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Consecuencia imprevista de la supervigilancia: 1984, la novela de Orwell, desborda sus ventas

Arte

Por: pijamasurf - 06/12/2013

El escándalo en torno a PRISM, el ambicioso sistema de hipervigilancia del gobierno de Estados Unidos, genera una consecuencia imprevista: la venta por miles de 1984, la célebre novela de George Orwell sobre una sociedad distópica y carente de secretos ante el Gran Hermano; aquí una versión en PDF del relato.

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—Mientras te hallas ahí tumbado —le dijo O’Brien—, te has preguntado con frecuencia, e incluso me lo has preguntado a mí, por qué el Ministerio del Amor emplea tanto tiempo y trabajo en tu persona. Y cuando estabas en libertad te preocupabas por lo mismo. Podías comprender el mecanismo de la sociedad en que vivías, pero no los motivos subterráneos. ¿Recuerdas haber escrito en tu diario: «Comprendo el cómo; no comprendo el porqué»? Cuando pensabas en el porqué es cuando dudabas de tu propia cordura. Has leído el libro de Goldstein, o partes de él por lo menos. ¿Te enseñó algo que ya no supieras?

—¿Lo has leído tú? —dijo Winston.

—Lo escribí. Es decir, colaboré en su redacción. Ya sabes que ningún libro se escribe individualmente.

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En los últimos días los medios estadounidenses e internacionales han cubierto con profusión una de las revelaciones más inquietantes de los últimos años con respecto al estado de vigilancia que el gobierno estadounidense mantiene hacia sus ciudadanos, tendido en este caso desde Internet, alimentado con la incesante y vasta cantidad de información personal que sus usuarios depositan ahí cotidianamente. Edward Snowden, programador de la CIA y de la NSA, fue quien filtró a la prensa detalles sobre PRISM, un ambicioso sistema de recopilación de información por medio de sitios como Google, Amazon, Yahoo!, Facebook, Skype y otros más, sin duda punto menos que imprescindibles para miles o millones de personas actualmente.

El asunto, por supuesto, es alarmante, pero de manera paralela tuvo una consecuencia imprevista: apenas se dio a conocer la existencia de PRISM, las ventas de 1984, la novela del inglés George Orwell, crecieron exponencialmente, al grado de que al parecer el libro se encuentra agotado en el mercado anglosajón.

Como sabemos, el relato versa sobre una sociedad totalitaria de vigilancia perpetua, dominada por una entidad bautizada como Big Brother, el Gran Hermano, que por medio de cámaras y pantallas colocadas por todos lados y en cualquier rincón, mantiene controlada a los ciudadanos de esta distopía. En buena medida el genio de Orwell consistió en proyectar signos ya presentes en su tiempo y llevarlos a una realidad hipotética, posiblemente más burda que la contemporánea pero, en el fondo, ominosamente precisa.

En cuanto a las ventas del libro, no parece claro si ocurrieron por las muchas alusiones en los medios a la novela o si, por otro lado, como una suerte de protección con respecto a lo que se pronostica. Acaso, en una tercera posibilidad, los lectores esperen encontrar un subterfugio, una estrategia para evadir la situación de hipervigilancia que en cierto modo parece irreversible y apabullante.

Por nuestra parte, compartimos una versión en PDF del libro de Orwell.

En Pijama Surf:

Bienvenidos oficialmente al estado de vigilancia global (todo lo que debes saber sobre PRISM, el panóptico digital del NSA)

Vislumbres del totalitarismo y el control de masas: la carta de Huxley a Orwell al publicarse 1984

[NPR]

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Las armonías de Werckmeister, del director húngaro Béla Tarr, es una narración terrena y cósmica a un tiempo, astros encarnados en cuerpos humanos y figuraciones del intelecto alimentadas por la fantasía de la pantalla.

 

Esta primera secuencia de Werckmeister Harmonies de Béla Tarr contiene al mundo, al sistema solar y al universo. Contiene también la poesía de la que es capaz el ser humano, y es atemporal. Es un fragmento cinematográfico que pudo haber sido filmado en cualquier década después de la introducción del sonido y de los lentes que permiten profundidad de campo. No es simplemente la puesta en práctica de un eclipse o la coreografía entre los hombres, el movimiento de cámara y la composición musical: es un sublime instante de occidente que le debemos al maestro húngaro. Filmado en 35 mm, el plano-secuencia dura nueve minutos y medio, cerca del límite de lo que una bobina de película permite.

