modelo que nos tiene en la situación actual. De hecho muchas corporaciones tienen mayores recursos que la gran mayoría de las naciones. El año pasado se emitió un reporte llamado "Corporate Clout Distributed: The Influence of the World’s Largest 100 Economic Entities" a partir del cual podemos determinar que de las 150 entidades económicamente más poderosas, el 58% son corporaciones y el resto gobiernos –por ejemplo, Wal-Mart ocupa el puesto 25, superando el PIB de 171 países. 

¿Una solución?

Luego de un breve repaso por las voraces estepas de la inequidad, concluimos el recorrido ante un poco alentador escenario: la desigualdad crece –quizá es más intensa que nunca en la historia–, y el poder para revertir o re-programar el modelo que anima esta situación esta hoy en manos, precisamente, de aquellos que mayores beneficios obtienen de la actual situación. Como rutas de salida podríamos imaginar una poco probable concientización de la elite, que en algún momento, relativamente pronto, se de cuenta que aún sin amenazar su infinita comodidad, las riqueza podría estar mucho mejor distribuida. Otra opción sería que los gobiernos, los cuales actualmente parecen estar plácidamente sometidos ante los intereses de la élite, hicieran valer su papel como una fuerza que equilibrara el tablero de juego, opción que, por cierto, tampoco parece al menos a corto plazo, viable. Finalmente viene la tercer ruta, una que depende de nosotros, la población, aquellos que evidentemente no estamos incluidos en ese 1% –y menos en el 0.001%.

El problema es que para influir de forma determinante en el escenario, tendríamos que sincronizar esfuerzos alrededor de una iniciativa que poco tiene que ver con el activismo tradicional, o las revoluciones del siglo XX –la mayoría de las cuales fueron eventualmente acomodadas en el sistema original. Supongo que el reto es aún mucho más profundo y demanda replantear individualmente la manera en la que nos auto-percibimos, y en la que procesamos nuestra realidad: con los hábitos, las relaciones, los principios, y razonamientos que la rigen. A partir de esta transformación cuyas particularidades son aún vagas para mi, y de su posterior viralización, entonces creo que podríamos dar vida a un pulso suficiente para trastocar la actual estructura. ¿Alguna propuesta?

 Twitter del autor: @paradoxeparadis