*

X
Los errores pueden ser pulsos evolutivos; un error del cual se aprende, deja de serlo y puede transformarse no solo en un gran acierto, sino en nuestro principal motor creativo.

3790172316_c9caeaf1f0_o

La Real Academia de la Lengua Española define el termino error como una "acción desacertada o equivocada", descripción que coincide con la concepción popular que existe sobre esta palabra. Pero, qué pasa con la premisa que advierte "nada permanece más que el cambio", quiero decir, si tomamos en cuenta que todo esta ineludiblemente 'condenado' a la transformación, entonces lo que hoy aparenta ser un error mañana podría vestirse con el atuendo de un gran acierto. Y esta es solo una de las premisas fundamentales que nos pueden llevar a valorar los errores como piedras preciosas con las que tropezamos a lo largo de nuestro camino. 

Además de la relatividad de nuestro criterio para determinar si algo representa un error o, por el contrario, un acierto –la cual se debe en buena medida a nuestra lineal prisión frente al tiempo y el espacio–, otra premisa a favor de equivocarnos podría resumirse en un término tan complejo, como cotidiano: el aprendizaje. "Comete nuevos errores. Comete gloriosos, espectaculares errores. Ten equivocaciones que nadie jamás haya tenido" recomienda el escritor británico Neil Gaiman, en su libro "Make Good Art", a los jóvenes literatos. 

De algún modo el errar implica, en primera instancia, la búsqueda activa de llevar  algo a cabo. Además, sugiere que el 'errante' ha tenido las agallas suficientes para tomar riesgos, para romper con el guión de vida o obra que le fue asignado, y para tal vez buscar nuevas respuestas a viejas interrogantes. "Si estás cometiendo errores, entonces estás haciendo cosas nuevas, probando, aprendiendo, viviendo, empujándote a ti mismo, transformándote y transformando tu mundo. Estás haciendo cosas que jamás habías hecho y, aún más importante, estás haciendo algo." agrega Gaiman.  

Si tomamos en cuenta que el tomar decisiones es quizá el acto que mayor repercusión tiene, a nivel práctico, en nuestras vidas, y que cuando decidimos lo hacemos, consciente o inconscientemente, apoyados en un marco referencial –el cual se construye a partir de la experiencia individual, la transmisión colectiva, y los patrones propios de nuestro entorno sociocultural–, entonces damos con otra apasionante virtud de los errores: su naturaleza informativa. Con lo anterior me refiero a que un error nos aporta por lo menos tanta información útil, y en lo personal creo que aún más, que los aciertos. Los errores imprimen valiosa data en nuestra cartografía existencial, la misma que utilizamos para guiarnos a través de nuestra vida. 

Por otro lado, y sin la intención de devaluar los aciertos, creo que al menos en un plano creativo, el error aporta mayor empuje a nuestros procesos que el propio acierto. De alguna manera el equivocarte resulta mucho más intrigante que el acertar. Al comprender que hemos cometido un error, nos sentimos retados a entender por que fue así, y de qué otras maneras podríamos conducirnos para evitar ese destino provisional. En pocas palabras, los errores podrían ser el mayor capital del motor creativo que apela a sofisticadas habilidades de nuestra mente, y les invita a entrar en acción.  

404

El ensayista y teórico estadounidense, Dorian Sagan, atribuye al error el desdoblamiento esencial de la filosofía: "La historia de la filosofía es, en buena medida, la historia de personas muy inteligentes cometiendo errores muy tentadores". El genial David Lynch es otro de los grandes 'defensores' del error, y continuamente ha defendido el papel protagónico de las equivocaciones y los accidentes dentro de sus procesos creativos. "Tan natural como caerte de un árbol. Simplemente emergerá. Y se cometen muchos errores, y ocurren muchos accidentes, pero estos se convierten en los descubrimientos que suceden durante el camino. Es simplemente mágico". 

Quiero aclarar que esta especie de oda al error no intenta promover una línea de optimismo radical ni mucho menos. Cuando te equivocas, te equivocas. pero también creo que un error solo mantiene su esencia 'errónea' si aquel que incurrió en él, no aprende la lección. De hecho uno de los principales diferenciadores del ser humano es, precisamente, nuestra habilidad para recordar conclusiones anteriores, reflexionar y aprender de ellas, y aprovecharlas como ingredientes fundamentales para nuestros futuros razonamientos. En este sentido, como advierte Daniel C. Dennet, autor del libro  Intuition Pumps And Other Tools for Thinking, "la clave para cometer buenos errores es no ocultarlos, especialmente no ocultártelos a ti mismo". 

