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Atlantis, la ciudad hundida en el fondo de la deep web donde puedes comprar desde drogas hasta pasaportes falsos

Por: pijamasurf - 06/29/2013

Si el Internet abierto no deja de sorprendernos, lo que se oculta bajo la capa del DNS en la deep web (la Internet profunda y mayormente ilegal) nos ofrece ejemplos que, como Atlantis, nos hacen temblar sólo por su mera existencia.

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Las profundas aguas de la deep web (ese abismo de la Internet no navegable por DNS ni navegadores tradicionales que guarda todos los tesoros hundidos de la civilización) no dejan de sorprender incluso por la mera existencia de algunas de las páginas que pueden encontrarse. En estos días apareció un comercial del sitio Atlantis, una nueva tienda que promete ser el eBay del mercado negro.

Atlantis parece ser una versión ampliada y más amigable de Silk Road, otra sede de peregrinación en el Internet "ilegal", y tal vez para celebrar que llegaron a los $500 mil dólares en ventas decidieron que el siguiente paso era anunciar su existencia con un bonito video (después del salto). Como pueden imaginar, Atlantis sólo es accesible para los surfistas familiarizados con Tor y la navegación con proxys, pues no se trata de una simple tienda de curiosidades o un mercado de pulgas (a menos que vengan de un perro muy, muy terrible). 

Además de cientos de tipos y categorías de drogas (recreativas tanto como medicamentos de prescripción, como Prozac, Xanax o Viagra), Atlantis ofrece un inventario virtualmente inagotable de productos: identificaciones falsas, dulces exóticos (tanto como un Kinder Bueno es exótico) monedas de distintos países, metales valiosos (oro y plata), además de bitcoins y tarjetas de crédito funcional. La interfaz del sitio lo vuelve navegable y práctica, pues uno necesita cierto orden para no perderse.

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Más allá del material ilegal --sobre todo drogas,  documentación de contrabando-- los visitantes de la ciudad hundida en el fondo del Internet pueden encontrar lo mismo que encontrarían en eBay, amazon o mercadolibre.com: libros usados, ropa, accesorios para el hogar, y por un módico precio incluso un servicio de hackers para lo que sea que necesites un hacker, ya sea para entrar al Facebook de tu crush o para hacerte de una suscripción vitalicia a Netflix.

Algo de lo más intrigante es el hecho de que Atlantis parezca tener entre sus planes vender links a sitios más específicos en el futuro. Una página aún no terminada muestra que pronto albergarán enlaces para sitios de colegas que venden armas, "dinero" y explosivos, aunque si hemos creer en una reciente noticia de contrabando de cadáveres, Atlantis sería algo así como la zona pública de la deep web, mientras que toda clase de transacciones están ocurriendo en los pasillos y cuartos interiores de una mansión con forma de laberinto.

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[Buzzfeed]

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Promover un diálogo entre la arquitectura y nuestra sexualidad podría hacer de esta intersección una valiosa herramienta de evolución social.

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En el lugar en que habites consagra  siempre un sitio a lo sagrado.

George Gurdjieff

A lo largo de nuestra historia, el ‘arte del espacio’, la arquitectura, se ha manifestado mediante una rica variedad de desdoblamientos. Estos han respondido a diversos objetivos, desde la panóptica vigilancia hasta la imponente defensiva, pasando por la resonancia sagrada, la laberíntica confusión o la pragmática simpleza.  Pero ¿existe un discurso arquitectónico que favorezca la sensualidad o, incluso, el sexo?

Resulta sorprendente lo poco que se ha promovido un diálogo consciente entre la arquitectura y la sexualidad –a pesar de que el sexo ocupa un lugar protagónico dentro del imaginario colectivo, y que generalmente suele suceder bajo techo. Y si tomamos en cuenta que tradicionalmente el diseño de espacios se asocia con la noción de ordenarlos, mientras que el sexo es esencialmente un pulso que deviene de la semilla del caos, entonces esta potencial conversación se vuelve aún más estimulante, y necesaria.

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Al menos durante el último siglo, el estándar arquitectónico ha procurado sintonizarse con ciertos valores sociales, probablemente inspirados en el pragmatismo, como la eficiencia y la civilidad, además de adaptarse, en mayor o menor medida, a cánones culturales asociados con el estatus social, el ser (o parecer) respetables frente a la comunidad, y el brindar protección física a ‘los nuestros’. Sin embargo, pocas veces toma en cuenta su injerencia en las relaciones apasionadas, incluidas las sexuales, que habrán de encausarse al interior de estos espacios.

En un notable ensayo publicado recientemente por Richard Williams, y cuya lectura me invitó a escribir este texto, el autor señala que “si la arquitectura es una representación física de una sociedad, entonces en un contexto occidental como el nuestro, está orientada a mantener un velo sobre nuestra sexualidad”.

Intrigado por este fenómeno, Williams se dedicó a investigar los pocos encuentros entre sexo y arquitectura registrados en occidente durante el último siglo –más allá de los poco refinados destellos porno-decorativos a los que podríamos asociar la relación entre sexo y espacios. Aquí podríamos mencionar, entre otros pocos ejemplos, el complejo habitacional creado por Le Corbusier en Marsella, Unité d’Habitation (1952), y en especial la obra del genial Nieymayer, quien lograba transmitir con alta fidelidad la desbordante sensualidad brasileira en sus diseños. Además de estas obras, podríamos mencionar múltiples comunas que tomaban en cuenta una sexualidad liberal al momento de construir sus espacios, pero que de algún modo era una especie de estatuto ideológico y no un diálogo cotidiano.  

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Lamentablemente los destellos ero-arquitectónicos del occidente moderno tienen que ver, lejos de una orgánica libertad, con distorsiones culturales, como los espacios acondicionados para filmar porno, con un desplante de extravagancia elitista que poco beneficio implica a la sociedad en general, o simplemente son lugares que predisponen ciertas conductas, por ejemplo el voyeurismo, sin honrar la genuina espontaneidad del pulso sexual –privilegian lo kinky sobre lo lúdico, y la híper-sexualidad sobre la fluidez.

En lo personal creo que en la medida que logremos, como sociedad, establecer una relación más sana con nuestra sexualidad, enriqueceremos significativamente el imaginario compartido, favoreciendo la naturalidad, mientras que diluimos miedos y tabúes. Y si tomamos en cuenta lo determinante que pueden ser los espacios en nuestra vida, factor que influye en las dinámicas sociales que se gestan al interior de ellos, pero también en los estados de ánimo, y hasta en nuestra forma de narrarnos la realidad, entonces podemos concluir que la necesidad de una arquitectura que promueva una sexualidad disfrutable y saludable es, más allá de una frívola abstracción, una valiosa herramienta de evolución social.   

 Twitter del autor: @paradoxeparadis