Según Tarr, todas sus películas tratan sobre la dignidad humana. En este caso es la dignidad del hombre frente al cosmos desde una cantina, en un pueblo perdido en el centro de Europa. Los astros encarnados en seres humanos, la infinitud del espacio narrada por un joven. La fotografía en blanco y negro y la exquisita banda sonora son una dupla perfecta. Hay pocos momentos tan significativos en la historia del cine como esta primera secuencia, y así está bien: si los tesoros no fueran pocos no serían tesoros. 

El pueblo de Werckmeister Harmonies se parece a Comala. Aunque los separan décadas y miles de kilómetros, uno vive en el celuloide y otro en el papel, hay una liga que los une. Ambos se caen a pedazos, sí; hay similitudes narrativas, pero lo que comparten más profundamente es la atmósfera. A esa primera secuencia y la cinta completa le agrego como contrapunto tres pasajes escritos por Juan Rulfo en Pedro Páramo

Faltaba mucho para el amanecer. El cielo estaba lleno de estrellas, gordas, hinchadas de tanta noche. La luna había salido un rato y luego se había ido. Era una de esas lunas tristes que nadie mira, a las que nadie hace caso. Estuvo un rato allí desfigurada, sin dar ninguna luz, y después fue a esconderse detrás de los cerros.

En el comienzo del amanecer, el día va dándose vuelta, a pausas; casi se oyen los goznes de la tierra que giran enmohecidos; la vibración de esta tierra vieja que vuelca su oscuridad.

El sol se fue volteando sobre las cosas y les devolvió su forma. La tierra en ruinas estaba frente a él, vacía. El calor caldeaba su cuerpo. Sus ojos apenas se movían; saltaban de un recuerdo a otro, desdibujando el presente. De pronto su corazón se detenía y parecía como si también se detuviera el tiempo y el aire de la vida. 


A veces los mundos imaginarios son más reales que el nuestro. Los borrachos de Béla y los fantasmas de Juan están vivos en el espacio paralelo que es la ficción, y conviven ahora en estos párrafos. Por un momento es posible imaginarse Comala en blanco y negro, filmado por Béla Tarr, y se escuchan los murmullos de Dorotea y Juan Preciado entre las grietas de las paredes de aquel pueblo que no existe, que solo existe en la pantalla y en la mente del espectador. 

Basado en La melancolía de la resistencia, una novela de László Krasznahorkai, en el guión también están esas reminiscencias quizá rulfianas: "Y en ese momento el aire se torna frío. ¿Lo sientes? El cielo se oscurece y todo se vuelve negro. Perros aúllan, conejos se esconden, venados corren en pánico, asustados. Y en este terrible, incomprensible crepúsculo, hasta los pájaros regresan confundidos al nido. Y después: completo silencio. Todo lo que vive está quieto. ¿Se marcharán las colinas? ¿Caerá el cielo sobre nosotros? ¿Se abrirá la tierra bajo nuestros pies? No lo sabemos. No lo sabemos porque un eclipse total ha venido." Dos visiones se contraponen como espectros. La Tierra es vista desde un punto de vista similar, descrita con imágenes y palabras hermanas. 

Según Mitl Valdez, quizá el cineasta que mejor ha adaptado la obra de Rulfo, la suya es una "realidad mítica: una dimensión sin tiempo ni espacio definidos (...) en la que confluyen lo terreno y lo cósmico". El mundo de Werckmeister Harmonies es similar: no hay un tiempo ni un espacio definidos; podría ser cualquier momento de los últimos siglos, y el pueblo es un espacio construido a partir de muchos lugares. Al igual que Comala, es un espacio inexistente y fantasmagórico. Y, sobre todo en la primera secuencia, confluyen lo terreno y lo cósmico: astros encarnados en cuerpos humanos. 

Béla Tarr presentó El caballo de Turín en la Cineteca Nacional y anunció su retiro como director de cine. Dijo que en adelante se dedicaría a producir, a fungir como paraguas para aquellos cineastas demasiado frágiles para enfrentarse a las inclemencias de la producción cinematográfica. En suma, dio por terminada su obra, de la que Werckmeister Harmonies es pieza clave. 

Valusca lo dice bien al final de la secuencia: "Pero, señor Tarr, esto todavía no termina".

Twitter del autor: @jpriveroll