Aprender de tus errores implica un proceso arduo que involucra, entre otros elementos, la conciencia, el análisis, la auto-crítica, y la humildad. Pero si en verdad fuimos capaces de vivir este proceso en torno a una equivocación, entonces sucede algo maravilloso: transmutamos el error, mediante un proceso que recuerda la purificación alquímica, en un acierto. Y por eso mencionaba al principio de este texto el factor linealidad, pues en realidad ese modelo de relación con el tiempo y el espacio generalmente no permite una perspectiva cenital de las cosas, y lo que hoy calificaríamos como una monumental equivocación, mañana podría, tras habernos nutrido del aprendizaje que nos ofrece, constituirse en el más estimulante de nuestro aciertos –solo recordemos que esta transición no sucede 'mágicamente', en realidad demanda un trabajo genuino de nuestra parte. 

Si los argumentos expuestos en estas líneas a favor del equivocarte no te convencen del todo, al menos espero coincidir contigo en una premisa final: el resultado de este instante, de aquello que eres ahora, justo en este momento, es el fiel resultado de la suma de todas tus acciones y decisiones, erróneas o acertadas, y en ese sentido los errores no dejan de ser maravillosos: lo que hoy eres se debe tanto a tus errores como a tus aciertos, por igual. Así que celebremos el camino andado. 

 Twitter del autor: @paradoxeparadis  

 

Neurociencia pretenderá "curar" los fanatismos religiosos (sobre los límites de la ingeniería cerebral)

Por: pijamasurf - 06/02/2013

¿Hasta qué punto la ingeniería neuronal podría hacer del nuestro un mundo más sano y seguro, y cuánta de nuestra libertad individual estaríamos dispuestos a perder para alcanzarla?

religious-fanatic

La neuróloga Kathleen Taylor de la Universidad de Oxford sorprendió a los asistentes al Festival Literario de Hay, en Gales, cuando anticipó que durante los próximos sesenta años la ciencia del cerebro tratará los fanatismos religiosos como hoy en día trata las enfermedades mentales.

La doctora Taylor igualó las creencias "nocivas" de las personas con enfermedades psíquicas, refiriéndose específicamente a la radicalización de los cultos religiosos y las ideologías que  promueven comportamientos o soluciones violentas a conflictos.

"No hablo sólo de los candidatos obvios, como el Islam radical o cultos más extremos", dice la investigadora, "hablo sobre cosas como la creencia de que está bien golpear a tus hijos. Estas creencias son muy dañinas y no son categorizadas normalmente como enfermedad mental."

En su libro The Brain Supremacy ("La supremacía del cerebro"), Taylor afirma que los neurólogos de las próximas décadas no pueden evadir el tomar una posición moral respecto a la manipulación del cerebro humano. "Las tecnologías que cambian profundamente nuestra relación con el mundo a nuestro alrededor no pueden ser simplemente herramientas para el bien o el mal si alteran nuestra percepción mágica de lo que es el bien y el mal."

¿Será que lo único que la ciencia podrá ofrecer para mejorar --o sin ir tan lejos, para comprender-- el comportamiento humano serán nuevos diagnósticos para nuevas enfermedades? Debemos pensar que hace poco el médico Leon Eisenberg, quien describió el trastorno de déficit de atención con hiperactividad (TDAH) por primera vez durante los años 60, confesó que se trataba de una "enfermedad ficticia"; la película Hysteria (estelarizada por Maggie Gyllenhall) sugiere que el tratamiento prescrito a finales del siglo XIX, a saber, la masturbación del sexo femenino en condiciones clínicas, también se encaminaba a patologizar el deseo sexual femenino, un tema tabú en la sociedad victoriana.

Por otra parte, ¿hasta qué punto el interés por interpretar de manera transparente la conducta y las intenciones de los seres humanos obedece a una neurosis generalizada de seguridad, tal vez una ola más del tsunami que pasó sobre la historia moderna desde el 9/11? ¿Qué criterio determinará qué prácticas sociales pueden ser calificadas de extremistas o radicales y cuáles pueden ser admitidas, de modo que los derechos civiles sean respetados, pero también las libertades de culto y expresión?

La pregunta que debemos tener en mente es por los alcances últimos de la ingeniería de la conducta y sus peligros, que han sido abordados más ampliamente por la ciencia ficción que por la ciencia "como tal" (que muchas veces se disfraza a sí misma de ficción.)

[Raw Story]